Alicia desvelada:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (VI)
El mismo año en que se estrenó Eyes Wide Shut, el último del siglo y del milenio, fue también el del estreno de una película de Roman Polanski, amigo del neoyorkino, llena de claves esotéricas: La Novena Puerta (1999). Consideramos que las conexiones entre el cine de Polanski y el de Kubrick son evidentes: en 1968 cada uno de ellos dirigió una obra maestra sobre el tema del satanismo. Así es que, si 2001: Una Odisea del Espacio (sobre una idea reconvertida en serie novelística de Arthur C. Clarke), fue la obra consagrada por Kubrick a ese tema, podemos decir lo mismo de Rosemary´s Baby (sobre una novela de Ira Levin).
Por su parte, La Novena Puerta se basa en una novela de Arturo Pérez-Reverte titulada originalmente El Club Dumas (1993), aunque Polanski explora en su filme el contenido hermético mucho más que el texto original. La trama de la película orbita en torno a un manuscrito desaparecida que Dean Corso, interpretado por Johnny Depp, debe hallar. Este texto se titula Las Nueve Puertas del Reino de las Sombras (en el original: De Umbrarum Regni Novem Portis) y se atribuye a un tal Aristide Torchia que lo escribió en 1666 (fecha inversa a 1999 y que a su vez espejea con 1969, año del asesinato de Sharon Tate a manos de La Familia de Charles Manson).
El caso es que el libro de Torchia, individuo que acabaría ardiendo en una hoguera prendida por la Inquisición, se basa a su vez en un texto anterior llamado Delomelanicon (una evidente referencia al Necronomicón de la mitología canalizada por H.P. Lovecraft) que, según averigua Corso, habría sido escrito por el propio Lucifer. Torchia habría hallado el luciferino códice nada menos que en Praga, la ciudad del gólem, descifrando en su contenido un método mágico de invocación. El propio título del códice alude a esto: "delos" alude a "invocar", mientras que "mela" se refiere a la "oscuridad", es decir, que el libro trata sobre una invocación oscura. O, si se prefiere, sobre una iluminación que reluce en tinieblas.
Además de esto, Delos era la isla griega en la que nació Artemisa, diosa de la caza (pronto veremos que el personaje de Depp en la película, Corso, será cazado por una misteriosa mujer interpretada por Emmanuelle Seigner). Cabe recordar, en ese sentido, que Delos es el lugar de llegada de Teseo y Ariadna tras la muerte del minotauro en Creta. Según dice el iniciado Plutarco en su obra consagrada al mito de Teseo, a ambos los acompañaban un grupo de jóvenes giróvagos danzantes cuyos pasos y piruetas parecían querer recrear las extrañas formas de ese laberinto en el que el héroe se había introducido.
Como es sabido, Ariadna sería abandonada por Teseo y aguardaría, en ausencia del héroe, la llegada del dios: Dionysos (sobre este tema versa la ópera de Richard Strauss, Ariadna en Naxos, de 1912). De nuevo el significado profundo de la fiesta y, más concretamente, de su danza del espíritu viene a entrelazarse aquí con el símbolo dual del laberinto por el que se debe ascender una vez se ha producido el descenso; Ariadna encarna, según ese "idioma de los pájaros", el lenguaje hermético, la dimensión arácnida del Eterno Femenino: araignée. Porque el Alma del Mundo, en términos macrocósmicos, lo mismo que el Alma concreta de cada uno en ese microcosmos que es el cuerpo humano, teje una complicada red de araña en nosotros. Es lo que Homero, uno de los grandes hitos en esa Cadena Áurea de la iniciación occidental, dejó encriptado en la imagen del hilo de Penélope... En el fondo tan similar al hilo de Ariadna... Y al hilo de cualquier narrativa sapiencial: el mito.
En el momento de grabar La Novena Puerta, Polanski tenía 66 años. La actriz principal del filme, Seigner, tenía entonces 33 años. Las coincidencias numéricas, por supuesto, no se detienen ahí: si los años que separan a Polanski de su consorte son 33, los que separan la supuesta publicación del libro de Torchia del estreno de la película son 333. La suma de las cifras de ese 333 es el 9, un número que coincide con el número de pruebas que Lucifer pone a Corso en la película antes de revelar su verdadero rostro. El principal punto de conexión entre Eyes Wide Shut y The Ninth Gate es la fallida invocación final, que supone la octava puerta luciferina que debe atravesar Corso, en la que Balkan, interpretado por Frank Langella, trata de invocar a Lucifer disponiendo de nueve grabados en la mansión de Liana Telfer, viuda del fallecido adorador del diablo y coleccionista de grimorios Andrew Tefler.
Como Kubrick en la película del mismo año, Polanski nos muestra la reunión de una élite que pretende invocar a Lucifer. Lo que en Eyes Wide Shut es una mansión de los Rothschild que busca recrear una mansión de los Astor, en Polanski es un castillo cátaro ubicado en Puivert. Sólo que aquí las orgías camufladas de veneciano baile de máscaras dejan paso a un rito ígneo dirigido por la experta mano de Balkan, que no podrá impedir el fracaso de su ritual: la letra muerta no puede conferir vida operativa a los símbolos. El destino de Balkan, un erudito sin operatividad, es morir consumido por el fuego que él mismo ha invocado y que no es capaz de controlar. En cambio Corso, mucho menos docto pero capaz de superar las consecutivas nueve puertas luciferinas, saldrá vivo de ese incendio y finalmente tendrá sexo con el personaje de Seigner a las puertas del castillo cátaro de Puivert.
Como en el filme de Kubrick, la clave de bóveda para la comprensión del mensaje hermético no viene del héroe protagonista, en muchos sentidos un hombre seductor y carismático pero a todas luces perdido, sino de esa encarnación sensual del Eterno Femenino que interpretan, bien Kidman, bien Seigner. La mujer sin nombre interpretada por Seigner se monta sobre Depp mientras su mirada verde refulge como un fuego mucho más potente que aquel otro que consume el castillo cátaro de Puivert; y sólo al final del éxtasis ella revela su verdadero rostro: es la puta de Babilonia a lomos del dragón de siete cabezas, la consumación de la vía húmeda a través de un rito sexual de fuego y purificación, de eso que el tantrismo llama maithuna, para que por fin Sophia desvele su rostro daimónico. La novena puerta sólo se abre al iniciado por una vía sexual; y en el final de Eyes Wide Shut Alice le dirá a Bill que aquello que ambos deben hacer al volver a casa es justamente "follar".
Ninguna imagen incluida en Eyes Wide Shut es tan poderosa como la primera y principal: la diosa desnuda, finalmente desvelada, cuya efigie queda contenida entre dos columnas. Con la caída del velo llega el derribo de las puertas del templo, rito de paso de un ciclo a otro, que marca la renovación del recorrido lunar. Alice, interpretada por Nicole Kidman en el filme, representa esos misterios isiacos a los que estaban consagradas las ciudades de Anubis y Serapis, un culto que resistiría a los embates de griegos y romanos hasta desembocar en la construcción de París, esa ciudad comandada por la Catedral dedicada a Notre-Dame: Isis. Lo que en el Egipto previo al nacimiento de Cristo representó el Nilo, en la moderna ciudad de París lo encarnó el Sena: es el fondo acuático sobre el que necesariamente reluce la feminidad mística de la diosa. Su naturaleza móvil que contrasta frente a la rigidez del elemento masculino.
Kubrick, como se ha dicho, está hablando con su película póstuma del Eterno Femenino; y Bill, en cierto sentido, es un devoto extraviado, que padece la ira de la diosa y no sabe cómo saciar su sed de venganza. El iniciado ve, en efecto, pero no comprende. Le falta una claridad visual reservada a los despiertos; y para alcanzar dicho estátus debe dar el salto de la fe, sumirse en el misterio de la oración, justo eso que devuelve a la forma humana a Lucio, el protagonista de El Asno de Oro, libro sacro de Apuleyo, que terminará sus días explorando unos misterios prohibidos sobre los que debe guardar silencio. Si la historia de Osiris, marido de Isis, y del hijo de ambos, Horus, preanuncia la llegada de Cristo, también contiene en su interior la historia de un andrógino como el que representan la pareja de Bill y Alice en la película de Kubrick.
Sophia redime la materia transformando la podredumbre en luz. Al menos eso pensaban los gnósticos. Su historia es la de Isis, traicionada por Seth, que debe realizar una ruta análoga a la de Orfeo que la lleve hasta el inframundo para ascender después con la figura de Osiris reconstruida. Catábasis y resurrección, una vez más, que el dogmatismo ha preferido representar de forma literal cuando más bien está trazada de manera figurada. Sin una contraparte luminosa, nos muestra la Gnosis, el descenso a los infiernos se convierte en la condena de Sísifo con la que Albert Camus emparentaba la existencia de todo hombre moderno. Tampoco Bill Harford, a pesar de su dinero, de su belleza y de sus relaciones, parece poder escaparse de dicha coyuntura vital; es un "hombre hueco" de la Modernidad condenado a perderse en un sumidero de sueño e ignorancia.
La estrella, en este caso de Ishtar, la diosa de Babilonia, que tan repetidamente aparece en el filme de Kubrick, alude también a Isis. A buen seguro, Kubrick supo leer la historia de Dorothy, extraviada en el Mundo de Oz, igual que antes la de Alicia, perdida en el País de las Maravillas, en clave gnóstica: se trata de Isis a la busca de los fragmentos de un Osiris desmembrado por Seth. De hecho, el escritor Lewis Carroll, discípulo de John Ruskin y George MacDonald, fue miembro de una sociedad secreta a la que perteneció Charles Darwin... Y a la que más tarde pertenecería Jimmy Savile: el Club Athenaeum, un Ateneo londinense fundado en 1824. Cabe pensar que si Carroll y Savile, dos reconocidos depravados sexuales, representan al resto de miembros del grupo, tampoco es que las cosas hayan cambiado demasiado desde los tiempos del Hellfire Club original.
Tampoco es casualidad que Isis, representada aquí por Alice, marque el comienzo y el final de la película: ella es la prima materia, el líquido amniótico en el que se origina la película, pero también es la nave sobre la que el espíritu se elevará por encima de la madera primordial. Primera fase alquímica lo mismo que síntesis del espíritu y sus posibilidades salvíficas. Dualidad radical, como en la Laura Palmer del Twin Peaks (1990-1) original y de su secuela fílmica Fuego, camina conmigo (1992), que puede brindar tanto el Cielo como el Infierno a aquellos que se arriman a ella. La Diosa Blanca no es otra cosa que una Gran Madre engendradora; por eso su inversión trae consigo la matriz artificial que pretende suplantar su papel de dadora de vida: es la Madre Negra que nadie nos ha mostrado como William Shakespeare, con Lady Macbeth y la Reina Getrudis.
Si en su origen la alquimia hablaba de una sustancia negra proveniente de Egipto, en cierto sentido similar a la melancolía de tantos autores herméticos (como Marsilio Ficino), que a su vez se deriva de los desbordamientos del Nilo y el color con el que teñía la arena de la orilla, su destino es esa condición áurea que difícilmente puede describirse con palabras. Transformar la materia oscura en materia blanca, transmutando así la podredumbre en oro, parece ser el objetivo principal de todo periplo espiritual. Ver la verdad o permanecer en la ignorancia: de eso se trata.
El final de Eyes Wide Shut puede ser desesperanzador; y lo mismo sucede con la obra de David Lynch: Carretera Perdida (1997), Mulholland Drive (2001), Inland Empire (2006) o Twin Peaks: El regreso (2017) están cargados por un terrible pesimismo. No sólo "el tiempo está fuera de su quicio" (cita shakespereana que reza: time is out of joint), también el espacio se encuentra sumido en la lógica de la inversión. Es lo que representa el Hotel Overlook en El resplandor (1981) o el extraño reino de Carcosa (inspirado en la mitología canalizada por el escritor Ambrose Bierce) en la primera temporada de True Detective (2014).

No hay comentarios:
Publicar un comentario