jueves, 5 de febrero de 2026

Alicia desvelada. Por Guillermo Mas Arellano

 

Alicia desvelada:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (VI)




Por Guillermo Mas Arellano


Ninguna imagen incluida en Eyes Wide Shut es tan poderosa como la primera y principal: la diosa desnuda, finalmente desvelada, cuya efigie queda contenida entre dos columnas. Con la caída del velo llega el derribo de las puertas del templo, rito de paso de un ciclo a otro, que marca la renovación del recorrido lunar. Alice, interpretada por Nicole Kidman en el filme, representa esos misterios isiacos a los que estaban consagradas las ciudades de Anubis y Serapis, un culto que resistiría a los embates de griegos y romanos hasta desembocar en la construcción de París, esa ciudad comandada por la Catedral dedicada a Notre-Dame: Isis. Lo que en el Egipto previo al nacimiento de Cristo representó el Nilo, en la moderna ciudad de París lo encarnó el Sena: es el fondo acuático sobre el que necesariamente reluce la feminidad mística de la diosa. Su naturaleza móvil que contrasta frente a la rigidez del elemento masculino.

Kubrick, como se ha dicho, está hablando con su película póstuma del Eterno Femenino; y Bill, en cierto sentido, es un devoto extraviado, que padece la ira de la diosa y no sabe cómo saciar su sed de venganza. El iniciado ve, en efecto, pero no comprende. Le falta una claridad visual reservada a los despiertos; y para alcanzar dicho estátus debe dar el salto de la fe, sumirse en el misterio de la oración, justo eso que devuelve a la forma humana a Lucio, el protagonista de El Asno de Oro, libro sacro de Apuleyo, que terminará sus días explorando unos misterios prohibidos sobre los que debe guardar silencio. Si la historia de Osiris, marido de Isis, y del hijo de ambos, Horus, preanuncia la llegada de Cristo, también contiene en su interior la historia de un andrógino como el que representan la pareja de Bill y Alice en la película de Kubrick.

Sophia redime la materia transformando la podredumbre en luz. Al menos eso pensaban los gnósticos. Su historia es la de Isis, traicionada por Seth, que debe realizar una ruta análoga a la de Orfeo que la lleve hasta el inframundo para ascender después con la figura de Osiris reconstruida. Catábasis y resurrección, una vez más, que el dogmatismo ha preferido representar de forma literal cuando más bien está trazada de manera figurada. Sin una contraparte luminosa, nos muestra la Gnosis, el descenso a los infiernos se convierte en la condena de Sísifo con la que Albert Camus emparentaba la existencia de todo hombre moderno. Tampoco Bill Harford, a pesar de su dinero, de su belleza y de sus relaciones, parece poder escaparse de dicha coyuntura vital. Es un "hombre hueco" de la Modernidad condenado a perderse en un sumidero de sueño e ignorancia.

La estrella, en este caso de Ishtar, la diosa de Babilonia, que tan repetidamente aparece en el filme de Kubrick, alude también a Isis. A buen seguro, Kubrick supo leer la historia de Dorothy, extraviada en el Mundo de Oz, igual que antes la de Alicia, perdida en el País de las Maravillas, en clave gnóstica: se trata de Isis a la busca de los fragmentos de un Osiris desmembrado por Seth. De hecho, el escritor Lewis Carroll, discípulo de John Ruskin y George MacDonald, fue miembro de una sociedad secreta a la que perteneció Charles Darwin... Y a la que más tarde pertenecería Jimmy Savile: el Club Athenaeum, un Ateneo londinense fundado en 1824. Cabe pensar que si Carroll y Savile, dos reconocidos depravados sexuales, representan al resto de miembros del grupo, tampoco es que las cosas hayan cambiado demasiado desde los tiempos del Hellfire Club original.

Tampoco es casualidad que Isis, representada aquí por Alice, marque el comienzo y el final de la película: ella es la prima materia, el líquido amniótico en el que se origina la película, pero también es la nave sobre la que el espíritu se elevará por encima de la madera primordial. Primera fase alquímica lo mismo que síntesis del espíritu y sus posibilidades salvíficas. Dualidad radical, como en la Laura Palmer del Twin Peaks (1990-1) original y de su secuela fílmica Fuego, camina conmigo (1992), que puede brindar tanto el Cielo como el Infierno a aquellos que se arriman a ella. La Diosa Blanca no es otra cosa que una Gran Madre engendradora; por eso su inversión trae consigo la matriz artificial que pretende suplantar su papel de dadora de vida.

Si en su origen la alquimia hablaba de una sustancia negra proveniente de Egipto, en cierto sentido similar a la melancolía de tantos autores herméticos (como Marsilio Ficino), que a su vez se deriva de los desbordamientos del Nilo y el color con el que teñía la arena de la orilla, su destino es esa condición áurea que difícilmente puede describirse con palabras. Transformar la materia oscura en materia blanca, transmutando así la podredumbre en oro, parece ser el objetivo principal de todo periplo espiritual. Ver la verdad o permanecer en la ignorancia: de eso se trata.

El final de Eyes Wide Shut puede ser desesperanzador; y lo mismo sucede con la obra de David Lynch: Carretera Perdida (1997), Mulholland Drive (2001), Inland Empire (2006) o Twin Peaks: El regreso (2017) están cargados por un terrible pesimismo. No sólo "el tiempo está fuera de su quicio" (cita shakespereana que reza: time is out of joint), también el espacio se encuentra sumido en la lógica de la inversión. Es lo que representa el Hotel Overlook en El resplandor (1981) o el extraño reino de Carcosa (inspirado en la mitología canalizada por el escritor Ambrose Bierce) en la primera temporada de True Detective (2014).

La única alternativa viable al locus terribilis, pareciera decirnos Kubrick, es reencontrar una utopía heroica: ese Grial extraviado que todos portamos en nuestro interior; y esa búsqueda que pretende hacer lo sacro en un sentido distinto de lo sacrificial, eso que Bill no puede realizar por el peso de su propia impotencia, y que Alice tampoco sabe inspirar, tan yerma como ha quedado por una materia en la que no florece espíritu ninguno, puesto que su arquetipo es más el de la Diosa Negra que el de la Sophia de los gnósticos, quedará fuera de plano para siempre... Hasta que algún héroe comience a realizar una tarea sagrada que nadie más puede hacer por él: renovar la Tierra Baldía.

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