sábado, 20 de junio de 2026

El dominio de las imágenes. Por Guillermo Mas Arellano

 

El dominio de las imágenes




Por Guillermo Mas Arellano




A los grandes artistas, contra lo que indica la Academia, se los entiende fundamentalmente a través del mito. La imagen primordial que vehicula su expresión. El centro de la magia bruniana es la figura de Acteón, igual que en el caso de la magia kubrickiana ese lugar está reservado para el Minotauro. En la línea marcada por Paracelso, esa que Carl Gustav Jung querrá recuperar en el siglo XX, Giordano Bruno concebía al mago, al chamán, al filósofo como un médico que trabaja con elementos materiales. Si, anticipando a Bruno y continuando a Llull, Pico trató de aunar todas las tradiciones de Oriente y Occidente en una misma Tradición que confluye con eso que Agrippa denominaría «Filosofía Oculta», podemos especular, tras las enseñanzas de Yates, Culianu e Ignacio Gómez de Liaño, que tanto su muerte como la de Bruno suponen un robo que se ha cometido para con el conjunto de la humanidad.

La obra de Paracelso, una filosofía de la Naturaleza de impronta claramente alquímica, no es sino una ampliación de aquello señalado por Marislio Ficino, en muchos sentidos el primer autor moderno que señaló las correspondencias entre el estudio de la astrología y la medicina mediante la perspectiva de un sacerdote conjurado a la sanación. En cierto sentido, Paracelso, como muestra ampliamente su De Vita Longa (1562), quiso encarnar el modelo propuesto por Ficino en De triplici vita (1489). Como antes Ficino, Paracelso bebió directamente de las fuentes griegas y árabes que transmitieron los secretos de la alquimia tal y como esta se practicaba en Egipto siglos antes de que los árabes llamaran «alkimia» a su arte.

El principal modelo de Paracelso, si exceptuamos al propio Ficino, fue Ŷabir ibn Hayyan, más conocido como Geber, que trató de aunar, en pleno siglo VIII, a Aristóteles con el esoterismo islámico, gracias al descubrimiento de toda una Gnosis realizado durante la conquista musulmana de Egipto en el año 640. Para ello, Geber empleó todos los elementos de la creación: tierra, agua, mar y fuego, así como el «éter». Los citados elementos su vez se corresponden con los «cuatro humores» del talante humano, que son la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, que encuentran una notable similitud con los cuatro atributos de los elementos naturales: caliente, frío, húmedo y seco. La obra de Geber fue continuada por otro alquimista musulmán, Al-Razi, muy leído en el mundo musulmán en el siglo XII, y posteriormente trasladado a otros contextos, que acabarían llevando estos saberes herméticos a las manos de los españoles Arnau de Vilanova y Ramon Llull, antes de llegar a Inglaterra y Alemania.

Sin embargo, aquello que pone a Ficino por encima de Paracelso y, con ello, al hermetismo florentino por delante de la «naturphilosophie» alemana, es la visión de «Eros» como primer y más importante «daimon», esto es, como esa fuerza capaz de aunar todo en la Naturaleza por medio del don de la analogía. En su De amore (1469), profundo comentario de El Banquete platónico, Ficino escribe: «¿Por qué se llama mago al amor? Porque toda la fuerza de la magia reside en el amor. Operar mágicamente consiste en un cierto sentido, en atraer una cosa hacia otra gracias a su similitud natural. Todas las partes de este mundo dependen de un único amor y se halla recíprocamente conectadas por comunión común». Esta perspectiva se encuentra ausente, no por casualidad, en la obra de Paolo Sarpi o Francis Bacon.

El Amor es una actitud filosófica de búsqueda, aventura y elección: el peregrino que avanza tras los pasos de su Amada ha tomado el camino de lo Bueno, lo Bello y sobre todo lo Verdadero; y la Alquimia es la herramienta que dicho peregrino posee para domeñar el inconmensurable poder del intelecto que reside en el corazón, ese órgano material que, como el espíritu, sirve de puente y puerta entre el alma y el cuerpo. De la misma forma que funciona el corazón con el alma y el cuerpo, el espíritu («pneuma») o «soplo divino» reconcilia al individuo con el Cosmos, abriendo una posibilidad para que se produzca «la cosmización del hombre y la antropomorfización del universo», tal y como lo expresó Ioan Petru Culianu.

Desde un punto de vista platónico, el Conocimiento se adquiere por medio de «fantasmas» que, igual que sucede con el rostro «especular» de la Amada, surgen en un primer momento a través de la contemplación, incendiando la fantasía («phantasia») con su presencia mimética; por contra, la cosmovisión moderna ha instalado una reducción, que hoy podríamos denominar como racional o «cartesiana», según la que el instrumento («proton órganon») abarca sólo la mente («res cogitans»), limitando así el poder de las imágenes («phantasmata»).

Es, de nuevo, Culianu, el que apunta: «La cultura renacentista era una cultura de lo fantástico». Ello queda especialmente claro cuando se abunda en el sistema mágico desarrollado por Giordano Bruno, por cuyo descubrimiento el nolano tuvo que pagar con la vida. Según la filosofía antigua todo pensamiento es pura fantasmagoría: las imágenes, los «fantasmas», son apariciones previas a cualquier atisbo de pensamiento, esto es, a la propia formulación dialéctica y verbal de nuestra percepción. Y el centro de la vida social es un teatro, término que proviene de una palabra griega, «theatron», que significa «lugar para ver», palabra a su vez derivada de un verbo, también griego, «theaomai», que traducimos por «mirar atentamente» Tal y como le sucede al enamorado cuando contempla su propio rostro en el de la Amada el pueblo asiste al espectáculo público del ritual.

El psicoanálisis, en el caso individual, o la psicología de masas, en el terreno de lo colectivo, son apenas degradaciones de la magia operativa, de aquello que Culianu denominó como «ciencia del imaginario». La magia, toda forma seria de magia, requiere siempre de un conocimiento previo de Amor («Eros») y Memoria («Mnemósine») en el operante de turno; pero hoy ya no dominamos nuestros propios procesos imaginarios: la tensión entre lo consciente  y lo inconsciente ha desbordado nuestras cada vez más depauperadas capacidades; y aunque el racionalismo no ha ayudado en ese proceso de demolición constante, podemos señalar al puritanismo y a la ciencia moderna como respuestas perfectamente diseñadas para limitar la eclosión de nuestras capacidades naturales, de forma que nuestro mundo hipertecnificado está dominado hoy más que nunca por los efectos de la magia sobre el inconsciente personal y colectivo.

Tanto el Renacimiento como la Reforma, nos enseña Culianu, deben ser entendidos en clave mágica, como una extensión de esa «filosofía oculta», al decir de Agrippa, que propone operar fundamentalmente con imágenes para invocar fuerzas ocultas. La técnica, la economía o la ideología cumplen, en ese sentido, un papel residual en relación a otros procesos ocultos que mueven la historia. El silenciamiento de la obra de Ficino, Paracelso y sobre todo Bruno, en beneficio de una paradigma médico, tecnocientífico y filosófico totalmente secularizado, resulta elocuente en ese sentido. Pico y Bruno pagaron con su vida la imprudencia de querer convencer a Roma de sus hallazgos, para que fueran muchos los beneficiados de ello, igual que casi se la cuesta a Abulafia antes que a ellos.

Se ha querido reducir a Bruno a la figura de «mártir de la democracia» o «héroe librepensador». A nosotros estas categorías nos parecen poco menos que risibles ante la magnitud de los hallazgos mágicos de la magia bruniana. Como afirmara Culianu, «era el más antidemocrático de los pensadores». Pasado el Renacimiento, precisamente cuando las democracias modernas empezaron a vislumbrarse en ciertos tomos de los que saldría la Revolución norteamericana, primero y la Revolución francesa, después, que redujeron poco a poco el margen público para hablar del «Alma del Mundo», hasta la llegada definitiva del materialismo con la Revolución rusa que inauguró el siglo XX, dejando las artes de la memoria y demás saberes en manos de unas minorías oligárquicas que hoy siguen en pie.

Si el Renacimiento fue una oportunidad psicopolítica, la Reforma fue la vuelta al redil en Europa. En cuanto a la célebre Contrarreforma española, que algunos quieren ver como una gran alternativa, apenas si se planteaba escapar de lo dictado por la ortodoxia eclesiástica, por no hablar de su lado más esotérico, protagonizado por los jesuitas y, con ellos, los célebres Alumbrados de Ignacio de Loyola. Sin contar a figuras tan oscuras como la del citado Sarpi, que documentó ampliamente el período histórico al que aludimos desde dentro. Entre Lutero y Loyola, a pesar de lo que se quiera decir, tampoco media tanto. La célebre Escuela de Salamanca no dejó ninguna oportunidad sin explorar, como quieren los liberales españoles hoy en día, sino que llevó a cabo sus frutos… Hoy por todos conocidos. Desengañémonos: el dominio de lo sutil es un ámbito más que conveniente para el control de las masas. Y lo demás es alfalfa exotérica.

La Reforma fue, en muy resumidas cuentas, un intento encubierto por controlar esas imágenes que Bruno había aprendido a trabajar mágicamente con la excusa del fanatismo y la adoración, utilizando, una vez más, el viejo mecanismo de las dicotomías: católicos-protestantes, Reforma-Contrarreforma, que todavía seguimos sufriendo estos días cuando vemos como, tras el auge del así llamado «wokismo», ahora llega su contraparte necesaria en forma de antítesis: el IV Reich. Con la Reforma se impuso también el régimen estatolátrico de la Modernidad, más tarde confirmado por la Revolución Francesa, cuyo modelo jacobino es el gran legado político del Terror que más tarde reavivaron los soviéticos, hasta terminar de derivar en la actual socialdemocracia, mucho más limpia y medida, más no por ello menos opresiva

miércoles, 27 de mayo de 2026

Sobre el mesianismo judío y su vinculación con el culto a Saturno. Por Guillermo Mas Arellano

 

Actualidad del cubo negro de Saturno:

Sobre el mesianismo judío




Por Guillermo Mas Arellano



“Los primeros Rothschild fueron frankistas y financiaron a Eva Frank, hija de Jacob Frank, que era considerada la Matronita, la Shejiná misma o el Mesías femenino a los ojos de los seguidores del culto. Soros forma parte de la red frankista. Eso no tiene mucho que ver con el judaísmo ortodoxo”

Alexander Dugin





Saturno, sustento de la Creación, se identifica con la piedra, necesario fundamento de todo Templo: «Los espíritus de los hombres son los huesos de Saturno reducidos a polvo» (Manley P. Hall). Plutarco apuntaló lo evidente: Saturno es un equivalente romano para el Moloch cananeo, a lo que podemos añadir al Ninurta sumerio, al Baal fenicio, al Osiris egipcio, al Kronos griego o al Marduk babilonio. Es el dios del sexto día, el Sabbath («Saturn-day»), en tanto que hijo de Urano y de Vesta, padre de Júpiter y Plutón, hermano de Titán cuyo nombre proviene de una conjunción entre «Satis» (saciar) y «Facer» (hacer) que tiene una evidente connotación sacrificial.

En la mayoría de estudios sobre hermetismo, la importancia de España suele ser dejada de lado, cuando tanto El Zohar como buena parte del esoterismo islámico le deben mucho a esta tierra. Tras la expulsión de los judíos en 1492, se generó un verdadero trauma en ese pueblo errante que, a pesar de sus penurias materiales, se consideraba a sí mismo como «pueblo elegido». En ese sentido merece la pena recordar unas palabras escritas por Nietzsche en El Anticristo (1895): «Esta ha sido la variedad de megalomanía más funesta que hasta ahora ha habido en la tierra: pequeños engendros de santurrones y embusteros comenzaron a reclamar para sí los conceptos de “dios”, “verdad”, “luz”, “espíritu”, “amor”, “sabiduría”, “vida”, como sinónimos de ellos mismos, por así decirlo, para señalar un límite entre el mundo y ellos».

Algunos personajes como Isaac Luria, considerado por muchos el principal practicante de la «cábala operativa», resultaron fundamentales a la hora de generar una nueva identidad espiritual tras la persecución y el exilio. El sabbetaísmo, de claro signo saturino, surgido en el siglo XVII, sin duda bebe directamente de la arrogancia del «pueblo elegido». Su líder, Sabbetai Zeví, nacido en Esmirna en agosto de 1626, vino al mundo en el día de la conmemoración de la destrucción del primer y del segundo Templo de Jerusalén. Su comunidad nació como un grupo de judíos establecidos en Grecia, donde Sabbetai inició sus estudios religiosos hasta devenir un célebre rabino. En 1644, según apunta Scholem, Sabbetai se iniciará en el estudio de la Cábala.

Sin Isaac Luria, Sabbetai Zeví o su continuador Jacob Frank, incluso el sionismo tal y como lo cifró Theodor Herzl en el siglo XX, directo responsable (tras la Shoah) del establecimiento del Estado de Israel, no existiría. Se trata de un mesianismo nacido de los esenios que creció de la mano del judaísmo jasídico y de esas herejías milenaristas que fueron el sabbetaísmo y el frankismo, hasta llegar al moderno sionismo que hoy alienta a Israel para aniquilar a Gaza y, tras el pueblo palestino, cada vez más arrinconado, a su gran enemigo en la región: Irán.

Como Adolf Hitler y Iósif Stalin, entre tantos otros mesías del Mundo Moderno entre los que se puede citar, a pequeña escala, a Grigori Rasputín o Charles Manson, Sabbetai Zeví fue un ser humano enfermizo, frágil, paranoico, desde luego psicopático, que destacaba por controlar tanto como por ser controlado por un conjunto de daimones más o menos encarnados. Sus extravagancias y dificultades sexuales hicieron que sus dos primeros matrimonios fracasaran concluyentemente, sin que las razones finales de esta frustración lleguen a ser claras. ¿Quizás adoleciera del mismo afán masoquista del führer, o puede que más bien se tratara de una impotencia similar a la de Napoleón Bonaparte o Francisco Franco? Lo que sí está más que comprobado es su talante melancólico, hoy diríamos que depresivo, que Scholem relaciona directamente con severas patologías clínicas como la psicosis.

En 1648, a la edad de 22 años, Sabbetai Zeví decide autoproclamarse «mesías». Se siente «ungido» por los setenta patriarcas de Israel iniciados directamente por Moisés, y gracias a su poderosa elocuencia retórica consigue manejar a un amplio grupo de seguidores que interpretan sus altibajos emocionales como signos inequívocos de «iluminación». Una aproximación somera al personaje en cuestión revela que no está lejos de codearse con tipos de la talla de Jim Jones, que prometen la venida de una «religión del futuro», al decir del Padre Seraphim Rose, para un grupo de desarrapados ante los que la Historia pronto yacerá prosternada.

En 1651 Sabbetai es expulsado de Esmirna por violar la Ley judía; su salida terminará en Salónica sin que su actitud cambie un ápice. Allí, para escándalo de la casta sacerdotal local, pretende acreditar sus dotes cabalísticas contrayendo matrimonio con las Sagradas Escrituras. Por este acto no tardará en ser expulsado de Salónica; en 1658 acaba recalando en Constantinopla, donde se establecerá a lo largo de ocho meses, llegando a pasearse por las calles de la ciudad con un carrito de bebé donde un pescado muerto, alegoría tangible de la Era de Piscis, ocupaba el lugar habitualmente reservado a un retoño humano. Sabbetai comienza a anunciar la Edad de Oro, nada menos, y este exceso conlleva para él una nueva expulsión de la ciudad.

Tras pasar por El Cairo, Sabbetai Zeví llega a Jerusalén, Tierra Prometida, en el año de 1662. Allí lleva una vida muy distinta a aquella en la que se había desempeñado hasta ese momento. Es, en muchos sentidos, un hombre reconvertido a eremita, que apenas si sale de casa ni se alimenta, salvo en el sábado (sabbath), día de Saturno. En 1663 regresa a Egipto una vez considera que sus particulares «ejercicios espirituales» han finalizado. Permanecerá allí dos años más y terminará casándose con una prostituta llamada Sarah. También conocerá a una figura de crucial importancia en su vida: Nathan de Gaza.

Estudioso casi incomparable de la Cábala, Nathan de Gaza tiene una visión en la que contempla a Sabbetai Zeví como el mesías. Tras esta experiencia mística busca al profeta y se pone a su servicio sin rechistar. La elocuencia de uno y la erudición de otro servirán para reforzar el mitologema de los dos ungidos: el rey y el sacerdote de claro signo mesiánico. Nathan de Gaza, respetado en la comunidad religiosa, anunciará tras nuevas y portentosas experiencias extáticas, que Sabbetai Zeví es el hombre que debe sentarse en el trono de Israel. El profeta y el elegido ponen rumbo, entonces, a Jerusalén, en pleno año de 1665, como si de Juan el Bautista y Jesús el Nazareno se tratara. En la ciudad, Sabbetai quebrantará una y otra vez las leyes de los judíos, sin temor a las consecuencias, al tiempo que se paseará a lomos de un caballo pálido, ese símbolo apocalíptico, por las calles del lugar.

La excomunión de Sabbetai Zeví llega tarde: es demasiado poderoso sobre su grupo de fieles. Como un Akhenatón hodierno, Sabbetai dará la espalda a la casta sacerdotal y se marchará con sus seguidores a Alepo para reformar una vez más su religión. Según atestigua Nathan de Gaza, Sabbetai es nada menos que la reencarnación de Simon Bar Kojba, líder de la así llamada «Rebelión de Bar Kojba» acontecida en el año 132, cuando por primera vez se estableció un estado judío independiente del Imperio romano, comunidad política que sobrevivió hasta su aniquilación definitiva en el año 135.

Mientras tanto, Sabbetai, muy influido por su mujer, Sarah, que es una iniciada y con la que por lo visto todavía no había tenido relaciones carnales, desarrolla un discurso que hoy denominaríamos «feminista», alentando a que las mujeres desarrollen su libertad de pensamiento mediante la exégesis de la Torá. Tras acrecentar de forma notable su comunidad religiosa, situada en Esmirna, que ya es mayoritaria dentro de los fieles judíos del lugar, Zeví se dirige una vez más a Constantinopla.

Como ya ocurriera con Jesús el Nazareno, Sabbetai Zeví es denunciado a las autoridades locales por parte de la casta sacerdotal local, que no lo reconoce como mesías, sino como un hereje y un usurpador. En consecuencia, es encarcelado en Constantinopla cuando el calendario marca el mes de febrero de 1666. En el último momento, Sabbetai salva su vida hablando con humildad y buen tino ante el visir Ahmed Koprulu, máxima autoridad de la ciudad, en una reunión privada con él que viene a señalar la importancia que tenía el sabbetaísmo.

En agosto de 1666 Sabbetai Zeví decide abolir el ayuno relacionado con la destrucción del primer y el segundo Templo de Jerusalén. Es una decisión muy atrevida, puede que incluso descabellada, que viene a señalar la magnitud de su poder, casi tan grande como su ambición. Su caída no se hace esperar: Nehemias Cohen, un sabbetiano procedente de Polonia, agredirá a Sabbetai en medio de una reunión privada acontecida el día 2 de septiembre de 1666. Al parecer Cohen pretende reconstruir el Templo de Jerusalén y pone en duda el estado de «ungido» atribuido a Zeví. En cuestión de unas semanas, una vez transcurre este desafortunado incidente, las tropas turcas detendrán a los dos autodenominados mesías. Nehemias Cohen será el primero en convertirse al islam y alentar del peligro que entraña el sabbetaísmo en su conjunto. En consecuencia, Sabbetai será detenido y llevado ante Mehmed IV.

Todos los sabbetianos esperaban que su mesías, el «ungido», reclamara para sí la corona que falsamente portaba Mehmed IV; en lugar de eso, una noticia rompió en dos sus vidas: Sabbetai Zeví, forzado por la amenaza de la parca, acababa de convertirse al islam. Su mujer, la exprostituta Sarah, se convertirá en Fátima, mientras que el propio Sabbetai pasará a llamarse Aziz Mehmed Effendi, para decepción de sus miles de seguidores en esa y en tantas otras regiones. Ambos acabaron exiliados en Ulcinj, donde Sabbetai moriría una década después de su apostasía, el día 16 de septiembre.

Scholem va más allá del simple temor al martirio, apunta a un «descenso necesario a las tinieblas» de él y su culto. La apostasía sería un escalón más en el ascenso espiritual que, por medio de una escalera que sube bajando, a la manera de la de Jacob en el Antiguo Testamento, conduce directamente a la salvación. El peso del mesianismo sabbetiano renace en ese momento, el de su mayor debilidad, gracias al empuje de Nathan de Gaza, autor de El libro de la Creación (Sefer ha-beria), que predicará a lo largo de un camino itinerante hasta su muerte, acontecida en Skopie, Macedonia del Norte, en el año de 1680, cuando muchos escépticos han pasado a llamarle «Satán de Gaza».


"La palabra «Mashíaj» en hebreo significa «ungido», «ungido para el reino». La misma palabra en griego es «Cristo». Pero el cristianismo se basa en la convicción de que el Mesías ya vino al mundo. Esta es nuestra religión. Pero la diferencia fundamental con el judaísmo es que los judíos creen que el Mesías aún no ha venido y no reconocen a Jesucristo como el Mesías. Esta es la diferencia fundamental"


Alexander Dugin


Al medio siglo exacto de la muerte de Sabbetai Zeví, el mundo alumbrará a su más firme heredero espiritual: Jacob Frank, nacido como Jacob Leibowitz, cuyos seguidores, los frankistas, llevarán el influjo de los sabbetianos aún más lejos. Sobre él Scholem escribió en su libro Mesianismo y nihilismo (1973): «Jacob Frank permanecerá en la memoria de los hombres como el caso más espantoso de la historia del judaísmo». Como nexo directo entre Sabbetai Zeví y Jacob Frank destaca la figura del converso al islam Osman Baba.

Tras algunos infructuosos émulos de Sabbetai, tales como Joseph ben Tsur en Marruecos, Mordekkay Moriah en Alemania o Jacob Querido en La Meca, este último familiar directo de Zeví por parte de Sarah, aparecerá Osman Baba, nacido Baruchia Russo, quien afirma ser la reencarnación del propio Zeví. Según apunta Scholem, Osman es aún más radical que Sabbetai en su nihilismo, en su rupturismo, en su voluntad de destruir las grandes tradiciones religiosas para mejor construir una «religión del futuro» cuyo proyecto muchos remontan hasta la Torre de Babel y la figura de Noé. La secta de los karakashlar, fundada por Osman, coincidirá en el tiempo y prácticamente en el espacio, ya en Polonia, con otro grupo de sabbetianos, en este caso encabezados por el cabalista Lóbele Prossnitz.

Las líneas generales del antisemitismo moderno, del que Hitler fue Gran Maestro, serán delineadas, curiosamente, por ese autoproclamado «tercer mesías», tras Sebbatai Zevi y Osman Baba, que fue Jacob Frank, quien, en compañía de Anna, su mujer, viajará, en calidad de comerciante prácticamente analfabeto e incluso ágrafo, pero altamente elocuente e iluminado, a lo largo de Salónica, Adrianópolis y Esmirna, tras los pasos de sus antecesores. De vuelta a Polonia, tras más de dos décadas de preparación en Turquía, fundará su propia secta en el año de 1755, confiriéndole a las orgías sexuales una notable importancia dentro de su culto. Su brujería se ampara en una sexualidad heterodoxa.
Tras pasar por la cárcel, denunciado una vez más por la ortodoxia hebrea, a consecuencia de sus escandalosas prácticas, Jacob Frank decidirá convertirse al islam en el año de 1757. Esta decisión le otorgará la simpatía de las autoridades locales, mientras que permitirá a su mensaje continuar propagándose a la velocidad de la pólvora por las dispersas, además de huérfanas, comunidades de sabbetianos presentes en Polonia, Hungría y Ucrania. Escribe Ernesto Milá: «Es la judería centroeuropea quien mejor recibe a este nuevo neosabbetiano y en sus comunidades es donde prende mejor la llama de la revuelta, la subversión y el exceso. Adoptan posiciones antitalmudistas y piden la protección de la Iglesia Católica para protegerse de la hostilidad de los rabinos ortodoxos. Esto produce un efecto inesperado: la Iglesia acepta el contacto de estos judíos renegados de la sinagoga y acepta algo más importante todavía: que escriban folletos y libros con argumentos que tienden a denunciar y desprestigiar la práctica y la predicación de los rabinos».
Estos folletos serán, junto a la obra de Maurice Joly, la principal inspiración de Los Protocolos de los Sabios de Sión (1902), actualización de los «libelos de sangre» al filo de la guerra ruso-japonesa que influyó decisivamente al Tercer Reich por la vía de Alfred Rosenberg, su editor en Alemania. Mucho antes, Jacob Frank y sus discípulos tomaron otra estrategia de defensa: decidieron apoyarse en la Iglesia Católica para huir de la persecución emprendida por la ortodoxia judía. Amparándose en ese apoyo institucional, atacarán el Talmud y criticarán duramente al judaísmo, para provecho de católicos y musulmanes. Jacob Frank regresará a Europa y se convertirá al catolicismo, seguido por numerosos fieles, con el apoyo y la presencia del rey de Polonia, nada menos.
Sin embargo, los frankistas y demás neosabbetianos mantendrán incólumes sus costumbres amorales, incluidas las orgías que apenas si ocultan a la Iglesia, lo que acabará saldándose con el descubrimiento por parte de las jerarquías eclesiásticas del fraude doctrinal cometido, con las consecuencias esperables: una dura reacción para castigar la broma. En febrero de 1760 Frank es detenido y después permanecerá encerrado en una celda de aislamiento durante algo más de dos años, transcurridos los cuales regresará a sus costumbres sin cambiar nada. A su vez, Frank intentará infiltrarse sin éxito dentro de la Iglesia Ortodoxa de Rusia, puesto que su principal objetivo es ahora corromper y destruir a las religiones desde dentro.
Tras un cambio de régimen que acaba propiciando la liberación de Jacob Frank, pasará a formar y entrenar a su propio ejército privado, algo así como un Estado dentro del Estado de claro signo religioso, y moverá su círculo íntimo con el rigor y la ritualísitca propia de una sociedad secreta, capaz de infiltrar y manipular por igual las jerarquías religiosas o el cuerpo operativo del Estado a su antojo. Jacob Frank, para entonces autodenominado «Dios en la Tierra», llegará a ser un influyente actor político en la Europa de su época, en estrecho contacto con la corona rusa que entonces ostentaba Catalina, después Pablo I y por último José II. Frank pretende nada menos que penetrar en el Poder y la Religión para tratar de desestabilizar desde dentro la sociedad rusa, generando el caos en el país, para después imponer un nuevo gobierno significado bajo su dominio mesiánico.
El objetivo de Frank es el de gobernar a través del caos, imitando a viejos tiranos europeos como la familia Rothschild. Sus seguidores, adiestrados para la causa, deben cumplir órdenes, buscar la riqueza, perseguir la influencia social, devenir actores sociales de primer orden, capaces de garantizar el éxito de la causa a toda costa. Muchos de sus discípulos entrarán a formar parte de la francmasonería, a su vez infiltrada por los Iluminados de Baviera, y según algunos estudiosos su influencia se hará notar en la Revolución Francesa. El grupo paramilitar constituido en las propiedades de Anna, la mujer de Frank, en la provincia de Brno, han superado con mucho el ámbito de influencia geográfico al que en principio aspiraban.
Cuando Frank muere en el año de 1791 su culto ostenta un poder enorme. Tras el fracaso de la Revolución Francesa, a pesar de la muerte de algunos de los más importantes frankistas que participaron en ella, como por ejemplo Moses Dobruška (guillotinado el 5 April 1794), los continuadores de Frank abrazaron la figura de Napoleón Bonaparte como la llegada definitiva de su mesías. Suponemos que, en caso de haber llegado a vislumbrar a Hitler, no habrían dudado en afirmar lo mismo… A pesar de su antisemitismo, o precisamente gracias a él. Con la llegada del siglo XX, sin embargo, los frankistas desaparecerán de la luz pública, puede que por causas naturales, o quizás mejor para diluirse dentro de un grupo mayor. Casualidad o no, en ese preciso momento comienza otro movimiento mesiánico que, además, sueña con reconstruir el Tercer Templo: es el sionismo.



"La esencia del sionismo reside en que es una especie de » satanismo judío «. Este satanismo no se relaciona con otros pueblos o culturas, sino que es satanismo dentro del judaísmo; es decir, es una inversión de proporciones. Mientras que el judaísmo ortodoxo clásico insiste en que el sentido de la existencia de los judíos en la diáspora (Galut) reside en la expectativa del Mesías, que vendrá desde fuera, y solo entonces deberán regresar a la Tierra Prometida, el sionismo se basa en el principio de que los judíos mismos son Dios. Por lo tanto, ya pueden regresar a Palestina, y pueden hacerlo por la fuerza, rechazando así la prohibición talmúdica, y, en consecuencia, comenzar la construcción del Tercer Templo ellos mismos. Y la garantía de este proceso mesiánico será la aparición del Mesías, que, en esencia, es cada israelí"

Alexander Dugin



La ciencia moderna tiene mucho de magia negra: centrada en la destrucción, orientada hacia la transformación, sin temor a la exploración de los límites más insospechados. En cambio, la religión, sobre todo en su vertiente teológica medieval y sus vaivenes ulteriores tras la secularización, han demostrado los sobrados problemas que lleva aparejados consigo la inacción en numerosos ámbitos. Si la ciencia profana ha sido desarrollada, ya desde sus inicios por alquimistas como Isaac Newton o miembros de sociedades secretas como el rosacruz Francis Bacon, la teología se ha revelado desde el Renacimiento como una realidad antropológica evidente: el neoplatonismo pone al descubierto aquello que en la doctrina de Platón nunca llegó a poder ser figurado de manera evidente. Pero fue la cábala, esa mística de la palabra perteneciente al mundo religioso judío en su vertiente más oculta, quien, al otorgarle un nombre a Dios, llamando YHWH a aquello que es por definición impronunciable, anticiparon el deicidio del que durante toda la Edad Media y en los siglos posteriores fueron acusados en la mayoría de pueblos europeos.
En cierto sentido, poder nombrar a Dios ofrece cierta potestad sobre él a quien lo hace: es normal, entonces, que los mismos que realizaron dicha transgresión no tardaran en imaginar a una criatura monstruosa invocada a su voluntad. Hasta la llegada de la Edad Media resulta imposible encontrar rasgos de un pensamiento místico o sencillamente metafísico en la tradición religiosa judía. En ella todo es de un materialismo asfixiante. Son ciertos autores como Moisés ben Nachmán o Moisés de León aquellos que le otorga una dimensión gnóstica a la lectura de los textos sagrados. Con ello nacerá la raíz de lo que, en su versión secularizada, dará lugar a la hermenéutica y a la crítica literaria: la exégesis. A través de la estrecha relación con los más profundos significados ocultos tras las sílabas y las cifras, la Cábala (kabbalah significa “lo recibido”, en el sentido más esotérico de la expresión) abrió la puerta a la magia en Occidente.
Tras la definitiva expulsión europea de los judíos en 1492, el Zohar, texto fundamental de la Cábala, se difundió ampliamente entre ciertos círculos de la comunidad judía en éxodo. Se difundió el uso de la magia práctica bajo la forma de amuletos y encantamientos en busca de suerte y de protección. El Gólem es una creación hecha a partir de barro, el mismo material según el cual Dios creó al hombre en el Génesis, generado por los judíos para imponer su voluntad: la “excusa” que invoca la necesidad de defenderse contra las invectivas del antisemitismo es la justificación perfecta para traer a este mundo aquello que en una cultura tradicional jamás habría sido alumbrado. Para crear al Gólem es necesario recitar el nombre de Dios, a través de múltiples combinaciones complejas que pretenden equiparar al cabalista con el Creador, un número muy preciso de veces cuya cifra exacta sólo es accesible para el iniciado. Después se hace necesario recitar ese mismo nombre, el de Dios, al revés el mismo número de veces.
El gólem, ese ser de tierra, dice representar la verdad pero en realidad sólo lleva inscrita en su faz la letra que representa la muerte. Su propia concepción, tan cercana a los delirios transhumanistas del cosmismo ruso o de algunos filántropos de Silicon Valley, nos lleva a pensar a la relación de importantes físicos modernos como Albert Einstein, Norbert Wiener o John von Neumann con la cábala. El gólem no es, pues, otra cosa que una parodia siniestra de la creación del primer hombre. Ello evidencia que, en muchos sentidos, ninguna doctrina esotérica de carácter sapiencial asumiría la creación de un Gólem por el carácter inherentemente fáustico de la idea. Sin embargo, la Cábala hebrea lo ha hecho, y esa es mejor que ninguna otra la prueba de que el puente que conecta a la religión con la magia a veces es más consistente de lo que se suele pensar.

martes, 26 de mayo de 2026

La Gnosis de Thomas Pynchon. Por Guillermo Mas Arellano

 

¿Es Thomas Pynchon un gnóstico?

La Gnosis pynchoniana en A Oscuras (Shadow Ticket)




Por Guillermo Mas Arellano





Pynchon es, antes que el narrador de la entropía, como suele decirse, el escritor de la tecnociencia y de los procesos de desarrollo que han llevado a esta fase avanzada de la Modernidad postindustrial. Pero, ¿acaso es también un gnóstico?



Con la publicación de A Oscuras (Shadow Ticket, 2025), a Thomas Pynchon le han caído palos por parte de una crítica literaria forjada a imagen y semejanza del mercado al que sirve. Yo creo que es una novela a la altura de lo mejor de Pynchon de los últimos años. De Pynchon no sabíamos nada desde esta novela Al Límite (Bleeding Edge) del año 2013 y a mí A Oscuras me ha gustado más. Una vez más, la crítica crítica española ha sido perezosa, en líneas generales, hablando de la novela de Pynchon. Han dicho que es una novela menor, y demás tópicos por otro lado habituales a la hora de enfrentarse a la última novedad de un “gran maestro” consagrado, sin meterse realmente a ver que no. Yo creo que es una novela que está muy bien hecha, demuestra que Pynchon sigue teniendo un pulso narrativo envidiable y mucho que decir. Además de un estilo sumamente reconocible.

Y además creo que con el interés de que evidentemente en Al Límite, que es una novela ambientada en 2001, en el entorno de la burbuja de Silicon Valley, en el entorno del 11-S, nos hablaba de la actualidad y de la actualidad más reciente. Desde que Pynchon publicó este libro hay que recordar que Obama era el Presidente de los Estados Unidos, que Donald Trump no estaba en las quinielas, que no hablábamos de pederastia en las élites más que en el entorno envenenado del Pizza-Gate, estábamos ante una América, ante un Occidente muy distinto. Desde entonces hemos tenido virus, hemos tenido guerras, hemos tenido más crisis económica, hemos tenido pérdida de poder adquisitivo, hemos tenido un montón de acontecimientos que incluyen una abrumadora información conspiranoica sobre nuestras ya de por sí depauperadas mentes, incluida una lista y una isla de Epstein que da perfectamente para la novela de Pynchon, autor tan esquivo como pareciera serlo la isla del matemático judío.

Sin embargo, Pynchon se va 100 años atrás, hacia el mundo fascista de hace un siglo, a la hora de hacer una obra histórica heterodoxa, rizomática, que parece realmente en continuidad con Contraluz (Against the Day, 2006), empezando por el título, hablando de sombras, de contraluces, de una lucha a en tinieblas contra una extraña forma de luz, aquí en español “a oscuras” y “contraluz” casan mucho más que en el original. Me parece también interesante ver que poco se ha entendido esa decisión por parte de Pynchon, la de ligar ambas obras, como sí con esta novela de 2025 cerrara el círculo iniciado con la segunda parte de su obra, la del Pynchon del siglo XXI, que arrancó con su publicación de 2006.

Parece inevitable hablar de postmodernidad cuando hablamos de Pynchon… Lo cierto es que su narrativa, sobre todo a partir de A Contraluz, se encuentra plenamente imbricada dentro de un marco literario innominado, que va más allá de la posmodernidad, aun manteniendo muchos de sus rasgos tipificados. ¿En qué consiste la postmodernidad? Según Jean-François Lyotard, es “el fin de los grandes relatos”. El colapso de las certezas, de todas las ideologías, incluyendo el iluminismo, de cuya mano llegará una época de incertidumbre y desasosiego… Que hoy ha finalizado en una suerte de Ilustración Oscura tecnocrática. Tal y como afirma Slavoj Žižek, supone el fin del humanismo, y el paso a un posthumanismo nietzscheano de consecuencias antropológicas imprevisibles. En cualquier caso, parece que la evolución de la tecnología sin precedentes y un crecimiento de la información impredecible han llevado a que, aquello que la modernidad entendió como distopías (Orwell, Huxley y Burgess), la postmodernidad (Dick, Ballard y Cronenberg), confirma como realismo. El paso del Espectáculo de Guy Debord al Simulacro de Jean Baudrillard como cotidianidad inasumible, vírica, invasiva, y a la par autoinmune.

En literatura, la postmodernidad es un género puramente anglosajón que nace y muere, sin embargo, con dos hispanohablantes que son, para más señas, argentinos. Su marco se mueve en la segunda mitad del siglo XX y muere en la mitad del XXI. Nace con Ficciones de Jorge Luis Borges, en 1944; y muere con la trilogía La Parte (La Parte inventada; La Parte soñada; La parte recordada), de Rodrigo Fresán, publicada entre 2014 y 2019, justo antes de la pandemia mundial del coronavirus. Entre medias podríamos citar a William Gaddis y Los reconocimientos (); a John Barth y El plantador de tabaco (); a Thomas Pynchon y El arco iris de la gravedad (1973); o, más recientemente, Submundo () de Don DeLillo; La broma infinita () de David Foster Wallace; Europa Central () de William Vollmann; y El tiempo de nuestras canciones () de Richard Powers. Sin embargo, en términos estéticos seguimos anclados en ese mundo yuppie que, como supo representar Thomas Pynchon en Vineland (1990) dejó atrás la inevitablemente ingenua, torpe y del todo fallida utopía hippie de un mundo mejor.

Más allá de un género o de una técnica representada en unos casos puntuales, se puede hablar de una auténtica hibridación en la ficción, o incluso de un proceso de “formateado” en el ensayo. Cada vez encontramos más ensayistas que incluyen elementos narrativos a la hora de contarnos ciertas partes de su tesis; y, sobre todo, cada vez es más frecuente encontrar fragmentos ensayísticos disueltos a lo largo de una novela, para tratar uno o varios temas puntuales. Algo que ha ocurrido al tiempo del desarrollo de Internet y las Nuevas Tecnologías en unos niveles insólitos, lo que ha llevado a incorporar en la literatura el lenguaje de la ciencia, de la informática y de la robótica de forma pionera. En otras palabras: muestran la impronta que la técnica está teniendo sobre lo humano. El desarrollo de la cibernética, que va de la mano de la Tecera Revolución Industrial y habilita la aparición de la Cuarta, marca como ningún otro hecho histórico el desarrollo de la etapa en la que actualmente estamos inmersos. Thomas Pynchon, a través de novelas como El arcoíris de la gravedad (1973), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006), Vicio Propio (2008) o Al límite (2013), se ha destacado como el gran maestro narrativo de la tecno-ciencia y la entropía.

La gran pregunta que abre este panorama ante la realidad cotidiana se puede resumir en una pregunta: ¿Es posible amar después de conocer? Propuestas como la de Pynchon redundan en indagaciones ficcionales en la antropología y la epistemología bajo el capitalismo de la vigilancia y la silicolonización del mundo. Podemos hablar de que una novela post-moderna, incluso posterior a lo post-moderno, que aspira a hablar de nuestro tiempo en toda su profundidad, no solo debe valerse de la trama y de los personajes, del argumento, para hacerlo; también ha de incorporar un auténtico discurso filosófico, que en algunos puntos no sea explícito, pero en otros sí. La narrativa del futuro será así o sencillamente no será. La amenaza del espectáculo, la banalización, el agotamiento formal o el mero entretenimiento, sólo puede ser superada con una fórmula basada en la indagación temática y la imaginación sin límites.

En el ámbito de la narrativa en lengua inglesa, podemos decir que William Gaddis es el más importante de entre los escritores posteriores a James Joyce; si el autor de Ulises (1922) acopia y resume en su figura, en cuanto que genio y epítome, todo lo que significa la novela en el siglo XX, Gaddis hace con Los reconocimientos (1955) lo propio para el siglo XXI: la obra de John Barth, Thomas Pynchon, William Gass, John Hawkes, Donald Barthelme, Robert Coover, Don DeLillo, David Foster Wallace, Richard Powers, Evan Dara, George Saunders, William Vollmann, David Markson… Y un largo etcétera que no se entendería sin que antes que todos ellos estuviera esa luminaria de Gaddis: desbrozando sendas que hasta ese momento parecían ignotas.

Hay una frase del perspicaz E.M. Forster que reza: «Es evidente que tras Tristam Shandy se esconde un dios, un dios que se llama Caos y que algunos lectores no saben aceptar». Con la muerte de Dios decretada por Friedrich Nietzsche nació un cáncer ontológico: la entropía que subliman James Joyce y William Gaddis, sendos maestros de lo vulgar, en un mundo cuya ósmosis se conforma a partir de lo caótico: donde «todo está conectado». El tema de Los Reconocimientos es el arte en una sociedad donde la falsedad es moneda de curso legal, un motivo expresado a través del mitologema del pacto fáustico de aquel que vende su alma al mal.

Si algo ha destacado en la ficción posmoderna es su capacidad de anticipación sobre la realidad, en un mundo que parece haberse vuelto del todo inaprensible para el resto de disciplinas, todas ellas escoradas hacia la especialización y el academicismo, e incapacitadas, por ello, para ofrecer una respuesta global del presente. En ese sentido hay que destacar que Don DeLillo, quien, a diferencia de Pynchon, ha incorporado tardíamente las “nuevas tecnologías” a su obra, haya escrito casi coincidiendo en el tiempo con la pandemia, una obra que previene sobre el siguiente estadio de nuestra era. Me estoy refiriendo a El silencio (2020), una novela breve que especula con la posibilidad de un apagón mundial como el anunciado por Klaus Schwab. Qué cosa ocurrirá después nadie lo sabe, pero DeLillo se ha atrevido a imaginar cómo afectará ese “Apocalipsis tecnológico” a nuestras cada vez más informatizadas vidas. También Richard Powers, en sus más recientes novelas, como El clamor de los bosques (2018), Orfeo (2014) o Devastación (2021), ha llevado a cabo un trabajo de características similares.

En más de un aspecto, podemos considerar que el proyecto artístico de Stanley Kubrick corre paralelo al de Thomas Pynchon. Ambos son autores de fuerte influencia rosacruz, que camuflan de nociones junguianas. Y además tratan de capturar, por la cinematografía lo mismo que, y por la literatura, las principales corrientes subterráneas que recorren la Modernidad, con un acercamiento final al mundo austrohúngaro a través de, respectivamente, Eyes Wide Shut (1999) y Shadow Ticket (2025). La capacidad de anticipación, la inmersión meta-ficcional en aquello que Baudrillard denominó como Simulacro, es lo que eleva el arte de la narración en nuestro tiempo a la categoría relato impecable del siglo XXI, para entendernos a nosotros mismos en cuanto que individuos, y a nuestro tiempo en su conjunto en cuanto que multitud de fragmentos aparentemente irreconciliables entre sí. Antes que en la mal llamada “batalla cultural”, deberíamos centrarnos en la “lucha por el imaginario”, donde las ficciones resultan mucho más relevantes que los debates dialécticos.

Otra comparación pertinente que se me ocurre es con la obra de David Lynch. El cine de Pynchon y la literatura de Lynch son las dos grandes contribuciones de nuestra época terminal a la Historia del Arte. En obras como Against the day (2006) o la citada Inland Empire (2006) −dos obras que aparecieron en el mismo año no por casualidad−, y después de las cuales no se ha podido decir nada nuevo en términos puramente estéticos, el mago y soñador de la obra no deja de sacar conejos de la chistera para abrir nuevos espacios oníricos a ojos del lector o espectador; y a pesar del caos rizomático que, respectivamente, presenta la trama de cada una de las obras citadas, existe sin embargo un orden entre tanta confusión: el uso de frases como mantras, de un leitmotiv para brindar una cierta recursividad, se vuelve la técnica fundamental con la que el hipnotizador controla el sueño: «los búhos no son lo que parecen». La obra de arte, para estos dos creadores tan parangonables, es un viaje que, como la propia vida, no tiene sentido, porque para ellos la propia idea de sentido es ya una ilusión más generada por el sueño.

Si tuviera que escoger entre las distintas poéticas del novelista contemporáneo, yo diría que es la narrativa del enigmático Evan Dara, como antes la de su modelo Thomas Pynchon, aquella que mejor ha sabido reflejar las consecuencias de la última Modernidad en las pequeñas comunidades y en las psiques individuales: en El cuaderno perdido (1995) se narra desde dentro la desintegración de la comunidad; y en La cadena fácil (2008) se narra desde fuera la desintegración del individuo… Si es que cabe la diferencia. En lugar de ambos, el absoluto ficticio de una comunidad o de una identidad individual, emerge el peligro de la colmena, la tentación de la red, con su contrapartida salvífica: la sincronicidad y la apofenia propias del Ánima Mundi que nos conectan a todos dentro de una misma imaginación común atemporal.

Con la sociedad de masas habitamos un mundo poblado de símbolos y signos sin llegar a caer en ellos. Solo los conspiranoicos, en tanto que nuevos gnósticos guiados por la paranoia de Thomas Pynchon antes que por la pronoia (πρόνοια) de los Padres de la Iglesia, creen ser capaces de leer las señales que les permiten acceder a los arcanos secretos de una “élite” maligna. Y, para los demás, la banalidad que se sublima en la depauperación lingüística, triunfo jerga mediática de los mass media como «sede de la ignorancia total», como apuntara en su ensayo Apocalípticos e integrados (1964) Umberto Eco.

La cantidad de canciones que saca Pynchon aquí, en A Oscuras, es impresionante, se cuentan por decenas. Yo creo que ha hecho más que nunca, es tremendo. En su novela, cuenta la historia de Hicks McTaggart, un investigador privado a la manera de los filmes de los años 20. Es curioso también porque los dos protagonistas, tanto Higgs-McTaggart como Florian Herscht, protagonista de la última novela de László Krasznahorkai (cuya publicación en español ha coincidido con la de la novela de Pynchon) son dos hombres toscos, hombres grandes, fuertes, con aspecto matonil, poco sensibles, poco dados a la metafísica, que diríamos sometidos a entuertos similares, malentendidos que suelen dar lugar a situaciones involuntariamente cómicas, al menos de parte de quien las vive desde ese aspecto brutote, grande, que tienen los dos.

McTaggart, el protagonista de la novela Pynchon creo que el último tercio es más bien una obra coral, es un detective privado que trabaja para una agencia de detectives. Es un tipo que primero trabaja pinchando huelgas, lo cual hace que se encuentre con uno de los protagonistas de Against the Day, Lew Basnight, que para mí es la obra a la que más se parece porque también se dedicó este personaje durante un tiempo de su vida a reventar huelgas, un oficio muy de los años 30, hay que reconocerlo, y que hoy en día ya no existe, porque ya no hay huelgas que reventar, el obrero ha dejado de creerse obrero en el momento en que se ha comprado un teléfono inteligente, y todo lo demás.

El caso es que McTaggart es elegido para una misión doble, podríamos decir, ya que por un lado, como en muchas novelas de Pynchon, encontrar una mujer que es Daphne Airmond, esa femme fatale, un arquetipo claramente gnóstico que tanto interesa a Pynchon desde V (1963) en adelante y que también está en la ya citada Vineland y en otras tantas obras, en tanto que Eterno Femenino. Daphne Airmond, entonces, es una heredera que obviamente es objetivo de múltiples activos porque va a heredar una fortuna de un magnate, al que llaman “el Al Capone del Queso”, pero cuyo nombre real es Bruno Airmond. Es la otra misión, la que debe haberse involucrado también tiene que ver con este magnate, que incluye espías británicos y teósofos itinerantes de toda condición y calaña.

Daphne básicamente ha desaparecido, dejando a un clarinetista tirado y MacTaggart, o Hicks para los amigos, se ve obligado a perseguir este “ticket” (en jerga de detectives) que da título a la novela en el original, este “billete” que es como llaman los detectives privados a un trabajo de estas características, por el papeleo que implica. Se ve obligado finalmente a pasar de Milwaukee a Nueva York y en Nueva York coger un transatlántico que lo va a llevar a Budapest, donde pasa por la Europa posterior al Imperio Austrohúngaro, la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial y el Crack del 29, ese tiempo frenético que hoy nos parece demasiado acomodado, y acaba llegando a Fiume, lo que entonces se llamaba Fiume, que es una ciudad que estaría en la actual Croacia, pero que entonces sirvió para una regencia italiana del fascistafetichista Gabriele D’Annunzio. En definitiva, ese es un poco el eje argumental de la novela de Pynchon, teniendo en cuenta, porque hay que decirlo cuando se habla de Pynchon y sus pynchonianos artefactos literarios, que son como cuerpos sin órganos, que los argumentos dan exactamente igual la novela de Pynchon, porque lo que importa es la experiencia lectora de cada página, donde lo que importa es el estilo, la construcción de cada escena, cada rizoma aparecido, reaparecido o desaparecido para alumbrar otro nuevo, distinto, como sólo Robert Anton Wilson puede ofrecer en medida semejante.

La estructura puramente horizontal en las novelas de Pynchon es la de un rizoma tras otro, una escena tras otra, y lo que interesa (o, creo, debería interesar) al lector es cada escena, cada diálogo, cada personaje, más que nada por toda esa cantidad de elementos mágicos, políticos, tecnológicos, juguetones, de juegos de palabras, de canciones, que el escritor ofrece sin un átomo de solemnidad. Una de las cualidades más específicas de la posmodernidad, de Pynchon, que algunos autores como David Markson convirtieron en seña, es esa idea de no repetirse nunca y de innovar con cada párrafo, pues esa idea de la abundancia, de un caudal inagotable de tramas y referencias, de cada nuevo giro generando su propia red de referencias interconectadas, esa añadidura continua de información sin perder el hilo… Ese hilo del que el recientemente oscarizado Paul Thomas Anderson diría que es un “hilo invisible” para todos menos para su autor.

¿Es Thomas Pynchon un autor real o una figura invisible? Según la versión oficial, por supuesto, Pynchon sí es una persona, es una persona que estudió en Cornell, es una persona que asistió a clase de escritura con Vladimir Nabokov, aunque como suele repetirse Nabokov dijo que no lo conocía ni lo recordaba, y todas estas cosas que sabemos todos. Este Pynchon, el wikipediesco, habría sido íntimo amigo de Richard Fariña, otro joven escritor que murió en un accidente de moto en 1966. Esta circunstancia ha dado lugar a todo tipo de conspiraciones, muy del gusto de Pynchon, probablemente, sobre si Pynchon no será en realidad Richard Fariña (a quien aparece dedicado, en principio como homenaje póstumo, El arcoiris de la Gravedad). Bueno, es una de tantas teorías que hay, pero parece difícil tirar de ese hilo leyendo el único libro de Fariña que he podido conseguir, Hundido hasta el cielo (Been Down So Long It Looks Like Up to Me, 1966), cuyo mérito literario es menor. Así que parece que existe esta persona, Thomas Pynchon, de hecho su mujer es su agente literario y solo lo lleva él, este señor existe, no hay duda, y que este señor es un genio indiscutible en cuya bibliografía se cuentan varias obras que realmente revolucionan la Historia de la Literatura moderna y, más concretamente, la segunda mitad del siglo XX.

Por lo tanto, el primer Pynchon está más allá de la duda, con obras como V, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de la gravedad y tantas obras maestras que nos ha dejado. Pero hay una segunda vida de Pynchon, después de Mason y Dixon (1997), el Pynchon del siglo XXI, lo podríamos llamar, que es la de Contraluz en adelante. Yo diría, aventurando quizás demasiado, que Mason and Dixon es la última novela que podemos estar seguros que es Pynchon 100% y que en muchos sentidos también es su obra maestra, es donde va el paroxismo, va incluso más lejos de lo que había ido en El arco iris de la gravedad. Es su cima narrativa, probablemente, si acudimos a los términos clásicos de la novelística occidental.

Pero después hay una segunda vida con Contraluz, con Al límite (2013), con Vicio Propio (2009) y ahora también con A Oscuras, que realmente cuesta entender que una persona de la edad de Pynchon, casi noventa años, pueda escribir de esta manera y describir con tal grado de precisión el mundo de las Big Tech, y sobre todo en este caso, el de Al límite, que a mí me gustó menos de lo que me gustaba A Oscuras, tengo que reconocerlo, pero que me pareció bastante meritorio a la hora de describir el mundo hipertecnificado, sobre todo si tenemos en cuenta que su autor nació en 1937, al menos en teoría.

La obra de Pynchon, que nace bajo el amparo de maestros confesos como Jorge Luis Borges o Vladimir Nabokov, reviste una búsqueda del Eterno Femenino ante el descubrimiento de que la Historia de Occidente es, por encima de todo, la Historia de múltiples conspiraciones al servicio de la muerte antes de que la vida. Esos “placeres descerebrados” que Pynchon ha propuesto siempre a partir de grupos alternativos (como el memorable W.A.S.T.E de la temprana, y aún así maestra La subasta del lote 49, muy superior a la única obra de Fariña) son la única alternativa viable al inescrutable avance de la técnica y el comercio de la mano del Capital. Porque a Pynchon le han interesado tanto las bambalinas del poder como los grupos disidentes que se oponen a él, presentes en todas sus novelas menos, curiosamente, en la última: A oscuras.

La distopía se ha hecho realidad de la mano del Capital, haciendo que lo técnico se apodere de lo humano, eso es lo que la ciencia-ficción ha contado mejor que nadie a partir de su obra fundamental: Frankenstein (1818), de Mary Shelley. En ese sentido, toda la literatura contemporánea, incluyendo el corpus pynchoniano, es abiertamente distópica. Pero A Oscuras, la última novela de Pynchon, sobre todo está llena de referencias a Drácula (1891), a Bega Lugosi, sobre todo a la versión cinematográfica de la novela de Bram Stoker estrenada en 1931. Recordemos que para Karl Max, la figura del Capital, la del capitalista incluso, es la del vampiro… Y por eso resulta significativo que en A Oscuras McTaggart viaje al Imperio Austrohúngaro, a la patria de los vampiros como Erzsébet Báthory o Vlad Tepes, que por su consumo de vida y su producción a partir de la explotación de terceros, encarnan como nadie la imagen del Capital.

Dentro de este género, Pynchon ha tratado en varias ocasiones los viajes en el tiempo… Que en A Oscuras están directamente referidos por la vía del apellido del protagonista, McTaggart, que apenas si oculta una alusión a John McTaggart Ellis, científico relacionado con Bertrand Russell y otros miembros de la intelligentsia británica, que a comienzos del siglo XX publicó una obra científica sobre viajes en el tiempo, La irrealidad del tiempo (1908), donde se pone en duda la continuidad temporal tal y como habitualmente la entendemos, sugiriendo en contra una estructura cíclica mucho más interesante a la luz de los descubrimientos filosóficos realizados por Friedrich Nietzsche unas décadas atrás.

Ya en 1990, el audaz Dwight Eddins publicó, a partir de la recepción de Vineland, una particular interpretación de la literatura pynchoniana en clave gnóstica: The Gnostic Pynchon (1990) abrió un debate que, creo, hoy debería estar más vivo que nunca. Mi tesis, brevemente expuesta, es que la segunda parte de la obra de Pynchon, a partir de Contraluz, ha necesitado de la colaboración de terceros… Por lo que debería ser emparentada con una centenaria tradición rosacruz de manuscritos anónimos publicados bajo pseudónimo, empezando por la propia obra del supuesto fundador de esta orden: Christian Rosenkreuz. ¿Es Against the day (2006) algo así como una versión actualizada de Las bodas alquímicas de Christian Rosacruz (1616)? Tal vez sea exagerado decir algo así, pero si bien Pynchon se muestra irónico, mordaz incluso, con buena parte de los delirios ocultistas contemporáneos, empezando por una Helena Blavatsky que aparece citada en A Oscuras, lo cierto es que sí parece haber un eco real de autores como Rudolf Steiner, padre de la antroposofía, en algunas páginas de Pynchon.

Dentro de la obra del segundo Pynchon, tal y como lo he denominado aquí, es significativo que el tema tratado sea, por encima incluso de la técnica o el Capital, el fracaso de la contracultura, de toda contracultura, en el siglo XX, a la hora de poner freno al avance del Sistema, de signo inhumano, sobre el potencial humano, que ante todo es artístico, espiritual, erótico, en la medida en que está consagrado a los “placeres descerebrados”. La enigmática V. de la novela homónima, igual que la Frenesi Gates de Vineland o, ya puestos, la Daphne Airmont de A Oscuras, no sería más que la encarnación de Sophia, una divinidad que representa el Eterno Femenino atemporal, y que debe ser perseguida como imago de la Sabiduría que nos sacará de este plano material, en Caída, de la realidad.

La búsqueda de Sophia en las novelas de Pynchon es puramente gnóstica. O, si se prefiere, es utópica. Por lo menos es una Gnosis que va de la mano de la utopía, del no-lugar al que debemos aspirar si queremos algo mejor al presente al que hemos sido arrojados. Porque la utopía no es el rescate de un Paraíso Perdido en la tierra, como se nos vende hoy cínicamente, sino una forma de viaje temporal por aquellos que pertenecen a una dimensión del tiempo que no es la actual. Es una gnosis contracultural, una contracultura gnóstica, como la que fue destruida en los años 90, como narra Vineland, desde esa infiltración del Poder en sus opositores que está inserta en Vicio Propio. Esto también está presente en A Oscuras, en un Estados Unidos dominado por vampiros como JP Moran o John Rockefeller, capaces de deponer a Franklin D. Roosevelt para imponer un Gobierno fascista en los EEUU, como demuestra el Business Plot que Pynchon cita en su última novela.

Thomas Pynchon es un gnóstico porque es un devoto de Sophia, del Eterno Femenino, de esa emanación femenina de lo Uno que nos religa con lo sagrado. El McTaggart de la novela A Oscuras, como el McTaggart histórico, es un gnóstico, un exiliado, que debe buscar su verdadera patria en la dimensión temporal a la que pertenece: la utopía. Por eso el final de A Oscuras trata sobre el exilio, sobre la imposibilidad de McTaggart, incluso aunque haya encontrado a los Airmont, de volver a su patria, un Estados Unidos que parece como envuelto en bruma, en la perpetua neblina de lo material despojado de Sabiduría.

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