domingo, 6 de septiembre de 2026

Werner Herzog: historia de un chamán. Por Guillermo Mas Arellano.

 

Werner Herzog: historia de un chamán



De Guillermo Mas Arellano


«El mundo se revela a quienes viajan a pie»


Una voz lenta y parsimoniosa exclama, como si fuera un susurro: "Abre la ventana. Estos últimos días he aprendido a volar". Esas fueron las palabras que, según su propio testimonio, pronunciara el cineasta Werner Herzog, exhausto y desaforado, en el momento de llegar hasta la habitación de su amiga Lotte Eisner en París, en el año de 1974, tras recorrer andando la distancia entre dicha ciudad y Múnich, como recoge en su dietario de esos días: Del caminar sobre hielo. El objetivo: realizar dicho trayecto, únicamente interrumpido por la anotación diarística y el breve sueño, como una suerte de expiación sacrificial que permitiera así salvar a su amiga de las garras de la enfermedad. ¿Acaso lo anterior les parece descabellado, mis estimados lectores cargados de ilustrado escepticismo occidental? Pues lo cierto es que, independientemente de que crean al alemán o no, e incluso más allá de su visión general de esta vida o de la posibilidad de una existencia ultraterrena, Herzog consiguió su propósito entonces; o, por lo menos, su amiga Lotte Eisner logró sobrevivir al cáncer y, de hecho, no murió hasta que el cineasta “le diera permiso”, a petición de ella misma, el 25 de noviembre de 1983. Pero es que, por si no era bastante, déjenme decirles que hay algo más: ¿a qué alude, en definitiva, ese aprendizaje en el vuelo? Muy sencillo: es una revelación que abre una forma puramente moderna, contemporánea incluso, de experimentar la iluminación: una experiencia radical a la que aquí venimos a llamar: Verdad extática; y así debe ser, porque encuentra su origen en el acto “verdadero” de salir de uno mismo: el éxtasis. Más que un cineasta, Werner Herzog es, por una multitud de razones que protagonizan sus memorias, escritas durante la pandemia y recién publicadas en España por la editorial Blackie Books (con el estimulante título de Cada uno por su lado y dios contra todos), un paseante y un chamán, esto es, un viajero y un mago. Además de todo eso, también está su capacidad para forjar imágenes del inconsciente colectivo por medio del cine: suya es la poderosa escena del barco recorriendo una ladera en Fitzcarraldo, película rodada en 1981, e inmediatamente rehecha, tras su aparente fracaso de rodaje, en 1982, mostrando así, a uno y otro lado de la pantalla, una realidad al borde del delirio, para mejor contar la historia real de Carlos Fermín Fitzcarrald, quien murió con 35 años, tras llevar al corazón de la selva la ópera europea encarnada en la gloriosa voz del inmortal tenor Enrico Caruso. Se trata de una historia ambientada a finales del siglo XIX, que llegó a oídos de Herzog por medio de Jor Koechlin y que, en el empeño por filmar sin efectos especiales de tipo alguno (algo del todo impensable hoy por hoy) la hazaña que supone trasladar un vapor de treinta toneladas transportado del istmo plano de un río a otro, desmontando y montando de nuevo todos sus componentes, llevados para tal fin a través de la ladera, en mitad de la jungla, y legando con ello para la posteridad una de las escenas más poderosas de la Historia del Cine. Igual que ocurriera con su Fiztcarraldo, Herzog, ese hombre que confiesa tener una letra microscópica con la que dibuja su escritura (en sus palabras, dicha actividad es lo único que le sostiene), está obsesionado por la ópera en general y por la noción wagneriana de “obra de arte total” en particular. Ahora bien, ¿qué significa esa poderosa imagen de un barco atravesando una montaña por medio de un complejo sistema de cuerdas y poleas? Es una metáfora cuyo significado se escapa: aquello que Nick Land llama “hiperstición”. Más aún cuando sabemos que, en realidad, Carlos Fermín Fitzcarrald jamás realizó tal barbaridad; y que Herzog, en su empeño por denunciar la barbarie colonialista, acabó por llevar su empeñó de forma más tiránica que su modelo previo, mostrándose aún más severo y cruel con el equipo que debía cumplir sus órdenes con absoluta entrega. Su amistad con el aventurero Bruce Chatwin, al que acompañó en sus desgraciados últimos momentos, o su rivalidad con el excéntrico actor Klaus Kinski, al que conoció en la adolescencia y con el que colaboró en varios proyectos de entre los que destaca la mítica película Aguirre: La cólera de Dios (1977), componen algunos de los episodios más interesantes de la autobiografía del afamado cineasta; pero es en esas transiciones en apariencia inanes donde esta figura clave del cine europeo del último medio siglo muestra su faz: una visión mística de la existencia capaz de convertir la indagación en torno al éxtasis en el centro de su interés narrativo. Escuchemos, una vez más, la voz del hipnotizador: “Uno puede aprender a escribir a máquina, pero no se aprende a escribir poesía estudiando literatura”; y: “Considero que las grandes películas son un misterio, incluso después de haberlas visto varias veces”. Y sintamos así, al leer las páginas que componen Cada uno por su lado y Dios contra todos, esa vieja escena, que bien pudo tener lugar en la cueva de Chauvet, en la que un chamán comienza a hablar en torno al fuego, y poco a poco el resto de miembros de la tribu se sienta formando un círculo a su alrededor, absortos en su historia, y por completo ausentes de su propia circunstancia particular, al menos en el tiempo que dura el relato.

El invierno de Paul Auster. Por Guillermo Mas Arellano

 

El invierno de Paul Auster



De Guillermo Mas Arellano



Muchos te recordarán por lograr para un amplio público lo que otros escritores, como Kafka, consiguieron para un grupo de lectores marginal; por mi parte, te recordaré por haberme dicho lo que necesitaba escuchar en el momento adecuado: no estás solo en tu obsesión por la literatura, y por nada más que por la literatura, encerrado aquí, en tu pequeña habitación plagada de libros y cuadernos. Hablaste conmigo, sí, narrando historias de escritores que viven pensando en escritores, historias como la de Marco Stanley Fogg, un huérfano que decide anular su vida exterior para a cambio vivir en el interior de una habitación llena de libros y cuadernos, de la que apenas si sale, en la que casi no se alimenta, y donde única y exclusivamente se dedica a leer, sin atender a las consecuencias pragmáticas de tan radical decisión. Así son los obsesos y marginados de tus libros: ascetas de la vida interior y de la literatura, que es exactamente lo mismo que descubrí de mi propio ser a la luz de la lectura de tus libros. Porque yo también soy un personaje de Auster. Hemos perdido a un escritor grande, condenadamente grande, al que muchos han querido despreciar por vocación: odiar a Paul Auster es una moda altamente rentable en la crítica literaria actual; a cambio, debo confesar que yo te admiro y que, si soy escritor, en parte es debido a la impresión que me causó leer tu célebre Trilogía de Nueva York a la tierna edad de 12 años. Sugiere la risa, de tan tópico (y no por ello menos cierto), esto que te acabo de confesar, aunque desde entonces no he parado de releer tu obra con asombro, compulsión y enorme placer; también en estas semanas de atrás, las últimas semanas de tu vida. Encontrando en tus páginas, a pesar de los altibajos disculpables en una producción tan amplia, los rasgos propios del escritor que, junto a Murakami, mejor ha sabido tender un puente entre el gran público y la gran literatura, al menos en esta época donde al gran público parece importarle cada vez menos la gran literatura. Abriste para mí un canon que compone la médula espinal de mis gustos literarios, donde por supuesto estás incluido: Chandler, Beckett, Calvino y, sobre todos los demás que no menciono, a Thoreau; creándome, al tiempo que los leía y que te leía, una necesidad imborrable de escribir en cuadernos (rojos, marrones, azules), y enseñándome que el thriller no está necesariamente enfrentado con los temas complejos, al menos cuando es un maestro quien despunta detrás de las bambalinas. Gracias a ti descubrí que la forma literaria puede tener una correspondencia directa con el fondo, entre otras muchas cosas; pero, por encima de todas las formalidades que pueda decir aquí, hablaste a mi yo profundo desde la primera línea, y con ello me enseñaste que no estaba solo en mi voluntad ciega de vivir por y para la literatura. De forma exclusiva y a buen seguro excluyente: solo la literatura. Sin atender a las exigencias del mundo exterior, con su tedioso pragmatismo y su tenaz exigencia inane. Eres un maestro y, como todos los de tu condición, sabías hacer que lo difícil apareciera a cambio como algo muy fácil, incluso evidente. Estabas obsesionado por la casualidad y el azar, esto es, por la lógica (o ausencia de) que hay detrás de los acontecimientos. Porque tu pertinaz referencia a la casualidad tiene mucho de causalidad, contra lo que muchos dicen y pocos comprenden en profundidad, y es por eso que ha sido el motor narrativo de todas tus ficciones. Al comienzo de tu obra más personal, Diario de invierno, escribías: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”. Y ahora la muerte, a la que diste una forma única en tu novela más extensa, la infravalorada 4,3,2,1, te ha sucedido a ti, dejándote para siempre atrapado en la habitación cerrada de la posteridad. El lugar donde tus lectores, a partir de este momento, tendremos que peregrinar para visitarte. Todos tus libros eran cajas chinas. Juegos de espejos. Complejos cuentos de cuentos sobre escritores que escriben de escritores. Algo que resulta evidente en obras como Leviatán, La música del azar, El libro de las ilusiones, La noche del oráculo o El palacio de la luna. Eres el autor de un mundo propio (como suele decirse) donde todas tus obras resultaban idénticas dentro de sus considerables diferencias, como si fueran variaciones de un mismo motivo que se repetía obsesivamente hasta en sus chistes, sin miedo ni complejos por postergar la conclusión de las tramas. Tus obras son sueños llenos de correspondencias místicas y de terribles tragedias, tal y como aparece la vida a ojos del mundo interior donde late la forma más descarnada de Arte. En una de tus novelas dejaste esculpido tu credo mínimo, esa confesión íntima que late en todas las páginas, a pesar de las diferencias que encontramos en cada una de ellas: “La historia trata de un hombre que debe matar a la persona que lo ha creado, ¿y por qué fingir que no soy yo esa persona? Incluyéndome en la narración, la historia se hace real. O lo contrario, yo me vuelvo irreal: un producto más de mi propia imaginación. Lo real y lo imaginado son una sola cosa. Los pensamientos son reales, incluso las ideas de cosas irreales.”. Me resisto a creer que Auster haya muerto. Hasta ese punto te he considerado, libro tras libro, más un amigo que un autor. Eso es: has sido un amigo de los que se sienta a tu lado en una noche de abundante lluvia para compartir, por medio del relato oral, sus sueños y desvelos, que acaso acaban también por ser los tuyos; y ahora, ridículamente emocionado por la noticia de tu desaparición, no puedo creer que ese tipo alto, imaginativo y de voz delicada esté muerto. No: eres sólo un hombre atrapado en una habitación cerrada, como tu controvertido personaje Nick Bowen, un hombre al que quizás ya nunca podamos rescatar de su reclusión. No soy yo quien te escribe, sin embargo, no soy yo. No. Porque ahora soy un adulto que escribe acerca de un adolescente muerto. Eso es: alguien cuyos leves recuerdos apenas resplandecen en medio de un naufragio que se produce sobre un mar de tinieblas. Es una voz del pasado, esa que te habla aquí, una voz que te escribe tan solo para darte las gracias, ahora que no te es dado escuchar, encerrado, como lo estás, dentro de tu habitación oscura. Que el invierno le sea leve, Señor Auster.



viernes, 21 de agosto de 2026

Una revisión necesaria de H.P. Lovecraft y sus herederos. Por Guillermo Mas Arellano

 

Una revisión necesaria de H.P. Lovecraft y sus herederos




De Guillermo Mas Arellano



En nuestra actual perspectiva de tribalismo racial urbano, la obra ensayística de H.P. Lovecraft supone una perspectiva inmejorable, al menos desde el punto de vista político, para entender cómo hemos acabado donde estamos y qué horizontes de horror se abren ante nosotros, los occidentales de sangre y espíritu, en estos tiempos de “multiculturalismo”.

Es algo que la actual apropiación WOKE de los subgéneros literarios como el fantástico, el terror o la ciencia-ficción pretende obviar o censurar en la obra de uno de sus mayores pilares: el apartado político que se manifestó en las páginas de la publicación “The Conservative”. En esos artículos, así como en cartas o en escritos desperdigados por aquí y por allá, el genio de Providence manifestó su temor ante una suerte de “regresión de las castas” de signo biologicista y su preocupación por el desastre demográfico en curso.

Se ha hablado mucho sobre la creencia o no de Lovecraft en asuntos esotéricos y sobre su pertenencia o no a sociedades secretas. En su texto “Una confesión de falta de fe” escribió: “Soy por naturaleza un escéptico y un analista, y muy pronto hice mía esta actitud general de materialismo cínico que muestro actualmente, y no varía más que en algunos detalles y no en sus fundamentos”.

Esta actitud de Lovecraft viene muy marcada por los cambios padecidos por los EEUU en los últimos tramos del siglo XX y también por el determinante cambio que supone la IGM en los destinos de Occidente. Esos cambios le dejaron en la posición de un cínico condenado a mirar desde lejos la distancia entre las pretensiones humanas y los resultados reales que acontecen en su lugar.

Ante esta posición de falta de fe en un contexto protestante, Lovecraft alude tanto a la Guerra de Secesión como a la Primera Guerra Mundial en el incremento de su postura:

“La guerra me confortó en mis recientes opiniones. El aspecto estereotipado de los discursos idealistas me ponía cada vez más enfermo, y no empleaba más que un mensaje estricto en materia de florituras literarias. Conmigo, la democracia era un tema menor, mi cólera se excitaba cuando se volvía a poner en discusión la primacía anglosajona y por la avidez territorial y sin motivo de los boches, desagradables a fuerza de carecer de piedad. No me molestaban los escrúpulos que agobiaban al liberal medio. Yo aceptaba los desaciertos; pedía con todas mis ansias una derrota de Alemania. Soy, es necesario decirlo, un ardiente partidario de la reunión anglo-americana, y era de la opinión de que la división de una misma cultura en dos unidades nacionales era un derroche inútil y a menudo peligroso. En este caso preciso, mi opinión estaba, además, reforzada por el hecho de que toda civilización actual depende de la predominancia de los sajones”.

Lo escribió en 1922.

Como indica Constantin von Hoffmeister, explorar la profundidad metafísica de la Naturaleza es la raíz más indudable del pragmatismo fáustico que caracteriza el espíritu americano desde los tiempos de Melville, Emerson, Thoreau, Hawthorne y Whitman a nuestros días. Es la búsqueda de lo inalcanzable en su vertiente materialista, el giro prometeico que se despoja de la Tradición para abrazar mejor los frutos de la técnica, a pesar de la desconfianza hacia ella. Lovecraft se desmarca de ellos, sin embargo, en su gran giro polémico: el “gran crimen” del siglo no es otro para él que la violación de la raza superior. Algo que la mayoría de autoproclamados “lovecraftianos” en nuestros días se niegan a mencionar por miedo a ser “cancelados”.

El sentimentalismo afeminado del igualitarismo, la credulidad perenne de la condición humana y el impulso fáustico que busca imponer el anhelo moderno sobre el saber antiguo a base de ordenamiento técnico son enemigos a combatir para Lovecraft: el autodominio viril de los teutones es lo único que puede detenerlos.

Para tratar de encuadrar en la época de dónde vienen estas ideas de Lovecraft no sólo debemos hablar de un Julius Evola o de un Oswald Spengler, sino también de un libro bastante leído en la época: La caída de la raza (1916), del conocido conservador Madison Grant, muy ligado a los círculos promotores del racismo científico tan frecuentes en la época. De hecho, es muy probable que ese país tan industrializado, los Estados Unidos de América, fuera en ese momento la nación más marcadamente eugenista sobre la faz de la tierra.

Y eso es algo que no se puede desligar del auge racionalista, positivista incluso, de ciertas ciencias nuevas que causaban furor en la época, que dominaban el pensamiento de las élites, y que hibridaron la vertiente “perennialista” de Lovecraft con otra mucho más moderna. También Madison Grant abogaba por la defensa de una “raza nórdica primordial” que se debatía entre fortalecerse o desaparecer en aquellos años decisivos. Y, en efecto, según los deseos eugenistas toda una generación era sometida a una purificación con claras marcas sacrificiales en el frente de la IGM del que el propio Lovecraft quiso formar parte en nombre de su país.

En el fondo del deseo por contemplar la realización de esa “reunión anglo-americana”, del pacto entre los hermanos ingleses y alemanes en torno a unos orígenes compartidos, unos valores viriles y unas virtudes comunes, Lovecraft ve la solución a una disyuntiva histórica que se debate entre retomar la senda extraviada de la raza teutónica de raíz indoeuropea o seguir el camino de mestizaje e hibridación sin control que, según su punto de vista, llevó a la destrucción del Imperio romano: “La raza que dio nacimiento a las glorias de Roma ya no existe, desgraciadamente. Siglos de guerras devastadoras y la inmigración extranjera en Italia no ha permitido más que la subsistencia de un reducido número de latinos verdaderos una vez pasada la era imperial”.

Su visión de los Estados Unidos era la de una civilización blanca establecida sobre criterios raciales de carácter espiritual. La conquista del Oeste fue un ejercicio de la voluntad blanca por allanar el camino para levantar una nueva nación a través de la sangre, el sudor, el esfuerzo y las lágrimas. En sus esfuerzos late la misma posibilidad prometeica que ha arrastrado al resto del mundo, muy especialmente al occidental, a una movilización total permanente. En ese y en otros muchos puntos, las apreciaciones realizadas por Lovecraft en 1916 coinciden, como ejemplo de poligénesis, con las realizadas por Spengler en 1918. Una etiología y a la vez un tratamiento de la decadencia en curso.

Para Lovecraft la credulidad de la mente humana no tenía límites: “es el cáncer de la superstición”. En ese sentido se destaca, como Aleister Crowley o Julius Evola, por ser un lecto aventajado de Nietzsche. Los tratados internacionales le parecían la peor manifestación de esa tendencia biempensante. Toda la retórica de buenas palabras detentada por organismos internacionales y filántropos cargados de ideas, algo tan actual para nosotros, ya le parecían a él entonces como una de las mayores aberraciones imaginables en el Kali Yuga. Nada le aterraba tanto como imaginar un siglo de paz perpetua garantizada por estos mismos filántropos y bajo el amparo de dichas organizaciones internacionales.

Escribe literalmente que “la guerra es algo que jamás podrá ser abolido por completo. Como expresión natural de instintos humanos inherentes como el odio, la codicia y la combatividad, siempre debe tenerse en cuenta en algún grado. Los hombres se someterán a la discusión sólo hasta cierto punto, más allá del cual invariablemente recurrirán a la fuerza, por grandes que sean las probabilidades en su contra”. En su opinión, organizaciones supranacionales como “La liga de las naciones” tendrán un resultado radicalmente opuesto al de la paz perpetua: nuevas y más destructivas guerras. La IIGM, que aconteció apenas unos años después de su muerte en 1937, avala sus palabras.

Junto al problema de la mezcla racial y al del pacifismo, en los artículos de “The conservative” y en sus cartas privadas Lovecraft se destacó asimismo por aludir insistentemente a otro problema en su opinión muy relevante: la feminización en la civilización occidental. De alguna forma, para él esta triada maligna está relacionada: mezclar las razas, abolir las guerras y el “idealismo histérico” son las manifestaciones de un pensamiento en decadencia. Su mayor manifestación es la oposición radical, la incomprensión más evidente, hacia la guerra como fenómeno inherente a lo humano.

Ello se suma, una vez más, a una crítica cultural amplia que enseguida es enfocada contra el cristianismo en su vertiente derivada del protestantismo, llegando a acusar al propio Lutero de introducir a algunos de estos vicios en el pensamiento alemán. Nada es más contrario al escepticismo de Lovecraft que el idealismo feminizado de los organismos internacionales. Un pueblo que prefiere “drogarse” con la mentira moralizante a aceptar la verdad está enfermo de muerte. Y sólo el renacimiento del impulso masculino por defender aquello que está amenazado puede poner fin a esa bancarrota histórica.

Las teorías raciales de Lovecraft, que por su mala situación económica apenas si pudo viajar fuera de Providence, tenían muy presente el origen indoeuropeo de aquella raza que consideraba muy superior a las demás: la teutónica. En un artículo escribe: “Al trazar la carrera de los teutones a través de la historia medieval y moderna, no podemos encontrar excusa posible para negar su supremacía biológica real.

En localidades muy separadas y bajo condiciones muy diversas, sus cualidades raciales innatas lo han elevado a la preeminencia. No hay rama de la civilización moderna que no sea de su creación. A medida que el poder del Imperio Romano declinaba, los teutones enviaron a Italia, la Galia y España los elementos vivificadores que salvaron a esos países de la destrucción completa. Aunque ahora están en gran parte perdidos entre la población mixta, los teutones son los verdaderos fundadores de todos los llamados estados latinos”. La anexión del carácter teutón por parte de los pueblos nativos es, para el autor de La llamada de Cthulhu (1928), la clave de bóveda para entender el posterior deterioro de ese legado civilizatorio al que hace referencia.

De entre todas las virtudes que Lovecraft considera de una raza, destaca la cualidad del autogobierno. Es algo que proviene de sus lecturas, a partir de 1896, del mundo clásico griego, que más tarde apuntalará, desde 1902 en adelante, por el estudio de la estructura del Universo a través de las estrellas y los soles:

“¡Idealismo y Materialismo! ¡Ilusión y Verdad! Estas cosas, juntas, se hundirán en las tinieblas cuando el hombre haya dejado de existir; cuando bajo los últimos rayos vacilantes de un sol moribundo, el último vestigio de vida orgánica perecerá totalmente en nuestra minúscula mota de polvo cósmico. Y sobre los planetas negros que orbitarán, fieles y diabólicos, alrededor de un sol negro, no perdurará el recuerdo del hombre ni de las estrellas, retorciendo el éter con crueles agujas de luz pálida que no cantarán su gloria”.

A pesar de todo, para él las presencias de los antiguos dioses griegos, que sus ojos descubrieron a la temprana edad de seis años, entraron en contacto con estas visiones fantasmagóricas de un futuro cósmico negro. De esta mirada orientada a un tiempo hacia el pasado y hacia el futuro, desde una óptica escéptica y lejana sobre el devenir humano, como si Lovecraft pudiera hablar antes del mundo y después del mundo con los dioses ancestrales y las deidades aún por llegar, nacerá el característico punto de vista denominado como “horror cósmico.”

Entre los años 1908-1913 Lovecraft vivió un período de reclusión y postración iniciado con 18 años por el que perdió su carrera estudiantil. Dicha depresión larga e incapacitante llegó a su fin a la edad de 23 años. Aunque Lovecraft quiso luchar en la IGM por su país fue rechazado por el ejército dada su fragilidad médica. A partir de ahí, en los años que van de 1921 a 1925, sus afinidades literarias darán un paso pequeño y sutil pero aún así decisivo, que marcan el tránsito de Dunsany a Poe.

Son los años en los que Einstein estudia la “Teoría del campo unificado” que pretende vincular de forma insólita la gravedad y la electricidad. Una materia entendida como energía que coincide en ciertos puntos con la teosofía y se encuadra en una forma de entender la ciencia muy cercana en algunos puntos al esoterismo: María Orsic, amante de Nikola Tesla relacionada con lo visionario-científico, estuvo presente en el desarrollo de la energía taquiónica que completaría Gerald Feinberg al postular que la velocidad de la luz es inferior a la de los taquiones.

En ese ambiente intelectual y cultural se produce, en un período cargado de sueños lúcidos y experiencias visionarias, el descubrimiento de Nyarlathotep, esa “pesadilla” más parecida a un “fantasma personal”, en una visión onírica del año 1921 que recogió en un fragmento y relató en una carta citada por el experto lovecraftiano Lin Carter: “No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible, más horrible que nada que te puedas imaginar, pero fascinante. A uno le embruja después, durante horas. Lo que vi todavía me da escalofríos”. La crítica de la religión convencional de Lovecraft coincidirá con la afirmación de una raza aristocrática como única forma de salvar al hombre del desastre. Lovecraft pone nombre en 1916 a aquello que se abre ahora en términos más realistas, menos fantásticos y especulativos, en nuestro horizonte: el retorno de los Grandes Antiguos.

Las últimas páginas del relato La noche del océano rezan: «Entonces todo quedará sumido en la oscuridad, pues incluso se extinguirá la luna sobre las olas. No quedará nada, ni por encima, ni por debajo de las sombrías aguas. Y hasta el último milenio, y también después, el mar atronará y se sacudirá a través de la lúgubre noche». Es, tras la muerte de Howard Philips Lovecraft y antes del nacimiento de Thomas Ligotti, la cumbre del así llamado «horror cósmico»: donde ningún ser vivo transitará por la superficie del planeta tierra… Ahí, cuando los ciclos del tiempo se apaguen y sólo las aguas inconsútiles que escapan de los dominios del demiurgo prosigan agitándose bajo el oscuro manto de la noche: sin rastro alguno del hombre ni de su pasado a la vista.

El autor de las líneas anteriormente citadas es Robert H. Barlow, que al momento de escribirlas tenía apenas 19 primaveras. El relato fue terminado en 1937; que también fue el año de la muerte de Lovecraft, su maestro, mentor, amigo y hasta amor platónico, a consecuencia de un cáncer súbito. A partir de ese momento, Barlow se convertiría, por designación directa de HPL, en su albacea literario, en el Gran Maestro de su culto y, sobre todo, en hipotético guardián del grimorio real o legendario en el que, según se especula, se inspiraba el ficticio Necronomicón atribuido al poeta árabe Abdul Alhazred, en realidad un pseudónimo del genio de Providence; y fue ese legado, precisamente, el que con toda probabilidad le costara la vida a Barlow...

El 1 de enero de 1951, Barlow apareció “suicidado” en su apartamento de Azcapotzalco, Ciudad de México, y apenas 10 días después de tan perturbador suceso, otro genio con el que tuvo amistad, William S. Burroughs, a quien además dio clases de mitología azteca durante su estancia en México tratando de escapar de las garras del Gobierno de los Estados Unidos y su férrea política contra el consumo de estupefacientes, mandó una carta a Allen Ginsberg lamentándose por la muerte de Barlow, quien no sólo era un escritor de gran talento, sino que también fue un iniciado de alto grado en demonología, un sobresaliente profesor de antropología y un notable dibujante y escultor que, a pesar de sus graves problemas de salud (incluidos los oculares), nunca dejó de trabajar en el cultivo de su amplio talento. A principios de la década de los 50, con 33 años, Barlow apenas si escribía desde hacía más de diez años, puesto que estaba entregado por entero a la afasia poética propia de un Arthur Rimbaud hodierno.

Tiempo atrás, el 18 de junio de 1931, un jovencísimo Barlow escribió a la edad de 13 años una entusiasta carta al maduro escritor fracasado que entonces era Lovecraft, que en esos momentos acababa de regresar a Providence tras pasar unos terribles meses de convivencia marital en Brooklyn junto a la ucraniana Sonia Haft Greene. Aquel matrimonio jamás se consumaría, puesto que Lovecraft nunca conoció carnalmente a mujer alguna (que sepamos), relegado, como estaba, a una asexualidad puritana fruto de su homosexualidad reprimida… Lo que se unía a serios problemas económicos derivados de su escaso reconocimiento como escritor de relatos de género en publicaciones pulp como la ya célebre “Weird-Tales”: es un tiempo de decadencia civilizatoria y racial para Occidente, a ojos del genio de Providence, como se puede comprobar leyendo sus textos incluidos en la autopublicación “The Conservative”.

En ese contexto, como decimos, llega la misiva del adolescente Barlow: llena de admiración por sus relatos; preguntando directamente a Lovecraft por la existencia real del Necronomicón, que Lovecraft siempre negaría en su correspondencia, declarando una y otra vez ser «un escéptico», un ateo; y deslizando de forma poco velada una atracción homosexual latente hacia el escritor maduro y aún por consagrar. Quizás fue por este último elemento, que Lovecraft jamás reconocería abiertamente, que aceptó la propuesta de Barrow y se marchó a visitarlo a casa sus padres en Florida, donde HPL se establecería en dos largos períodos de 3 semanas, primero, y 2 meses, más adelante, en lo que constituye una de las escasas etapas de salud y bienestar en la vida de ambos artistas.

En uno de sus muchos fragmentos póstumos de signo autobiográfico, Barrow escribiría: «La vida se compone de literatura»; y fue precisamente esa entrega casi monacal al Arte, esa visión compartida por la necesidad de dejar una Obra tras de sí, esa reverencia común por las mismas deidades olvidadas y prestas a retornar (la dualidad comprende a «The Great Old Ones» y «the Elder Ones»), lo que más unió a Lovecraft con Barrow: ambos iniciaron una unión íntima, espiritual, que tenía tanto de amistad como de iniciación en Cthulhu, por lo que Barrow se convirtió en una suerte de secretario de HPL, cuya obra empezó a mecanografiar, y en algunos casos incluso a almacenar, de forma que los últimos relatos escritos por Lovecraft han llegado a nuestros días por vía de Barrow y sus propios albaceas testamentarios: es el caso de La sombra fuera del tiempo.

Lovecraft y Barrow co-escribieron un total de 6 relatos, entre los que destaca el sugerente El tesoro de la bestia-maga, lleno de claves relativas al esoterismo. La obra de Barrow, supervisada por Lovecraft hasta la muerte del maestro, llegó a almacenar más de 40 relatos, muchos de ellos todavía hoy inéditos en español. Barrow, barroco estilista y erudito precoz, fue percibido como un intruso en el círculo de Lovecraft: amigo de Robert Howard, compartió entusiasmo por los inefables «Mitos de Cthulhu» con Lin Carter; mientras que August Derleth lo declaró su enemigo público y Clark Ashton Smith no dudó en retirarle el saludo tras la muerte de Lovecraft.

El coronel Everett Davis Barlow, padre de Robert, fue retirado a la fuerza del ejército a causa de su delirio paranoide. Sin duda, su hijo heredó algo de esto, pero no se puede reducir su enorme conocimiento esotérico a la locura. Contra la versión oficial de su biografía, que achaca su muerte a un conflicto latente con su homosexualidad, existen otras versiones que hablan de un asesinato apenas encubierto como parte de una guerra teológica: el motivo para matar a Barlow sería el legado recibido de manos de Lovecraft, que estaría compuesto tanto del grimorio original en el que se basaba el Necronomicón ficticio como por un conocimiento mágico operativo de primer orden.

Según esta versión, la excusa de estudiar y enseñar arqueología prehispana y mesoamericana más allá de la frontera, financiado por sendas becas de los Rockefeller y los Guggenheim, y buscando manuscritos aztecas escritos en el idioma náhuatl que, junto al español, Barrow dominaba a las mil maravillas, se encontraría otro interés oculto: realizar una invocación a la verdadera deidad encubierta tras el nombre de Cthulhu en el mismo desierto de México donde, escasas décadas después, pernoctaría otro joven “ángel caído” de la historia norteamericana: Jack Parsons; y es que, al igual que Parsons mucho más tarde, al talentoso Robert H. Barlow esa frustrada tentativa le costaría la vida a una edad temprana.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Notas sobre el simbolismo solar en Backrooms. Por Guillermo Mas Arellano

 

Notas sobre el simbolismo solar en Backrooms (2026)




De Guillermo Mas Arellano





En mayo de 2019, un usuario anónimo en 4chan publicó una foto granulada de una habitación vacía. A partir de ahí, se creó una mitología de la era cibernética: los espacios liminales deudores del videojuego y del creepypasta. Tras publicar la serie web en enero de 2022, varios estudios se pusieron en contacto con Kane Parsons para así proponerle una posible adaptación cinematográfica. En febrero de 2023, se anunció oficialmente el inicio del rodaje de la adaptación de The Backrooms, basada en los vídeos de Parsons, quien también dirigiría la película. Backrooms se estrenó en Estados Unidos por A24 el 29 de mayo de 2026. La película recibió críticas positivas y recaudó 212,6 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose en el mayor éxito de taquilla y estreno de A24 en Estados Unidos, y haciendo de Parsons el cineasta más joven en alcanzar el número uno en la taquilla estadounidense.



El sol es un símbolo recurrente en la mitología de Backrooms (2026). No ocupa un lugar central en la trama, pero a pesar de todo está ahí: en el tráiler, en la película y en el lore original. En el estreno del filme, Kane Parsons apareció con un pin del sol: "El sol me habla y me dijo que lo llevara". Según afirma el propio Parsons, siempre que el sol le habla trata de cumplir con sus demandas, funciona como una suerte de daimon o ángel de la guarda personal. En una entrevista concedida en junio de 2026, Parsons, de 21 años, afirmó “He evolucionado. La rotación de la Tierra alrededor del Sol ya no me afecta”.




En “Overflow”, episodio de la serie Backrooms ambientado en agosto de 1972, la trama tiene lugar de manera simultánea a unas erupciones solares que son mencionadas explícitamente. Este episodio, traducido como "desbordamiento", es aquel ambientado en un punto histórico más antiguo. También hay simbolismo solar directo en “Found Footage #3” (abreviado FF3), el decimosexto episodio principal y la vigésima segunda entrega en total de la serie Backrooms. Se estrenó en YouTube el 13 de septiembre de 2024 y es, con diferencia, el vídeo más largo de la serie... Y con más presencia del símbolo solar.



Vamos a explicar un poco mejor esto último: la mayoría de referencias que componen el mundo de Backrooms, de Kane Parsons, beben de motivos culturales y espacios arquitectónicos puramente norteamericanos. De hecho, podríamos decir, simplificando mucho, que Backrooms nos está hablando de Internet como lugar en el que los detritus de unos Estados Unidos decadentes son reciclados culturalmente, como bucles (en el original: "loops") defectuosos y monstruos carnívoros. Y, de pronto, llegas a “Found Footage #3”, donde aparece una imagen de Mao Zedong, apodado en China el "Sol Rojo".




¿Casualidad? En absoluto; de hecho, Kane Parsons también es compositor de música; él realiza la inquietante banda sonora de sus cortometrajes. En su segundo canal de Youtube publicó un tema titulado "Red Sun in the sky", referencia directa a un popular tema chino del mismo título publicado en 1975 que resaltaba la figura de Mao Zedong y la Revolución Cultural.


Pero hay más: otra canción de Kane Parsons se titula "The Kind Old Sun" y está ilustrada con una imagen extraída directamente de un manuscrito alquímico: el Clavis Artis, nada menos, una obra rosacruz de finales del siglo XVII falsamente atribuida a Zoroastro. Es decir, el culto al fuego y a la luz como imagen de una iluminación interior.



Durante la entrevista en el canal Wendigoon en junio de 2025 con Kane Parsons y Alex Kister, el grupo está jugando en el mapa oficial de GMod Backrooms. Entran en una habitación con la imagen del Sol enmarcada en la pared. Wendi comenta "Esta imagen es la foto de perfil de Kane". En otras palabras: cualquiera que conozca a Kane Parsons, ese discípulo confeso de David Lynch, sabe de su pequeña obsesión.



Tras el éxito de Backrooms, Kane Parsons hará realidad su siguiente proyecto, provisionalmente denominado Splendor (traducido por "Esplendor"). Otra alusión directa al sol y su irradiación habitualmente simbolizada por las aristas abiertas del disco que rodea al astro. En junio de 2026, coincidiendo con el estreno de su primera película, Parsons informó que su nombre en redes cambiaría a Kane Pixels una vez que el sol regresara. En otras palabras: la relación entre su biografía y el sol no es un juego para él.  


El estreno de Backrooms en España ha tenido lugar poco antes de un eclipse solar. Los Alquimistas llamaban Sol Niger, (el Sol Negro), y consideraban el Eclipse Solar total una forma de putrefacción del Sol, y la más baja de sus manifestaciones. Representaba el ocultamiento. Que puede entenderse también como una referencia a Saturno, deidad de lo enterrado, a la espera de tiempos mejores. Y símbolo clásico del ocultismo.




En el conjunto histórico occidental que denominamos como "Modernidad" nadie, absolutamente nadie, ha rendido culto al Sol Negro de manera tan abierta como los nacionalsocialistas. Ellos, esotéricamente hablando, se referían a este símbolo como Schwarze Sonne, y era utilizado en rituales secretos de invocación.



Según Nicolas Goodrick-Clarke, los nazis (la Sociedad Thule, que diríamos) eran adoradores del Sol Negro, empanzando por los uniformes de las SS, que representaban el solsticio de invierno de la raza aria, presagios de una nueva era gloriosa, anuncio de un cambio sobrenatural venidos del centro esotérico oculto, que algunos identifican con Agartha, Shambala o Lemuria.


Según Wilhelm Landig, escritor nazi de ciencia-ficción afiliado al Partido Nazi, y su libro Rebeldes por Thule (1991), "El Sol Negro (o Sonnenrad) brilla sobre la Montaña de la Medianoche. El ojo humano no puede verlo, y sin embargo está ahí: su luz brilla en el interior. El conocimiento solar se perdió con el cristianismo, hasta que los templarios redescubrieron su tradición". Es decir, que el nazismo es un culto neotemplario… Exactamente igual que sus supuestos reales mágicos: la Golden Dawn, en Gran Bretaña, o la propia Fraternitas Saturni, en Alemania.




Simbólicamente hablando, el sol es la voluntad de vivir (fálica), en contraposición a la reflexividad típicamente lunar. Un ejemplo perfecto de esto es el inicio de la película de Stanley Kubrick 2001: Una Odisea del Espacio (1968), que muestra la evolución de las cavernas a las naves espaciales en el corte más reconocido de la Historia del Cine. Como arquetipo, el Sol es Ra, Horus, Apolo, Mitra, Jesucristo, Superman, lo que se prefiera. La verdad, la luz y la vida, como suele decirse, gobierna al signo Leo (León), tal y como representan los alquimistas en múltiples grabados.


Otro dato interesante, a este respecto, es la interpretación del culto solar ofrecida por Otto Rahn en su obra más abiertamente iniciática, La Corte de Lucifer (1937), tras su peregrinaje místico por el sur de Francia, que compone la fuente literaria básica de la que beberá Julius Evola en su estudio sobre el Grial, así como Miguel Serrano en su comprensión de la tradición europea a partir del concepto de minne (memoria) y los célebres Minnesänger, encabezados por Wolfram von Eschembach, autor del Parsifal.



El recuerdo de un culto perdido sería el principal atributo de las órdenes medievales esotéricas. Dicho en muy pocas palabras: esa es justo la tarea del héroe solar clásico, que por sobre todo es Heracles (mal conocido como Hércules), compañero de Jasón y los argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro; una empresa en la que, según el cuestionable testimonio de Rahn, participaron otras figuras como Cástor y Pólux o el propio Orfeo, todos ellos a bordo de la nave llamada Argos.


El Vellocino de Oro sería la piedra desprendida de la frente de Lucifer tras su expulsión del Paraíso. De esta fuente, el testimonio de Rahn durante su periplo por localidades como Carcassonne o Montsegur, extraerá luego su exégesis Miguel Serrano, ya que consta ninguna cita original proveniente del corpus que compone las leyendas del Grial. A ese objeto mágico, el Vellocino, se lo conocería dentro de los círculos esotéricos como "la piedra filosofal". Que más tarde pasaría a ser denominado como Graal.


(Ya, bueno, lo sé, todo esto parece disparatado y poco relacionado con Backrooms y su mitología de Internet, pero tengan un poco de paciencia y sigan descendiendo conmigo en este nuestro perturbador trasero ocultista... Atravesando así una madriguera de conejo tras otra)


Según Rahn, estábamos diciendo, Lucifer fue condenado por Yahvé, el dios de los judíos, pero no el dios supremo… Cuyo simbolismo es solar. No, Yahvé no es eso en absoluto, según Rahn. ¿La razón? El descubrimiento de que la voluntad, esa fuerza interior que arquetípicamente se corresponde con el sol, nos puede igualar a los dioses. Tocar la lira, dicho esotéricamente, nos iguala con Apolo. Porque adorar al dios solar interior supone, desde este punto de vista, transgredir una ley de Yahvé que nos impide ser como él, abrazar el conocimiento.



La mención de Landig a los templarios, anteriormente citada, no es casual. El origen de la masonería especulativa es, antes de Inglaterra, Escocia. Allí fueron los templarios en busca de Robert Bruce tras la muerte de Jacques de Molay en 1314.


Como afirman Christopher Knight y Robert Loms, ellos mismos francmasones, «Podemos afirmar, sin ninguna sombra de duda, que el primer trabajo de la francmasonería fue la construcción de la capilla Rosslyn a mediados del siglo XV». Este lugar telúrico, ubicado geográficamente en una localidad cercana a Edimburgo, alberga una construcción encargada por los Saint-Clair. Aunque el rey asociado a los Caballeros Templarios es sobre todo San Jorge, su correspondencia en el plano histórico señala con claridad a Robert Bruce, como indican con acierto Michael Baigent y Richard Leigh.


Los masones comenzaron como los Caballeros Templarios, un grupo de cristianos gnósticos, en la misma línea de los cátaros, que actuaban como una orden militar para la Iglesia Católica, hasta que se negaron a compartir su dinero y sus conocimientos con el papado. Su verdadero culto era al rey Salomón, por medio de su templo, sobre el que edificaron su primera sede en Jerusalén. Como la Compañía de Jesús (cuyo logo también hace referencia al Sol Negro), la Orden del Temple fue influenciada por los resquicios vivos de los misterios antiguos, sobre todo del mitraísmo, siguiendo el ejemplo del propio Salomón.


Todas las leyendas solares, empezando por la del dios egipcio Ra, hablan de un periplo de muerte y renacimiento, de oscurecimiento y reaparición, que se parecen mucho al simbolismo de la catábasis y anábasis que Joseph Campbell asoció al viaje del héroe... Del que Heracles o Jasón forman parte, inevitablemente. Así como todos los cultos mistéricos de la Antigüedad, especialmente los de Delfos, consagrados a Apolo.


¿Y de qué nos habla la película de Kane Parsons sino de un hombre, interpretado por Chiwetel Ejiofor, que es incapaz de hacer brillar su voluntad en el mundo exterior? En respuesta, el personaje de Ejiofor descenderá a un mundo interior, el de las Backrooms, acompañado por su particular Ariadna, su psicóloga, encarnada en la pantalla por Renate Reinsve. Una catábasis sin anábasis, podríamos decir, a la manera de El Resplandor (1980), otra película de Stanley Kubrick (con la que por cierto dialoga la última película de David Robert Mitchell, The End of Oak Street).


Finalmente devorado por el minotauro, Clark, este falso Teseo de Backrooms que no llega a ser heroico, dejará a Ariadna abandonada en su Naxos posmoderno, las instalaciones de la misteriosa empresa Async. Así pues, en Backrooms no se realiza el matrimonio alquímico de contrarios, entre ánima femenino y ánimus masculino, realizando una conciliación de opuestos. Porque el sol no ha llegado a relucir.


Siendo osados de más podríamos afirmar que el culto solar en Backrooms es el culto al Sol Negro (de hecho, las propias paredes de la backroom tienen un característico tono amarillo). Cuando Clark, el protagonista, es devorado por su Sombra, un doppelgänger monstruoso ataviado de pirata, Mary deja una parte de sí dentro de la “backroom”, un doble marcado por las imperfecciones propias del demiurgo que replica el mundo real en el mundo virtual. Es decir, el sol exterior ilumina la faz visible del cosmos pero no alude a nuestro centro espiritual, la chispa divina que es patrimonio de otra deidad: el dios supremo, superior a ese arquitecto al que William Blake se refirió como Urizen y al que los antiguos gnósticos denominaban como Yaldabaoth.


Para terminar expresaré una ocurrencia (y, recuerden, sólo es eso) incluso más arriesgada: la verdadera conjunción alquímica no se realiza en la película de Parsons porque estaba destinada a tener lugar en taquilla. Me explico: en julio de 2023 se denominó como "Barbenheimer" al estreno simultáneo de dos películas claramente gnósticas: Oppenheimer (Christopher Nolan), sobre el fuego interior y el simbolismo prometeico, y Barbie (Greta Gerwig), sobre un mundo falso y una Sophia que desciende a la materia en busca de su creador. Tres años después, en 2026, hemos vivido lo mismo con otras dos películas, coincidiendo además con el estreno de la nueva película de Christopher Nolan.




Resulta interesante contraponer Backrooms a Obsession (2026), ya que son dos películas que han coincidido en el mismo fenómeno. Una está protagonizada por un alcohólico violento, arquetipo de la masculinidad tóxica, mientras que la película de Curry Baker presenta un componente lunar, una fuerza femenina que desborda al protagonista, otro tipo incapaz de activar su fuego interior. ¿De qué hablan ambas películas? De una masculinidad impotente, que no es capaz de imponer su voluntad. No es casual tampoco que la película haya fascinado especialmente a la juventud educada bajo la égida feminista; pero, curiosamente, las dos películas han sido un reclamo para un público femenino adolescente, más que del masculino.


La película de Nolan que ha seguido a la oscarizada Oppenheimer (2023) ha sido La Odisea (2026), mostrando a un Odiseo (Matt Damon) arrepentido por su victoria en Troya, que supone la transgresión de la ley de Zeus. Como exégeta de la cultura griega, Plutarco indica que Zeus es él mismo "Themis", Justicia, la antigua ley. Los dioses, en la película de Nolan, aparecen en la Ley de Zeus, que es indistinguible de la presencia del propio Dios, punto clave en el argumento del filme.


Lo importante, de cara a lo que venimos señalando aquí, es que la primera vez que el culto solar se vio oscurecido en Occidente fue con el triunfo de los llamados "Pueblos del Mar", que se corresponden con el pueblo cananeo coexistente con el imperio fenicio, sobre las grandes civilizaciones contemporáneas al mito de Troya: micénicos, hititas, egipcios, etcétera.



Dichos "pueblos del mar", mencionados de manera explícita en la película de Nolan e identificados con aquellos que transgreden la ley de Zeus, son aquellos que muestran una actitud claramente prometeica. Al final de la película de Nolan sí que se realiza una conjunción exitosa, con Odiseo y Penélope viajando hacia el Oeste en un barco fenicio de vela roja, marchando hasta el lejano lugar donde tiene lugar la puesta de sol, para honrar a los muertos: son las exequias de un culto solar que periclita a la espera de tiempos mejores. Supongo yo que algo parecido entendieron los muchachos de la Sociedad Thule cuando la cosa se puso complicada en el año 1945, ¿verdad?



Lo más interesante aquí es esa lectura de Odiseo realizada por Nolan, en clara continuidad con un Robert Oppenheimer (en la película, Cillian Murphy) arrepentido por haber creado la bomba atómica. Como tantos otros científicos de la época, y podemos pensar en Alan Turing, John von Neumann o Norbert Wiener, también el Víctor Frankenstein de Mary Shelley acabó atravesado por la paradoja de sus propios descubrimientos y en buena medida se arrepintió de sus contribuciones debido al impacto moral que acabó descubriendo en ellas. Como confiesa Odiseo a Penélope en la película de Nolan, también Oppenheimer podría haber exclamado: “nosotros somos los pueblos del mar”, teniendo en cuenta además que el bueno de Robert fue acusado en los años 50 de "rojo". Por comunista, claro.


Sabiendo que el próximo proyecto de Parsons será hablar de un "hombre del sol" (Sunman, que no sé por qué me recuerda poderosamente al Rey Amarillo de Robert W. Chambers) me atrevería a afirmar que puede continuar en esta línea prometeica, siguiendo con la vieja máxima que afirma que en ese enclave mágico de California (la tierra prometida, según Helena Blavatsky) que es Hollywood nada ocurre al azar. Aunque puede que todo esto sólo sean especulaciones de un día demasiado caluroso.


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