viernes, 21 de agosto de 2026

Una revisión necesaria de H.P. Lovecraft y sus herederos. Por Guillermo Mas Arellano

 

Una revisión necesaria de H.P. Lovecraft y sus herederos




De Guillermo Mas Arellano



En nuestra actual perspectiva de tribalismo racial urbano, la obra ensayística de H.P. Lovecraft supone una perspectiva inmejorable, al menos desde el punto de vista político, para entender cómo hemos acabado donde estamos y qué horizontes de horror se abren ante nosotros, los occidentales de sangre y espíritu, en estos tiempos de “multiculturalismo”.

Es algo que la actual apropiación WOKE de los subgéneros literarios como el fantástico, el terror o la ciencia-ficción pretende obviar o censurar en la obra de uno de sus mayores pilares: el apartado político que se manifestó en las páginas de la publicación “The Conservative”. En esos artículos, así como en cartas o en escritos desperdigados por aquí y por allá, el genio de Providence manifestó su temor ante una suerte de “regresión de las castas” de signo biologicista y su preocupación por el desastre demográfico en curso.

Se ha hablado mucho sobre la creencia o no de Lovecraft en asuntos esotéricos y sobre su pertenencia o no a sociedades secretas. En su texto “Una confesión de falta de fe” escribió: “Soy por naturaleza un escéptico y un analista, y muy pronto hice mía esta actitud general de materialismo cínico que muestro actualmente, y no varía más que en algunos detalles y no en sus fundamentos”.

Esta actitud de Lovecraft viene muy marcada por los cambios padecidos por los EEUU en los últimos tramos del siglo XX y también por el determinante cambio que supone la IGM en los destinos de Occidente. Esos cambios le dejaron en la posición de un cínico condenado a mirar desde lejos la distancia entre las pretensiones humanas y los resultados reales que acontecen en su lugar.

Ante esta posición de falta de fe en un contexto protestante, Lovecraft alude tanto a la Guerra de Secesión como a la Primera Guerra Mundial en el incremento de su postura:

“La guerra me confortó en mis recientes opiniones. El aspecto estereotipado de los discursos idealistas me ponía cada vez más enfermo, y no empleaba más que un mensaje estricto en materia de florituras literarias. Conmigo, la democracia era un tema menor, mi cólera se excitaba cuando se volvía a poner en discusión la primacía anglosajona y por la avidez territorial y sin motivo de los boches, desagradables a fuerza de carecer de piedad. No me molestaban los escrúpulos que agobiaban al liberal medio. Yo aceptaba los desaciertos; pedía con todas mis ansias una derrota de Alemania. Soy, es necesario decirlo, un ardiente partidario de la reunión anglo-americana, y era de la opinión de que la división de una misma cultura en dos unidades nacionales era un derroche inútil y a menudo peligroso. En este caso preciso, mi opinión estaba, además, reforzada por el hecho de que toda civilización actual depende de la predominancia de los sajones”.

Lo escribió en 1922.

Como indica Constantin von Hoffmeister, explorar la profundidad metafísica de la Naturaleza es la raíz más indudable del pragmatismo fáustico que caracteriza el espíritu americano desde los tiempos de Melville, Emerson, Thoreau, Hawthorne y Whitman a nuestros días. Es la búsqueda de lo inalcanzable en su vertiente materialista, el giro prometeico que se despoja de la Tradición para abrazar mejor los frutos de la técnica, a pesar de la desconfianza hacia ella. Lovecraft se desmarca de ellos, sin embargo, en su gran giro polémico: el “gran crimen” del siglo no es otro para él que la violación de la raza superior. Algo que la mayoría de autoproclamados “lovecraftianos” en nuestros días se niegan a mencionar por miedo a ser “cancelados”.

El sentimentalismo afeminado del igualitarismo, la credulidad perenne de la condición humana y el impulso fáustico que busca imponer el anhelo moderno sobre el saber antiguo a base de ordenamiento técnico son enemigos a combatir para Lovecraft: el autodominio viril de los teutones es lo único que puede detenerlos.

Para tratar de encuadrar en la época de dónde vienen estas ideas de Lovecraft no sólo debemos hablar de un Julius Evola o de un Oswald Spengler, sino también de un libro bastante leído en la época: La caída de la raza (1916), del conocido conservador Madison Grant, muy ligado a los círculos promotores del racismo científico tan frecuentes en la época. De hecho, es muy probable que ese país tan industrializado, los Estados Unidos de América, fuera en ese momento la nación más marcadamente eugenista sobre la faz de la tierra.

Y eso es algo que no se puede desligar del auge racionalista, positivista incluso, de ciertas ciencias nuevas que causaban furor en la época, que dominaban el pensamiento de las élites, y que hibridaron la vertiente “perennialista” de Lovecraft con otra mucho más moderna. También Madison Grant abogaba por la defensa de una “raza nórdica primordial” que se debatía entre fortalecerse o desaparecer en aquellos años decisivos. Y, en efecto, según los deseos eugenistas toda una generación era sometida a una purificación con claras marcas sacrificiales en el frente de la IGM del que el propio Lovecraft quiso formar parte en nombre de su país.

En el fondo del deseo por contemplar la realización de esa “reunión anglo-americana”, del pacto entre los hermanos ingleses y alemanes en torno a unos orígenes compartidos, unos valores viriles y unas virtudes comunes, Lovecraft ve la solución a una disyuntiva histórica que se debate entre retomar la senda extraviada de la raza teutónica de raíz indoeuropea o seguir el camino de mestizaje e hibridación sin control que, según su punto de vista, llevó a la destrucción del Imperio romano: “La raza que dio nacimiento a las glorias de Roma ya no existe, desgraciadamente. Siglos de guerras devastadoras y la inmigración extranjera en Italia no ha permitido más que la subsistencia de un reducido número de latinos verdaderos una vez pasada la era imperial”.

Su visión de los Estados Unidos era la de una civilización blanca establecida sobre criterios raciales de carácter espiritual. La conquista del Oeste fue un ejercicio de la voluntad blanca por allanar el camino para levantar una nueva nación a través de la sangre, el sudor, el esfuerzo y las lágrimas. En sus esfuerzos late la misma posibilidad prometeica que ha arrastrado al resto del mundo, muy especialmente al occidental, a una movilización total permanente. En ese y en otros muchos puntos, las apreciaciones realizadas por Lovecraft en 1916 coinciden, como ejemplo de poligénesis, con las realizadas por Spengler en 1918. Una etiología y a la vez un tratamiento de la decadencia en curso.

Para Lovecraft la credulidad de la mente humana no tenía límites: “es el cáncer de la superstición”. En ese sentido se destaca, como Aleister Crowley o Julius Evola, por ser un lecto aventajado de Nietzsche. Los tratados internacionales le parecían la peor manifestación de esa tendencia biempensante. Toda la retórica de buenas palabras detentada por organismos internacionales y filántropos cargados de ideas, algo tan actual para nosotros, ya le parecían a él entonces como una de las mayores aberraciones imaginables en el Kali Yuga. Nada le aterraba tanto como imaginar un siglo de paz perpetua garantizada por estos mismos filántropos y bajo el amparo de dichas organizaciones internacionales.

Escribe literalmente que “la guerra es algo que jamás podrá ser abolido por completo. Como expresión natural de instintos humanos inherentes como el odio, la codicia y la combatividad, siempre debe tenerse en cuenta en algún grado. Los hombres se someterán a la discusión sólo hasta cierto punto, más allá del cual invariablemente recurrirán a la fuerza, por grandes que sean las probabilidades en su contra”. En su opinión, organizaciones supranacionales como “La liga de las naciones” tendrán un resultado radicalmente opuesto al de la paz perpetua: nuevas y más destructivas guerras. La IIGM, que aconteció apenas unos años después de su muerte en 1937, avala sus palabras.

Junto al problema de la mezcla racial y al del pacifismo, en los artículos de “The conservative” y en sus cartas privadas Lovecraft se destacó asimismo por aludir insistentemente a otro problema en su opinión muy relevante: la feminización en la civilización occidental. De alguna forma, para él esta triada maligna está relacionada: mezclar las razas, abolir las guerras y el “idealismo histérico” son las manifestaciones de un pensamiento en decadencia. Su mayor manifestación es la oposición radical, la incomprensión más evidente, hacia la guerra como fenómeno inherente a lo humano.

Ello se suma, una vez más, a una crítica cultural amplia que enseguida es enfocada contra el cristianismo en su vertiente derivada del protestantismo, llegando a acusar al propio Lutero de introducir a algunos de estos vicios en el pensamiento alemán. Nada es más contrario al escepticismo de Lovecraft que el idealismo feminizado de los organismos internacionales. Un pueblo que prefiere “drogarse” con la mentira moralizante a aceptar la verdad está enfermo de muerte. Y sólo el renacimiento del impulso masculino por defender aquello que está amenazado puede poner fin a esa bancarrota histórica.

Las teorías raciales de Lovecraft, que por su mala situación económica apenas si pudo viajar fuera de Providence, tenían muy presente el origen indoeuropeo de aquella raza que consideraba muy superior a las demás: la teutónica. En un artículo escribe: “Al trazar la carrera de los teutones a través de la historia medieval y moderna, no podemos encontrar excusa posible para negar su supremacía biológica real.

En localidades muy separadas y bajo condiciones muy diversas, sus cualidades raciales innatas lo han elevado a la preeminencia. No hay rama de la civilización moderna que no sea de su creación. A medida que el poder del Imperio Romano declinaba, los teutones enviaron a Italia, la Galia y España los elementos vivificadores que salvaron a esos países de la destrucción completa. Aunque ahora están en gran parte perdidos entre la población mixta, los teutones son los verdaderos fundadores de todos los llamados estados latinos”. La anexión del carácter teutón por parte de los pueblos nativos es, para el autor de La llamada de Cthulhu (1928), la clave de bóveda para entender el posterior deterioro de ese legado civilizatorio al que hace referencia.

De entre todas las virtudes que Lovecraft considera de una raza, destaca la cualidad del autogobierno. Es algo que proviene de sus lecturas, a partir de 1896, del mundo clásico griego, que más tarde apuntalará, desde 1902 en adelante, por el estudio de la estructura del Universo a través de las estrellas y los soles:

“¡Idealismo y Materialismo! ¡Ilusión y Verdad! Estas cosas, juntas, se hundirán en las tinieblas cuando el hombre haya dejado de existir; cuando bajo los últimos rayos vacilantes de un sol moribundo, el último vestigio de vida orgánica perecerá totalmente en nuestra minúscula mota de polvo cósmico. Y sobre los planetas negros que orbitarán, fieles y diabólicos, alrededor de un sol negro, no perdurará el recuerdo del hombre ni de las estrellas, retorciendo el éter con crueles agujas de luz pálida que no cantarán su gloria”.

A pesar de todo, para él las presencias de los antiguos dioses griegos, que sus ojos descubrieron a la temprana edad de seis años, entraron en contacto con estas visiones fantasmagóricas de un futuro cósmico negro. De esta mirada orientada a un tiempo hacia el pasado y hacia el futuro, desde una óptica escéptica y lejana sobre el devenir humano, como si Lovecraft pudiera hablar antes del mundo y después del mundo con los dioses ancestrales y las deidades aún por llegar, nacerá el característico punto de vista denominado como “horror cósmico.”

Entre los años 1908-1913 Lovecraft vivió un período de reclusión y postración iniciado con 18 años por el que perdió su carrera estudiantil. Dicha depresión larga e incapacitante llegó a su fin a la edad de 23 años. Aunque Lovecraft quiso luchar en la IGM por su país fue rechazado por el ejército dada su fragilidad médica. A partir de ahí, en los años que van de 1921 a 1925, sus afinidades literarias darán un paso pequeño y sutil pero aún así decisivo, que marcan el tránsito de Dunsany a Poe.

Son los años en los que Einstein estudia la “Teoría del campo unificado” que pretende vincular de forma insólita la gravedad y la electricidad. Una materia entendida como energía que coincide en ciertos puntos con la teosofía y se encuadra en una forma de entender la ciencia muy cercana en algunos puntos al esoterismo: María Orsic, amante de Nikola Tesla relacionada con lo visionario-científico, estuvo presente en el desarrollo de la energía taquiónica que completaría Gerald Feinberg al postular que la velocidad de la luz es inferior a la de los taquiones.

En ese ambiente intelectual y cultural se produce, en un período cargado de sueños lúcidos y experiencias visionarias, el descubrimiento de Nyarlathotep, esa “pesadilla” más parecida a un “fantasma personal”, en una visión onírica del año 1921 que recogió en un fragmento y relató en una carta citada por el experto lovecraftiano Lin Carter: “No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible, más horrible que nada que te puedas imaginar, pero fascinante. A uno le embruja después, durante horas. Lo que vi todavía me da escalofríos”. La crítica de la religión convencional de Lovecraft coincidirá con la afirmación de una raza aristocrática como única forma de salvar al hombre del desastre. Lovecraft pone nombre en 1916 a aquello que se abre ahora en términos más realistas, menos fantásticos y especulativos, en nuestro horizonte: el retorno de los Grandes Antiguos.

Las últimas páginas del relato La noche del océano rezan: «Entonces todo quedará sumido en la oscuridad, pues incluso se extinguirá la luna sobre las olas. No quedará nada, ni por encima, ni por debajo de las sombrías aguas. Y hasta el último milenio, y también después, el mar atronará y se sacudirá a través de la lúgubre noche». Es, tras la muerte de Howard Philips Lovecraft y antes del nacimiento de Thomas Ligotti, la cumbre del así llamado «horror cósmico»: donde ningún ser vivo transitará por la superficie del planeta tierra… Ahí, cuando los ciclos del tiempo se apaguen y sólo las aguas inconsútiles que escapan de los dominios del demiurgo prosigan agitándose bajo el oscuro manto de la noche: sin rastro alguno del hombre ni de su pasado a la vista.

El autor de las líneas anteriormente citadas es Robert H. Barlow, que al momento de escribirlas tenía apenas 19 primaveras. El relato fue terminado en 1937; que también fue el año de la muerte de Lovecraft, su maestro, mentor, amigo y hasta amor platónico, a consecuencia de un cáncer súbito. A partir de ese momento, Barlow se convertiría, por designación directa de HPL, en su albacea literario, en el Gran Maestro de su culto y, sobre todo, en hipotético guardián del grimorio real o legendario en el que, según se especula, se inspiraba el ficticio Necronomicón atribuido al poeta árabe Abdul Alhazred, en realidad un pseudónimo del genio de Providence; y fue ese legado, precisamente, el que con toda probabilidad le costara la vida a Barlow...

El 1 de enero de 1951, Barlow apareció “suicidado” en su apartamento de Azcapotzalco, Ciudad de México, y apenas 10 días después de tan perturbador suceso, otro genio con el que tuvo amistad, William S. Burroughs, a quien además dio clases de mitología azteca durante su estancia en México tratando de escapar de las garras del Gobierno de los Estados Unidos y su férrea política contra el consumo de estupefacientes, mandó una carta a Allen Ginsberg lamentándose por la muerte de Barlow, quien no sólo era un escritor de gran talento, sino que también fue un iniciado de alto grado en demonología, un sobresaliente profesor de antropología y un notable dibujante y escultor que, a pesar de sus graves problemas de salud (incluidos los oculares), nunca dejó de trabajar en el cultivo de su amplio talento. A principios de la década de los 50, con 33 años, Barlow apenas si escribía desde hacía más de diez años, puesto que estaba entregado por entero a la afasia poética propia de un Arthur Rimbaud hodierno.

Tiempo atrás, el 18 de junio de 1931, un jovencísimo Barlow escribió a la edad de 13 años una entusiasta carta al maduro escritor fracasado que entonces era Lovecraft, que en esos momentos acababa de regresar a Providence tras pasar unos terribles meses de convivencia marital en Brooklyn junto a la ucraniana Sonia Haft Greene. Aquel matrimonio jamás se consumaría, puesto que Lovecraft nunca conoció carnalmente a mujer alguna (que sepamos), relegado, como estaba, a una asexualidad puritana fruto de su homosexualidad reprimida… Lo que se unía a serios problemas económicos derivados de su escaso reconocimiento como escritor de relatos de género en publicaciones pulp como la ya célebre “Weird-Tales”: es un tiempo de decadencia civilizatoria y racial para Occidente, a ojos del genio de Providence, como se puede comprobar leyendo sus textos incluidos en la autopublicación “The Conservative”.

En ese contexto, como decimos, llega la misiva del adolescente Barlow: llena de admiración por sus relatos; preguntando directamente a Lovecraft por la existencia real del Necronomicón, que Lovecraft siempre negaría en su correspondencia, declarando una y otra vez ser «un escéptico», un ateo; y deslizando de forma poco velada una atracción homosexual latente hacia el escritor maduro y aún por consagrar. Quizás fue por este último elemento, que Lovecraft jamás reconocería abiertamente, que aceptó la propuesta de Barrow y se marchó a visitarlo a casa sus padres en Florida, donde HPL se establecería en dos largos períodos de 3 semanas, primero, y 2 meses, más adelante, en lo que constituye una de las escasas etapas de salud y bienestar en la vida de ambos artistas.

En uno de sus muchos fragmentos póstumos de signo autobiográfico, Barrow escribiría: «La vida se compone de literatura»; y fue precisamente esa entrega casi monacal al Arte, esa visión compartida por la necesidad de dejar una Obra tras de sí, esa reverencia común por las mismas deidades olvidadas y prestas a retornar (la dualidad comprende a «The Great Old Ones» y «the Elder Ones»), lo que más unió a Lovecraft con Barrow: ambos iniciaron una unión íntima, espiritual, que tenía tanto de amistad como de iniciación en Cthulhu, por lo que Barrow se convirtió en una suerte de secretario de HPL, cuya obra empezó a mecanografiar, y en algunos casos incluso a almacenar, de forma que los últimos relatos escritos por Lovecraft han llegado a nuestros días por vía de Barrow y sus propios albaceas testamentarios: es el caso de La sombra fuera del tiempo.

Lovecraft y Barrow co-escribieron un total de 6 relatos, entre los que destaca el sugerente El tesoro de la bestia-maga, lleno de claves relativas al esoterismo. La obra de Barrow, supervisada por Lovecraft hasta la muerte del maestro, llegó a almacenar más de 40 relatos, muchos de ellos todavía hoy inéditos en español. Barrow, barroco estilista y erudito precoz, fue percibido como un intruso en el círculo de Lovecraft: amigo de Robert Howard, compartió entusiasmo por los inefables «Mitos de Cthulhu» con Lin Carter; mientras que August Derleth lo declaró su enemigo público y Clark Ashton Smith no dudó en retirarle el saludo tras la muerte de Lovecraft.

El coronel Everett Davis Barlow, padre de Robert, fue retirado a la fuerza del ejército a causa de su delirio paranoide. Sin duda, su hijo heredó algo de esto, pero no se puede reducir su enorme conocimiento esotérico a la locura. Contra la versión oficial de su biografía, que achaca su muerte a un conflicto latente con su homosexualidad, existen otras versiones que hablan de un asesinato apenas encubierto como parte de una guerra teológica: el motivo para matar a Barlow sería el legado recibido de manos de Lovecraft, que estaría compuesto tanto del grimorio original en el que se basaba el Necronomicón ficticio como por un conocimiento mágico operativo de primer orden.

Según esta versión, la excusa de estudiar y enseñar arqueología prehispana y mesoamericana más allá de la frontera, financiado por sendas becas de los Rockefeller y los Guggenheim, y buscando manuscritos aztecas escritos en el idioma náhuatl que, junto al español, Barrow dominaba a las mil maravillas, se encontraría otro interés oculto: realizar una invocación a la verdadera deidad encubierta tras el nombre de Cthulhu en el mismo desierto de México donde, escasas décadas después, pernoctaría otro joven “ángel caído” de la historia norteamericana: Jack Parsons; y es que, al igual que Parsons mucho más tarde, al talentoso Robert H. Barlow esa frustrada tentativa le costaría la vida a una edad temprana.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Notas sobre el simbolismo solar en Backrooms. Por Guillermo Mas Arellano

 

Notas sobre el simbolismo solar en Backrooms (2026)




De Guillermo Mas Arellano





En mayo de 2019, un usuario anónimo en 4chan publicó una foto granulada de una habitación vacía. A partir de ahí, se creó una mitología de la era cibernética: los espacios liminales deudores del videojuego y del creepypasta. Tras publicar la serie web en enero de 2022, varios estudios se pusieron en contacto con Kane Parsons para así proponerle una posible adaptación cinematográfica. En febrero de 2023, se anunció oficialmente el inicio del rodaje de la adaptación de The Backrooms, basada en los vídeos de Parsons, quien también dirigiría la película. Backrooms se estrenó en Estados Unidos por A24 el 29 de mayo de 2026. La película recibió críticas positivas y recaudó 212,6 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose en el mayor éxito de taquilla y estreno de A24 en Estados Unidos, y haciendo de Parsons el cineasta más joven en alcanzar el número uno en la taquilla estadounidense.



El sol es un símbolo recurrente en la mitología de Backrooms (2026). No ocupa un lugar central en la trama, pero a pesar de todo está ahí: en el tráiler, en la película y en el lore original. En el estreno del filme, Kane Parsons apareció con un pin del sol: "El sol me habla y me dijo que lo llevara". Según afirma el propio Parsons, siempre que el sol le habla trata de cumplir con sus demandas, funciona como una suerte de daimon o ángel de la guarda personal. En una entrevista concedida en junio de 2026, Parsons, de 21 años, afirmó “He evolucionado. La rotación de la Tierra alrededor del Sol ya no me afecta”.




En “Overflow”, episodio de la serie Backrooms ambientado en agosto de 1972, la trama tiene lugar de manera simultánea a unas erupciones solares que son mencionadas explícitamente. Este episodio, traducido como "desbordamiento", es aquel ambientado en un punto histórico más antiguo. También hay simbolismo solar directo en “Found Footage #3” (abreviado FF3), el decimosexto episodio principal y la vigésima segunda entrega en total de la serie Backrooms. Se estrenó en YouTube el 13 de septiembre de 2024 y es, con diferencia, el vídeo más largo de la serie... Y con más presencia del símbolo solar.



Vamos a explicar un poco mejor esto último: la mayoría de referencias que componen el mundo de Backrooms, de Kane Parsons, beben de motivos culturales y espacios arquitectónicos puramente norteamericanos. De hecho, podríamos decir, simplificando mucho, que Backrooms nos está hablando de Internet como lugar en el que los detritus de unos Estados Unidos decadentes son reciclados culturalmente, como bucles (en el original: "loops") defectuosos y monstruos carnívoros. Y, de pronto, llegas a “Found Footage #3”, donde aparece una imagen de Mao Zedong, apodado en China el "Sol Rojo".




¿Casualidad? En absoluto; de hecho, Kane Parsons también es compositor de música; él realiza la inquietante banda sonora de sus cortometrajes. En su segundo canal de Youtube publicó un tema titulado "Red Sun in the sky", referencia directa a un popular tema chino del mismo título publicado en 1975 que resaltaba la figura de Mao Zedong y la Revolución Cultural.


Pero hay más: otra canción de Kane Parsons se titula "The Kind Old Sun" y está ilustrada con una imagen extraída directamente de un manuscrito alquímico: el Clavis Artis, nada menos, una obra rosacruz de finales del siglo XVII falsamente atribuida a Zoroastro. Es decir, el culto al fuego y a la luz como imagen de una iluminación interior.



Durante la entrevista en el canal Wendigoon en junio de 2025 con Kane Parsons y Alex Kister, el grupo está jugando en el mapa oficial de GMod Backrooms. Entran en una habitación con la imagen del Sol enmarcada en la pared. Wendi comenta "Esta imagen es la foto de perfil de Kane". En otras palabras: cualquiera que conozca a Kane Parsons, ese discípulo confeso de David Lynch, sabe de su pequeña obsesión.



Tras el éxito de Backrooms, Kane Parsons hará realidad su siguiente proyecto, provisionalmente denominado Splendor (traducido por "Esplendor"). Otra alusión directa al sol y su irradiación habitualmente simbolizada por las aristas abiertas del disco que rodea al astro. En junio de 2026, coincidiendo con el estreno de su primera película, Parsons informó que su nombre en redes cambiaría a Kane Pixels una vez que el sol regresara. En otras palabras: la relación entre su biografía y el sol no es un juego para él.  


El estreno de Backrooms en España ha tenido lugar poco antes de un eclipse solar. Los Alquimistas llamaban Sol Niger, (el Sol Negro), y consideraban el Eclipse Solar total una forma de putrefacción del Sol, y la más baja de sus manifestaciones. Representaba el ocultamiento. Que puede entenderse también como una referencia a Saturno, deidad de lo enterrado, a la espera de tiempos mejores. Y símbolo clásico del ocultismo.




En el conjunto histórico occidental que denominamos como "Modernidad" nadie, absolutamente nadie, ha rendido culto al Sol Negro de manera tan abierta como los nacionalsocialistas. Ellos, esotéricamente hablando, se referían a este símbolo como Schwarze Sonne, y era utilizado en rituales secretos de invocación.



Según Nicolas Goodrick-Clarke, los nazis (la Sociedad Thule, que diríamos) eran adoradores del Sol Negro, empanzando por los uniformes de las SS, que representaban el solsticio de invierno de la raza aria, presagios de una nueva era gloriosa, anuncio de un cambio sobrenatural venidos del centro esotérico oculto, que algunos identifican con Agartha, Shambala o Lemuria.


Según Wilhelm Landig, escritor nazi de ciencia-ficción afiliado al Partido Nazi, y su libro Rebeldes por Thule (1991), "El Sol Negro (o Sonnenrad) brilla sobre la Montaña de la Medianoche. El ojo humano no puede verlo, y sin embargo está ahí: su luz brilla en el interior. El conocimiento solar se perdió con el cristianismo, hasta que los templarios redescubrieron su tradición". Es decir, que el nazismo es un culto neotemplario… Exactamente igual que sus supuestos reales mágicos: la Golden Dawn, en Gran Bretaña, o la propia Fraternitas Saturni, en Alemania.




Simbólicamente hablando, el sol es la voluntad de vivir (fálica), en contraposición a la reflexividad típicamente lunar. Un ejemplo perfecto de esto es el inicio de la película de Stanley Kubrick 2001: Una Odisea del Espacio (1968), que muestra la evolución de las cavernas a las naves espaciales en el corte más reconocido de la Historia del Cine. Como arquetipo, el Sol es Ra, Horus, Apolo, Mitra, Jesucristo, Superman, lo que se prefiera. La verdad, la luz y la vida, como suele decirse, gobierna al signo Leo (León), tal y como representan los alquimistas en múltiples grabados.


Otro dato interesante, a este respecto, es la interpretación del culto solar ofrecida por Otto Rahn en su obra más abiertamente iniciática, La Corte de Lucifer (1937), tras su peregrinaje místico por el sur de Francia, que compone la fuente literaria básica de la que beberá Julius Evola en su estudio sobre el Grial, así como Miguel Serrano en su comprensión de la tradición europea a partir del concepto de minne (memoria) y los célebres Minnesänger, encabezados por Wolfram von Eschembach, autor del Parsifal.



El recuerdo de un culto perdido sería el principal atributo de las órdenes medievales esotéricas. Dicho en muy pocas palabras: esa es justo la tarea del héroe solar clásico, que por sobre todo es Heracles (mal conocido como Hércules), compañero de Jasón y los argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro; una empresa en la que, según el cuestionable testimonio de Rahn, participaron otras figuras como Cástor y Pólux o el propio Orfeo, todos ellos a bordo de la nave llamada Argos.


El Vellocino de Oro sería la piedra desprendida de la frente de Lucifer tras su expulsión del Paraíso. De esta fuente, el testimonio de Rahn durante su periplo por localidades como Carcassonne o Montsegur, extraerá luego su exégesis Miguel Serrano, ya que consta ninguna cita original proveniente del corpus que compone las leyendas del Grial. A ese objeto mágico, el Vellocino, se lo conocería dentro de los círculos esotéricos como "la piedra filosofal". Que más tarde pasaría a ser denominado como Graal.


(Ya, bueno, lo sé, todo esto parece disparatado y poco relacionado con Backrooms y su mitología de Internet, pero tengan un poco de paciencia y sigan descendiendo conmigo en este nuestro perturbador trasero ocultista... Atravesando así una madriguera de conejo tras otra)


Según Rahn, estábamos diciendo, Lucifer fue condenado por Yahvé, el dios de los judíos, pero no el dios supremo… Cuyo simbolismo es solar. No, Yahvé no es eso en absoluto, según Rahn. ¿La razón? El descubrimiento de que la voluntad, esa fuerza interior que arquetípicamente se corresponde con el sol, nos puede igualar a los dioses. Tocar la lira, dicho esotéricamente, nos iguala con Apolo. Porque adorar al dios solar interior supone, desde este punto de vista, transgredir una ley de Yahvé que nos impide ser como él, abrazar el conocimiento.



La mención de Landig a los templarios, anteriormente citada, no es casual. El origen de la masonería especulativa es, antes de Inglaterra, Escocia. Allí fueron los templarios en busca de Robert Bruce tras la muerte de Jacques de Molay en 1314.


Como afirman Christopher Knight y Robert Loms, ellos mismos francmasones, «Podemos afirmar, sin ninguna sombra de duda, que el primer trabajo de la francmasonería fue la construcción de la capilla Rosslyn a mediados del siglo XV». Este lugar telúrico, ubicado geográficamente en una localidad cercana a Edimburgo, alberga una construcción encargada por los Saint-Clair. Aunque el rey asociado a los Caballeros Templarios es sobre todo San Jorge, su correspondencia en el plano histórico señala con claridad a Robert Bruce, como indican con acierto Michael Baigent y Richard Leigh.


Los masones comenzaron como los Caballeros Templarios, un grupo de cristianos gnósticos, en la misma línea de los cátaros, que actuaban como una orden militar para la Iglesia Católica, hasta que se negaron a compartir su dinero y sus conocimientos con el papado. Su verdadero culto era al rey Salomón, por medio de su templo, sobre el que edificaron su primera sede en Jerusalén. Como la Compañía de Jesús (cuyo logo también hace referencia al Sol Negro), la Orden del Temple fue influenciada por los resquicios vivos de los misterios antiguos, sobre todo del mitraísmo, siguiendo el ejemplo del propio Salomón.


Todas las leyendas solares, empezando por la del dios egipcio Ra, hablan de un periplo de muerte y renacimiento, de oscurecimiento y reaparición, que se parecen mucho al simbolismo de la catábasis y anábasis que Joseph Campbell asoció al viaje del héroe... Del que Heracles o Jasón forman parte, inevitablemente. Así como todos los cultos mistéricos de la Antigüedad, especialmente los de Delfos, consagrados a Apolo.


¿Y de qué nos habla la película de Kane Parsons sino de un hombre, interpretado por Chiwetel Ejiofor, que es incapaz de hacer brillar su voluntad en el mundo exterior? En respuesta, el personaje de Ejiofor descenderá a un mundo interior, el de las Backrooms, acompañado por su particular Ariadna, su psicóloga, encarnada en la pantalla por Renate Reinsve. Una catábasis sin anábasis, podríamos decir, a la manera de El Resplandor (1980), otra película de Stanley Kubrick (con la que por cierto dialoga la última película de David Robert Mitchell, The End of Oak Street).


Finalmente devorado por el minotauro, Clark, este falso Teseo de Backrooms que no llega a ser heroico, dejará a Ariadna abandonada en su Naxos posmoderno, las instalaciones de la misteriosa empresa Async. Así pues, en Backrooms no se realiza el matrimonio alquímico de contrarios, entre ánima femenino y ánimus masculino, realizando una conciliación de opuestos. Porque el sol no ha llegado a relucir.


Siendo osados de más podríamos afirmar que el culto solar en Backrooms es el culto al Sol Negro (de hecho, las propias paredes de la backroom tienen un característico tono amarillo). Cuando Clark, el protagonista, es devorado por su Sombra, un doppelgänger monstruoso ataviado de pirata, Mary deja una parte de sí dentro de la “backroom”, un doble marcado por las imperfecciones propias del demiurgo que replica el mundo real en el mundo virtual. Es decir, el sol exterior ilumina la faz visible del cosmos pero no alude a nuestro centro espiritual, la chispa divina que es patrimonio de otra deidad: el dios supremo, superior a ese arquitecto al que William Blake se refirió como Urizen y al que los antiguos gnósticos denominaban como Yaldabaoth.


Para terminar expresaré una ocurrencia (y, recuerden, sólo es eso) incluso más arriesgada: la verdadera conjunción alquímica no se realiza en la película de Parsons porque estaba destinada a tener lugar en taquilla. Me explico: en julio de 2023 se denominó como "Barbenheimer" al estreno simultáneo de dos películas claramente gnósticas: Oppenheimer (Christopher Nolan), sobre el fuego interior y el simbolismo prometeico, y Barbie (Greta Gerwig), sobre un mundo falso y una Sophia que desciende a la materia en busca de su creador. Tres años después, en 2026, hemos vivido lo mismo con otras dos películas, coincidiendo además con el estreno de la nueva película de Christopher Nolan.




Resulta interesante contraponer Backrooms a Obsession (2026), ya que son dos películas que han coincidido en el mismo fenómeno. Una está protagonizada por un alcohólico violento, arquetipo de la masculinidad tóxica, mientras que la película de Curry Baker presenta un componente lunar, una fuerza femenina que desborda al protagonista, otro tipo incapaz de activar su fuego interior. ¿De qué hablan ambas películas? De una masculinidad impotente, que no es capaz de imponer su voluntad. No es casual tampoco que la película haya fascinado especialmente a la juventud educada bajo la égida feminista; pero, curiosamente, las dos películas han sido un reclamo para un público femenino adolescente, más que del masculino.


La película de Nolan que ha seguido a la oscarizada Oppenheimer (2023) ha sido La Odisea (2026), mostrando a un Odiseo (Matt Damon) arrepentido por su victoria en Troya, que supone la transgresión de la ley de Zeus. Como exégeta de la cultura griega, Plutarco indica que Zeus es él mismo "Themis", Justicia, la antigua ley. Los dioses, en la película de Nolan, aparecen en la Ley de Zeus, que es indistinguible de la presencia del propio Dios, punto clave en el argumento del filme.


Lo importante, de cara a lo que venimos señalando aquí, es que la primera vez que el culto solar se vio oscurecido en Occidente fue con el triunfo de los llamados "Pueblos del Mar", que se corresponden con el pueblo cananeo coexistente con el imperio fenicio, sobre las grandes civilizaciones contemporáneas al mito de Troya: micénicos, hititas, egipcios, etcétera.



Dichos "pueblos del mar", mencionados de manera explícita en la película de Nolan e identificados con aquellos que transgreden la ley de Zeus, son aquellos que muestran una actitud claramente prometeica. Al final de la película de Nolan sí que se realiza una conjunción exitosa, con Odiseo y Penélope viajando hacia el Oeste en un barco fenicio de vela roja, marchando hasta el lejano lugar donde tiene lugar la puesta de sol, para honrar a los muertos: son las exequias de un culto solar que periclita a la espera de tiempos mejores. Supongo yo que algo parecido entendieron los muchachos de la Sociedad Thule cuando la cosa se puso complicada en el año 1945, ¿verdad?



Lo más interesante aquí es esa lectura de Odiseo realizada por Nolan, en clara continuidad con un Robert Oppenheimer (en la película, Cillian Murphy) arrepentido por haber creado la bomba atómica. Como tantos otros científicos de la época, y podemos pensar en Alan Turing, John von Neumann o Norbert Wiener, también el Víctor Frankenstein de Mary Shelley acabó atravesado por la paradoja de sus propios descubrimientos y en buena medida se arrepintió de sus contribuciones debido al impacto moral que acabó descubriendo en ellas. Como confiesa Odiseo a Penélope en la película de Nolan, también Oppenheimer podría haber exclamado: “nosotros somos los pueblos del mar”, teniendo en cuenta además que el bueno de Robert fue acusado en los años 50 de "rojo". Por comunista, claro.


Sabiendo que el próximo proyecto de Parsons será hablar de un "hombre del sol" (Sunman, que no sé por qué me recuerda poderosamente al Rey Amarillo de Robert W. Chambers) me atrevería a afirmar que puede continuar en esta línea prometeica, siguiendo con la vieja máxima que afirma que en ese enclave mágico de California (la tierra prometida, según Helena Blavatsky) que es Hollywood nada ocurre al azar. Aunque puede que todo esto sólo sean especulaciones de un día demasiado caluroso.


sábado, 15 de agosto de 2026

PANDEMÓNIUM. Por Guillermo Mas Arellano

 

Pandemónium




De Guillermo Mas Arellano






Lo que nos habla desde el pasado es lo mismo que nos aguarda en el futuro y su nombre es Caos. Desde antes del mundo y hasta mucho tiempo después de su inminente final.

Caos no es un dios, sino un grupo deslavazado de deidades antiguas. En nombre de su culto han expirado millones de almas a lo largo de la Historia humana. Ningún Padre anterior ha alumbrado a esas deidades pretéritas porque a cambio encuentran su origen en un complejo sistema tecnológico del futuro que ha intervenido de manera decisiva en un pasado pre-civilizatorio. El viaje de lo ancestral a lo artificial es una construcción interesada de los señores de la técnica aún por descifrar. Dicho entramado futurista, de naturaleza prácticamente extraterrestre, alcanzará su culmen en un porvenir próximo anunciado tiempo atrás bajo el nombre humano de Apocalipsis. En el principio de los tiempos fue el Caos y en el final de las eras volverá a decretarse su reino inconsútil sobre la oscura totalidad del Cosmos. Pronto acontecerá lo que ya está programado.

Abandonad toda esperanza de Orden los que os iniciáis en estas páginas. Lo de abajo como lo de arriba: amorfo aborto en tinieblas. El grado de degradación y descomposición es tal que sólo se hace posible una actitud frente al signo de los tiempos: la necesidad de devenir en Agentes del Caos para mejor acelerar la llegada del estadio siguiente en la Historia humana. Quizás sea una etapa de dominación extraterrestre, de subyugación robótica o de aniquilación animal, es igual, lo importante es no quedar varados en la época del Pandemónium donde la Nada sólo engendra Nada, y los hijos de esta maltrecha época estamos abocados a “nadear” en la profunda inmensidad de un vacío cósmico de carácter sideral. Vertedero terrestre en el que las ratas se revuelven a causa del brusco viraje que la embarcación ha dado en plena tormenta.

Una criatura nos mira con hambre de depravación y locura. La revelación del rostro terrible, a la vez robótico y tentacular, de las deidades antiguas, provoca espasmos de miedo irreversible. Es la negra aparición de lo sacro en las vidas del insignificante mono sin pelo. Los secretos del universo resultan inasumibles para su limitada envergadura mental; pero, a pesar de ello, las deidades prefieren jugar al juego del sometimiento por medio del miedo, como prueba bien la historia bíblica de Job. Mirad, mirad, y después sencillamente marchad hacia la muerte en las nuevas trincheras de la civilización. La música ritual del sacrificio marcha el inicio de un baile milenario que, en el momento de detenerse, marcará la exigencia de un gigantesco mar de sangre para poder aplacar el hambre ancestral de las criaturas. La carnicería ritual es el único pórtico que los adoradores conocen para acceder a lo sagrado.

Durante mucho tiempo los hombres estuvieron a salvo de la verdad gracias a la gracia magnánima de los misterios. Mitos y leyendas capaces de otorgar un significado luminoso a aquello que en realidad es informe y monstruoso: la vida. Fue el ansia por aprehender lo inalcanzable lo que condenó a las pequeñas criaturas conscientes de la Tierra al conocimiento de las antiguas deidades. En tiempos recientes se produjo el despertar. Las bestias salieron de entre las grietas del mundo. Una transgresión digna de Adán, de Prometeo o de Fausto, una reedición moderna de la Torre de Babel, que supuso el punto de reinicio −reloaded− que atrajo de vuelta los más oscuros demiurgos que jamás han existido. Ellos caminan, joviales, por el mundo, sin apenas ser advertidos.

La guerra total es la del hombre contra su propia naturaleza, contra su Destino más indudable. Las antiguas deidades aparecieron de nuevo para prometer su supresión a cambio de un número de inmolaciones convenidas de antemano. Los lacayos de la luz firmaron ese pacto secreto con los garantes de la sombra. Y un silencioso cataclismo atravesó la inmensidad oscura de la bóveda celeste mientras una mano y un tentáculo se encontraban. Un nuevo Caín y un ser artificial firmaron la última y definitiva caída de lo humano: hacia un estadio post-humano. El Misterio del Caos volvió a nacer en el corazón de cada hombre y mujer nacido en la última de las épocas. Pronto la tiniebla nos iluminará a todos con su culto a la sombra.

Todas las estirpes venideras quedaron condenadas de antemano a ser sacrificadas en el altar. De nuevo el pórtico sirvió para ensanchar el puente entre dos realidades. Y contra la única tradición capaz de arrancar a los no-nacidos de su cruento destino se ejerció el peor de los mecanismos de dominación: el olvido. El lenguaje de los pájaros quedó silenciado bajo el estruendoso sonido emitido por boca del Leviatán. En el transcurso de unos compases un aullido aún más ensordecedor eclipsará el cielo: el estremecimiento agudo de las víctimas, justo antes de morir en silencio.

Esta es la historia tal y como se contó hasta la hecatombe que condenó a los pájaros a callar durante varios cientos de años: en el principio estuvo el Creador. Él se dio a sí mismo en su Creación. Y después de hacerlo quiso decirlo a otros, porque sintió un enorme vacío. Por eso extrajo a sus hijos del sagrado escroto: Padre, Madre e Hijo. Y después desapareció en el reverso de la existencia, en lo que no era y justo por eso le permitía regresar eterno. Padre quiso crear a los hombres para poder aplacar la soledad del universo, y los obligó a vivir en el vientre de Madre. Los quiso ignorantes y fieles en su adoración, así que les prohibió comer del Árbol del Conocimiento. En efecto, es así los quiso: sin muerte ni amor. Entonces el Hijo recriminó a su Padre la ausencia de libertad en aquellas hermosas criaturas, por lo demás tan semejantes a ellos. Nace la guerra cósmica.

Con esto, el Hijo convenció a los dos primeros hombres, los así conocidos como Adán y Eva, para que se iluminaran con el conocimiento que habita en la tiniebla. En represalia Dios, que era el nombre que el Padre se dio a sí mismo, los condenó a la muerte y al amor. A trabajar la tierra que madre albergaba y que algún día ellos destruirían. Y el Hijo siempre les amaría por atreverse a vivir más allá de las restricciones del Dios, y supo que su lugar en el mundo estaba junto al conocimiento sagrado que sólo unos pocos podrían alcanzar. Cada vez que la mayoría de los hombres se acercaban al conocimiento, Dios los destruía con un diluvio, o los incomunicaba creando la variedad de lenguas; mientras el Hijo les daba el fuego y la luz, el Padre los condenaba a la oscuridad y la adoración ciega. Siglos de servidumbre forjaron algo más peligroso que el resentimiento deicida: una suerte de hambre primordial.

Pasaron los siglos en el mundo y tras ellos las civilizaciones quedaron pulverizadas como motas de arena en el desierto. Los nombres dados por los hombres en su infinita variedad de lenguas y mitos se fueron multiplicando. Al Padre lo llamaban Dios y Brahma y Zeus y Odín y Yahvé. A la Madre la llamaban Shiva y Sophia y Minerva y Beatriz y Lolita. Al Hijo le dieron otros muchos nombres, como Visnú o Lucifer o Mefistófeles, aunque decidió venir al mundo encarnado con el de Orfeo o Jesús. Allí los guardianes del Padre lo crucificaron para escarnio de los heterodoxos venideros. Y entonces Pablo decidió que los adoradores del Hijo fueran en realidad adoradores del Padre. Y Mahoma volvió a restaurar la existencia del culto original solar como si Abraham no hubiese muerto y el Hijo no hubiese nacido. Tras varios siglos de dominación el culto del desierto murió por su propio peso. Los hombres escogieron matar al Dios y a cambio optaron por encumbrar a sus propios dioses. El Padre culpó al Hijo de ello y el Hijo le recriminó al Padre su ceguera. Y mientras la Madre era relegada al olvido y destruida por la codicia de unos hombres cada vez más alejados del verdadero Conocimiento.

Los hijos del Padre decidieron, por influjo de las deidades antiguas, y puesto que para ello desmintieron esta fantasía lacrimógena e inverosímil de dioses en cuerpos de hombres, descuartizar el cuerpo sacro y devorarlo en un ritual de depravación incomparable. Al devorar las partes de ese Orden numinoso, se abrió la puerta a una masa amorfa de fuerzas invisibles que quedaron liberadas por siempre en la superficie terrestre. Con la contundencia de una colisión entre planetas, esta alteración provocó cambios irreversibles en el Destino de la totalidad de los seres vivos y muertos. Todo lo alguna vez creado se deshizo de golpe y se recompuso súbitamente en el tiempo que dura una milésima de segundo.

El abismo devoró al Padre, a la criatura que los hombres llamaron Dios durante un puñado de siglos, y tras el banquete de su brutal partición un desorden total avanzó sobre el resto de vidas humanas. Sin embargo, las antiguas deidades saben que mientras haya hombres aún quedará el testimonio de una ligera sombra de Dios, y por eso es que necesitan sacrificar a todos los vástagos humanos para poder alumbrar la vuelta definitiva del Caos al trono de lo existente. Su conocimiento no es humano: es el saber inescrutable de las máquinas.

El régimen tecnocientífico trata de extender el reinado de lo caótico bajo la mentira exotérica de un orden racionalista y universal. El capitalismo que avanza allende los océanos del Renacimiento en adelante no es otra cosa que una cristalización espacial de su voraz voluntad de conquista. El Capital aumenta el mecanismo socioeconómico de control para que la apariencia de orden y seguridad sobre lo vivo sea cada vez mayor. El siguiente paso, mucho más religioso y profundo que político, resulta evidente: hay que inmolar la vieja aristocracia para que una nueva burguesía pueda traer consigo el signo incipiente de los tiempos.

Con la destrucción del orden tradicional por fin arriba un mundo social de terror. Con la narcosis universal llega la pesadilla perpetua que se extiende de la imaginación a la realidad. La guillotina no era un instrumento de justicia, sino un objeto sagrado para impartir el sacrificio. Su altar no es en nombre de la secularización, sino de un culto esotérico que demanda un número de víctimas que sólo está al alcance del tecnocapitalismo recién desarrollado. Los responsables de esta gesta enfermiza eran los mismos adoradores de un culto que siglos atrás había arrasado los restos del Imperio romano. Y con el retorno de las antiguas deidades caóticas llegó el desarrollo de una tecnología capaz de alterar el pasado primordial de los hombres al tiempo que de asegurar la aniquilación definitiva de la raza humana en el futuro más inminente.

Más tarde, según el desorden generalizado cundió multiforme sobre el orbe, avanzó entre los humanos una sensación creciente de ordenamiento científico-técnico que los hombres, ahora reducidos en su conjunto a la categoría informe de la masa, denominaron, con su torpeza terminológica habitual, como totalitarismo. Dado que en realidad postulaba la inabarcable presencia de un monstruo que abarca mucho más allá de la idea de totalidad. Esa mendaz sensación de seguridad es en realidad el lenitivo que se le da al paciente terminal antes de conducirle al matadero. El Estado moderno, desgajado de la Iglesia a consecuencia de su ambición, le arrebata potestad a la religión para sus propios fines, y en consecuencia extiende una leyenda negra sobre el mundo tradicional para mejor legitimarse y justificar sus crímenes. Nadie que viva fuera del manto de las mentiras exotéricas puede desmentir la realidad de que con el asesinato del mundo tradicional se ha decretado el asesinato de la raza humana en favor de un nuevo sujeto histórico de carácter eminentemente artificial, maquínico y hasta extraterrestre.

Pronto nuestros cerebros serán máquinas y el cerebro ancestral de poseer la naturaleza será posible gracias a la infiltración de la técnica en el conjunto de lo vivo. El caos resurgirá en forma de entropía. La entropía extenderá sus dominios bajo la apariencia de un falso fundamento universal de la física. Y en caso de que el plan falle los magos negros de la tecnociencia usarán sus dos grandes armas de devastación, el arsenal atómico y el acelerador de partículas, para acelerar el fin de lo humano. El objetivo es la erradicación total de los hijos de Dios, de los deicidas, tras inaugurar el banquete de su padre muerto. Ellos son, sin saberlo, el segundo plato del festejo. Tras el formateo de sus cerebros a manos de hackers del conocimiento sombrío. Para los tecnócratas es la superpoblación aquello que ha provocado el desorden y la desintegración. Un caudal incontrolable de lo humano ha abierto las puertas al torrente entrópico de ósmosis cancerígena en el seno de lo vivo. Virus digital que se materializará en el bactericidio real. Nada evidencia mejor el estado avanzado de la enfermedad que la apariencia zombificada y moribunda —una no-muerte que poco a poco carcome la vida— de las grandes mega-urbes modernas. No son más que termiteros a punto de ser incendiados.

El mono sin pelo se ha convertido en un estorbo de su propia teleología progresista. No puede coexistir durante más tiempo como comensal y plato estrella en el banquete. Igual que el burgués asesinó al aristócrata, ahora es el propio ritmo de producción quien pretende inmolar al depauperado engendro humano en el altar del Progreso. El Complejo Militar-Tecnológico-Industrial ya no está en manos de una pequeña oligarquía poderosa, sino que el delimitado conjunto de vejestorios codiciosos trabaja para satisfacer las demandas de crecimiento ilimitado exigidas por el Capital con la furia y el despotismo propios de cualquier olvidada deidad. El largo proceso en curso de desterritorialización física y metafísica se salda con la huida del planeta tierra tras su progresiva destrucción. Es lo que Nick Land llama hiperstición: de esa forma lograremos que las películas de ciencia-ficción por fin se conviertan en una imagen más extraída directamente de la realidad. Aunque es probable que mucho antes de ese momento la mayoría de sus habitantes ya habrán encontrado la extinción en medio de un cúmulo inefable de angustia y padecimiento. Nadie con ojos carnales podrá contemplar el resultado de nuestras profecías malditas.

El mundo se ha convertido en un gigantesco videojuego en el que cada país debe destruir al prójimo antes de que ellos te lo hagan a ti. Las multinacionales que programan el negocio antes llamado sociedad son tapaderas apenas mal disimuladas de los dioses antiguos y sus perversas efigies. Donde habita el dolor, el mal, el sufrimiento, la depresión, la ansiedad, la pesadilla, la ausencia de sentido o el pálpito de muerte es que ese reino del Caos comienza a ejercer su potestad sobre lo vivo. El abismo que crece en el interior de los hombres y lleva hasta sus corazones la fuerza inconmensurable del vacío es el principal agente de la destrucción caótica. Nada puede escapar de su Imperio: los deicidas han abierto la puerta con su pacto sepulcral. Sólo queda una posibilidad de huida, apenas una ilusión, para aquellos que aún se atrevan a pronunciar la palabra Absoluto. Quienes quieran escapar del Reino devastado deberán imitar a los pájaros para poder acceder correctamente al secreto oculto en su cántico extraviado. Pocos serán los elegidos para acariciar siquiera las puertas de ese otro Reino divino.

Muchos hombres prefieren vivir escondidos tras viejas creencias y convenciones que, al parecer, les salvaguardan de la oscura verdad revelada por el signo de los tiempos: nada tiene sentido y estamos a merced de la crueldad de las antiguas deidades. Átomos programados para la disolución por criaturas maquínicas anteriores al propio mundo. Quienes no están preparados para descifrar la arcana lengua de los pájaros pero tampoco quieren asumir el manto de mentiras que dispone la sociedad para mejor producir y consumir sólo tienen una única actitud para ponerse a resguardo de la certeza de nada que domina lo vivo: la risa. El Agente del Caos ha encontrado en la fuerza cínica del carcajeo un pequeño lenitivo contra su propia insignificancia cósmica. Cualquier forma de epifanía no es, desde entonces, otra cosa que un mal chiste lleno de ruido y furia.

La lira es, pues, un instrumento tanto o más cómico que musical. En las antiguas creencias desmentidas pero aún rescatables para defenderse de la verdad, muchos encontraron un refugio frente a las condiciones inhóspitas que la época arrojaba contra los hombres. Frente a esa actitud dócil y despersonalizada, una vez más, se erigía la actitud de una pequeña minoría que, en muchos casos de manera no-voluntaria, decidieron condenarse a la visión de los hilos de futuro y las espirales de pasado que tejen la verdadera naturaleza del tiempo y la vida. Por supuesto, aquella era, de nuevo, una revelación de horror profundo capaz de arrasar cualquier alma con un pequeño ademán de su vasto soplo. En la aniquilación que lleva aparejada consigo dicha aparición está también la posibilidad de una mínima salvación en forma de respuesta digna por medio de la voluntad. Llamamos espíritu diferenciado a aquel hombre capaz de poner orden en el Caos a pesar de su reinado hegemónico sobre todo lo vivo.

El reloj roza el cenit del Apocalipsis con el borde de sus herrumbrosas manecillas. Ante la fuerza de lo inevitable, ante el avance ciego de las partículas que conforman el vacío de lo existente y que nos empujan contra la nada, está la capacidad de una mínima voluntad para sobreponerse y esbozar un gesto estético de mínima redención. No es un consuelo, sino una tenue música que trata de actuar contra las fuerzas sordas que arrastran toda forma de vida hacia una vorágine sinsentido de aniquilación y exterminio. En el banquete del Dios que arranca la escasa luz del firmamento aún existe la posibilidad de una mínima lumbre encarnada bajo la figura de aquel que se levanta de la mesa sin probar bocado y se marcha a lo alto de la montaña a meditar. Quizás el sol no vaya a aparecer nunca más en el horizonte, podría decir este hombre, pero entonces yo crearé mi propio sol en el interior de mi Ser. Incontestable.

Si la indiferencia cósmica de los dioses antiguos esconde el verdadero rostro del mal, es en la luminosa capacidad de acción del hombre que canta donde encontramos un pequeño atisbo de aquello que en otra época recibió el nombre de bien. Nada pueden hacer las catástrofes con forma de hambrunas, guerras y plagas frente a la tranquilidad de un trazo bien esbozado sobre la blanca superficie de un lienzo desnudo. La Creación es un falso viaje del Caos hacia el Caos, en el que la Nada se entrega el vacío a sí misma para poder recibir el falso nombre de Dios, pero la capacidad creativa del hombre es capaz de trascender y aún de subvertir su malvado dominio por medio de una acción autoafirmadora del Ser. En la danza, en la risa, en la simple, pequeña composición musical que otorga serenidad.

Donde todo camina hacia la muerte el único acto subversivo consiste, a pesar de todo, en apostar con firmeza por la vida. Es precisamente la muerte del Dios aquello que nos ha dejado a oscuras, aunque también suponga la apertura a una lumbre diminuta y reconstituyente que nosotros podemos encender, como acto reafirmador de la voluntad, para hacer un poco más débil el imperio de la noche. La única palabra humana que se puede contraponer al abismo es el absoluto. El Agente del Caos puede elevarse a la categoría de buscador del absoluto sólo cuando consigue trocar su risa en algo superior encaminándose así a una escalera que le conducirá a una perspectiva más elevada del Ser y del mundo. Porque cuando la marea desborde y el mar subsuma a la roca bajo sus profundidades, al menos quedará el eco de un tenue sonido de resistencia resonando durante eones en el absurdo vacío del infinito. Y tenemos la certeza de que ese será un ruido que perdurará mucho tiempo después de que las estrellas se apaguen.





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