Columna contra el columnismo
De Guillermo Mas Arellano
Cada vez que leo la sección de opinión en un digital pienso: la nada nadea. Los columnistas, utilizando el famoso dictum flaubertiano, son escritores frustrados: su único tema es su incapacidad para tocar nada profundo.
Los columnistas forman parte del espectáculo que tanto me repugna: sofistas, nunca llegan al fondo de nada, se enredan con facilidad en jueguecitos narcisistas, hacen gala de una escritura hueca y pomposa, se pasan el día escribiendo sobre todo, especialmente sobre sí mismos.
La columna es una opinión cobarde, no permite el debate extenso sobre cuestiones que, casi siempre, no deberían despacharse en menos de 1500 palabras. Sólo un impostor puede sentirse cómodo en una limitación de esas características. Es imposible filosofar en ese espacio recortado.
No sólo la mediocridad intelectual, sino también la humana, de muchas de las personas que trabajan en la redacción de un periódico es inmensa. Pongo el ejemplo de un medio en el que trabajé: cuando llegaba un artículo excelente, pegas, cuando llegaba basura “tuiteable”, aplausos.
El columnismo es el cáncer mental de una generación: esa que prefiere leer un artículo de opinión antes que un libro a la hora de reflexionar sobre un tema. Además de ser narcisistas, razón por la cual no les duelen prendas en fingirse –o ser– despiadados y faltos de honor, hacen gala de su capacidad para ponerse al servicio de los poderosos; lo peor y más imperdonable es que entre sus filas faltan lecturas para tanto como escriben.
Pienso que, para ajustar cuentas con el columnismo, habría que escribir una obra entre el Diccionario de lugares comunes, de Gustave Flaubert y Exégesis de los lugares comunes, de Léon Bloy. Pero los problemas de salud ocasionados por la ingesta de mala prosa pueden ser terribles...
Sé los nombres de unos cuantos columnistas que usan "negros" para escribir sus artículos y luego les dan el toque final con su particular sonajero estilístico. Y no, no pagan con dinero, sino con copas, o favores (como la colocación en redacciones). En el mejor de los casos, esa gilipollez que leíste a un famoso columnista la semana pasada en realidad la escribió el becario. O la Inteligencia Artificial. En caso de que, efectivamente, no fuese cosa de la resaca.
Muchos columnistas van de valientes, comprometidos con la verdad, chulitos de playa atornillados a un negroni, todo eso. La verdad es que se cagan por la pata de abajo a la primera llamada de redacción que amenace esos cuatro duros que cobran por juntar palabras. ¡Son sofistas! Exigir más de ellos sería no entender la pasta de la que están hechos.
Para medrar en el columnismo muchos comienzan escribiendo columnas veraniegas sobre temas populares. Si eres facha, la leyenda negra. Si eres rojo, la desigualdad. Por ejemplo. Es opositar a sofista. Trabajar gratis para que te contraten cuando salgan a concurso las vacantes. Dices lo que el lector quiere leer, que es lo contrario al proceder del buen escritor.
Habría que decirle al columnista psoeizado o al articulista voxero: te va a leer tu prima. Y habría que añadir: a ver si coges un libro para leer algo más que la solapa. Luego en las entrevistas que hacen para dar jabón a los del propio bando se observa que, con suerte, no han hecho más que hojear al azar.
Última maldad sobre los columnistas: el sueldo. Como todo lo demás, cada vez es más precario. A muchos sorprendería saber lo que se cobra en grandes medios. Sorprendería más, incluso, la cantidad de gente que trabaja en base a promesas, es decir, por amor a la ilusión de pertenencia. Queridos umbralianos, sabed esto: si el maestro, autor de Días felices en Argüelles, por casualidad leyera vuestros característicos exabruptos, sin duda volvería a morirse del susto.
