sábado, 7 de febrero de 2026

El Vellocino de Oro. Por Guillermo Mas Arellano

 

El Vellocino de Oro:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (y VII)







Por Guillermo Mas Arellano


El principal triunfo de la oligarquía de lo sutil está en restringir a los demás la entrada al espacio de su soberanía; no sólo dominan impunemente el ámbito de lo sutil, sino que han logrado convencer al vulgo de algo que hasta hace no tanto resultaba imposible de concebir, a la luz de la cultura popular: que la magia no existe.


Si entendemos la vanidad de la vida social como theatrum mundi, pronto comprenderemos que aquello que se muestra es la representación, el topos, un lugar al que se dirige la mirada. Lugar de horror, lugar de amor, esa es la polaridad en la que se mueve el Gran Teatro del Mundo denominado por el más barroco y gnóstico de nuestros literatos: Calderón de la Barca.


Reconocer la ilusión de esa realidad a la que los orientales llaman “maya” supone reconocerse, en cambio, en un estadio de desarraigo perpetuo. El teatro social, que conforma una psicoesfera, es una suma de las psiquis individuales. Como una mariposa, el alma nace de la putrefacción, en la forma de un gusano, y avanza hacia el vuelo conforme el espíritu se despierta y domina paulatinamente al cuerpo. Y así ocurre también en el caso del theatrum mundi: el espectáculo de sombras puede servir para distraer al gusano lo mismo que a despertar a la mariposa aletargada.


En el misterioso recorrido de lo invisible en el que nos sume el alma, y donde también nosotros la enviamos a ella, no hay iniciación sin pasar por el desarraigo, ni ascenso sin el doloroso ejercicio de purificación del ser putrefacto con el que nacemos; y por eso antes de llegar al Purgatorio, de concebir siquiera el Paraíso, es necesario pasar por el Infierno.


El Paraíso, bajo todas sus formas, es un locus amoenus: un "lugar ameno", paisaje bucólico reservado al íntimo idilio de los amantes, cuya desbordante sexualidad, no menos desbordante que la naturaleza en la que se encuadra, late conectada a la esencia de la primavera, al canto de los pájaros y a la música que busca trascender el plano natural hasta abrazarse con la divinidad.


La Edad de Oro citada por Hesíodo en su célebre obra Los Trabajos y los Días (siglo VIII a.C.) sería la primera y más perfecta de las etapas en el desarrollo humano; el azoth alquímico que algunos alquimistas, como Paracelso, relacionan con una forma de mercurio originaria. Pero la Edad de Oro es mucho más que eso: la soberanía que cada ser humano se concede a sí mismo en la medida en que emprende la búsqueda del oro interior.


Hesíodo, uno de los grandes iniciados de la Cadena Áurea, fue un pastor que, inspirado por el soplo de las musas, hijas de la diosa de la memoria, Mnemósine, compondrá su Teogonía, donde por primera vez en Occidente se profetiza la futura Edad de Hierro donde a los vástagos del siglo XXI nos tocado en suerte construir un hogar. Una parte fundamental de ese espacio terrible que es el Kali Yuga es la ignorancia de aquellos que están arrojados a ella con respecto al tiempo decadente que les ha tocado en suerte vivir.


La relación entre el Jardín del Edén (o Gan Eden) con la Edad de Oro es evidente: lugar cerrado en el que el Pecado, la Caída, resulta inconcebible. Pero sin Infierno es evidente que no hay Paraíso… Es necesario vivir el desarraigo, la expulsión del Lugar Santo, para encaminarse a una búsqueda espiritual. La relación entre Adán y Eva se vuelve mucho más profunda a raíz de la pérdida; Ánima y Ánimus no saben que son complementarios hasta que experimentan de primera mano la amputación de una parte de su ser que los impele a salir en busca de la otra mitad del símbolo.


En el Cantar de los cantares, donde Inanna (más conocida como Ishtar) y Tammuz aparecen representados bajo la apariencia de la Reina de Saba y el Rey Salomón, se recoge la idea hermética de la amada como hortus conclusus que el cristianismo desarrollaría  con la Virgen y el niño. La idea de un huerto cerrado como símbolo de la belleza y la virginidad. Locus amoenus: hogar de los profetas situado en el pasado y no en el futuro, referente a la edad de oro como verdadera utopía.


Más tarde, en el mundo latino, otro gran iniciado de la literatura clásica, como lo fue Virgilio, ahondó en esto: la Naturaleza como orden natural de las cosas, ley previa a que los hombres compongan su soberanía artificial, donde se manifiestan sentimientos más profundos en un paisaje bucólico… Algo que, siglos más tarde, volvemos a encontrar en Thomas Hardy.


No es baladí la cuestión de los afectos y de la Naturaleza; el sentimentalismo, igual que el naturalismo, siempre llegan demasiado tarde, justamente como parodia, cuando no existe operatividad que pueda frenar la deshumanización y la deforestación. Esta crisis de los afectos que sufrimos en la Edad de Hierro en el fondo está derivada de la crisis del espacio. La Modernidad es un espacio invertido que se proyecta en el tiempo. Y la Logia Negra afecta la psicoesfera, al teatro social que acaba filtrándose en la psique individual, envenenando el inconsciente colectivo.


El locus terribilis que es la Modernidad tiene su propio sentido en el viaje psicogeográfico de la humanidad: buscar en la oscuridad como sólo los trovadores del Amor, a la manera de Orfeo, saben hacerlo. El trovador se corresponde con el loco del tarot: es un utópico, en el sentido de la Edad de Oro, que trata de hacer nuevo el origen, de decir la palabra original como si fuera la primera vez, guiado por la fuerza creadora por excelencia: Eros.


El loco es un trovador, un buscador del Vellocino de Oro que se atreve a soñar con esa perla que, inspirada por el amor, transmute la Tierra Baldía en terra incognita. Tanto el locus amoenus como su reverso tenebroso, la Logia Negra, son el espacio más allá de nuestro plano de la realidad por el que se introduce esa variante del loco que es el trovador: lugar de la salvación o el lugar más oscuro en el camino de perdición, la aventura decidirá de qué lado cae la moneda.


En su libro Paranoia y neurosis obsesiva (1913), Sigmund Freud equipara al artista con el loco al punto de que ambas figuras se vuelven inseparables. El Loco es un actor liminar que, frente a otros durmientes que viven postrados ante la escenografía del sueño, se mueve exageradamente en el escenario, conocedor de que la obra de teatro es una ficción, que el plano de la realidad que habitamos en este mundo es una ilusión frente a la verdadera realidad espiritual que late detrás. Para el Loco, nuestra dimensión material, constituida sobre todo por esa cruz que cargamos (el cuerpo), no es otra cosa que una ilusión.


Somos débiles porque ignoramos la realidad metafísica del mundo: vivimos con los ojos bien cerrados hacia lo esencial; otros han dirigido nuestra mirada hacia las quimeras; y es que, hasta que no nos reconocemos crucificados en la materia, clavados a esa madera de la creación que es la madre, la sustancia original, el primer barro de la Creación en cuya putrefacción crecemos ciegamente, no podemos rozar siquiera la posibilidad de una resurrección.


El artista, como el loco (en el original italiano: il matto), puede desplazarse por los terrenos intermedios que le están vedados a la luz pura o a la tiniebla inconsútil: se mueve en ese limes que, en términos esotéricos, denominamos "Umbral", esto es, punto de conexión entre Cielo e Infierno, entre una etapa en el desarrollo de la transformación espiritual y otra, puente que une el Camino de la Vida con el Reino de los Muertos; y nadie ha sabido iluminar la importancia del Umbral como Dante con su descripción del Purgatorio.


Bill, el protagonista de Eyes Wide Shut, lleva anclado un monstruo en su interior: es la imagen de su fantasía reprimida. Eso que Jung llamaría "Sombra". Su Alma, personificada en Alice, ha puesto esa fantasía ante sus ojos, y en el debate entre una imaginatio vera o un camino de ignorancia y ofuscación, Bill no ha sabido optar por la vía heroica. Toda la podredumbre moral de la sociedad no es más que un reflejo de la podredumbre moral del personaje interpretado por Tom Cruise.


La Noche Oscura del Alma no ha convertido a Bill en Teseo; el minotauro ha devorado la perla y la mente del protagonista se ha extraviado en un laberinto con forma de espiral. Tiamat se ha impuesto sobre la figura solar; Python ha vencido a Apolo; y de esta forma el locus terribilis que es Nueva York se desborda hasta ocupar toda la psicoesfera, que por supuesto incluye el Alma de Bill. La arácnida red de la Madre Negra ha triunfado, la madera de la crucifixión no ha germinado en forma de resurrección, por lo que la tarea pendiente de Bill, según nos transmite el iniciado Kubrick, debe realizarla cada espectador en su propio corazón.


Otra imagen precisa de esa tierra baldía, del distópico espacio del locus terribilis, se halla en la película The Most Dangerous Game (1932), donde se llega a pronunciar una cita impactante: "El hombre es el animal más peligroso de todos para matar". Realmente hay pocas imágenes más precisas, desde un punto de vista gnóstico, de la soberanía en el Mundo Moderno que aquella que ofrece este filme basado a su vez en un relato de Richard Connell publicado en 1924, que muestra a un grupo de náufragos, a la manera de el Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe, arribando a una isla caribeña en la que reside el Malvado Zaroff, al que tendrá que enfrentarse otro cazador, Sanger Rainsford, cuya fama se debe a su habilidad para capturar leopardos del Tíbet.


El soberano de la Modernidad, ese Sumo Sacerdote que aparece en Eyes Wide Shut, es en el fondo el Malvado Zaroff. El crea ficciones como el dinero o la ley para generar un marco de caza, las reglas del juego, que puede ignorar para sí mismo al tiempo que lo impone férreamente a sus presas.


El estado de dormición al que están sometidos la mayoría de seres humanos, según un punto de vista gnóstico, los reduce al estado de reses; en cambio, esos despiertos, los lobos, que han generado el marco propicio para que la ignorancia cunda en un mundo de tinieblas y sólo ellos, su círculo hermético, puedan manejar el faro de la soberanía en un contexto de sombras, se diviertan perpetrando su caza ritualizada.


¿Y para qué cazan los amos? Muy sencillo: porque necesitan alimentarse. Y, además, porque pueden cazar impunemente. No en vano la heráldica romana está alimentada por la imagen del lobo: matar o ser matado, ser Rómulo o Remo, esa es la filosofía del Imperio, el trasfondo metapolítico del cesarismo romano que subyace al Capital.


Esa frase de Epicteto tan repetida que invita al autoconocimiento, refulge en este punto de vista gnóstico acerca de la condición humana: "La mayor victoria es conquistarte a ti mismo". El fin de la alquimia, como ya hemos dicho, es transmutar la podredumbre en oro; iluminar las tinieblas interiores; y para ello se hace necesario imitar a Jasón y sus argonautas, versión arcaica de los modernos caballeros del rey Arturo en su búsqueda del Grial, tratando de hallar nada menos que el Vellocino de Oro, un objeto milagroso que no alude sino al espíritu interior que los dormidos desconocen.


Según un punto de vista gnóstico no hay diferencia entre entender y conocer, de forma que podemos equiparar el dominio de sí a la soberanía práctica. Ese debe ser el reto de la voluntad, el más valiente desafío del espíritu, que nos lleve a vivir despiertos en una realidad que es pura ilusión.


La única alternativa viable al locus terribilis, pareciera decirnos Kubrick, es volver a reencantar el mundo; o si se prefiere, hacer habitable este espacio de terror por medio de una utopía heroica: hacer la pregunta necesaria para hallar ese Grial extraviado que todos portamos en nuestro interior; y esa búsqueda que pretende hacer lo sacro en un sentido distinto de lo sacrificial, eso que Bill no puede realizar por el peso de su propia impotencia, y que Alice tampoco sabe inspirar, tan yerma como ha quedado por una materia en la que no florece espíritu ninguno, puesto que su arquetipo es más el de la Diosa Negra que el de la Sophia de los gnósticos, quedará fuera de plano para siempre... Hasta que algún héroe comience a realizar una tarea sagrada que nadie más puede hacer por él: renovar la Tierra Baldía.


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