El rostro del Poder:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (I)
Según la cosmovisión gnóstica, expuesta en nuestro último libro Hijos de la Sabiduría, todo aquel que no abreva del Árbol del Conocimiento se encuentra en un estado de dormición, atrapado en esa ilusión a la que los antiguos orientales llamaban "Maya". Aquellos que todavía hoy se muestran escépticos ante la evidencia de que el trasfondo siniestro que se mueve tras ese baile de máscaras que es la actualidad, un teatro de mala calidad agitado a conveniencia del Poder-Religión, se encuentra perfectamente expuesto en la película Eyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick, participan de ese bendito sueño de los durmientes que viven atrapados en una matriz artificial de sombras.
Y parte de ese estado, el de la dormición, consiste precisamente en que el sujeto que es presa de la ilusión, el iluso espectador de un teatro de sombras, se considere a sí mismo como despierto. La transformación del Caso Epstein en un espectáculo, con la espera interminable para que una lista que es pura especulación acabe por publicarse, provocando con ello un terremoto mediático de altísima magnitud, forma parte de esto: es su banalización, la comercialización del disidente "virtual" que consume vídeos de Youtube en los que supuestos informadores alternativos se recrean en la vacuidad de la información sin añadir una sola línea de conocimiento al asunto de marras. El egregor informativo de la Logia Negra, ensayado en el período 2020-23, fomenta la efervescencia de nuestras más bajas pasiones y, muy especialmente, del morbo como mecanismo deshumanizador.
El objetivo es ampliar el efecto de sus ritos, echando los restos del festín a la plebe a través de los medios de vulgarización. Y, por supuesto, acostumbrarnos a cierto tipo de retórica cuyo fin principal es normalizar los ritos del Poder-Religión ante los ojos bien cerrados del pueblo profano en esta Aldea Global de infinita (además de virtual) estupidez.
La muerte de Kubrick, como antes la de Pier Paolo Pasolini, forma parte del mismo mecanismo traumatizador que denuncia. Es, como la desaparición (¿voluntaria?) de Pedro Bustamante, el shock final de una investigación profunda sobre los distintos círculos infernales en los que se interna todo aquel que entra en contacto con el Poder-Religión. Lo que expone Pasolini en Saló o los 120 Días de Sodoma (1975) se corresponde casi perfectamente con aquello de lo que habla Kubrick en su película póstuma. Estamos hablando de los mecanismos reales con los que opera eso que los norteamericanos han dado en llamar "la élite" para pastorear a la sociedad. Eso que Georges Bataille denominaría "la parte maldita" y en cuyo estadio final están los rituales de sangre (véase: adrenocromo), el sacrificio ritual (véase: Moloch/Baal), el infanticidio y hasta la coprofagia.
Para Bataille, el discípulo más radical de Friedrich Nietzsche y el Marqués de Sade, "lo sagrado es lo contrario de la sustancia". Lo sagrado es lo que encontramos al ahondar en nuestro propio vacío; y, sobre todo, en esa salida de sí que es el éxtasis, lugar al que por naturaleza se encamina el místico: un foco de luz inaccesible e incomunicable. Todo aquello que Kubrick, por necesidad, deja fuera de su película, y que otros cineastas mucho menos talentosos, como es el caso de A Serbian Film (2010), han tratado de explorar condenándose al inevitable fracaso. Porque ese tipo de rituales, tal y como señala Bataille, acontecen en "una penumbra ardiente, sutilmente privada de sentido". Lo interesante de Eyes Wide Shut es que Bill, el personaje protagonista, apenas si accede a los primeros círculos de esa "parte maldita" que supone la iniciación en el Poder-Religión.
En más de un aspecto, podemos considerar que el proyecto artístico de Stanley Kubrick corre paralelo al de Thomas Pynchon. Ambos son autores de fuerte influencia rosacruz, que camuflan de nociones junguianas. Y además tratan de capturar, por la cinematografía lo mismo que, y por la literatura, las principales corrientes subterráneas que recorren la Modernidad; y lo mismo se puede decir de Bataille, ese teólogo de la inversión: particularmente en La noción de gasto (1933) y sobre todo en La parte maldita (1949) el francés se demuestra como aventajado discípulo de La Fenomenología del Espíritu (1807), de Georg Wilhelm Friedrich Hegel —ese gnóstico revestido de dialéctico— en lo que constituye el único intento en la tan mística, fragmentaria, visceral y finalmente nietzscheana obra de Bataille por explicar sistemáticamente el mundo.
Bataille y Kubrick anuncian una vieja verdad gnóstica: que el mundo material tiene un rostro aberrante. Pero en ellos el aspecto ritual está mucho más presente que en otros gnósticos de la Modernidad como Howard Phillips Lovecraft, Emil Cioran, Philip K. Dick, Gilles Deleuze o William Burroughs; en el pensador francés o en el pensador neoyorquino hay una profunda comprensión del potlacht derivado de la muerte de Dios... Que se dirige hacia la deificación de lo superhumano, asesinando al ser humano en un altar sacrificial. Aquello que Carl Gustav Jung, otro eminente gnóstico del siglo XX, percibió como Sombra de la civilización posterior al Plan Marshall, consagrada a la carrera espacial al tiempo que abocada al desastre nuclear, Bataille lo expone como una ritualística que funde animalidad y posthumanidad... Ante los ojos bien cerrados del profano.
Sin duda, Kubrick se inspiró en ejemplos reales: la Sociedad de la Niebla de la que formó parte François Rabelais (1494-1553), el padre de esa Abadía de Thélema recreada en pleno siglo XX por Aleister Crowley (véase Cefalú, Sicilia), el Hellfire Club fundado en Londres en 1718, justo un año después de que las cuatro grandes logias masónicas de Londres se unificaran, por los masones Philip Wharton y Francis Dashwood, así como el Caso Profumo, del año 1963, que desveló las relaciones ilícitas del entonces ministro de la guerra, John Profumo (casado con la actriz Valerie Hobson), con la joven corista Christine Keeler, que desencadenó una crisis política en el Parlamento Británico. El origen del Caso Profumo se haya en una fiesta, inspirada en las del Hellfire Club, que tuvo lugar en la mansión de Lord Astor ubicada en Cliveden (condado de Buckinghamshire). Podemos afirmar que las fiestas de familias tan influyentes como los Astor o los Rothschild jugaron el mismo papel, para Kubrick, que la República de Saló para Pasolini.
Cabe recordad que los Astor, mucho menos citados que los Rothschild pero casi tan influyentes, fundaron la Sociedad de los Peregrinos de la que probablemente Donald Trump forma parte, como ya explicamos aquí. La presencia de los Astor aquí nos puede mostrar que, por un lado, los Hellfire Club siguen más vivos que nunca, mientras que, por otro lado, la conexión entre servicios secretos como la CIA y el Mossad, a través de las célebres "trampas de miel" y este tipo de fiestas a las que acuden celebridades mediáticas o influyentes cargos políticos, no son casuales. En ese sentido, debemos recordar que Vincent Astor fue tan crucial como Nelson Rockefeller y Allen Dulles en la fundación de la CIA (antes OSS) o del Council on Foreign Relations (CFR) tras la IIGM.
Si el Caso Epstein está siendo utilizado en estos momentos para "encauzar" el segundo mandato de Donald Trump acorde a los intereses de Israel (recordemos que tanto Ghislaine Maxwell, esposa y cómplice de Epstein, como el padre de ella, Iain Robert Maxwell, que también fue miembro del lobby sionista conocido como The Mega Group, son agentes del Mossad), en su momento el Caso Profumo fue utilizado para derribar el gobierno conservador de Harold Macmillan. Mismos procedimientos, mismos responsables.
Una figura clave que se suele dejar fuera del Caso Profumo, pero que sin duda Kubrick conocía por su conocido interés por el Deep State (véase el filme Dr. Strangelove), es el espía británico Stephen Ward. Figura cercana tanto al MI6 como a la realeza británica, Ward fue el principal responsable de tender la "trampa de miel" a Profumo en la fiesta de los Astor, igual que Epstein se la tendía a Clinton o a Trump en su avión privado y en su macabra isla. En los años 60 Ward ya era un destacado organizador de fiestas sado-masoquistas donde participaban las principales figuras de la élite británica: políticos, actores (David Niven o Peter Ustinov), incluso miembros de la realeza, como el Príncipe Felipe, duque de Edimburgo, y esposo de la reina Isabel II.
De hecho, el fotógrafo oficial de la corte real, Henry Sterling Nahum, era el organizador de unas fiestas encuadradas bajo el rótulo de El Club de los Jueves, en las que casi nunca faltaba el Príncipe Felipe, consorte de la Reina Isabel II. Otra figura relevante era Michael Parker, secretario del Príncipe hasta que se vio obligado a dimitir por un escándalo de adulterio, que aparentemente funcionaba como el conseguidor de las chicas.
En ese Club de los Jueves lo principal era la comida. Esto es muy pasoliniano, ¿verdad? Los almuerzos acontecidos en el restaurante Wheeler del Soho se alargaban a hasta altas horas... Ofreciendo un menú tan variado como a la postre selecto. Tras la dimisión de Parker, Ward, cuya tapadera era la de un dibujante frustrado, pareció tomar el relevo a la hora de conseguir a las víctimas propiciatorias: al menos clientes tan relevantes como Winston Churchill o Frank Sinatra disfrutaron sin queja aparente de sus servicios en dichas lides... Al menos hasta que Ward, acusado públicamente de proxeneta tras la divulgación del Caso Profumo apareció suicidado en su celda dos días antes de declarar en 1963.

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