Psiquedelia: un legado cargado de sombras
Por Guillermo Mas Arellano
Tras la Guerra de Secesión norteamericana, los Estados Unidos de América iniciaron un período de reconstrucción que décadas más tarde se extendería a la propia Europa, de una manera distinta pero en muchos grados coincidente. En el terreno literario, su mayor reflejo se encuentra en la obra de los dos grandes autores de terror de la época: Edgar Allan Poe, primero, y sobre todo el mayor testigo de estos acontecimientos: su gran discípulo Howard Philips Lovecraft.
En 1877 se acabaron las huelgas históricas del ferrocarril que buscaban mejores derechos para los trabajadores norteamericanos. Fue el año del desengaño: los negros que habían apoyado a los unionistas no disponían de mejores derechos y tampoco la clase obrera mejoró sus condiciones laborales. Muchos huelguistas fueron encarcelados o directamente asesinados. Una clase de élites industriales heredaba el pleno control del país. Al tiempo, se desarrolló la electricidad y la máquina de vapor: Thomas Alva Edison se alzó como arquetipo del empresario de su tiempo. Alguien capaz de invertir en el incipiente cinematógrafo lo mismo que contrataba pistoleros para aplacar las protestas obreras. La producción fabril sufrió un desarrollo exponencial que aumentó la industria maderera y la metalúrgica. Tampoco el sector agrario o el textil quedaron precisamente indiferentes ante estos desarrollos que contribuyeron a transformar la faz del país al tiempo que a extremar las distancias económicas entre la clase alta y la clase baja.
Contra lo que reza la pseudo-mitología liberal del “hombre hecho a sí mismo” y de la “meritocracia”, la mayoría de las grandes fortunas de la época venían en realidad de antiguo. Se trataba de una clase transversal al Norte y al Sur que en muchos casos se extiende hasta nuestros días manteniendo los mismos apellidos: John D. Rockefeller (creó la Rockefeller Foundation y la Chase Manhattan Bank), J.P. Morgan, Edward Harriman, Andrew Carnegie (creó la Carnegie Foundation) y tantos otros hicieron su fortuna gracias al petróleo, al telégrafo, al ferrocarril y a las nuevas industrias, además de la financiación de la banca judía británica de los Rothschild y la incipiente banca norteamericana de Abraham Kuhn y Solomon Loeb. También fundaron las más importantes universidades del país y además hicieron de la propiedad privada, de su capital financiero, la base de una concepción sacrosanta, pseudo-divina (si bien secularizada), de una idea de nación moderna que en cuestión de décadas se extendería al resto del mundo. Muchos de ellos eran importantes cargos dentro del Ku Klux Klan (KKK) o altos grados de la Masonería especulativa, esto es, racistas acérrimos convencidos de ser los agraciados por derecho propio en la Creación del Gran Arquitecto.
En las décadas finales del siglo XIX las oleadas de movimientos migratorios, tanto provenientes de Europa como relativos al flujo de la población norteamericana dentro de su propio territorio, fueron muy intensos. De alguna forma, la movilización total establecida por la Guerra de Secesión, en connivencia con la industrialización derivada asimismo del conflicto bélico, parecían haberse establecido de forma definitiva en la sociedad; y, de nuevo, esa es una característica que también se propagaría por el viejo continente después del período de guerras totales tecnificadas incoado en 1914. Junto con los pistoleros pagados por empresarios, la propia policía al servicio del Estado se encargó de ajusticiar de forma indiscriminada, con disparos, detenciones y ejecuciones más que dudosas, a todo instigador de huelgas o protestas, que inmediatamente era acusado de ser un peligroso anarquista y, en consecuencia, sufría el peso de toda la represión del Sistema.
Los juicios, por supuesto, no eran otra cosa que una farsa para preservar el orden económico establecido; la estructura profunda de las corporaciones determinaba en la sombra, a través de su fortuna y de su red de influencias, la estructura política del país. La impunidad de los poderosos para ambicionar, saquear, expropiar, explotar y avanzar en su dogma del crecimiento económico era absoluta. Nadie podía hacer nada por evitarlo.
Entonces como ahora, las decisiones políticas importantes del país eran tomadas en Wall-Street. Mientras, con un pie puesto en el siglo XX, la matanza de los nativos americanos fue culminada en Wounded Knee, en Dakota del Sur, donde una reserva india fue masacrada. En las siguientes décadas el exterminio racial tampoco cambiaría mucho sus prácticas: en el año 1921 se produce la masacre racial en Tulsa, una población negra que fue arrasada provocando centenares de muertos. Sin embargo, en esa década final del siglo XIX, fue cuando la verdadera industria norteamericana emergió: la armamentística. Estados Unidos, por medio de sus dirigentes en la sombra, se dieron cuenta de que la movilización total compuesta de industrialización e incremento en la producción, necesitaba de un ambiente bélico para expandirse. Por ello, en apenas unos años registraron conflictos en el Pacífico y en la parte sur del continente americano, cuyo máximo exponente sería la guerra contra España, invocando un casus belli que hoy sabemos de falsa bandera, a propósito de Cuba. No sería la última vez que los EEUU intervendrían en España: el asesinato de Carrero Blanco por orden de Kissinger y la CIA o el establecimiento de la Constitución de 1978 decretada por una mayoría de masones es buen ejemplo de ello.
Del reconocido masón Theodore Roosevelt al reconocido masón Woodrow Wilson se extendió una misma política exterior imperialista que resultaba muy rentable para los nuevos financieros industriales del país. Sin embargo, mucho más relevantes que Roosevelt o que Wilson, políticos encargados de leer discursos escritos por otros lo mismo que aplicar políticas determinadas por la estructura financiera profunda, son los hombres en la sombra que permanecieron más tiempo que ellos en el Gobierno: el ganador del Premio Nobel de la Paz Elihu Root, el atlantista Paul Drennan Cravath, el Secretario de Guerra Henry L. Stimson, el diplomático John W. Davis y muy especialmente el apodado “Coronel” Edward Mandell House. Por supuesto todos ellos eran masones y fueron los encargados, en los años siguientes, de organizar el Nuevo Orden Mundial posterior a la IGM bajo el rótulo de "The Inquiry". El decano, junto al célebre William Randolph Hearst, tan crucial para vender a la opinión pública las actividades bélicas en suelo extranjero, William Lippmann, tuvo otro papel clave en este incipiente tablero político.
En 1922 se publicó el primer número de la publicación Foreign Affairs, derivada del Council on Foreign Relations y muy determinante en la geopolítica atlantista del siglo XX. La financiación de los citados John D. Rockefeller y Andrew Carnegie favoreció la imbricación de este organismo dentro del Gobierno de los Estados Unidos, financiando distintos estudios de raíz confidencial que valieron para esculpir la política exterior del país durante décadas. Tras la Segunda Guerra Mundial emergieron nuevas figuras relevantes: David Rockefeller, hijo de John D. Rockefeller y creador de la Comisión Trilateral, fundador de la CIA y hermano del político John Foster Dulles y finalmente James Warburg, hijo del influyente banquero judío Paul M. Warburg y sobrino del también banquero Max Warburg, que le llevaba las finanzas al káiser Guillermo II.
El propio James, más tarde involucrado en el incipiente mundo de la droga que se popularizó en los EEUU a país de la difusión de la autodenominada “contracultura”, sintetizó muy bien la tendencia hacia la que está orientada el Consejo de Relaciones Exteriores en un discurso leído ante el Senado en 1950: “Tendremos un gobierno mundial, guste o no guste. Sólo falta saber si llegaremos a esto imponiéndolo por la fuerza, o si la humanidad se someterá de buen grado”. No es casualidad que estas palabras fueran pronunciadas justo después de que se creara, por orden del CFR, la OTAN para mejor aplicar el Plan Marshall, de nuevo ideado por los herederos intelectuales de Edward Mandell House.
En el marco de la conferencia de Paz de París de 1919, se terminaron de decretar los así llamados “14 puntos de Wilson” para la “reconstrucción” de Europa que fueron estipulados por un discurso del Presidente homónimo tan sólo unos meses atrás. Leídas por Wilson, las palabras eran más de su amigo Mandell House. Fue allí, en París, donde el propio Mandell House, junto con el “mago” de la opinión pública Lippmann, decidieron crear tanto el Council on Foreign Relations o Consejo de Relaciones Exteriores, fundado en 1921, (CFR) como la Reserva Federal de EE.UU, finalmente establecida en 1913 con los apoyos de, entre otros, Charles Norton (J. P. Morgan), Frank Vanderlip (National City Bank), Paul Warburg (banca Rothschild) y Nelson Aldrich (oligarquía Rockefeller). Curiosamente la mayoría de influyentes banqueros contrarios a la Reserva Federal murieron, como está ampliamente probado, en el hundimiento del Titanic.
Más tarde, en 1938, el filósofo antes de tendencia claramente fascista y más tarde reconvertido a liberal, el francés Louis Rougier, creó una reunión en nombre de Walter Lippman donde se hablaría del libro que éste publicó en 1937 relativo a los principios de “una buena sociedad”. Se considera el modelo previo para que Friedrich Hayek, amigo de Rougier, fundara años después, en una localidad de Suiza durante el año 1947, la Sociedad Mont-Pelerin, con el fin de actualizar la misma tendencia política iniciada en la Conferencia de Paz de París de 1919. Autores como Karl Popper o Milton Friedman son deudores directos del pensamiento de Lippmann.
Antes de ser una ideología política llamada “globalización”, el proceso de mundialización financiera ya estaba en marcha en los años 20, como culminación de un proceso iniciado tras la Guerra de Secesión norteamericana, que aumentó tanto la producción exponencial como el dinamismo libre de fronteras, a su vez basado en la proliferación de nuevas industrias y técnicas nacidas de la guerra y siempre orientadas hacia la propia guerra, entendida mucho más como fenómeno puramente técnico que como proceso meta-político profundo.
En cierto sentido, estas ligas económicas son todas herederas de la Sociedad Fabiana fundada el 14 de enero de 1884, de la que a su vez emanó la London School of Economics, inaugurada tan solo un año después como brazo educativo de aquella. Entre sus integrantes se cuentan John Maynard Keynes, Arnold Toynbee, Bertrand Russell, George Bernard Shaw o H.G. Wells. El propio David Rockefeller, hijo de John D. Rockefeller, estudió allí; algo que también se puede decir de György Schwartz, más conocido como George Soros, fundador de la Open Society erigida en honor de Karl Popper.
Existe una vinculación evidente entre los propietarios de la banca, el petróleo y la industria armamentística en los Estados Unidos de principios de siglo XX y también ahora en las primeras décadas del siglo XXI. La destrucción de la Tercera Roma, que era el nombre dado a la Rusia zarista, fue posible, según autores como Henry Coston, Emmanuel Malynski o Antony Sutton gracias a las ideas internacionalistas de Karl Marx y a la financiación de la banca judía estadounidense. Ejemplo de ello es que el judío Trotsky estaba casado con la hija del financiero judío Giovotovsky, socio de Max Warburg, el principal banquero alemán de la época.
El hermano de Max, Paul Warburg, fundador del CFR y padre, como hemos dicho, de James, fue uno de los principales promotores de la creación de la Reserva Federal, de la que compró numerosas acciones junto a otros colegas, tales como Jacob Schiff o James Stillman (que acabaron juntando sus apellidos con los Rockefeller), y cuyo papel centralizador en la política económica de los Estados Unidos es, por descontado, central, al punto de que su influencia está directamente relacionada con la deuda del país antes, durante y después del crack del 29. La devaluación de la moneda por medio de la creación de un exceso de crédito pareció premeditada.
El influyente Jacob Schiff, al que acabamos de mencionar, acabó relacionándose con el grupo de los judíos Solomon y Kuhn Loeb, fundado en 1867, para después casarse con la hija de uno de sus fundadores en 1875. A su vez, su hija se casó con un importante miembro de la familia Warburg en 1895. Eso le convirtió en yerno de Max Warburg: entre ambos financiarían la Revolución Bolchevique por medio del enlace familiar de un trabajador de Warburg con el judío Trotsky.
Antes de eso, Schiff convocó una reunión en la Quinta Avenida para el 6 de febrero de 1904 a la que debían asistir, como en efecto así ocurrió, importantes miembros de la prensa estadounidense así como destacados mandatarios del Gobierno. Por supuesto fue de espaldas a la opinión pública. Ante personajes tan influyentes como el editor de The New York Times planteó la necesidad de reforzar el apoyo en Japón en su guerra contra Rusia, para debilitar al zar todo lo posible. Por ello se puso en contacto con otros banqueros judíos influyentes como el británico Nathaniel Rotschild y con importantes grupos financieros estadounidenses gracias a la colaboración de William Rockefeller. También contó con el apoyo de Paul Warburg, importante banquero judío afincado en los EEUU, y de Max Warburg, importante banquero judío de enorme influencia en Alemania, para crear nuevas vías de entradas de financiación en Rusia contrarias a los intereses zaristas.
Mientras Europa como conjunto y los Estados Unidos como incipiente nación sufrían cruentas guerras como la de Secesión o las napoleónicas durante el siglo XIX, los miembros de la banca Rotschild, empezando por su patriarca Mayer Amschel Rothschild y por el heredero Nathan Mayer Rothschil, ganaron todas las batallas apostando siempre al caballo ganador, o incluso por los dos contendientes a la vez, con independencia de los ideales o de las patrias. En ese sentido, los Rockefeller son en cierto sentido una escisión norteamericana de la amplia trayectoria de los Rothschild en Gran Bretaña. Ejemplo de ello es que la empresa IG Farben, perteneciente a la familia Rothschild, desarrolló el pesticida Zyklon B a partir del azul de Prusia, inventado por el químico judío Fritz Haber sobre el trabajo previo del alquimista Johann Conrad Dippel, de Johann Leonhard Frisch y de Carl Wilhelm Scheele, y posteriormente utilizado por los nazis; mientras que el así llamado Informe Flexner en 1910 fue llevado a cabo gracias a la financiación de los Rockefeller por medio de la Fundación Carnegie, y de esos resultados deriva el actual consumo de fármacos en sustitución de distintos tratamientos alternativos y en buena medida consolidados en aquella época.
Incluso el joven, pero aun así ya influyente Winston Churchill publicó en 1920 un artículo donde distingue entre los judíos-nacionales y los judíos-internacionales, así como distinguiendo entre aquellos que defienden una tradición espiritual y aquellos que abogan por un materialismo acérrimo. Gracias a los esfuerzos de la banca internacional judía, Rusia no recibió apoyo económico de Inglaterra ni de ningún otro país relevante. Finalmente perdió la guerra, en parte por culpa de esa misma falta de apoyos. Lejos de quedarse ahí, la banca internacional judía comandada por Schiff siguió financiando la propaganda antizarista y, por supuesto, contribuyeron de forma decisiva a la entrada de los revolucionarios durante la Revolución de Octubre en 1917. A día de hoy, la fundación de los grupos financieros más importantes del mundo, tales como BlackRock en 1988 o The Vanguard Group en 1975, sería impensable sin la dirección de importantes financieros internacionales partidarios del desarraigo como el también judío Larry Fink, miembro de Phi Beta Kappa.
El citado grupo Kuhn, Loeb & Co, con el que tan estrechamente estaban relacionados los Schiff y los Warburg, se fundirá, finales de los años 70, dentro de Lehman Brothers, que el 15 de septiembre de 2008 quebró desencadenando la crisis económica más grave de lo que va de siglo en Occidente. Mucho antes de eso, en 1905, al término de la guerra ruso-japonesa, vieron la luz pública los Protocolos de los Sabios de Sión. Se trata de la primera versión completa de unos supuestos planes secretos de los grupos internacionalistas judíos.
Dio lugar al nacimiento de una sociedad secreta llamada “Las centurias negras” y fundada por el aristócrata Vladímir Mitrofánovich Purishkévich, que a su vez inspiró a los futuros “camisas negras” italianos, así como el nacimiento de la Orden de San Juan creada por Charles Pichel en los EEUU. Buena parte del contenido de los Protocolos es en realidad una adaptación del trabajo de una obra anterior: Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu (1864), escrito por Maurice Joly (suicidado en 1878), por lo que se trata de una adaptación de los contenidos en origen dedicados a Napoleón III adaptados para la banca judía. A pesar de todo, la veracidad histórica del papel de Schiff en el hundimiento de la Rusia zarista está sobradamente contrastado.
Y, además, la descripción de esos círculos de poder ocultos es perfectamente válida para el movimiento Sinarquista del Imperio (M. S. E.), más conocida como la “sinarquía”, que pretendió y seguramente logró, según Coston, infiltrarse en los principales organismos del Estado francés responsable del Tratado de Versalles para mejor crear una oligarquía detentadora del poder fáctico, gracias al apoyo de masones como Gaston Martin y de banqueros como M. Hypolíte Worms. Igual que el atentado atribuido a Gavrilo Princip está menos estudiado que el atribuido a John Wilkes Booth, la sinarquía europea está menos estudiada que los poderes ocultos de Wall Street en la misma época.
El 17 de mayo de 1930 el primer paso hacia una banca mundial, incluso antes de la creación del Fondo Monetario Internacional en 1945, fue establecido con la fundación del Banco de Pagos Internacionales (BIS), cuyo primer presidente estaba estrechamente relacionado con la familia Rockefeller: era Gates McGarrah, que trabajaba hasta entonces en la Reserva Federal y que será abuelo del futuro directo de la CIA Richard Helms. Fue establecido en la ciudad de Basilea (Suiza), país que fue neutral en las grandes guerras europeas del siglo XX, a pesar de su enclave geográfico altamente estratégico.
Se trata de un intento por crear una banca cosmopolita e independiente, a la manera de los Rothschild, en este caso financiada directamente a través de J.P. Morgan. Su utilidad política estaba muy ligada a la aplicación de Plan Young de 1930, un plan generado entre 1920 y 1930 para reparar las multas impuestas a Alemania por medio del Plan Dawes y a consecuencia del fin de la IGM. El nombre del Plan procede del banquero Owen D. Young si bien, una vez más, el verdadero maestro de operaciones era J.P. Morgan. Pretendía frenar los millones de dólares de indemnizaciones que Alemania todavía debía a los vencedores del conflicto. Sin embargo, también en eso el estallido del crack del 29 resultó catastrófico.
Podemos afirmar que si fue el grupo de creadores del Council on Foreign Relations el que determinó el Tratado de Versalles que hizo aumentar la inflación en Alemania, también podemos establecer que los mismos responsables de la ruina económica del pueblo estadounidense lo fueron del pueblo alemán. ¿Con qué fin? Eso que Giorgio Agamben sintetizaría, décadas después, como la capacidad de legislar en un marco de excepcionalidad. Incluso algunos políticos estadounidenses muy ligados al CFR como el futuro Presidente Herbert Hoover se quedaron anonadados por la dureza de las condiciones que los franceses exigían a los alemanes: las indemnizaciones de guerra acabarían arruinando a generaciones enteras. Directa o indirectamente, con el fin del primer conflicto civil europeo, una suerte de extrapolación del conflicto civil norteamericano vivido entre 1861 y 1865. En palabras de Eric Hobsbawn: “El siglo XX no puede concebirse disociado de la guerra, siempre presente aun en los momentos en los que no se escuchaba el sonido de las armas y las explosiones de las bombas”. El hundimiento del Lusitania en 1915 resultó a la postre tan devastador, en cuanto que anuncio, que antes el hundimiento del Titanic en 1912.
Toda cultura es siempre una cultura del deseo y de la muerte; de la represión y el duelo. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, ese poder bifronte ha demostrado ser capaz de destruir el mundo y la mente con un solo botón; el Proyecto Manhattan y el Proyecto MK-Ultra vienen a demostrar que no hay lugar seguro: las grandes multinacionales, en consonancia con el poder del Estado, han conseguido que nuestro planeta quede reducido a Hiroshima, a Fort Detrick, a Nagasaki, a Palomares, a Chernóbil, a Guantánamo, a Fukushima, a Silicon Valley, a Wuhan. El planeta Tierra en su conjunto se ha convertido en una gigantesca central nuclear.
La socialdemocracia siempre ha ido de la mano de la Ingeniería Social: en Suecia, modelo laureado por toda la progredumbre, el matrimonio compuesto por Alva y Gunnar Myrdal fue pionero en la perfecta simbiosis de Estado y Mercado para modelar sociedades. En los Estados Unidos, existe el caso análogo con John M. Keynes, artífice del New Deal impuesto por el presidente Franklin D. Roosevelt; también en el mismo país, cabe recordar los “Catorce Puntos” que el masón Woodrow Wilson impuso en Europa bajo el consejo de su mayor asesor, el influyente Edward Mandell House. Retornando a la actualidad y, en tanto que versión degradada de las actividades que el clan de los Rockefeller, equivalente norteamericano de lo que los Rothschild suponen para Europa, tenemos ejemplos notables: Bill Gates, George Soros y Klaus Schwab; pero seguro que eso ya lo sabían.
El "coronel" Edward Mandell House, llamado el "presidente en la sombra" de Woodrow Wilson, autor del libro de política-ficción Philip Dru: Administrador, fue un masón de alto grado además de ser responsable de dos hechos históricos de una relevancia fundamental en el futuro de Europa tras la IGM: los 14 puntos de Wilson y el "Tratado de Versalles". Antes, Mandell House, banquero de oficio, había sido determinante en la entrada de Trotsky en Rusia con un pasaporte norteamericano y la posterior victoria de los bolcheviques en la "guerra civil" rusa; y, después, sería responsable, junto al también masón Louis Bourgeois, de crear la "Sociedad de las Naciones" en 1919, organismo que anuncia lo que será la ONU. Si la IIGM fue solo la consecuencia del "Tratado de Versalles", diseñado por Mandell House, y los 14 puntos de Wilson en realidad ideados por el mismo personaje cimentaron el futuro de Occidente, se puede afirmar que el "Nuevo Orden Mundial" no es una especulación, ni siquiera una aspiración, sino un hecho consumado de nuestro pasado.
El proyecto de construcción de una "Paneuropa" unida por encima de cualquier estado o nación, fue financiada por Louis de Rothschild y por los hermanos Paul y Max Warburg, banqueros ligados a la propia familia Rothschild, a la empresa "JP Morgan" de los Rockefeller y a la "Reserva Federal" de los Estados Unidos. Este proyecto tuvo dos fundadores principales: Otto de Habsburgo y, sobre todo, el masón de origen austriaco y aristocrático (si bien nacido en Japón) Richard Coudenhove-Kalergi. Su proyecto es el de unificar Europa bajo unos "Estados Unidos de Europa" de configuración federal.
Un proyecto que requiere prescindir de las soberanías nacionales, responsables de los conflictos europeos según Kalergi. Más tarde el estudioso de Hegel, el francés de origen ruso Alexandre Kojève, le dio una armazón filosófica a este proyecto político. Tras la IIGM, dicho proyecto paneuropeo se pudo llevar adelante con la colaboración del masón Winston Churchill, presidente de honor del Congreso de la Haya de 1948, donde se estableció la "hoja de ruta" que condujo a la constitución del Parlamento Europeo tal y como lo conocemos hoy.
Antes de eso, entre 1935 y 1996, en Suecia se estuvieron aplicando medidas de “higiene social y racial” de forma planificada. Coincidiendo en el tiempo con la teorías sociales de la “Escuela de Frankfurt” en filosofía, el partido socialdemócrata sueco se alejó del marxismo clásico —algo que, poco a poco, se iría extendiendo por todo el mundo— en un proyecto dirigido por el Premio Nobel de Economía y de la Paz Alva Myrdal. Los principios de dicha revolución demográfica aparecieron compilados en el libro La cuestión de la crisis de la población de 1934. Junto a su marido Gunnar, a la sazón Ministro de Comercio, se erigieron en “arquitectos” —término de connotaciones masónicas evidentes— de una sociedad nueva para un tiempo nuevo. Olof Palme sería el gran continuador de este triunfo de la “socialdemocracia” europea, aunque de alguna forma trataría también de denunciarlo.
Ese mismo modelo sueco de Myrdal lo quiso extrapolar a los EEUU el periodista Marquis Childs con su libro Suecia: el camino intermedio, escrito en 1936. Este modelo mereció la admiración de Winston Churchill o del propio Francis Delano Roosevelt, que quiso convertirlo en su modelo para el “New Deal” norteamericano que todos los keynesianos proponen como modelo económico.
Después de la mal llamada Segunda Guerra Mundial se fomenta en Occidente la clase media, el american way of life, el consumismo sin paliativos ni restricciones de ningún tipo. Al tiempo, se comienza a crear una burocracia mundial, supra-estatal, basada en organizaciones “filantrópicas” semejantes a El Club de Roma, todas ellas a imitación de la Fundación Rockefeller y similares, que sirven para crear planes de control a largo plazo, de forma que puedan incrementar la programación en nombre de “un futuro sostenible” y otras memeces semejantes, tan evanescentes como infantiles, que solo esconden su deseo de poder “fabricar” un futuro a su gusto, esto es, en el que ellos tengan más y nosotros menos.
Técnicas en principio militares como la cibernética o la energía nuclear aparecen gracias a estas bonitas justificaciones en la vida cotidiana de los ciudadanos. Sin que nadie se pregunte si estos hallazgos técnicos son en realidad buenos o malos para nosotros. La Agenda 2030, hoy famosísima gracias a que muchos políticos llevan su logo en la solapa, es el último ejemplo de esta vocación totalitaria. Hitler también hablaba de la “paz mundial” en la que todos seríamos felices.
En los años posteriores a la IIGM el General William Joseph Donovan, uno de los fundadores de la CIA, fue enviado a Gran Bretaña, por orden directa del Presidente Roosevelt, para dirigir el OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) en Europa durante la inminente guerra mundial. De ahí nació la fusión entre el Instituto Tavistock y el incipiente proyecto MK-Ultra, sobre todo a partir de la muerte de Lewin en 1947, tras el fin del conflicto bélico. En esos mismos años, Siegmund Warburg, familiar de Paul Warburg y Max Warburg puso en marcha el fondo financiero S.G. Warburg & Co., que acabaría adquiriendo la compañía farmacéutica de origen suizo Sandoz, para la que el químico Albert Hofmann sintetizó el LSD en 1938.
Antes que el LSD inventado para una empresa propiedad de la Familia Warburg, el químico Felix Hoffmann inventó la aspirina y la heroína, los dos principales productos de la medicina alemana en la época, en el año 1897, para la empresa farmacéutica Bayern, que acabaría formando parte del conglomerado de empresas conocido como IG Farben, que desarrollaría el gas sarín y el Zyklon-B, y que estuvo dirigido en un primer momento por el Premio Nobel de Química Carl Bosch y el criminal nazi Hermann Schmitz.
En 1929 se creó un conglomerado químico similar en los Estados Unidos: la American IG, cuyo primer director sería Paul Warburg. Gracias a figuras como el citado Albert Hofmann o al británico Aldous Huxley, estas nuevas drogas serían introducidas en las nuevas generaciones tras la finalización del conflicto bélico mundial para mejor favorecer las técnicas de control social estipuladas desde el Instituto Tavistock. Ante una gran cantidad de estímulos, se produce una sobrecarga en la capacidad humana de decidir, que termina por ceder en manos de la autoridad la responsabilidad de la voluntad humana.
Uno de los mayores magnates del siglo, el británico Cecil Rhodes, se destacó como filántropo defensor de la labor del mundo anglosajón, por medio del Imperio Británico, en la Historia contemporánea. Fue amigo personal de Nathaniel Mayer Rothschild y dominó el monopolio de la industria del diamante en Sudáfrica. Defendía la consolidación de un Estado mundial bajo la dominación anglosajona. Tras su muerte en 1902, sus discípulos fundaron la “Mesa redonda de Rhodes”, una organización secreta dedicada a consolidar su legado. De entre ellos cabe destacar a Lord Alfred Milner, que fue Secretario de Estado para la Guerra durante la IGM. En esos mismo años, Milner sería el principal artífice de la “Declaración Balfour”, que toma su nombre de Secretario de Relaciones Exteriores Lord Arthur Balfour, y que conforma un documento pionero, basado en las teorías sionistas de Theodor Herzl, que sería fundamental para el posterior establecimiento de un Estado de Israel en territorio palestino después de la IIGM.
Cecil Rhodes fue uno de los mayores representantes de la Sociedad Fabiana, organismo promotor tanto de la London School of Economics (LES) como del citado Instituto Tavistock, entre cuyos miembros-fundadores estaba el sexólogo Havelock Ellis, padre de la noción de “narcisismo” más tarde desarrollada por Sigmund Freud. De ahí nació el socialismo británico postulado por Robert Owen o Sidney Webb, del que más tarde nacería la idea de socialdemocracia tal y como la conocemos en la actualidad. Toda la intelligentsia anglosajona está marcada por la Sociedad Fabiana, como antes lo estuvo por la masonería: así, el joven Aldous Huxley fue acogido en la Universidad de Harvard por otro miembro destacado de la Sociedad Fabiana, H.G. Wells, un convencido darwinista (véase al respecto las distintas polémicas que Wells mantuvo con el católico G.K. Chesterton) que lo puso en contacto con el influyente historiador Arnold Toynbee y con el célebre ocultista Aleister Crowley, que entonces trabajaba para los Servicios Secretos británicos.
Huxley sería uno de los mayores divulgadores de sustancias psiquedélicas entre la juventud supuestamente contracultural, en las décadas siguientes. También defendería, en la línea de Toynbee y Campbell, el estudio de la mitología y la Historia desde una perspectiva universalista. En los Estados Unidos, Huxley fue un promotor del legado de Crowley, y de su trabajo resultaría la influencia que el mago tendría en bandas populares de la época como The Beatles, Led Zeppelin o Pink Floyd. Junto a Humphry Osmond, Gerald Heard, Ernest Dernberg, Baba Ram Dass (nacido como Richard Alpert), Jolly West y a Gregory Bateson (casado con la antropóloga biologicista Margaret Mead), Huxley impulsó la metodología de ingeniería social establecida por Kurt Lewin y Herbert Kelman entre la sociedad de la época. Fue una forma de desautomatizar la conciencia política subversiva que comenzaba a poseer a la juventud en aquellos años.
El uso de la mescalina y el LSD fue fundamental para que la operación comandada por Huxley bajo la dirección de la OSS, primero, y la CIA, después, tuviera éxito. El hombre que instruyó a Huxley y los suyos en el uso de estas sustancias fue Harold Abramson, uno de los principales artífices del Proyecto MK-Ultra. También Alan Watts y Timothy Leary formaron parte del proyecto, de manera más o menos consciente. Otro “hombre fuerte” del OSS, Alfred M. Hubbard, más conocido como Capitán Tripis hizo mucho porque la empresa psiquedélica se propagara entre las nuevas generaciones. En 1955, cuando Huxley había escrito distintas obras influenciado por su propio consumo de drogas, así como una célebre distopía en la que imaginaba una sociedad dominada por los Controladores Mundiales, a través de la farmacología y la química, comenzaron los experimentos en grupo con mescalina. La droga, al ser puesta en común con técnicas de hipnosis, terminaba por anular la voluntad de los individuos en favor de una orientación de la experiencia en pos de la dirección estipulada por los controladores mentales.
La experimentación con drogas en un Hospital para veteranos de Palo Alto era un hecho. Huxley acabó trabajando para la Universidad de Harvard, donde también estuvo contratado Leary y que fue un campo de experimentación crucial para la CIA, y para el MIT (Instituto Tecnológico de Massachussetts). En el seminario “La religión y su significado en la Edad Moderna” se sentaron las bases de la así llamada “contracultura”, que sería difundida por medio de la música y la publicidad de la época, generando una espiritualidad contra-iniciática y sincrética, influenciada por una lectura teosófica del Libro tibetano de los muertos, fundaron gracias a algunos jóvenes voluntariosos como Michael Murphy y Richard Price, un Instituto para el estudio de las religiones desde una perspectiva New Age en el año 1963. El trabajo pionero de Jack Parsons, primero, y Jack Sarfatti, después, en el intento por aplicar los nuevos desarrollos de la física cuántica al campo de la conciencia personal y colectiva. Poco a poco el círculo se cerraba sobre sí mismo.
Relacionado, como no podía ser de otra forma, con la Sociedad Fabiana y algunos de sus más ilustres miembros ya citados, tales como Toynbee o Huxley, en 1951, Lord Bertrand Russell publicó su libro El impacto de la ciencia en la sociedad, donde de alguna forma postula el establecimiento de un Despotismo Ilustrado de signo cientificista y tecnocrático que pone muy a las claras sus similitudes con el mundo establecido unas décadas atrás en las páginas de Un mundo feliz (1931). Russell defendía la idea de una “dictadura de la ciencia” bajo los precedentes de, entre otros, el psicoanalista Sigmund Freud y el sacerdote Iván Petróvich Pávlov. Los medios de comunicación como la radio o el televisor, la prensa escrita o el cine tendrían un papel clave para asentar socialmente esta dictadura en el marco de la socialdemocracia tal y como la concebían los fabianos. La diferencia entre promover la expansión de la conciencia y promover la domesticación de la conciencia puede resultar muy fina.
Dos investigadores del Instituto Tavistock desarrollaron en 1953 un estudio que relacionaba estudiar la relación de interacción entre obreros y máquinas en los nuevos ambientes laborales. Eric Trist y Frederick Emery, los dos investigadores citados, extrajeron diversas conclusiones sobre esta indagación sociotécnica, entre las que destacan sus conclusiones sobre las así llamadas “turbulencias sociales”.
Para mejor imponer las “condiciones futuras” a las que en principio los sujetos que participaron en los experimentos eran renuentes, era recomendable encadenar una serie de “impresiones” que terminarían por introducir el terror en la mente de quienes las padecieran. Esta “psicosis colectiva” llevaría a la mayoría de la población a huir de la realidad por medio del entretenimiento y la evasión; algo que, desde nuestra perspectiva, nos lleva directamente a pensar en la realidad virtual, los medios de comunicación, la diseminación de una farmacología terapéutica y el uso de drogas con fines recreativos.
La disociación se extendería sin trabas por todas las sociedades del mundo desarrollado. La tensión y la confusión protagonizan el primer estadio del nuevo paradigma. Después llega la violencia desmedida, la reacción animal en busca del retorno de la seguridad. Más tarde, se produce una intervención de arriba hacia abajo para guiar las reacciones sociales hacia un estado de control total. En último término y gracias a esta implementación jerárquica la población acaba aceptando aquello que en un principio rechazaba.
El papel de la realidad virtual, la prensa y la alteración de la realidad mediante el consumo de productos químicos resulta clave en la fase de asimilación final. A mayor nivel de fragmentación interna, más fácilmente se podrán imponer dichas medidas. El repliegue de cada ciudadano hacia su propia vida privada como parte de una atomización mayor. La desaparición del conjunto de tradiciones y costumbres compartidas. Y, por último, la desintegración social sin vuelta atrás. Un paso necesario para que el Poder pueda aparecer ofertando socorro en forma de una dominación más estricta aún, si cabe.
Sin el Instituto Tavistock no existiría ni la contracultura californiana de los años 60 ni la labor académica de la así llamada Escuela de Frankfurt. Y eso es así porque nadie como Kurt Lewin supo entender en qué consistía la ciudadanía en el contexto del siglo XXI: “La persona nunca debe tener muy claro qué lugar ocupa y qué puede esperar”. El terror como nuevo paradigma social: gracias a la epistemología surgida de la física cuántica y a las ramificaciones sociológicas y psicológicas del control mental.
Cuando en 1959 tuvo lugar la primera conferencia internacional sobre las terapias con LSD, con el beneplácito de la Fundación Josiah Macy J.R., un vehículo de tantos manejados por la CIA, un grupo de científicos replicó la misma fotografía tomada en Solvay en 1927. El lugar de honor de Albert Einstein dejó pasó al del Doctor Paul Hoch, de la misma forma que el químico y colaborador de la CIA Harold Abramson replicaría al físico Niels Bohr. Por fin los descubrimientos acerca de la naturaleza del universo encontraban su espejo en el interior de la mente humana.
El publicista Edward Bernays, sobrino del padre del psicoanálisis Sigmund Freud (además de antepasado él mismo del fundador de Netflix), desarrolló en 1928 el término «propaganda», cuyos principios serían aplicados de ese momento en adelante a la publicidad y a la televisión, en un largo intervalo de tiempo en el que las grandes empresas forjaron la capacidad de deseo de la población occidental. Un extenso período de tiempo, decíamos, donde la sexualización era cada vez mayor y la reproducción cada vez menor, al menos para los países desarrollados tecno-científicamente; y ese contraste tan grato a los enemigos de la natalidad no es fruto de la casualidad. Todo aquello que es considerado pecado para la Iglesia, es reivindicado por aquel que se identifica con su enemigo declarado desde el principio de los tiempos: la Bestia. Aquello que comúnmente se llama “liberación” estos días no es más que un apelativo útil de la neo-lengua, una estrategia más de propaganda para camuflar la violenta iniciación a la que sometió el Occidente profano, como veremos a continuación; y hacer pasar discretamente inadvertida una realidad así de tangible es, quizás, el mayor éxito que se le puede atribuir a la propaganda tal y como la definiera Bernays. Una figura fundamental en el «control de la natalidad», que en realidad es otro nombre para la eugenesia, fue Margaret Sanger, venerado ícono del feminismo e ilustre fundadora de la lucrativa empresa abortista “Planned Parenthood”, más tarde dirigida por William H. Gates, padre del magnate Bill Gates. Fue, precisamente, en la revista que Sanger editó en 1924, titulada “La mujer rebelde”, donde por primera vez apareció el término «control de la natalidad»; y ya antes que su homóloga europea Simone de Beauvoir dijera que «lo personal es político», Sanger fue pionera en la separación pública de sexualidad y reproducción, un mensaje de hedonismo que terminaría calando tras el Mayo del 68 francés y la obra de autores de la Escuela de Frankfurt como Herbert Marcuse, padre del así llamado «freudo-marxismo» por saber entrelazar de manera indistinguible los postulados políticos de Marx con las teorías sexuales de Freud. Feminismo, eugenesia y propaganda comparten, pues, un origen relativamente común y unos fines del todo semejantes. La inteligencia de Sanger le permitió comprender que la burocracia estatal era un instrumento demasiado lento para sus ambiciones eugenésicas y que, por lo tanto, era mejor introducir dicho elemento anti-natalista dentro de una idea mucho más atractiva: la «liberación de la mujer» y su «salud reproductiva». Una noción fundamental para entender la alianza de largo recorrido hasta nuestros días entre abortistas, feministas y eugenistas. Sanger, que vivió mantenida por su marido casi toda su vida, fundó en 1957 la Internacional Pathfinder, cuyo fin era y es promover el aborto y la esterilización, y que pronto se convirtió en distribuidora de la píldora anticonceptiva, un fármaco lucrativo y adictivo que, entre otros efectos secundarios, reduce drásticamente la libido, además de afectar de manera directa a la fertilidad. En realidad, Sanger provenía intelectualmente del racismo biológico del siglo XIX y, más aún, del keynesianismo intervencionista posterior al New Deal de Roosevelt, que a su vez influiría en el nacimiento de la socialdemocracia sueca y hasta de la UE. Discípulo aventajado de Sanger, el investigador Alfred C. Kinsey fue un conocido entomólogo que en 1948 publicó el primer informe socialmente relevante sobre la «orientación sexual», donde supuestamente analizaba las costumbres íntimas de la sociedad estadounidense. En dicho informe se revelaban prácticas sexuales escandalosas y hasta degeneradas para cualquier sociedad puritana, que hasta entonces eran tenidas como residuales y minoritarias, pero que Kinsey deseaba promover entre un amplio público. Por supuesto, el informe estaba amañado y la mayoría de entrevistados por Kinsey resultaron ser enfermos, presidiarios y trastornados; si bien, pesar de ello, hoy en día son todavía muchos los que creen en la veracidad del informe y lo citan para defender aberraciones como la pederastia, el sadomasoquismo o el incesto. La obra de Kinsey se repartió a lo largo de dos volúmenes: El comportamiento sexual en los hombres, de 1948, y El comportamiento sexual en las mujeres, de 1953 (una fecha sobre la que volveremos). Este trabajo que todavía hoy constituye un referente a seguir en ciertos ámbitos universitarios, fue posible gracias a la financiación y el indispensable apoyo de la Fundación Rockefeller; aunque, lejos de quedar contento con eso, Kinsey fundó la comuna Oneida, una secta que se extendió durante la década hippie y hasta 1979, y que llegó a contar con más de 300 miembros. Además de dedicarse a filmar las orgías de los distintos miembros con fines “científicos”, en las actividades de dicha comuna llegaron a registrarse casos de abusos sexuales a adultos y, sobre todo, a menores, que se saldaron con intervenciones policiales de por medio. Como tantos otros contemporáneos, Kinsey era un seguidor de los postulados mágicos del célebre ocultista británico Aleister Crowley; y, muy especialmente, de su concepción sexual de la Makgia (con «k»); de hecho, el biólogo Kinsey visitó en 1950, junto al cineasta Kenneth Anger, autor de cortometrajes como Lucifer Rising (1972), la Abadía de Thelema situada en Cefalú (Sicilia), donde Crowley había fundado su templo para mejor anunciar la llegada del Eón de Horus (1904). La Abadía de Thélema se encontraba adornada por pinturas pornográficas realizadas por el propio Crowley y que inspiraron tanto a Anger como a Kinsey. Fue precisamente en 1953, fecha de culminación del trabajo teórico de Kinsey, cuando otro secreto seguidor de la Makgia sexual crowleyana, el magnate Hugh Hefner, fundó la revista Playboy, gracias a cuya modulación del deseo en el imaginario norteamericano, las ideas de Kinsey pudieron instalarse de una vez en la mente de generaciones enteras.


