domingo, 6 de septiembre de 2026

Werner Herzog: historia de un chamán. Por Guillermo Mas Arellano.

 

Werner Herzog: historia de un chamán



De Guillermo Mas Arellano


«El mundo se revela a quienes viajan a pie»


Una voz lenta y parsimoniosa exclama, como si fuera un susurro: "Abre la ventana. Estos últimos días he aprendido a volar". Esas fueron las palabras que, según su propio testimonio, pronunciara el cineasta Werner Herzog, exhausto y desaforado, en el momento de llegar hasta la habitación de su amiga Lotte Eisner en París, en el año de 1974, tras recorrer andando la distancia entre dicha ciudad y Múnich, como recoge en su dietario de esos días: Del caminar sobre hielo. El objetivo: realizar dicho trayecto, únicamente interrumpido por la anotación diarística y el breve sueño, como una suerte de expiación sacrificial que permitiera así salvar a su amiga de las garras de la enfermedad. ¿Acaso lo anterior les parece descabellado, mis estimados lectores cargados de ilustrado escepticismo occidental? Pues lo cierto es que, independientemente de que crean al alemán o no, e incluso más allá de su visión general de esta vida o de la posibilidad de una existencia ultraterrena, Herzog consiguió su propósito entonces; o, por lo menos, su amiga Lotte Eisner logró sobrevivir al cáncer y, de hecho, no murió hasta que el cineasta “le diera permiso”, a petición de ella misma, el 25 de noviembre de 1983. Pero es que, por si no era bastante, déjenme decirles que hay algo más: ¿a qué alude, en definitiva, ese aprendizaje en el vuelo? Muy sencillo: es una revelación que abre una forma puramente moderna, contemporánea incluso, de experimentar la iluminación: una experiencia radical a la que aquí venimos a llamar: Verdad extática; y así debe ser, porque encuentra su origen en el acto “verdadero” de salir de uno mismo: el éxtasis. Más que un cineasta, Werner Herzog es, por una multitud de razones que protagonizan sus memorias, escritas durante la pandemia y recién publicadas en España por la editorial Blackie Books (con el estimulante título de Cada uno por su lado y dios contra todos), un paseante y un chamán, esto es, un viajero y un mago. Además de todo eso, también está su capacidad para forjar imágenes del inconsciente colectivo por medio del cine: suya es la poderosa escena del barco recorriendo una ladera en Fitzcarraldo, película rodada en 1981, e inmediatamente rehecha, tras su aparente fracaso de rodaje, en 1982, mostrando así, a uno y otro lado de la pantalla, una realidad al borde del delirio, para mejor contar la historia real de Carlos Fermín Fitzcarrald, quien murió con 35 años, tras llevar al corazón de la selva la ópera europea encarnada en la gloriosa voz del inmortal tenor Enrico Caruso. Se trata de una historia ambientada a finales del siglo XIX, que llegó a oídos de Herzog por medio de Jor Koechlin y que, en el empeño por filmar sin efectos especiales de tipo alguno (algo del todo impensable hoy por hoy) la hazaña que supone trasladar un vapor de treinta toneladas transportado del istmo plano de un río a otro, desmontando y montando de nuevo todos sus componentes, llevados para tal fin a través de la ladera, en mitad de la jungla, y legando con ello para la posteridad una de las escenas más poderosas de la Historia del Cine. Igual que ocurriera con su Fiztcarraldo, Herzog, ese hombre que confiesa tener una letra microscópica con la que dibuja su escritura (en sus palabras, dicha actividad es lo único que le sostiene), está obsesionado por la ópera en general y por la noción wagneriana de “obra de arte total” en particular. Ahora bien, ¿qué significa esa poderosa imagen de un barco atravesando una montaña por medio de un complejo sistema de cuerdas y poleas? Es una metáfora cuyo significado se escapa: aquello que Nick Land llama “hiperstición”. Más aún cuando sabemos que, en realidad, Carlos Fermín Fitzcarrald jamás realizó tal barbaridad; y que Herzog, en su empeño por denunciar la barbarie colonialista, acabó por llevar su empeñó de forma más tiránica que su modelo previo, mostrándose aún más severo y cruel con el equipo que debía cumplir sus órdenes con absoluta entrega. Su amistad con el aventurero Bruce Chatwin, al que acompañó en sus desgraciados últimos momentos, o su rivalidad con el excéntrico actor Klaus Kinski, al que conoció en la adolescencia y con el que colaboró en varios proyectos de entre los que destaca la mítica película Aguirre: La cólera de Dios (1977), componen algunos de los episodios más interesantes de la autobiografía del afamado cineasta; pero es en esas transiciones en apariencia inanes donde esta figura clave del cine europeo del último medio siglo muestra su faz: una visión mística de la existencia capaz de convertir la indagación en torno al éxtasis en el centro de su interés narrativo. Escuchemos, una vez más, la voz del hipnotizador: “Uno puede aprender a escribir a máquina, pero no se aprende a escribir poesía estudiando literatura”; y: “Considero que las grandes películas son un misterio, incluso después de haberlas visto varias veces”. Y sintamos así, al leer las páginas que componen Cada uno por su lado y Dios contra todos, esa vieja escena, que bien pudo tener lugar en la cueva de Chauvet, en la que un chamán comienza a hablar en torno al fuego, y poco a poco el resto de miembros de la tribu se sienta formando un círculo a su alrededor, absortos en su historia, y por completo ausentes de su propia circunstancia particular, al menos en el tiempo que dura el relato.

El invierno de Paul Auster. Por Guillermo Mas Arellano

 

El invierno de Paul Auster



De Guillermo Mas Arellano



Muchos te recordarán por lograr para un amplio público lo que otros escritores, como Kafka, consiguieron para un grupo de lectores marginal; por mi parte, te recordaré por haberme dicho lo que necesitaba escuchar en el momento adecuado: no estás solo en tu obsesión por la literatura, y por nada más que por la literatura, encerrado aquí, en tu pequeña habitación plagada de libros y cuadernos. Hablaste conmigo, sí, narrando historias de escritores que viven pensando en escritores, historias como la de Marco Stanley Fogg, un huérfano que decide anular su vida exterior para a cambio vivir en el interior de una habitación llena de libros y cuadernos, de la que apenas si sale, en la que casi no se alimenta, y donde única y exclusivamente se dedica a leer, sin atender a las consecuencias pragmáticas de tan radical decisión. Así son los obsesos y marginados de tus libros: ascetas de la vida interior y de la literatura, que es exactamente lo mismo que descubrí de mi propio ser a la luz de la lectura de tus libros. Porque yo también soy un personaje de Auster. Hemos perdido a un escritor grande, condenadamente grande, al que muchos han querido despreciar por vocación: odiar a Paul Auster es una moda altamente rentable en la crítica literaria actual; a cambio, debo confesar que yo te admiro y que, si soy escritor, en parte es debido a la impresión que me causó leer tu célebre Trilogía de Nueva York a la tierna edad de 12 años. Sugiere la risa, de tan tópico (y no por ello menos cierto), esto que te acabo de confesar, aunque desde entonces no he parado de releer tu obra con asombro, compulsión y enorme placer; también en estas semanas de atrás, las últimas semanas de tu vida. Encontrando en tus páginas, a pesar de los altibajos disculpables en una producción tan amplia, los rasgos propios del escritor que, junto a Murakami, mejor ha sabido tender un puente entre el gran público y la gran literatura, al menos en esta época donde al gran público parece importarle cada vez menos la gran literatura. Abriste para mí un canon que compone la médula espinal de mis gustos literarios, donde por supuesto estás incluido: Chandler, Beckett, Calvino y, sobre todos los demás que no menciono, a Thoreau; creándome, al tiempo que los leía y que te leía, una necesidad imborrable de escribir en cuadernos (rojos, marrones, azules), y enseñándome que el thriller no está necesariamente enfrentado con los temas complejos, al menos cuando es un maestro quien despunta detrás de las bambalinas. Gracias a ti descubrí que la forma literaria puede tener una correspondencia directa con el fondo, entre otras muchas cosas; pero, por encima de todas las formalidades que pueda decir aquí, hablaste a mi yo profundo desde la primera línea, y con ello me enseñaste que no estaba solo en mi voluntad ciega de vivir por y para la literatura. De forma exclusiva y a buen seguro excluyente: solo la literatura. Sin atender a las exigencias del mundo exterior, con su tedioso pragmatismo y su tenaz exigencia inane. Eres un maestro y, como todos los de tu condición, sabías hacer que lo difícil apareciera a cambio como algo muy fácil, incluso evidente. Estabas obsesionado por la casualidad y el azar, esto es, por la lógica (o ausencia de) que hay detrás de los acontecimientos. Porque tu pertinaz referencia a la casualidad tiene mucho de causalidad, contra lo que muchos dicen y pocos comprenden en profundidad, y es por eso que ha sido el motor narrativo de todas tus ficciones. Al comienzo de tu obra más personal, Diario de invierno, escribías: “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”. Y ahora la muerte, a la que diste una forma única en tu novela más extensa, la infravalorada 4,3,2,1, te ha sucedido a ti, dejándote para siempre atrapado en la habitación cerrada de la posteridad. El lugar donde tus lectores, a partir de este momento, tendremos que peregrinar para visitarte. Todos tus libros eran cajas chinas. Juegos de espejos. Complejos cuentos de cuentos sobre escritores que escriben de escritores. Algo que resulta evidente en obras como Leviatán, La música del azar, El libro de las ilusiones, La noche del oráculo o El palacio de la luna. Eres el autor de un mundo propio (como suele decirse) donde todas tus obras resultaban idénticas dentro de sus considerables diferencias, como si fueran variaciones de un mismo motivo que se repetía obsesivamente hasta en sus chistes, sin miedo ni complejos por postergar la conclusión de las tramas. Tus obras son sueños llenos de correspondencias místicas y de terribles tragedias, tal y como aparece la vida a ojos del mundo interior donde late la forma más descarnada de Arte. En una de tus novelas dejaste esculpido tu credo mínimo, esa confesión íntima que late en todas las páginas, a pesar de las diferencias que encontramos en cada una de ellas: “La historia trata de un hombre que debe matar a la persona que lo ha creado, ¿y por qué fingir que no soy yo esa persona? Incluyéndome en la narración, la historia se hace real. O lo contrario, yo me vuelvo irreal: un producto más de mi propia imaginación. Lo real y lo imaginado son una sola cosa. Los pensamientos son reales, incluso las ideas de cosas irreales.”. Me resisto a creer que Auster haya muerto. Hasta ese punto te he considerado, libro tras libro, más un amigo que un autor. Eso es: has sido un amigo de los que se sienta a tu lado en una noche de abundante lluvia para compartir, por medio del relato oral, sus sueños y desvelos, que acaso acaban también por ser los tuyos; y ahora, ridículamente emocionado por la noticia de tu desaparición, no puedo creer que ese tipo alto, imaginativo y de voz delicada esté muerto. No: eres sólo un hombre atrapado en una habitación cerrada, como tu controvertido personaje Nick Bowen, un hombre al que quizás ya nunca podamos rescatar de su reclusión. No soy yo quien te escribe, sin embargo, no soy yo. No. Porque ahora soy un adulto que escribe acerca de un adolescente muerto. Eso es: alguien cuyos leves recuerdos apenas resplandecen en medio de un naufragio que se produce sobre un mar de tinieblas. Es una voz del pasado, esa que te habla aquí, una voz que te escribe tan solo para darte las gracias, ahora que no te es dado escuchar, encerrado, como lo estás, dentro de tu habitación oscura. Que el invierno le sea leve, Señor Auster.



Werner Herzog: historia de un chamán. Por Guillermo Mas Arellano.

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