El dominio de las imágenes
Por Guillermo Mas Arellano
A los grandes artistas, contra lo que indica la
Academia, se los entiende fundamentalmente a través del mito. La imagen
primordial que vehicula su expresión. El centro de la magia bruniana es la
figura de Acteón, igual que en el caso de la magia kubrickiana ese lugar está
reservado para el Minotauro. En la línea marcada por Paracelso, esa que Carl
Gustav Jung querrá recuperar en el siglo XX, Giordano Bruno concebía al mago,
al chamán, al filósofo como un médico que trabaja con elementos materiales. Si,
anticipando a Bruno y continuando a Llull, Pico trató de aunar todas las
tradiciones de Oriente y Occidente en una misma Tradición que confluye con eso
que Agrippa denominaría «Filosofía Oculta», podemos especular, tras las
enseñanzas de Yates, Culianu e Ignacio Gómez de Liaño, que tanto su muerte como
la de Bruno suponen un robo que se ha cometido para con el conjunto de la
humanidad.
La obra de Paracelso, una filosofía de la
Naturaleza de impronta claramente alquímica, no es sino una ampliación de
aquello señalado por Marislio Ficino, en muchos sentidos el primer autor
moderno que señaló las correspondencias entre el estudio de la astrología y la
medicina mediante la perspectiva de un sacerdote conjurado a la sanación. En
cierto sentido, Paracelso, como muestra ampliamente su De Vita Longa (1562), quiso encarnar el modelo propuesto por Ficino
en De triplici vita (1489). Como
antes Ficino, Paracelso bebió directamente de las fuentes griegas y árabes que
transmitieron los secretos de la alquimia tal y como esta se practicaba en
Egipto siglos antes de que los árabes llamaran «alkimia» a su arte.
El principal modelo de Paracelso, si exceptuamos
al propio Ficino, fue Ŷabir ibn Hayyan, más conocido como Geber, que trató de
aunar, en pleno siglo VIII, a Aristóteles con el esoterismo islámico, gracias
al descubrimiento de toda una Gnosis realizado durante la conquista musulmana
de Egipto en el año 640. Para ello, Geber empleó todos los elementos de la
creación: tierra, agua, mar y fuego, así como el «éter». Los citados elementos
su vez se corresponden con los «cuatro humores» del talante humano, que son la
sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, que encuentran una
notable similitud con los cuatro atributos de los elementos naturales:
caliente, frío, húmedo y seco. La obra de Geber fue continuada por otro
alquimista musulmán, Al-Razi, muy leído en el mundo musulmán en el siglo XII, y
posteriormente trasladado a otros contextos, que acabarían llevando estos
saberes herméticos a las manos de los españoles Arnau de Vilanova y Ramon
Llull, antes de llegar a Inglaterra y Alemania.
Sin embargo, aquello que pone a Ficino por encima
de Paracelso y, con ello, al hermetismo florentino por delante de la «naturphilosophie» alemana, es la visión
de «Eros» como primer y más
importante «daimon», esto es, como
esa fuerza capaz de aunar todo en la Naturaleza por medio del don de la
analogía. En su De amore (1469),
profundo comentario de El Banquete
platónico, Ficino escribe: «¿Por qué se llama mago al amor? Porque toda la
fuerza de la magia reside en el amor. Operar mágicamente consiste en un cierto
sentido, en atraer una cosa hacia otra gracias a su similitud natural. Todas
las partes de este mundo dependen de un único amor y se halla recíprocamente
conectadas por comunión común». Esta perspectiva se encuentra ausente, no por
casualidad, en la obra de Paolo Sarpi o Francis Bacon.
El Amor es una actitud filosófica de búsqueda,
aventura y elección: el peregrino que avanza tras los pasos de su Amada ha
tomado el camino de lo Bueno, lo Bello y sobre todo lo Verdadero; y la Alquimia
es la herramienta que dicho peregrino posee para domeñar el inconmensurable
poder del intelecto que reside en el corazón, ese órgano material que, como el
espíritu, sirve de puente y puerta entre el alma y el cuerpo. De la misma forma
que funciona el corazón con el alma y el cuerpo, el espíritu («pneuma») o «soplo divino» reconcilia al individuo con el Cosmos, abriendo
una posibilidad para que se produzca «la cosmización del hombre y la
antropomorfización del universo», tal y como lo expresó Ioan Petru Culianu.
Desde un punto de vista platónico, el
Conocimiento se adquiere por medio de «fantasmas» que, igual que sucede con el
rostro «especular» de la Amada, surgen en un primer momento a través de la
contemplación, incendiando la fantasía («phantasia»)
con su presencia mimética; por contra, la cosmovisión moderna ha instalado una
reducción, que hoy podríamos denominar como racional o «cartesiana», según la
que el instrumento («proton órganon»)
abarca sólo la mente («res cogitans»),
limitando así el poder de las imágenes («phantasmata»).
Es, de nuevo, Culianu, el que apunta: «La cultura
renacentista era una cultura de lo fantástico». Ello queda especialmente claro
cuando se abunda en el sistema mágico desarrollado por Giordano Bruno, por cuyo
descubrimiento el nolano tuvo que pagar con la vida. Según la filosofía antigua
todo pensamiento es pura fantasmagoría: las imágenes, los «fantasmas», son
apariciones previas a cualquier atisbo de pensamiento, esto es, a la propia
formulación dialéctica y verbal de nuestra percepción. Y el centro de la vida
social es un teatro, término que proviene de una palabra griega, «theatron»,
que significa «lugar para ver», palabra a su vez derivada de un verbo, también
griego, «theaomai», que traducimos por «mirar atentamente» Tal y como le sucede
al enamorado cuando contempla su propio rostro en el de la Amada el pueblo
asiste al espectáculo público del ritual.
El psicoanálisis, en el caso individual, o la
psicología de masas, en el terreno de lo colectivo, son apenas degradaciones de
la magia operativa, de aquello que Culianu denominó como «ciencia del
imaginario». La magia, toda forma seria de magia, requiere siempre de un
conocimiento previo de Amor («Eros»)
y Memoria («Mnemósine») en el
operante de turno; pero hoy ya no dominamos nuestros propios procesos
imaginarios: la tensión entre lo consciente
y lo inconsciente ha desbordado nuestras cada vez más depauperadas
capacidades; y aunque el racionalismo no ha ayudado en ese proceso de
demolición constante, podemos señalar al puritanismo y a la ciencia moderna
como respuestas perfectamente diseñadas para limitar la eclosión de nuestras
capacidades naturales, de forma que nuestro mundo hipertecnificado está
dominado hoy más que nunca por los efectos de la magia sobre el inconsciente
personal y colectivo.
Tanto el Renacimiento como la Reforma, nos enseña
Culianu, deben ser entendidos en clave mágica, como una extensión de esa
«filosofía oculta», al decir de Agrippa, que propone operar fundamentalmente
con imágenes para invocar fuerzas ocultas. La técnica, la economía o la
ideología cumplen, en ese sentido, un papel residual en relación a otros
procesos ocultos que mueven la historia. El silenciamiento de la obra de
Ficino, Paracelso y sobre todo Bruno, en beneficio de una paradigma médico,
tecnocientífico y filosófico totalmente secularizado, resulta elocuente en ese
sentido. Pico y Bruno pagaron con su vida la imprudencia de querer convencer a
Roma de sus hallazgos, para que fueran muchos los beneficiados de ello, igual
que casi se la cuesta a Abulafia antes que a ellos.
Se ha querido reducir a Bruno a la figura de
«mártir de la democracia» o «héroe librepensador». A nosotros estas categorías
nos parecen poco menos que risibles ante la magnitud de los hallazgos mágicos
de la magia bruniana. Como afirmara Culianu, «era el más antidemocrático de los
pensadores». Pasado el Renacimiento, precisamente cuando las democracias
modernas empezaron a vislumbrarse en ciertos tomos de los que saldría la
Revolución norteamericana, primero y la Revolución francesa, después, que
redujeron poco a poco el margen público para hablar del «Alma del Mundo», hasta
la llegada definitiva del materialismo con la Revolución rusa que inauguró el
siglo XX, dejando las artes de la memoria y demás saberes en manos de unas
minorías oligárquicas que hoy siguen en pie.
Si el Renacimiento fue una oportunidad
psicopolítica, la Reforma fue la vuelta al redil en Europa. En cuanto a la
célebre Contrarreforma española, que algunos quieren ver como una gran
alternativa, apenas si se planteaba escapar de lo dictado por la ortodoxia
eclesiástica, por no hablar de su lado más esotérico, protagonizado por los
jesuitas y, con ellos, los célebres Alumbrados de Ignacio de Loyola. Sin contar
a figuras tan oscuras como la del citado Sarpi, que documentó ampliamente el
período histórico al que aludimos desde dentro. Entre Lutero y Loyola, a pesar
de lo que se quiera decir, tampoco media tanto. La célebre Escuela de Salamanca
no dejó ninguna oportunidad sin explorar, como quieren los liberales españoles
hoy en día, sino que llevó a cabo sus frutos… Hoy por todos conocidos.
Desengañémonos: el dominio de lo sutil es un ámbito más que conveniente para el
control de las masas. Y lo demás es alfalfa exotérica.
La Reforma fue, en muy resumidas cuentas, un intento encubierto por controlar esas imágenes que Bruno había aprendido a trabajar mágicamente con la excusa del fanatismo y la adoración, utilizando, una vez más, el viejo mecanismo de las dicotomías: católicos-protestantes, Reforma-Contrarreforma, que todavía seguimos sufriendo estos días cuando vemos como, tras el auge del así llamado «wokismo», ahora llega su contraparte necesaria en forma de antítesis: el IV Reich. Con la Reforma se impuso también el régimen estatolátrico de la Modernidad, más tarde confirmado por la Revolución Francesa, cuyo modelo jacobino es el gran legado político del Terror que más tarde reavivaron los soviéticos, hasta terminar de derivar en la actual socialdemocracia, mucho más limpia y medida, más no por ello menos opresiva
