Una revisión necesaria de H.P. Lovecraft y sus herederos
De Guillermo Mas Arellano
En nuestra actual perspectiva de tribalismo racial urbano, la obra ensayística de H.P. Lovecraft supone una perspectiva inmejorable, al menos desde el punto de vista político, para entender cómo hemos acabado donde estamos y qué horizontes de horror se abren ante nosotros, los occidentales de sangre y espíritu, en estos tiempos de “multiculturalismo”.
Es algo que la actual apropiación WOKE de los subgéneros literarios como el fantástico, el terror o la ciencia-ficción pretende obviar o censurar en la obra de uno de sus mayores pilares: el apartado político que se manifestó en las páginas de la publicación “The Conservative”. En esos artículos, así como en cartas o en escritos desperdigados por aquí y por allá, el genio de Providence manifestó su temor ante una suerte de “regresión de las castas” de signo biologicista y su preocupación por el desastre demográfico en curso.
Se ha hablado mucho sobre la creencia o no de Lovecraft en asuntos esotéricos y sobre su pertenencia o no a sociedades secretas. En su texto “Una confesión de falta de fe” escribió: “Soy por naturaleza un escéptico y un analista, y muy pronto hice mía esta actitud general de materialismo cínico que muestro actualmente, y no varía más que en algunos detalles y no en sus fundamentos”.
Esta actitud de Lovecraft viene muy marcada por los cambios padecidos por los EEUU en los últimos tramos del siglo XX y también por el determinante cambio que supone la IGM en los destinos de Occidente. Esos cambios le dejaron en la posición de un cínico condenado a mirar desde lejos la distancia entre las pretensiones humanas y los resultados reales que acontecen en su lugar.
Ante esta posición de falta de fe en un contexto protestante, Lovecraft alude tanto a la Guerra de Secesión como a la Primera Guerra Mundial en el incremento de su postura:
“La guerra me confortó en mis recientes opiniones. El aspecto estereotipado de los discursos idealistas me ponía cada vez más enfermo, y no empleaba más que un mensaje estricto en materia de florituras literarias. Conmigo, la democracia era un tema menor, mi cólera se excitaba cuando se volvía a poner en discusión la primacía anglosajona y por la avidez territorial y sin motivo de los boches, desagradables a fuerza de carecer de piedad. No me molestaban los escrúpulos que agobiaban al liberal medio. Yo aceptaba los desaciertos; pedía con todas mis ansias una derrota de Alemania. Soy, es necesario decirlo, un ardiente partidario de la reunión anglo-americana, y era de la opinión de que la división de una misma cultura en dos unidades nacionales era un derroche inútil y a menudo peligroso. En este caso preciso, mi opinión estaba, además, reforzada por el hecho de que toda civilización actual depende de la predominancia de los sajones”.
Lo escribió en 1922.
Como indica Constantin von Hoffmeister, explorar la profundidad metafísica de la Naturaleza es la raíz más indudable del pragmatismo fáustico que caracteriza el espíritu americano desde los tiempos de Melville, Emerson, Thoreau, Hawthorne y Whitman a nuestros días. Es la búsqueda de lo inalcanzable en su vertiente materialista, el giro prometeico que se despoja de la Tradición para abrazar mejor los frutos de la técnica, a pesar de la desconfianza hacia ella. Lovecraft se desmarca de ellos, sin embargo, en su gran giro polémico: el “gran crimen” del siglo no es otro para él que la violación de la raza superior. Algo que la mayoría de autoproclamados “lovecraftianos” en nuestros días se niegan a mencionar por miedo a ser “cancelados”.
El sentimentalismo afeminado del igualitarismo, la credulidad perenne de la condición humana y el impulso fáustico que busca imponer el anhelo moderno sobre el saber antiguo a base de ordenamiento técnico son enemigos a combatir para Lovecraft: el autodominio viril de los teutones es lo único que puede detenerlos.
Para tratar de encuadrar en la época de dónde vienen estas ideas de Lovecraft no sólo debemos hablar de un Julius Evola o de un Oswald Spengler, sino también de un libro bastante leído en la época: La caída de la raza (1916), del conocido conservador Madison Grant, muy ligado a los círculos promotores del racismo científico tan frecuentes en la época. De hecho, es muy probable que ese país tan industrializado, los Estados Unidos de América, fuera en ese momento la nación más marcadamente eugenista sobre la faz de la tierra.
Y eso es algo que no se puede desligar del auge racionalista, positivista incluso, de ciertas ciencias nuevas que causaban furor en la época, que dominaban el pensamiento de las élites, y que hibridaron la vertiente “perennialista” de Lovecraft con otra mucho más moderna. También Madison Grant abogaba por la defensa de una “raza nórdica primordial” que se debatía entre fortalecerse o desaparecer en aquellos años decisivos. Y, en efecto, según los deseos eugenistas toda una generación era sometida a una purificación con claras marcas sacrificiales en el frente de la IGM del que el propio Lovecraft quiso formar parte en nombre de su país.
En el fondo del deseo por contemplar la realización de esa “reunión anglo-americana”, del pacto entre los hermanos ingleses y alemanes en torno a unos orígenes compartidos, unos valores viriles y unas virtudes comunes, Lovecraft ve la solución a una disyuntiva histórica que se debate entre retomar la senda extraviada de la raza teutónica de raíz indoeuropea o seguir el camino de mestizaje e hibridación sin control que, según su punto de vista, llevó a la destrucción del Imperio romano: “La raza que dio nacimiento a las glorias de Roma ya no existe, desgraciadamente. Siglos de guerras devastadoras y la inmigración extranjera en Italia no ha permitido más que la subsistencia de un reducido número de latinos verdaderos una vez pasada la era imperial”.
Su visión de los Estados Unidos era la de una civilización blanca establecida sobre criterios raciales de carácter espiritual. La conquista del Oeste fue un ejercicio de la voluntad blanca por allanar el camino para levantar una nueva nación a través de la sangre, el sudor, el esfuerzo y las lágrimas. En sus esfuerzos late la misma posibilidad prometeica que ha arrastrado al resto del mundo, muy especialmente al occidental, a una movilización total permanente. En ese y en otros muchos puntos, las apreciaciones realizadas por Lovecraft en 1916 coinciden, como ejemplo de poligénesis, con las realizadas por Spengler en 1918. Una etiología y a la vez un tratamiento de la decadencia en curso.
Para Lovecraft la credulidad de la mente humana no tenía límites: “es el cáncer de la superstición”. En ese sentido se destaca, como Aleister Crowley o Julius Evola, por ser un lecto aventajado de Nietzsche. Los tratados internacionales le parecían la peor manifestación de esa tendencia biempensante. Toda la retórica de buenas palabras detentada por organismos internacionales y filántropos cargados de ideas, algo tan actual para nosotros, ya le parecían a él entonces como una de las mayores aberraciones imaginables en el Kali Yuga. Nada le aterraba tanto como imaginar un siglo de paz perpetua garantizada por estos mismos filántropos y bajo el amparo de dichas organizaciones internacionales.
Escribe literalmente que “la guerra es algo que jamás podrá ser abolido por completo. Como expresión natural de instintos humanos inherentes como el odio, la codicia y la combatividad, siempre debe tenerse en cuenta en algún grado. Los hombres se someterán a la discusión sólo hasta cierto punto, más allá del cual invariablemente recurrirán a la fuerza, por grandes que sean las probabilidades en su contra”. En su opinión, organizaciones supranacionales como “La liga de las naciones” tendrán un resultado radicalmente opuesto al de la paz perpetua: nuevas y más destructivas guerras. La IIGM, que aconteció apenas unos años después de su muerte en 1937, avala sus palabras.
Junto al problema de la mezcla racial y al del pacifismo, en los artículos de “The conservative” y en sus cartas privadas Lovecraft se destacó asimismo por aludir insistentemente a otro problema en su opinión muy relevante: la feminización en la civilización occidental. De alguna forma, para él esta triada maligna está relacionada: mezclar las razas, abolir las guerras y el “idealismo histérico” son las manifestaciones de un pensamiento en decadencia. Su mayor manifestación es la oposición radical, la incomprensión más evidente, hacia la guerra como fenómeno inherente a lo humano.
Ello se suma, una vez más, a una crítica cultural amplia que enseguida es enfocada contra el cristianismo en su vertiente derivada del protestantismo, llegando a acusar al propio Lutero de introducir a algunos de estos vicios en el pensamiento alemán. Nada es más contrario al escepticismo de Lovecraft que el idealismo feminizado de los organismos internacionales. Un pueblo que prefiere “drogarse” con la mentira moralizante a aceptar la verdad está enfermo de muerte. Y sólo el renacimiento del impulso masculino por defender aquello que está amenazado puede poner fin a esa bancarrota histórica.
Las teorías raciales de Lovecraft, que por su mala situación económica apenas si pudo viajar fuera de Providence, tenían muy presente el origen indoeuropeo de aquella raza que consideraba muy superior a las demás: la teutónica. En un artículo escribe: “Al trazar la carrera de los teutones a través de la historia medieval y moderna, no podemos encontrar excusa posible para negar su supremacía biológica real.
En localidades muy separadas y bajo condiciones muy diversas, sus cualidades raciales innatas lo han elevado a la preeminencia. No hay rama de la civilización moderna que no sea de su creación. A medida que el poder del Imperio Romano declinaba, los teutones enviaron a Italia, la Galia y España los elementos vivificadores que salvaron a esos países de la destrucción completa. Aunque ahora están en gran parte perdidos entre la población mixta, los teutones son los verdaderos fundadores de todos los llamados estados latinos”. La anexión del carácter teutón por parte de los pueblos nativos es, para el autor de La llamada de Cthulhu (1928), la clave de bóveda para entender el posterior deterioro de ese legado civilizatorio al que hace referencia.
De entre todas las virtudes que Lovecraft considera de una raza, destaca la cualidad del autogobierno. Es algo que proviene de sus lecturas, a partir de 1896, del mundo clásico griego, que más tarde apuntalará, desde 1902 en adelante, por el estudio de la estructura del Universo a través de las estrellas y los soles:
“¡Idealismo y Materialismo! ¡Ilusión y Verdad! Estas cosas, juntas, se hundirán en las tinieblas cuando el hombre haya dejado de existir; cuando bajo los últimos rayos vacilantes de un sol moribundo, el último vestigio de vida orgánica perecerá totalmente en nuestra minúscula mota de polvo cósmico. Y sobre los planetas negros que orbitarán, fieles y diabólicos, alrededor de un sol negro, no perdurará el recuerdo del hombre ni de las estrellas, retorciendo el éter con crueles agujas de luz pálida que no cantarán su gloria”.
A pesar de todo, para él las presencias de los antiguos dioses griegos, que sus ojos descubrieron a la temprana edad de seis años, entraron en contacto con estas visiones fantasmagóricas de un futuro cósmico negro. De esta mirada orientada a un tiempo hacia el pasado y hacia el futuro, desde una óptica escéptica y lejana sobre el devenir humano, como si Lovecraft pudiera hablar antes del mundo y después del mundo con los dioses ancestrales y las deidades aún por llegar, nacerá el característico punto de vista denominado como “horror cósmico.”
Entre los años 1908-1913 Lovecraft vivió un período de reclusión y postración iniciado con 18 años por el que perdió su carrera estudiantil. Dicha depresión larga e incapacitante llegó a su fin a la edad de 23 años. Aunque Lovecraft quiso luchar en la IGM por su país fue rechazado por el ejército dada su fragilidad médica. A partir de ahí, en los años que van de 1921 a 1925, sus afinidades literarias darán un paso pequeño y sutil pero aún así decisivo, que marcan el tránsito de Dunsany a Poe.
Son los años en los que Einstein estudia la “Teoría del campo unificado” que pretende vincular de forma insólita la gravedad y la electricidad. Una materia entendida como energía que coincide en ciertos puntos con la teosofía y se encuadra en una forma de entender la ciencia muy cercana en algunos puntos al esoterismo: María Orsic, amante de Nikola Tesla relacionada con lo visionario-científico, estuvo presente en el desarrollo de la energía taquiónica que completaría Gerald Feinberg al postular que la velocidad de la luz es inferior a la de los taquiones.
En ese ambiente intelectual y cultural se produce, en un período cargado de sueños lúcidos y experiencias visionarias, el descubrimiento de Nyarlathotep, esa “pesadilla” más parecida a un “fantasma personal”, en una visión onírica del año 1921 que recogió en un fragmento y relató en una carta citada por el experto lovecraftiano Lin Carter: “No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible, más horrible que nada que te puedas imaginar, pero fascinante. A uno le embruja después, durante horas. Lo que vi todavía me da escalofríos”. La crítica de la religión convencional de Lovecraft coincidirá con la afirmación de una raza aristocrática como única forma de salvar al hombre del desastre. Lovecraft pone nombre en 1916 a aquello que se abre ahora en términos más realistas, menos fantásticos y especulativos, en nuestro horizonte: el retorno de los Grandes Antiguos.
Las últimas páginas del relato La noche del océano rezan: «Entonces todo quedará sumido en la oscuridad, pues incluso se extinguirá la luna sobre las olas. No quedará nada, ni por encima, ni por debajo de las sombrías aguas. Y hasta el último milenio, y también después, el mar atronará y se sacudirá a través de la lúgubre noche». Es, tras la muerte de Howard Philips Lovecraft y antes del nacimiento de Thomas Ligotti, la cumbre del así llamado «horror cósmico»: donde ningún ser vivo transitará por la superficie del planeta tierra… Ahí, cuando los ciclos del tiempo se apaguen y sólo las aguas inconsútiles que escapan de los dominios del demiurgo prosigan agitándose bajo el oscuro manto de la noche: sin rastro alguno del hombre ni de su pasado a la vista.
El autor de las líneas anteriormente citadas es Robert H. Barlow, que al momento de escribirlas tenía apenas 19 primaveras. El relato fue terminado en 1937; que también fue el año de la muerte de Lovecraft, su maestro, mentor, amigo y hasta amor platónico, a consecuencia de un cáncer súbito. A partir de ese momento, Barlow se convertiría, por designación directa de HPL, en su albacea literario, en el Gran Maestro de su culto y, sobre todo, en hipotético guardián del grimorio real o legendario en el que, según se especula, se inspiraba el ficticio Necronomicón atribuido al poeta árabe Abdul Alhazred, en realidad un pseudónimo del genio de Providence; y fue ese legado, precisamente, el que con toda probabilidad le costara la vida a Barlow...
El 1 de enero de 1951, Barlow apareció “suicidado” en su apartamento de Azcapotzalco, Ciudad de México, y apenas 10 días después de tan perturbador suceso, otro genio con el que tuvo amistad, William S. Burroughs, a quien además dio clases de mitología azteca durante su estancia en México tratando de escapar de las garras del Gobierno de los Estados Unidos y su férrea política contra el consumo de estupefacientes, mandó una carta a Allen Ginsberg lamentándose por la muerte de Barlow, quien no sólo era un escritor de gran talento, sino que también fue un iniciado de alto grado en demonología, un sobresaliente profesor de antropología y un notable dibujante y escultor que, a pesar de sus graves problemas de salud (incluidos los oculares), nunca dejó de trabajar en el cultivo de su amplio talento. A principios de la década de los 50, con 33 años, Barlow apenas si escribía desde hacía más de diez años, puesto que estaba entregado por entero a la afasia poética propia de un Arthur Rimbaud hodierno.
Tiempo atrás, el 18 de junio de 1931, un jovencísimo Barlow escribió a la edad de 13 años una entusiasta carta al maduro escritor fracasado que entonces era Lovecraft, que en esos momentos acababa de regresar a Providence tras pasar unos terribles meses de convivencia marital en Brooklyn junto a la ucraniana Sonia Haft Greene. Aquel matrimonio jamás se consumaría, puesto que Lovecraft nunca conoció carnalmente a mujer alguna (que sepamos), relegado, como estaba, a una asexualidad puritana fruto de su homosexualidad reprimida… Lo que se unía a serios problemas económicos derivados de su escaso reconocimiento como escritor de relatos de género en publicaciones pulp como la ya célebre “Weird-Tales”: es un tiempo de decadencia civilizatoria y racial para Occidente, a ojos del genio de Providence, como se puede comprobar leyendo sus textos incluidos en la autopublicación “The Conservative”.
En ese contexto, como decimos, llega la misiva del adolescente Barlow: llena de admiración por sus relatos; preguntando directamente a Lovecraft por la existencia real del Necronomicón, que Lovecraft siempre negaría en su correspondencia, declarando una y otra vez ser «un escéptico», un ateo; y deslizando de forma poco velada una atracción homosexual latente hacia el escritor maduro y aún por consagrar. Quizás fue por este último elemento, que Lovecraft jamás reconocería abiertamente, que aceptó la propuesta de Barrow y se marchó a visitarlo a casa sus padres en Florida, donde HPL se establecería en dos largos períodos de 3 semanas, primero, y 2 meses, más adelante, en lo que constituye una de las escasas etapas de salud y bienestar en la vida de ambos artistas.
En uno de sus muchos fragmentos póstumos de signo autobiográfico, Barrow escribiría: «La vida se compone de literatura»; y fue precisamente esa entrega casi monacal al Arte, esa visión compartida por la necesidad de dejar una Obra tras de sí, esa reverencia común por las mismas deidades olvidadas y prestas a retornar (la dualidad comprende a «The Great Old Ones» y «the Elder Ones»), lo que más unió a Lovecraft con Barrow: ambos iniciaron una unión íntima, espiritual, que tenía tanto de amistad como de iniciación en Cthulhu, por lo que Barrow se convirtió en una suerte de secretario de HPL, cuya obra empezó a mecanografiar, y en algunos casos incluso a almacenar, de forma que los últimos relatos escritos por Lovecraft han llegado a nuestros días por vía de Barrow y sus propios albaceas testamentarios: es el caso de La sombra fuera del tiempo.
Lovecraft y Barrow co-escribieron un total de 6 relatos, entre los que destaca el sugerente El tesoro de la bestia-maga, lleno de claves relativas al esoterismo. La obra de Barrow, supervisada por Lovecraft hasta la muerte del maestro, llegó a almacenar más de 40 relatos, muchos de ellos todavía hoy inéditos en español. Barrow, barroco estilista y erudito precoz, fue percibido como un intruso en el círculo de Lovecraft: amigo de Robert Howard, compartió entusiasmo por los inefables «Mitos de Cthulhu» con Lin Carter; mientras que August Derleth lo declaró su enemigo público y Clark Ashton Smith no dudó en retirarle el saludo tras la muerte de Lovecraft.
El coronel Everett Davis Barlow, padre de Robert, fue retirado a la fuerza del ejército a causa de su delirio paranoide. Sin duda, su hijo heredó algo de esto, pero no se puede reducir su enorme conocimiento esotérico a la locura. Contra la versión oficial de su biografía, que achaca su muerte a un conflicto latente con su homosexualidad, existen otras versiones que hablan de un asesinato apenas encubierto como parte de una guerra teológica: el motivo para matar a Barlow sería el legado recibido de manos de Lovecraft, que estaría compuesto tanto del grimorio original en el que se basaba el Necronomicón ficticio como por un conocimiento mágico operativo de primer orden.
Según esta versión, la excusa de estudiar y enseñar arqueología prehispana y mesoamericana más allá de la frontera, financiado por sendas becas de los Rockefeller y los Guggenheim, y buscando manuscritos aztecas escritos en el idioma náhuatl que, junto al español, Barrow dominaba a las mil maravillas, se encontraría otro interés oculto: realizar una invocación a la verdadera deidad encubierta tras el nombre de Cthulhu en el mismo desierto de México donde, escasas décadas después, pernoctaría otro joven “ángel caído” de la historia norteamericana: Jack Parsons; y es que, al igual que Parsons mucho más tarde, al talentoso Robert H. Barlow esa frustrada tentativa le costaría la vida a una edad temprana.

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