Manifiesto Pura Virtud:
Por la recuperación de la metafísica operativa
De Guillermo Mas Arellano
Nadie entendía por qué ocurrió, cómo pudo suceder que al día de hoy esos triunfadores que vencieron dando zarpazos, dominen la Tierra, que no exista un hueco para ocultar nada ante ellos, porque todo les pertenece… el combate que sostuvieron y ganaron fue largo, y en el curso del prolongado conflicto comprendieron que solo vencerían de manera irrefutable no aniquilando o desterrando a cuanto se oponía a ellos, sino insertándolo en la repelente vulgaridad del mundo que gobernaban
Ha llegado Isaías (1998), László Krasznahorkai
La Historia del Mundo Moderno en Occidente es la historia de la progresiva disolución de la sociedad tradicional europea. Hechos tan relevantes como la Revolución Francesa, la Independencia de los Estados Unidos y su posterior Guerra de Secesión, la unificación italiana realizada por el Norte, o los procesos de independencia en Hispanoamérica durante el siglo XIX son fruto, en buena medida, de la acción de una misma organización “discreta”: la Masonería en su vertiente especulativa.
Aparentemente, la masonería es una organización “discreta” (puesto que el secretismo en muchos países “democráticos” está prohibido) de hombres adultos que se reúnen para hacer contactos y compartir ideas; la realidad, sin embargo, es muy distinta. Los valores de la masonería son los mismos de los enemigos de Europa, porque en buena medida ellos han elegido representar ese papel. Sin el fin de la Cristiandad no habría existido el anglicanismo, y sin éste no existiría la Masonería especulativa.
Los conocimientos esotéricos no son un aspecto central de la masonería, ya que, si somos honestos, casi nadie está realmente interesado en eso, teniendo en cuenta los esfuerzos que requiere y los ingratos beneficios que depara. El éxito de la masonería se debió al auge de la clase media, de la burguesía inherente a una sociedad de acumulación y consumo, arribistas empeñados en ascender en la escala social desbancando así a la vieja aristocracia europea. Al arribista pequeñoburgués le encantaría formar parte de un club exclusivo para obtener más prestigio y prestarse favores que después le serán recompensados en igual o mayor medida. La masonería de bajo nivel cuesta mucho dinero al que se interna en ella, empezando por las cuotas; el aliciente para dicho sacrifico, el de pagar y obedecer sólo por pertenecer a un grupo discreto, es una promesa futura de estatus y poder, que en muchos casos termina por cumplirse. Porque ser masón, hoy como entonces, es la puerta de entrada a muchos despachos.
En su célebre texto Moral y Dogma (1871), Albert Pike dejó claro que los llamados grados azules, esto es, los grados más bajos dentro de la organización masónica, están ahí nada más que para distraer y para emplear a esos soldaditos si fuera oportuno. A las mismas acusaciones contra la masonería, de dedicarse a asuntos mucho más violentos, como la conspiración y la gobernanza, siempre se les responde con los mismos argumentos, se desmienten dichas teorías afirmando que la masonería no tiene una autoridad central y que todas las logias son independientes. Si atendemos al masón italiano Gioele Magaldi, ex jefe de la logia masónica romana Monte Sion, la realidad es totalmente opuesta.
Magaldi no es cualquiera, su libro Masones (2017) supuso un cataclismo mediático en el momento de su publicación, provocando la fundación de un Gran Oriente Democrático en Italia. Para empezar, su boda fue oficiada nada menos que por el cardenal italiano Matteo Zuppi (que ha apoyado abiertamente la agenda LGTBI+), uno de los firmes candidatos a Papa en el último cónclave del Vaticano. Este tipo de relaciones demuestran que mecánica iniciática, basada en el ritual y la programación, es la que sostiene el poder-religión real, ligando detrás del escenario aquello que simula estar enfrentado dentro de él, como jesuitas y judíos, católicos y masones, activistas y filántropos, conservadores y comunistas, todos ellos igualmente programados por la psicopatocracia.
Magaldi defiende la existencia de logias internacionales, denominadas Ur-Lodges, de signo eminentemente neoconservador, como la Logia Hathor Pentalpha, fundada en el 2000 por Georges H. W. Bush, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, entre otros, detrás de los cuales estaría el Complejo-Militar-Industrial estadounidense. Su papel sería el de encarnar un coagula extremista, radical, sacrificial, que prepara las bases para el arribo del IV Reich que ahora, más de veinte años después, está cristalizando ante nuestros ojos. Frente a ella destacaría otra logia internacional, la Maat, fundada en 2004 por Zbigniew Brzezinski y Ted Kennedy, orientada hacia el solve progresista. Por supuesto, esa dicotomía azul y rojo, Jaquín y Boaz, demócrata y republicano (o PP y PSOE, si se prefiere), es falsa. Como con casi toda seguridad es la misma figura de Magaldi… Ejemplo clásico del “disidente controlado”.
Magaldi es sin duda una fuente de información privilegiada, las páginas de su libro son de máximo interés cuando se trata de vincular el terrorismo internacional de Al-Qaeda, ISIS, los Hermanos Musulmanes o Hamás con el paradigma cibernético de seguridad en el que estamos instalados desde el 11 de septiembre de 2001 en adelante. Algunas de estas superlogias que menciona habrían nacido a finales del siglo XIX, curiosamente en la época en que millones de europeos son enviados a las guerras napoleónicas a morir por un ideal nacionalista, y desùés continuarán su desarrollo a lo largo de todo el siglo XX, consolidando su poder tras la destrucción de la Europa imperial en las dos guerras mundiales, liderando el impulso globalizador por la vía del american way of life y la segunda americanización del mundo.
Por supuesto, la masonería azul es una empresa pantalla de la alta masonería que realmente tiene un impacto en el mundo, y que a su vez remite a otras organizaciones mucho más poderosas, aquellas que conforman eso que Pedro Bustamante denominó como Poder-Religión, y que incluye casas reales de linaje antiguo (véase fenicios y cananeos), Nobleza Negra veneciana que se remonta hasta los tiempos de la vieja Babilonia, Illuminati y jesuitas tal como fueron fundados a partir de los Alumbrados españoles, Orden de Malta y Caballeros de Colón, Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén y Vaticano, Skulls and Bones y Ordo Templi Orientis, Sociedad Rosacruz y Priorato de Sión, etcétera.
El imperio mundial de los jesuitas y los británicos, cimentado a través de organizaciones como la Royal Society (véase el caso del filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz y del jesuita Joachim Bouvet, creadores de la actual teoría computacional) fueron establecidos en el siglo XVI, a partir de la magia enochiana de John Dee. La masonería no es solo entrelazada con el poder aparente, la monarquía después refundada como oligarquía, el mismo corrupto establishment que se remonta tal y como lo conocemos hasta los años de decadencia del Imperio romano y la fundación del Vaticano, una línea sanguínea de sacerdotes psicópatas que no han abandonado los tronos más relevantes de Occidente en familias tan influyentes como los Hannover. Fue inventada por reyes para obtener más control, no para difundir ideas de libertad, que es su excusa de cara a la burguesía que aspira a entrar en los estratos azules de la masonería.
La primera sinagoga norteamericana fue fundada por un rabino de origen catalán, Mordechai Campanall, y por otro rabino de origen portugués, Moisés Pachecoe, el 2 de diciembre del año del año 1763. Esto ocurrió en Newport (Rhode Island, Estados Unidos), donde Mordecai Campanall ya había establecido una logia en 1658. Moses Michael Hays (Logia del Rey David en Nueva York), Moses Seixas (Gran Logia de Rhode Island), Solomon Bush (Pensilvania), y en 1781 Los judíos fueron influyentes en la Sublime Logia de la Perfección en Filadelfia, que desempeñó un papel importante en la historia temprana de la masonería en América. Otros líderes tempranos del movimiento incluyeron: Isaac da Costa (Logia King Solomon, Charleston), Abraham Forst y Joseph Myers. Sobra decir que el citado Solomon Bush, de Pensilvania, uno de los dos tenientes coroneles judíos del ejército durante la guerra civil norteamericana, es un antepasado de Prescott Bush, padre de George H.W. Bush y abuelo del fundador de Hathor Pentalpha, a su vez presidente de United Service Organisation y miembro de Bohemian Grove, como sus descendientes.
Una vez hemos entendido que la masonería no se puede entender sin diferenciar su parte visible de aquella otra que se oculta tras el escenario, y que judíos, jesuitas, rosacruces y ur-lodges son quienes realmente toman las decisiones en las logias occidentales, podemos seguir con nuestro recorrido histórico. El Gran Oriente de Francia ahondó, al fundamentar sus principios en las Constituciones del sacerdote anglicano James Anderson (1773) para la Gran Logia Unida de Inglaterra, en la secularización desacralizada. Lo cual tenía, a su vez, un correlato político: la necesidad de crear una Sociedad de las Naciones, proyecto posteriormente rebautizado como Naciones Unidas. El Gobierno Mundial burocrático del que forma parte, por supuesto, la Unión Europea. Y que es un paso más en el dominio mundial por parte del Poder-Religión.
La Ilustración quiso imponer una moral única universal desacralizada: esa es su teodicea que en nuestros días ha acabado alimentando los más inenarrables delirios transhumanistas, lo que se ha dado en llamar Ilustración Oscura por parte de Nick Land y Curtis Yarvin, autores de cabecera de Peter Thiel o Alex Karp. La Masonería especulativa, a diferencia de su homóloga operativa, abandonó cualquier atisbo de principio sagrado para entregarse, a cambio, a la ideología liberal de los Derechos Humanos postulada, principalmente, por dos pensadores: John Locke (1632-1704) e Immanuel Kant (1724-1804). Encontramos en figuras como la de Elias Ashmole (1617-1692) o Pierre Bayle (1647-1706), a otros actores determinantes en este proceso.
Frente a esta masonería especulativa, toca resaltar la resistencia de otros tantos autores, todavía operativos, que frente a este afán por devenir “constructores de sociedades” siguieron defendiendo una tarea metafísica tradicional, basada en el trabajo meta-psicológico con arcanos, la alquimia interior del alma y la meditación como búsqueda de la iluminación son las principales prácticas que la obra de estos autores oculta. De manos de autores como Johan Valentin Andreae, Eliphas Levi, John Dee, Guido Cavalcanti, Cagliosto, Nicolas Flamel, el Conde de Saint Germain, Michel Maier, Paracelso, Karl von Erkthathausen, Fulcanelli y el legendario Christian Rosenkreuz muchos han encontrado una vía para mantener con vida dicho legado en los siglos XIX y XX. De hecho, podemos considerar al Conde de Saint Germain, de quien se dice que era hijo de la reina inglesa Catalina Enriqueta de Braganza y de un banquero madrileño, y a Giuseppe Balsamo, más conocido como Conde de Cagliosto, últimos representantes conocidos de la masonería operativa en Europa. Por supuesto, dos aristócratas en todos los sentidos de la palabra… Además de insignes rosacruces.
Sobre la masonería Christian Jacq escribe: “El último Gran Maestro de la antigua masonería, Christopher Wren, debe abandonar su puesto en 1702, a causa de sus opiniones religiosas. Había dirigido la construcción de la catedral de Saint-Paul, la última obra masónica tradicional. Los artesanos, prácticamente excluidos de la Orden que habían animado desde las primeras edades de la humanidad, entran en los Compañerismos que son condenados y prohibidos por todas las autoridades civiles y religiosas. La escisión entre Francmasonería y Compañerismo se consuma definitivamente. El gran cisma de la tradición iniciática de Occidente separa a los iniciados en artesanos e intelectuales, abriendo un profundo foso, una profunda grieta. La francmasonería o masonería moderna, conservando símbolos y rituales ancestrales, cambia de naturaleza” (en su libro La Masonería. Historia e iniciación).
Así, Heidegger dejó dicho sobre el impacto antropológico de la técnica: “En la medida en que el hombre construye técnicamente el mundo como objeto, se obstruye voluntaria y completamente el camino hacia lo abierto (la presencia del ser en su verdad), que de todas formas ya está bloqueado. El hombre que se autoimpone es asimismo, quiéralo o no, sépalo o no, el funcionario de la técnica”. Sin la obra de John Dee, la actividad de la Royal Society o la importancia de la masonería especulativa en el impacto de la técnica no entenderemos quienes son los responsables de este cambio decisivo. Hemos pasado de un paradigma artesanal, a poder desempeñar únicamente un papel en relación con la técnica: el de revisores de la maquinaria. Más que nunca, en un tiempo donde la realidad ha dejado de parecer real, puesto que ahora es hiperreal; y, por lo tanto, de poder ser traducible con eficacia en términos de dialéctica, resplandece la verdad que hay en el arte como representación de la vida. Entonces como ahora: Fiat ars, pereat mundus.
Reducir la sociedad a un Contrato Social, en la línea rousseauniana de los derechos y deberes, supone disolver todos los vínculos comunes, así como cualquier atisbo de preservación de la tradición. Conlleva la erradicación del amor como afecto básico de toda comunidad y del sacrificio como principio rector de la convivencia común; para imponer, a cambio, una lógica mercantilista, sustentada en el egoísmo y en el hedonismo, que reduce cualquier acción conjunta a una sencilla lógica de gélida “razón instrumental”, calculando costes y beneficios. Según dicha cosmovisión, la versión secularizada de la salvación humana sería el ideal gaseoso de felicidad, que más adelante encontraría en el consumo su vehículo perfecto de transmisión entre los sujetos.
La masonería especulativa también lleva aparejada consigo una visión panteísta de la Naturaleza que, según la obra de pensadores como Baruch Spinoza (1632-1677), sería equivalente directo a Dios, ese “Gran Arquitecto Universal” que lo ordena todo desde fuera, un Demiurgo opuesto en todos sus atributos a la Providencia que sopla el Espíritu Santo en la Creación. Ese culto a la Naturaleza típico de los adoradores de la técnica, los masones iluministas, no ha llevado consigo como correlato un conservadurismo de los recursos, sino que ha fomentado, paradójicamente, su expolio más irresponsable hasta fechas muy recientes. No podemos olvidar, en ese sentido, cómo algún masón de los que más han influido en la política mundial, como Theodore Roosevelt o Al Gore, han sido adalides declarados del ecologismo.
Juan Calvino (1509-1564) es el inventor del Homo œconomicus que sustituyó al Zoon politikón aristotélico. Con él se inaugura una antropología del “hombre nuevo” que, a pesar de los matices que se le quieran añadir, comparten el socialismo y el liberalismo. Los comunistas, al fin y a la postre, odiaban a los kulaks exactamente igual que los liberales detestan hoy a los rednecks. Su fin es la felicidad universal, por medio de un progreso tecno-económico que nos conducirá al Fin de la Historia.
La humanidad es una categoría que el hombre se confiere a sí mismo, en un mundo secularizado, para distanciarse del resto de los seres vivos. Modulable por completo. En el culto, por medio de la entronización de la cultura como red de significados creados artificialmente por el hombre, se encuentra una supuesta superación de la naturaleza, a través del desarrollo de la técnica. Esa diferenciación entre Naturaleza y Cultura; e incluso entre Naturaleza y Técnica, ha acabado derivando en una destrucción terrible de nuestros recursos, en una servidumbre suicida hacia nuestra propia técnica, y en un sincretismo cultural que ha sido bautizado por sus profetas como “multiculturalismo”.
Los católicos consideran que ellos son el Bien en la Historia, frente al Mal encarnado, que alcanzaría con la masonería su ejemplo paradigmático. De esta forma, ellos leen la Modernidad en la clave de buenos y de malos, de salvados y de condenados, por la mera pertenencia a la Iglesia Católica o a la Masonería. Y aunque es cierto que, doctrinalmente hablando, la masonería está condenada por la Iglesia (en el Código de Derecho Canónico de 1917 se excomulga a los católicos que pertenecen a la masonería, pero en el de 1983 el canon de la excomunión desaparece, dejando la situación de doble pertenencia en un limbo), lo cierto es que son numerosas las figuras en la Historia que han mostrado esta doble pertenencia, empezando por los papas Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli) y Pablo VI (Giovanni Battista Montini). Cabe añadir, en ese sentido, que no ha habido un sólo Papa, por lo menos en los últimos dos siglos, que no pertenezca a un linaje del Poder-Religión.
Otro católico masón, el antimoderno Joseph De Maistre (1753-1821), acusó a Francis Bacon (1521-1626) de inspirar la Revolución Francesa con sus ideas, puesto que su filosofía subvierte el fin del conocimiento, esto es, la contemplación; en su lugar, pretende poner el saber al servicio de la utilidad humana y de los fines; y no a disposición de la Verdad. Con Locke, enemigo acérrimo del pesimismo antropológico de Thomas Hobbes, se pasa de la idea de bien a la idea del valor como eje de la acción humana. Para él, es el hombre quien determina el sentido y, sobre todo, quien se auto-determina trabajando y escogiendo a qué merece la pena dedicarle la existencia.
Posteriormente, fue el masón Inmanuel Kant (cuya carta astral está dominada por Saturno) establecerá que la Cultura (en alemán: kultur) es lo que domina la Naturaleza, cuyo último estadio es la autodeterminación que el sujeto usa para dominar su propia naturaleza humana, que es imperfecta puesto que sufrió la Caída al ser expulsada del Paraíso (mitología) o Edad de Oro (metahistoria), como nos enseña la Doctrina Tradicional. Con el subjetivismo kantiano, propio del idealismo, nacen dos males terribles: el relativismo y el iluminismo. En la Modernidad dominada por la masonería especulativa se pasa del mito de la Edad de Oro, situada en el pasado, al proyecto de una Utopía proyectada en el futuro.
El relativismo es una post-filosofía nacida del oscurecimiento de la metafísica, de la verdad y de la belleza. Para Rémi Brague, “La renuncia a la verdad es el precio que hay que pagar para obtener la democracia” (El reino del hombre). El proceso comienza mucho antes del desmoronamiento de la Cristiandad, si bien con la llegada de la Reforma, desaparece cualquier atisbo de sociedad tradicional en Europa, junto con la noción de Verdad revelada. En el pasado sólo hay sombras, afirman los Ilustrados, pero seremos llevados al futuro por medio de la razón. El sujeto moderno ya no cumple los mandatos divinos, que considera viejas costumbres humanas que se quieren hacer pasar por sobrenaturales, y ni siquiera puede confiar ciegamente en el magisterio terrenal otorgado por un sacerdote a modo de representante terrenal de la sacralidad, sino que se basa únicamente en la fe y en la relación personal con Dios.
La noción de predestinación y la noción de conciencia auto-determinada terminan de cerrar el círculo. El Gran Arquitecto Universal quiere que dominemos al mundo, que lo sometamos para beneficiarnos de él, y no que nos dediquemos a su contemplación bucólica en busca de sentido. Las élites propias de todo Despotismo Ilustrado tienen mejores planes para nosotros.
La globalización se cimenta sobre la progresiva reducción del viaje en el espacio. En una fase mucho más avanzada, también sobre el descubrimiento de que la reducción del espacio supone también una reducción en el tiempo. La máquina de vapor, en cuanto que instrumento, o la ley de Moore, entendida como aceleración constante del progreso técnico, son pruebas de ello. El conjunto de consecuencias sociales y culturales derivadas de estos y otros acontecimientos, es aquello que Carl Schmitt denominó como nomos (del griego nemein, que significa "tomar, repartir y aprovechar" algo) en su obra homónima, El Nomos de la Tierra (1950). Entendiendo que existen dos tipos de órdenes: el de Tierra y el de Mar. El Imperio romano fue una talasocracia, como posteriormente lo ha sido también el Imperio británico, su gran heredero en apariencia cristiano pero de trasfondo pagano, que ha propagado por el mundo el dominio anglosajón cimentado sobre el calvinismo, el malthusianismo y la cosmovisión derivada tanto de la teodicea ilustrada como de la masonería especulativa.
El intelectual, entendido como clérigo laico, como sacerdote secularizado, tratará de crear sistemas de pensamiento coherentes; más tarde llegarán los psicólogos, coach e incluso los celebérrimos influencers, como modelos a imitar semejantes a los santos y los héroes de otros tiempos. Aquellos que niegan la categoría teológica de la Verdad afirman dicho aserto con la firme creencia de que, en efecto, constituye una verdad. Roger Scruton lo escribe así: “El derrocamiento de la razón va de la mano de un escepticismo sobre la verdad objetiva. Las autoridades cuyas obras se citan con mayor frecuencia para desacreditar la cultura occidental son todos endurecidos escépticos. Ningún argumento puede esgrimirse frente a su desprecio por la misma cultura que hace posible la argumentación. Como descubre rápidamente el escéptico, las leyes de la verdad y la deducción racional son imposibles de defender sin darlas por supuesto al mismo tiempo” (Cómo ser conservador).
El moralismo imperante ha generado un totalitarismo de nuevo cuño, que delimita cuidadosamente los márgenes que no se pueden sobrepasar en el debate público. Algo en lo que, por supuesto, Estado y Mercado confluyen: las normativas internas de las empresas privadas y las leyes comunes de los organismos públicos coinciden en blindar la corrección política frente a sus refractarios. Un supuesto discurso antisistema vela de manera inmejorable por los intereses del Sistema. Autores clásicos como Friedrich List (1789-1846) o Carlo Terracciano (1948-2005) demuestran de qué forma las potencias marinas anglosajonas, más conocidas como talasocracias, han utilizado el libre comercio para enriquecerse en el momento en que dispongan de una situación ventajosa en lo que a recursos se refiere. Pero no olvidemos esto: lo que ocurre en el ámbito económico no es más que un reflejo tibio de lo que ocurre en el ámbito de lo sutil.
En ese sentido, existe una necesidad incómoda de reconocer el Estado para salvar al Mercado y sus oligarcas en tiempos de crisis. De la misma forma, el Mercado necesita una aparente oposición contracultural utópica, en forma de ideales elevados y redistribución de la riqueza, que facilitan los grupos artísticos hippies y los grupos políticos sesentayochistas, generalmente financiados y patrocinados por el Estado. Como dijera Nicolás Gómez Dávila, “El Estado es totalitario por esencia. El despotismo total es la forma hacia la cual espontáneamente tiende. Totalitarismo es la fusión siniestra entre religión y Estado” (Escolios a un texto implícito).
Sin la teoría política del Leviatán postulada por Thomas Hobbes (1588-1679) y que a su vez remite a la Biblia, donde El Libro de Leviatán contiene 19 invocaciones enoquianas con nombres satánicos, no habría existido la teoría económica de la mano invisible del mercado defendida por Adam Smith (1723-1790). Se trata de algo señalado ya por Bertrand de Jouvenel: “Hobbes es el filósofo de la economía política. Su concepción del hombre es idéntica a la del homo oeconomicus” (Sobre el poder). Aunque la visión de la condición humana optimista del economista escocés contrasta con el pesimismo antropológico del filósofo inglés, hay un mismo desprecio por el hombre.
Hobbes postula, como más tarde hará explícito el miembro de la Orden de Malta Benitto Mussolini, que no puede haber nada fuera del Estado; y Smith dirá, como más tarde afirmarán el judío Murray Rothbard y tantos otros, que el Mercado sólo funciona libre de influencias estatales. En ambas concepciones, Estado y Mercado son superestructuras que subyugan la libre autogestión de las comunidades. Las sociedades auto-constituidas, en estas dos concepciones aparentemente antitéticas, quedan disueltas dado el omnívoro poder de, respectivamente, Estado y Mercado. Una imposición realizada de arriba hacia abajo, impulsada por una minoría, como demuestra esa “ley de hierro de las oligarquías” identificada por Robert Michels y estudiada después en profundidad por Dalmacio Negro. Porque el Contrato Social rousseauniano no es más que la pulverización política de la soberanía para imponer, a cambio, una noción mucho más higiénica: la del Estado de Derecho y sus contribuyentes a la manera de súbditos.
Si se niega el origen divino del hombre, se niega su lugar como parte de la Creación y como ser más perfecto de la misma, forjado a imagen y semejanza de su Creador, con una chispa divina de Espíritu dentro de él; si la imperfección de la condición humana puede ser corregida por la educación, y también puede ser diseñada por la tecnología. Es el paso del homo sapiens al homo deus: algo enunciado en la actualidad por el israelí Yuval Noah Harari y por el judío Raymond Kurzweil; y, antes que ellos, por personajes tan siniestros como Marvin Minsky o Norbert Wiener, dos pioneros de la Inteligencia Artificial que impartieron clase en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y participaron en la Conferencia de Dartmouth de 1956.
Todos estos transhumanistas son continuadores del matemático Alan Turin y de el húngaro John Von Neumann, admiradores de Nicola Tesla a la manera de Elon Musk, que cimentaron la senda, a caballo entre el cientificismo y el ocultismo new age, por el que hoy discurren algunos de los más importantes proyectos surgidos en Silicon Valley, como la Alcor Life Extension Foundation y la Asociación Transhumanista Mundial, más conocida como Humanity Plus, y responsable de todo un Manifiesto Transhumano. Todos ellos creen, al igual que el gurú José Luis Cordeiro, que la “muerte de la muerte” llegará en apenas unas décadas, gracias al avance de la técnica. Es una lástima, después de todo, que ninguno de estos personajes haya prestado atención a las valiosas advertencias que el irlandés Bram Stoker introdujo en su célebre novela Drácula (1897), acerca de este tipo de tentativas.
Llegado este punto toca plantear una cuestión: ¿qué queda de la metafísica operativa en el Mundo Moderno? La figura de Buda es un ejemplo de lo que representa el Pontifex romano: un sacerdote-guerrero que sirve con denuedo a la Verdad metafísica, ese “dar la vida y el alma a un desengaño”, que, en la literatura europea, se encuentra encarnada en el Grial como ideal de conocimiento y aspiración caballeresca de vida. La gnosis es el conocimiento desvelado por medio del amor: el fin de la vida simbolizado perfectamente en las narraciones sobre el Grial.
A ese respecto, escribe Fulcanelli, detrás del cual están autores como Julien Champagne o René Schwaller de Lubicz, estudiosos de la arquitectura sagrada egipcia aplicada a las órdenes esotéricas enmarcadas dentro de la Cristiandad medioeval: “El Graal es el misterio más elevado de la caballería mística y de la Masonería operativa, que es una degeneración de aquella; se trata del velo del Fuego Creador, el deus absconditus de la palabra INRI escrita sobre Jesús en la cruz. El Gardal de los egipcios es pues la clave del Graal. Se trata en suma de la misma palabra” (El Misterio de las Catedrales).
El bautismo simbólico de Meté, deidad que es mejor conocida bajo el nombre de Pan o Bafomet, es el rito iniciático de fuego por el cual el iniciado recibe la iluminación, y consagra su vida a la búsqueda de dicho principio: “Para los iniciados de Isis, el Gardal era el jeroglíco del fuego divino. Este dios Fuego, este dios Amor, se encarna eternamente en cada ser. El copón representa el órgano femenino de la generación y se corresponde con la urna de los antiguos misterios” (Las Moradas Filosofales). Por eso, los templarios son adoradores de Baal y de Pan, el dios con pezuña de cabra. Desde el Renacimiento, esa concepción trascendente de la vida se ve expulsada de las sociedades para a cambio imponer a la masa el materialismo derivado del evolucionismo, que reduce todos los fenómenos del mundo al azar. El exoterismo papal triunfa sobre el esoterismo gibelino, y dicho conocimiento secreto se ve recluido al culto “discreto” de grupos ocultistas como los Iluminados, los Templarios, la Orden Rosacruz o los Francmasones, entre otros.
La diáspora incoada con el Otoño de la Edad Media, al decir de Huizinga, sólo se puede abandonar con un regreso al hogar: eso que los clásicos, siguiendo a Bruno Snell, denominaban nostos, a la manera del viaje a Ítaca postulado por Kavafis en su celebérrimo poema. Dado que la Doctrina Tradicional no puede perderse, ni destruirse, puesto que es verdadera, se inició una cultura en diáspora que no ha dejado de representar un Alter Mundus, entendido como “creación totalizadora de un mundo”, delimitado por limes o fronteras. Escribe Snell: “El hombre Homérico no se considera a sí mismo como la fuente de sus propias decisiones; ese desarrollo está reservado para la tragedia. Cuando el héroe Homérico, después de sopesar debidamente sus alternativas, llega a una conclusión final, siente que su curso está moldeado por los dioses” (El descubrimiento del espíritu).
El hombre de la tradición adecua su voluntad al Destino escrito en los astros. No cabe, por tanto, no reclamar nada a un fatum que nos viene dado; nadie decide poner fin a la diáspora puesto que nos es impuesta. El hombre moderno concibe su condición como angélica, únicamente perdida por las desviaciones culturales del momento, mejorable gracias a los implantes de la técnica; el hombre tradicional sabe que tiende al pecado, y que es sólo el conocimiento de los mitos el que le brinda autoconciencia de sus propias limitaciones insalvables. Schuon escribe: “En materia de credulidad no hay nada como las ilusiones de las que viven los presuntos destructores de ilusiones. La desgracia es que al querer crear un Ser nuevo, no se termina más que destruyéndose uno mismo” (Imágenes del espíritu). Y Finkielkraut: “La ideología ha sustituido a la superstición” (Posliteratura).
Nuestra condición es, como nos revela toda mitología y recoge cualquiera de las tradiciones religiosas, la Caída; y si bien debemos aspirar a la salvación, nuestra condición sigue estando limitada puesto que hemos sido expulsados del Paraíso: de nuevo el pathos, lo trágico y la inevitable melancolía que toda tarea heroica lleva, inevitablemente, aparejada consigo, puesto que se enfrenta a una otredad sagrada, ominosa e inabarcable. Scholem: “Dónde antes estaba Dios, queda la melancolía”. Por la vocación de santidad lo divino se ama a Sí mismo en el hombre, sumando caridad con humildad y aspiración de verdad. Aún en tiempo de insoportable malestar del ser; sobre todo entonces, cuando por todos lados se nos invita a la levedad del consumo, del espectáculo, de relaciones y sentimientos superficiales.
Queda el interior; Jacob Taubes lo supo entender asimismo: "Como el orden externo del universo ha perdido significado, la única dimensión en la que el hombre puede tener su lugar para vivir es en su propio ser”. De nuevo Maeztu: “Ser es defenderse”. Cuando el mundo ha sufrido un desencantamiento trascendente y nuestro interior permanece en estado de desertificación espiritual. También Evola entendía que la virtud principal del hombre reside en la capacidad de forjar su propio Ser: “Un hombre es tanto o más digno de tal nombre, cuanto más sepa dar una ley y una forma a sus tendencias inmediatas, a su carácter, a sus acciones”. Y, naturalmente, en saber defenderlo.
Una de las creencias fundamentales rastreables en la Doctrina Tradicional es la fe en una Heliópolis, en el Axis Mundi como Centro del mundo, en la materialización de la utópica ciudad del sol descrita por Campanella, al punto de que el propio hombre debe hacerse solar, como indica Jünger: “El hombre no debe ser amigo del sol, sino que debe ser el sol”. Una ciudad sagrada, eminentemente solar, perteneciente a la Edad Aúrea, ubicada y consagrada al culto al fuego sagrado, mediante la transmisión de sus cenizas, al que llamamos Sophia Perennis. La verdad como un lugar físico, en palabras de Neil Gaiman: “La verdad es un lugar. Me la imagino como una ciudad: puede haber cientos de caminos, mil senderos que, al final, te llevarían al mismo sitio. No importa de dónde vengas. Si caminas hacia la verdad, la alcanzarás elijas el camino que elijas”.
Según el Arte de la Memoria, en la que según Frances Yates confluyeron brunianos y rosacruces, el conocimiento del Todo emana del conocimiento de la Naturaleza, y puede ser contenido por el hombre en un único lugar o locus, a modo de recipiente físico, que reproduzca a pequeña escala la totalidad del Cosmos y, muy especialmente, de su conocimiento hermético. Yates expone muy bien la doble faz de estas artes herméticas redescubiertas en el Renacimiento tras siglos de sepultura papal, a partir de cuya lectura interesada el humanismo renacentista asumió la idea hasta ese momento limitada al ámbito sacerdotal católico de que podían adquirirse poderes mágicos de dominio sobre la naturaleza empleando técnicas metafísicas operativas, algo que también respaldan autores de la Tradición Sapiencial como René Guénon y Julius Evola.
En palabras de Simon Critchley: “Cuando el arte de la memoria confluyó con las nuevas doctrinas renacentistas y su creencia en la divinidad del hombre, el recuerdo se convirtió en la via regia para recuperar la totalidad del saber a partir de sus principios fundamentales. Con el dominio de las técnicas memorísticas adecuadas, se podría alcanzar un recuerdo pleno y el hombre devendría divino. El teatro de la memoria era el microcosmos del divino macrocosmos del universo. Acaso cada generación tenga a su tiempo el deber de construirse su propio teatro viviente de la memoria, elaborar su propia construcción del pasado por medio del pensamiento y las imágenes” (El teatro de la memoria).
Dicho fuego purificador, contenido entre las murallas del Axis Mundi, debe ser entendido como una metáfora alquímica, y es necesario para que se produzca la metanoia interior. La antropología perennialista entiende que el hombre es un microcosmos, cuyo corazón representa lo que el sol en el macrocosmos universal. En la naturaleza humana, pues, se encuentra sintetizada la del universo: así lo de abajo como lo de arriba.
La superestructura del mundo entiende la metafísica como materia central de la ciencia sagrada, dividida a su vez en distintas ramas como la magia, la alquimia o el esoterismo; mientras que la subestructura del mundo estudia la psicología o la ciencia profana. La primera lucha es cósmica: entre lo divino y lo titánico; entre lo sacro y lo fáustico; entre Creador y Demiurgo. Ser-para-la-guerra, erigirse como guerrero, es la manera autoconsciente de ser-para-la-muerte, de trascender el trágico final al que todos estamos abocados. James George Frazer entendió que la magia, la ciencia y la religión son los fundamentos de las sociedades arcaicas. Por su parte, algunos estudiosos como Edward Burnett Tylor o Claude Lévi-Strauss han reducido toda actividad mágica a ignorancia y superstición. Nada puede interesar más al Poder-Religión que la difusión de esta ceguera esencial acerca del fenómeno religioso… De manera que ellos, y sólo ellos, los sacerdotes, tengan en sus manos el control de lo sutil.
Acabando con la idea de Absoluto, volviendo al hombre medida de todas las cosas, se abre la puerta en Occidente al relativismo psicologicista y cientificista. Así es como las pasiones han prevalecido sobre la sabiduría hasta nuestros días. Por eso la importancia de la Ciudad del Sol, a modo de referente histórico de la Edad de Oro, como mito que simboliza la ideal jerarquía de lo humano; pero no una Edad de Oro exterior, utópica, sino un centro espiritual interior, sagrado, como un templo.
Etimológicamente hablando, la palabra “fanñatico” denomina al adorador de un templo. La pregunta, por lo tanto, es qué templo decidimos adorar. Como inversión deforme, el mundo moderno desarrolló las utopías, que todavía hoy albergan los delirios más sanguinarios de la maldad humana. Por eso se hace necesaria la reivindicación de un otro mundo posible: siempre en oposición al concepto de utopía (u-topos: el no lugar como espacio irreal) del Renacimiento, al individualismo encarnado en el ideal liberal de Robinson Crusoe, o en ciertas concepciones del individuo aisladas de la sociedad como en el trascendentalismo norteamericano transcrito por Thoreau.
La creencia en una Heliópolis real, que algunos pensadores ubican en Tartesos, otros en el mundo indoeuropeo, y algunos otros en la Atlántida ideal, o en Egipto, se sustenta sobre una evidencia de la mitología comparada: los símbolos, estructuras y relatos comunes en decenas y decenas de tradiciones espirituales a lo largo del mundo. Escribe Acharya S: “Independientemente de lo vieja que sea o que llegue a ser aquí, la especie humana tiene una cultura común que se remonta a muchos miles de años. Esta cultura incluía una tradición religiosa y espiritual que era simple y uniforme, aunque altamente detallada, porque estaba basada en las complejidades de la naturaleza. Sin embargo, no estaba basada en las complejidades de los seres humanos, es decir, racismo, sexismo, fanatismo general, guerra, etc., hasta que los humanos se empeñaron en ello y se lo impusieron” (La Conspiración de Cristo).
Se estipula, desde una cosmovisión tradicional, que la Edad de Sombra comienza en el siglo VI a.C., cuando el saber órfico y pitagórico pasa de los símbolos y números a la palabra escrita se produce el cierre de las sociedades tradicionales en todo el mundo. Sólo hay una Tradición; si bien se encuentra disimulada bajo distintas manifestaciones culturales a modo de distintas máscaras de lo divino. La razón: sólo existe una metafísica, una verdad, una belleza impresa en lo vivo.
La doctrina de Lao-Tsé y la filosofía de Platón surgen de esa degradación generalizada, si bien aún guardan una cantidad importante de Misterio. Apenas unos siglos más tarde, ese mismo “mundo clásico” occidental se verá reducido a doctrinas contra-iniciáticas, como el estoicismo o el cristianismo; sistemas de pensamiento que han alentado la secularización progresiva: como afirma Guénon, “El espíritu específicamente moderno no es más que el espíritu anti-tradicional” (La Crisis del Mundo Moderno). El mundo moderno carece de principios autónomos: se basa en la negación de lo anterior. La propia diferenciación entre antiguo y moderno sólo existe en Occidente; salvo excepciones, hinduismo, islam, budismo y confucianismo persisten todavía hoy; a pesar de la horizontalización global en curso, perviven en su sustrato tradicional, mientras que el cristianismo nació ya moderno y, con el paso del tiempo, ha ido modernizándose hasta el Concilio Vaticano II, e incluso más allá.
Una segunda cesura se encuentra en el Renacimiento. La doctrina de Tritenius fue transmitida a Paracelso, que se la enseñó a Cornelio Agrippa, maestro a su vez de Giordano Bruno, quemado en la hoguera por la Iglesia Católica en el año 1600. Tiempo atrás, en 1463, se tradujeron al latín las obras de Hermes Trismegistos, el tres veces grande, por mano de Marsilio Ficino, bajo encargo de Cósme de Médici.
En 1614 Valentín Andrae escribe sus Fama Fraternalis, sobre la que se funda la Orden de la Rosacruz en la ciudad de Tubinga. De esa forma, la Doctrina de la Mano Derecha, fundamentada en la enseñanza del dios Thot-Hermes en torno al culto de Isis y Osiris, comenzará a perder peso dentro de las tradiciones exotéricas de Occidente, fundamentalmente cristianas, y a cambio se extenderá la Doctrina de la Mano Izquierda, el sendero siniestro consagrado al dios Seth, más enfocado a reivindicar la oscuridad y a poner en entredicho las verdades comúnmente aceptadas.
Las Ciencias Sagradas, en definitiva, proponen un matrimonio entre el Cielo y la Tierra. Los estudios de lo oculto derivados del Renacimiento se basan en ritos mágicos, transformaciones alquímicas, geometría y astrología, jeroglíficos egipcios… Coinciden esos saberes con el estudio de las ciencias profanas –Kepler, Copérnico, Galileo, etcétera–, porque para ellos conocer el mundo natural es la única vía de aproximación al mundo sobrenatural. Todos ellos beben de fuentes comunes: hermetismo, gnosticismo, cabalismo, orfismo y pitagorismo.
Como se ha dicho, John Doe será el que introducirá el rosacrucismo en Inglaterra, abriendo la puerta a que en el simbólico año de 1717 algunos miembros de dicha Orden, como William Lilly, John Parson o Elías Ashmole, funden la masonería especulativa. A su vez, ésta se fragmentará en otras órdenes de corte similar: los Iluminados de Baviera y la Estricta Observancia Templaria son algunos ejemplos. Siglos después, en 1891, Joséphin Péladan terminará de encajar ese conocimiento esotérico desvelado en algunos círculos iniciáticos del Renacimiento con el imaginario propio del simbolismo y del romanticismo, fundando la Orden Rosa-Cruz Católica, inspirándose en la obra del compositor musical y escritor Richard Wagner, especialmente en su Parsifal. Austin Osmand Spare dejó dicho: “Nuestra ley: la transgresión de todas las leyes”, ese “todo está permitido” contra el que alertara Fiódor Dostoyevski.
La Reforma protestante marca un eslabón importante en el avance de la modernidad y el cierre de la sociedad tradicional. Con Lutero, la religiosidad y el moralismo ocupan el lugar antes reservado para el conocimiento de los mundos antiguos. De esta forma, la relación comunitaria y trascendente se ve sustituida por los impulsos inferiores del hombre que conducen al individualismo exacerbado: el subconsciente, la ausencia de principios superiores, el pensamiento reducido a verbalismo. Algo que, en grado extremo, llevará al pueblo, entendido como muchedumbre de individuos, a creerse capaz de lo imposible: darse el poder a sí mismo. Donde el criterio de la mayoría es incompatible con la Verdad.
Y la opinión pública está dominada por el sentimentalismo, el sofisma y la demagogia. Democratismo religioso e individualismo desacralizado son los actores de una obra protagonizada por la masificiación y la técnica. Por el contrario, la tradición aparece irrecuperable para Occidente; el orientalismo, aparecido como alternativa tras el fracaso de las ideologías, se ha demostrado igualmente como una vía estéril. Todo el saber de los modernos no es más que una degradación del saber tradicional. Así, ciencias sagradas como la astrología o la alquimia se han reducido a un plano material, reconvertidas en astronomía o química. También la filosofía, nacida en el siglo VI a.C., es una versión degradada de la metafísica contenida en los mitos, y por eso ha acabado en manos del idealismo universalista y de las ontologías planas.
Las ciencias profanas son saberes ignorantes, puesto que no ofrecen respuestas concluyentes y carecen de fines trascendentes. Schuon da cuenta de este problema en toda su profundidad: “La ciencia pretende caracterizarse por su rechazo de toda premisa de orden puramente especulativo y por una perfecta libertad de investigación, pero eso es una ilusión, puesto que ni la ciencia moderna ni ninguna otra puede evitar partir de una idea. La ciencia de nuestro tiempo sabe medir las galaxias y romper los átomos, pero es incapaz de la menor investigación más allá del mundo sensible, de suerte que, fuera de los límites que se impone sin por lo demás reconocerlos, es más ignorante que la magia más rudimentaria. La ciencia moderna es estrictamente horizontal y lineal: no supera en nada el plano de la manifestación sensible. La magia, en cambio, entra en otra dimensión, la de la profundidad, si se quiere. Con la ciencia se busca explicar horizontalmente lo que sólo es explicable en sentido vertical” (Imágenes del espíritu).
La Filosofía Perenne, por resumir, es aquello que la Modernidad más desprecia: todo conato de origen descifrado a través de sus múltiples corolarios. Cualquier rastro vivo de esa Edad de Oro que ha ido degenerando sucesivamente hasta terminar de engendrar esta Edad Oscura en la que estamos inmersos. Concluyamos aquí: si el conocimiento de los modernos conduce a la desesperación, el conocimiento de los antiguos conduce a la iluminación. Mientras que las ciencias profanas modernas se basan en un marco cerril previo, que limita trágicamente el acceso a grandes respuestas, la metafísica permite la comprensión de la realidad sutil, de la que emana el verdadero sentido de la vida.


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