jueves, 5 de febrero de 2026

En el laberinto. Por Guillermo Mas Arellano

 

En el laberinto:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (V)






Por Guillermo Mas Arellano



En su intento más profundo por revelar la naturaleza real de la religión, Georges Bataille escribe que "la fiesta es la fusión de la vida humana". Porque la teología de Bataille, que se basa en el exceso y en su inversión religiosa, se encuentra Dionysos, cuya danza del espíritu está consagrada por entero, ya desde los tiempos de la tragedia ática, a la transgresión moral. ¿Y no está ambientada toda la película de Stanley Kubrick en torno a un período festivo, como es la Navidad, al tiempo que organizada a partir de una fiesta, que es esa orgía a la que acude Bill sin ser invitado? La festividad permite, por su aspecto carnavalesco, suspender la prohibición; su naturaleza, que es la de la excepcionalidad, expone las dinámicas del poder soberano de forma transparente. Por eso podemos afirmar que el tema de Eyes Wide Shut es, en el fondo, el mismo que se trata en la obra de Bataille: la irracionalidad que este mundo excesivamente racionalista desata en sus carnavales.

Prosigue Bataille: "En cuanto que embriaguez, caos, orgía sexual, lo que es en último extremo, se ahoga en la inmanencia, en un sentido; excede entonces incluso los límites del mundo híbrido de los espíritus, pero sus movimientos rituales no resbalan hacia el mundo de la inmanencia más que por mediación de los espíritus". La dualidad del mundo moderno, concluye Bataille, se resuelve en la fiesta: "La fiesta no es un retorno verdadero a la inmanencia, sino una conciliación amistosa y llena de angustia entre necesidades incompatibles". El destinatario de la fiesta es esa otra parte, la "parte maldita", descartada de antemano por el mundo de la razón instrumental: "A los espíritus arrebatados por la fiesta, a los que el sacrificio se ofrece, y a la intimidad de los cuales las víctimas son entregadas, se les atribuye como a cosas un poder operatorio".


En definitiva, Bataille nos está dando una clave de comprensión que está igualmente presente en el filme de Kubrick —sin que la mayoría lleguen a percibirlo—: nada de lo que vemos en la pantalla tendría sentido si esa orgía bastante sencilla no tuviera efectos operativos sobre la realidad. Escribe el francés que "la fiesta misma es abordada finalmente como operación y su eficacia no es puesta en duda. La posibilidad de producir, de fecundar los campos y los rebaños es dada a ritos cuyas formas operatorias menos serviles tienen como fin, por una concesión, conceder a las temibles violencias del mundo divino la parte del fuego". Bataille, como vemos, escribe a la manera que Kubrick filma: como un mago. Los dos viven las imágenes en su doble realidad, juntando ese otro lado, la "parte maldita", que a los profanos se nos escapa. Y al juntar ambas dimensiones de ese hacha de doble filo, el célebre labrys, que es el símbolo, el maestro del ritual, ese Sumo Sacerdote del filme de Kubrick, se convierte en soberano; y como tal opera sin distinguir derecho de violencia.

Kubrick estudia esta polaridad del Poder-Religión, que gestiona el dinero tanto como el excedente, la violencia lo mismo que el derecho, porque está a la vez dentro y fuera del Sistema, a través de una imagen clásica: el laberinto y el minotauro. En El Resplandor nos habla de un eterno retorno: la espiral hamletiana de quien no consigue deshacer el nudo gordiano de su destino, lo mismo da que nos refiramos a los hombres que a las sociedades. El mecanismo traumatizador alude a la circularidad de ese dramatis personae donde las máscaras nunca caen, igual que la lista definitiva del Caso Epstein nunca aparece publicada. Es la lógica de la inversión teológica, del satanismo mismo: una bajada a los infiernos que nunca se complementa con su consiguiente anábasis.

Ese Bill interpretado por Cruise está atrapado en una espiral de la que difícilmente podrá salir sin acceder a un Conocimiento de los mundos superiores; y lo mismo ocurre con Jack, interpretado por Jack Nicholson, en la cinta de terror sobre el Hotel Overlook. El Hotel Overlook de El Resplandor es un lugar irreal, digno de un sueño, lo mismo que el Nueva York de Eyes Wide Shut. Suponen una distopía, en tanto que inversión de esa utopía que pretende re-encarnar la Edad de Oro en este mundo, un laberinto físico que proyecta en el espacio la espiral de terror en la que ha caído la psique del sujeto contemporáneo. En esos espacios de terror es donde mejor encarna la enorme distorsión que ha sufrido nuestra psicoesfera a manos de las fuerzas malignas de la Logia Negra.

En el mundo arcaico, nos dice Bataille, el ritual se comportaba tal y como las exigencias del sol lo demandaban: su primera tarea es gestionar el exceso sobrante procedente de la potencia solar. El laberinto, en ese sentido clásico, es una imagen solar de descenso a la Sombra y ascenso a la Luz. En el mundo moderno, sin embargo, la inversión teológica se ha consumado imposibilitando cualquier salida de la espiral mortífera: somos alimento para el minotauro.

Al salir del laberinto solar, el sujeto devenía héroe y, con ello, rey: ese es el caso de Teseo, desposado con esa encarnación de Sophia que es Ariadna. Ella guía los pasos de él con el hilo de la verdad. Pero es que Eyes Wide Shut está hablándonos de lo contrario a ese proceder: Bill ingresa en el laberinto por culpa de Alice; y ya nunca volverá a salir de él, porque tal es la condición del sujeto moderno, incapaz de acceder al Conocimiento.


En el fondo, Eyes Wide Shut es un cuento macabro a caballo entre Alicia en el País de las Maravillas, del pederasta Lewis Carroll, y Un cuento de Navidad, de Charles Dickens (otro autor que trató la infancia como pocos), un remake oscuro del clásico ¡Qué bello es vivir! (1961), de Frank Capra. Si la Navidad es la época de la familia por excelencia, el provocador vocacional que era Kubrick decidió ambientar en esa fecha y en la geografía exacta que supone la capital mundial del consumismo, Nueva York, su mayor atentado contra la moral puritana desde la polémica película La naranja Mecánica. Pero también es una muestra de la inversión metafísica, que es puramente contrainiciática, que practica el Poder-Religión ante los ojos bien cerrados de su granja humana: si aparentemente se celebra el nacimiento de un niño llamado Jesús, en realidad se ejecutan ritos de muerte y de sexo... Por no hablar del consumismo.

Sobre el aspecto simbólico de esa dialéctica, de impronta claramente gnóstica —y, más concretamente, maniquea referida al sueño, cabe recordar que casi el total de la película sucede de noche: lo cuál nos llevaría a referencias como el mito de Orfeo donde el poeta tiene que bajar a a recuperar a su amada al Infierno; o a la poesía mística de Juan de la Cruz, donde el encuentro entre amantes ocurre en la morada nocturna de una bóveda celeste estrellada. También al inicio de la ya citada Divina Comedia se menciona la oscuridad como realidad física y también como metáfora existencial de la confusión del protagonista. Una vez más escribe Bataille: "Me es dulce entrar en la noche sucia y enterrarme en ella orgullosamente". Una noche, la moderna, no tiene salida... A diferencia de la arcaica.

Además del sexo y de la muerte, como se ha señalado, la otra conexión está compuesta por otra dupla temática: el dinero y, de nuevo, la muerte, encarnada en la prostitución constante —incluida la hija menor de edad del hombre de los disfraces—, lo que nos lleva a la burguesía y su hipocresía moral así como a la otra cara de la moneda capitalista: los pobres. Tom Cruise, que encarna a Bill —palabra que en inglés significa “factura”— un personaje intermediario entre ambos extremos, no para de decir que es doctor y se gasta una importante cantidad de dinero —aunque al principio de la película no sabe ni dónde tiene la cartera—, incluida aquella que le regala, tras no consumar el coito, a esa puta que, por los libros de su dormitorio, podemos deducir que estudia sociología y que probablemente hace la calle para poder costearse la matrícula universitaria.

Para Bataille, la sociedad arcaica se distingue de la moderna por una cuestión de jerarquía: antes la producción estaba sometida al gasto improductivo, pero ahora el criterio racional habría terminado por someterlo todo a la fría razón instrumental. Su conclusión aparente es, en ese sentido, coincidente con la de René Girard o Roberto Calasso: el sacrificio ha desaparecido de Occidente. La realidad, sin embargo, es que esto sólo es así para quien vive atendiendo a la superficie de la Historia; y, obviamente, ninguno de estos hombres existió —o mucho menos pensó— atendiendo a tal dinámica. Escribe Bataille: "Teóricamente, el uso de la producción fue subordinado a la moral, pero la moral y el mundo divino se adentraron profundamente la una en la otra". Así es como se generó la contradicción de las sociedades secularizadas, la disociación del sujeto moderno, que pretende diferenciar conceptualmente el orden de las cosas y el mundo divino cuando su realidad tangible está inmersa en la confusión —y hasta el solapamiento de ambos niveles, empezando por aquello que aparentemente lo domina todo: el dinero.

A Kubrick, como antes a Bataille, las palabras le interesan muy poco: conoce bien sus límites. El ámbito al que se refieren los dos es el de un Conocimiento mucho más tangible de lo que el pensamiento puede llegar a imaginar: "pathein" y "pathos" que, como se ha dicho, parten de lo físico para ir mucho más allá. Por eso lo que vemos en la orgía de Eyes Wide Shut (1999) es muy poca cosa: ancianos enmascarados follando con jovencitas desnudas... ¿Y qué? Los archivos del Caso Epstein hablan de una realidad mucho más profunda: no ya el sexo con menores, sino la fagocitación de menores por parte de altos cargos políticos. La pregunta, a pesar de la crudeza de los hechos, merece repetirse: ¿y qué? Las fiestas acontecidas hace 20 0 30 años son irrelevantes: los nombres de aquellos que participarán en una nueva fiesta esta noche, viene a señalar Kubrick desde la ultratumba, no nos dejarían dormir si los conociéramos. Y por su parte Bataille concluiría: "Comportarse como un amo significa no rendir cuentas jamás". Por eso nosotros, los escandalizados, apenas si somos esclavos.

El detalle de la sociología no es por casualidad: Kubrick trasciende las psicologías concretas de los personajes para hablarnos de todo un tiempo de cambio de siglo y de milenio. Esta idea se confirma con la incapacidad del médico para poner freno a su propia dolencia espiritual y para curar la hipersexualización que lo rodea y, por supuesto, lo envuelve a él mismo con la excitación de una chica de 14 años que le abraza de espaldas. Pero recordemos algo que se suele obviar: los iniciados follan con aparente consentimiento de todas las partes —salvo las teorías que especulan con las técnicas de dominio mental y uso de sustancias para anular la personalidad siguiendo el proyecto MK Ultra—, pero la jovencita profana que también parece dar su consentimiento es en realidad prostituida por su padre siendo ella menor de edad. El capitalismo es un enemigo a batir tan poderoso como la más antigua logia. De hecho, ambas imágenes, la de la Logia y la del Capital, vienen a representar lo mismo (y a los mismos): el consumo generalizado, también de seres humanos.

En un sentido que se quiere tan metafórico como en el fondo literal, las élites se “follan” al resto de la sociedad con su capacidad económica. La prostitución es recurrente en la película. Aparecen varios mayordomos, porteros y demás que sirven por dinero. El propio pianista Nightingale lo hace al punto de que está lejos de su familia aunque, por su relación con la camarera del local aledaño, no parece lamentarlo demasiado. Por lo demás, aparecen numerosas enfermeras, mujeres disimuladas al fondo en las fiestas y personajes secundarios femeninos; sin embargo, todas las mujeres con un papel relevante en la película venden su cuerpo de alguna forma, lo que muestra cómo deben vivir las mujeres en la capital mundial del capitalismo: como mercancía. En su relación con ellas, Bill se libra de casualidad —una llamada salvífica de su mujer mientras ve una comedia sobre un matrimonio— de contraer el VIH. Es una vinculación entre muerte y deseo que observaremos también en la escena del velatorio y, sobre todo, en la escena de la morgue.

Las dualidades continúan en la película, como muestra la conexión con la moda: en el periódico se habla de León Vitali como diseñador que mantuvo una relación con la modelo muerta. Porque las mujeres en la película, como reflejo de nuestra sociedad cuyas relaciones vienen marcadas por los ídolos sociales de la moda y el cine, son cuerpos expuestos y vendidos como un producto más de la juguetería a la que llamamos capitalismo. La moda, entonces, sería la cara visible y deseable de ese mundo; mientras que el comercio sexual sería la cara invisible de ese reducto del mundo que impone a todos los demás las tendencias a la hora de vestir: una vez más lo bello y lo siniestro entrelazados de forma inseparable.

Cabe destacar, asimismo, la notable similitud del sueño de Alice con lo ocurrido en la orgía a la que asiste Bill. Una fiesta a la que Cruise llega en taxi y los demás en limusina puesto que, aunque es rico, ese rico no pertenece a la élite... Al menos no todavía. En cuanto a la identidades que son literalmente imposibles de descubrir solo con lo que se muestra en la película, habría que señalar dos: por supuesto, la del Sumo Sacerdote; y la de la mujer de la máscara, en la que parecen confluir Mandy y Amanda. Será, de hecho, el propio personaje de Pollack quién tratará de convencer a Cruise de que todo es un montaje mucho más simple de lo que él cree y cuyo objetivo no es otro que el de engañarle: en realidad no se esconde nada oculto ni conspiranoico porque también la fantasía actúa en nuestros temores como ocurre en nuestro deseo: de nuevo lo siniestro y lo bello actuando conjuntamente. Igual que la imaginación, dichos elementos pueden constituir nuestra trampa o nuestra salvación a partes iguales.

El Castillo de Highclere, llamada mansión Somerset en la película, es donde se graba la orgía y perteneció a la familia Rothschild en Mentmore Towers. El billar rojo en torno al que dialogan Pollack y Cruise al final de la película, cuando el primero le dice al segundo "si te digo los nombres de las personas que han estado hoy en esa fiesta a buen seguro te resultaría imposible dormir", es una réplica de uno que se encuentra en la misma localización. Este detalle reforzaría la idea de que el Sumo Sacerdote, cuyo trono tiene un águila bicéfala (clara referencia al máximo grado de la francmasonería) engalanado en una larga capa roja es el jefe de Cruise, a lo que habría que añadir el extraño color rojo del billar. También el actor da pábulo a la especulación al golpear el tapete rojo con dos golpes secos seguidos sosteniendo en su mano una pequeña bola de billar como antes golpeó el Sumo Sacerdote el círculo rojo con un cetro de poder.

El Sumo Sacerdote, al que asociamos con el personaje de Pollack, ejerce su poder soberano sobre Bill, el profano, mostrando una superioridad operativa de la que él no dispone. Es decir, Bill está atrapado por las reglas del juego, que en la sociedad se componen de una ley, y que en la logia se componen de un dogma. Las normas sociales estipuladas por la ley, igual que las normas iniciáticas estipuladas por el dogma, caen una y otra vez sobre profanos, pero también sobre iniciados, cuando es preciso para alimentar al Sistema: la ficción se vuelve saturnina, y devora a sus hijos, cuando el mecanismo sacrificial de consumo tiene hambre. En cambio, el Sumo Sacerdote es impune en la práctica por cuanto su poder soberano le habilita a estar a un tiempo dentro y fuera de las dinámicas del Sistema que él maneja, cual mago, empezando por la principal cualidad mágica del hollycapitalismo: el gasto.

En ese sentido, cabe recordar la máxima de Bataille: “La soberanía es el ámbito del gasto donde la utilidad deja de imperar”. La lógica del Poder-Religión, por lo tanto, deja de ser racional. Su dinámica de gasto es sacrificial antes que meramente financiera. Porque en el fondo el Mercado y la Logia son dos circuitos cerrados que se retroalimentan para beneficiar a un pequeño contingente de oligarcas que reinan tanto en el ámbito material como en el de lo sutil; y todo eso representa el Sumo Sacerdote de la Logia Negra ante el que Bill deja descansar su mirada de durmiente. El Sumo Sacerdote, cuyo ser se asemeja al de los demonios tal y como los concibe el judeocristianismo, pretende comportarse como un dios invertido según la lógica de Bataille: "Un dios no se ocupa de la naturaleza de las cosas como un hombre, y, para un dios, la guerra o la prostitución no son más que la naturaleza de las cosas, que no puede ser ni buena ni mala, sino solamente divina".

Obviamente hay una conexión entre el personaje interpretado por Pollack y el sacerdote de rojo como lo hay entre las pelirrojas, sobre todo la de la máscara, y Kidman: es el inconsciente de Cruise trabajando con el arquetipo que le inspira autoridad paterna y el arquetipo materno que le acoge tras su deseo sin cristalizar. Los personajes de Cruise y Kidman no se quieren; solo se tienen; no se aman, solo se desean. En ese sentido, son una pareja moderna que vive instalada en la apariencia para poder sostener todo un entramado material sustentado en el deseo de aumentar la opulencia burguesa.

En casi todas las escenas hay árboles de Navidad que, como salta a la vista, son símbolos fálicos; de hecho, Cruise apaga el de su casa después de volver de su “viaje” sexual, en la tercera noche del “Infierno” en el que ha entrado. Ese será el último círculo que le es dado a conocer, por lo menos en la película; y, como ocurre con el pianista, con el propio espectador, sus ojos están cerrados, siguen vendados, por cuanto no puede llegar a ver más. En el hipotético (e improbable) caso de que Bill lograra despertar y acceder a cierto grado real de conocimiento acerca de aquello que está viviendo, seguramente tampoco entendería nada. Como nos ocurre a nosotros, los profanos, cuando a todas horas se nos bombardea con información relativa al Caso Epstein y otros similares, somos mercancía de la Thatanocracia. Y si el Poder-Religión se expone de forma más abierta, permitiendo que el flujo de información virtual fluya a pleno rendimiento, justamente porque se siente todopoderoso, impune.

Pasolini, Kubrick, Bustamante y demás exégetas de esa "parte maldita" mencionada por Bataille prefirieron morir o desaparecer antes que ser fagocitados por el ritmo saturnino que marca el espectáculo. Por eso no debemos olvidar el detalle, que no por casualidad se hace explícito en el filme, de que si Bill supiera los nombres, no podría dormir: su "mundo de los vivos", al decir de Bataille, "está puesto ante la visión desgarradora de lo ininteligible". Para regresar a su estado de durmiente, una vez se ha asomado a la oscura senda que lo divide entre el Camino de la Vida y el Camino de la Muerte, Bill debe olvidar lo que ha conocido. La lista Epstein nunca será completa porque aunque aparecieran todos los nombres publicados, la Logia Negra se las seguiría arreglando para mantenernos a todos en un estado de dormición; y lo importante, parece decir el Sumo Sacerdote a Bill, es que puedas volver a dormir, de lo contrario tu vida correría un serio peligro. Tampoco olvidemos el precio que tuvo que pagar Kubrick por hacer su película...

Juego de espejos. Por Guillermo Mas Arellano

 

Juego de espejos:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (IV)

 


Por Guillermo Mas Arellano

Como es bien conocido, el término griego "Gnosis" es habitualmente traducido como "Conocimiento" y es asociado a un grupo mistérico aparecido por vez primera en los registros históricos convencionales en torno al siglo II d.C. Pensamiento presocrático, platonismo y neoplatonismo, cristianismo y herejía, todo ello sintetizado en una amalgama que dista mucho de asemejarse al moderno sincretismo de la New Age. Si hay una Gnosis operativa en el siglo XX, más allá de en la obra de autores como Carl Gustav Jung o Philip K. Dick, es sobre todo a través del cine; y más concretamente, en la obra de grandes maestros como David Lynch o, antes que él, Stanley Kubrick.

En su deslumbrante novela Parpadeo (Flicker), el teórico de la contracultura Theodore Roszak presenta el cine como un arte gnóstico cuyo contenido esotérico sólo está al alcance de unos pocos, a pesar de que su argumento exotérico está a la vista de cualquiera que se proponga disfrutar de una película. Si al principio del poema escrito por ese gnóstico que fue, en tanto que Fiel de Amor, Dante Alighieri este nos dice “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”, otro tanto puede afirmar el protagonista de la cinta de Stanley Kubrick, el doctor William Harford (Tom Cruise), que aparece representado como un yuppie casado con una barbie que, juntos, viven felices en la capital mundial del Imperio que domina el mundo.

Todos hemos sido arrojados a ese exilio perpetuo al que llamamos "existencia". Esa es nuestra senda oscura, un camino que puede mutar en Vía de la Vida, si nos encaminamos hacia la Luz, o en Vía de la Muerte, si en su lugar nos extraviamos en la Sombra. Todo en nuestro mundo conspira para que la Logia Negra imponga su voluntad: es el triunfo de la Iglesia sobre la Gnosis, la aniquilación de los albigenses a manos del dogmatismo y del Renacimiento por culpa de la Reforma. Otro tanto ocurre en nuestros días, en los que una enfermedad terrible agita la psicoesfera hasta malograr cualquier tentativa de ascensión desde el grado material de la física hasta el plano astral de la metafísica. Así, la Sabiduría mistérica de Egipto y Grecia se halla monopolizada en manos de una oligarquía de lo sutil que adora lo bajo en vez de lo alto y que, por ende, sirve a la contrainiciación en vez de al Misterio.

El camino de la Gnosis no es, contra lo que pueda parecer, un camino intelectual, teórico o conceptual; en su lugar, se trata de una senda del padecimiento: en griego "pathein" y "pathos", el contacto con lo físico, como ese niño que se arranca una espina de la planta del pie, como vía para ascender hasta el plano superior del ser a partir de un "locus" que es perfectamente material. Toda la información que el Sistema pone a nuestro alcance es justamente para extraviarnos, para que nunca lleguemos a alcanzar una Sabiduría que emana primeramente de nuestra realidad más próxima; y eso incluye todo lo relativo al caso Epstein y las supuestas revelaciones por parte de falsos disidentes.


Según Miguel Naveros, autor de La ciudad del sol, una ficción puede ser cervantina o shakesperiana atendiendo al estrato social de sus protagonistas: nobles o plebeyos; ricos o pobres. Eyes Wide Shut, qué duda cabe, es de las segundas puesto que trata sobre hombres de dinero (de poder): la burguesía y sus vicios es una constante. De hecho, el tema del filme es la fantasía. Todos los coqueteos y las riadas de deseo de Harford son puras fantasías sin consumar. Y al final de la película Alice (Nicole Kidman), su mujer, le dice: “para siempre no”, ante la propuesta de él de un amor eterno porque esa es la gran fantasía sin parangón.

Desde un punto de vista hermético, esto es, deudor de las enseñanzas de Hermes Trismegisto (trasunto griego del egipcio Thot), la fantasía sirve bien para enseñarnos los mundos superiores de la realidad que en principio no podemos conocer desde nuestra limitada percepción subjetiva de lo real, bien para perdernos en irrealidades que jamás llegarán a operar sobre el tejido de imágenes en el que vivimos atrapados. Por eso hay que distinguir una imaginatio vera, que es operativa desde el punto de vista mágico, del estado de dormición en el que se encuentran atrapados en el sueño que otros han trabado para tenerlos bajo control. Sobra decir que en este mundo de Espectáculo y de Simulacro el grado de extravío de buena parte de los durmientes no tiene parangón en la Historia: ni siquiera en tiempos de cerril dogmatismo religioso o de analfabetismo generalizado las posibilidades de dominio por parte del Imperio eran tan enormes.

En Eyes Wide Shut (1999) esto resulta evidente. Hay tres temas centrales en el cine de Stanley Kubrick: la violencia, el sexo y el dinero. Es decir, eso que Pedro Bustamante llama el Poder-Religión. Hieros gamos, por un lado, y ficción hollycapitalista, por otro, que diríamos. El trauma como gran elemento de pastoreo en esta auténtica granja humana globalizada en la que estamos instalados desde por lo menos el fin de la IIGM. La película consta de tres actos bien definidos: hasta el velatorio, hasta que Bill es expulsado de la orgía y hasta la escena final de la tienda. En el punto crucial Bill ha salido despechado a buscar la forma de saciar su angustia marital y… encuentra a Nightingale que le cuenta una historia con todos los elementos que necesita: misterio, sexo y altura social.

La película empieza con una escena doméstica donde el matrimonio se prepara para salir. Vemos típicos tics del matrimonio, pequeñas rencillas, antes de que empiece la traición. En la presentación del húngaro Szandor se nos muestra su estrategia de seducción —extraída de Ovidio, como enunciará después el propio personaje—: me bebo la copa de otra persona y me follo a la mujer de otro hombre. También se establece una relación directa entre el secreto del principio (sobredosis) y el posterior (orgía), que el personaje de Cruise debe de mantener en silencio. La venda en los ojos del pianista, el silencio de Bill, son elementos fundamentales de algo que Kubrick anuncia una y otra vez: la vulneración del secreto iniciático y el precio a pagar por ello. A la luz de su muerte, que apenas si encubre un asesinato, queda bastante claro que el iniciado Stanley sabía muy bien lo que estaba haciendo y lo que eso iba a desencadenar.

Bill, el personaje interpretado por Cruise, es un perfecto hombre exitoso de su época: un fanático materialista entregado al consumo, un tipo que lo compra todo, incluido a su mujer, que puede ser una Sophia caída en la materia lo mismo que un súcubo encargado de destruir las posibilidades de ascensión espiritual de su marido. De hecho, ella se llama Alice y la vemos claramente ante el espejo —es más: en una escena abre la puerta del espejo y descubre varias baldas que contienen ansiolíticos y marihuana—, una referencia evidente a la novela de Lewis Carroll. De hecho, la película gira en torno a una fantasía suya.

Por su parte Alice, el personaje interpretado por Nicole Kidman, acudirá a las drogas una vez se haya disipado el efecto del alcohol, lo que muestra una necesidad de paliar la ansiedad existencial de quién vive instalada en una realidad burguesa angustiante. Su caso es como una mujer vienesa —las transparencias del camisón de Alice remiten a las transparencias de su alma— de la época de Freud: incomprendida y sexualmente insatisfecha, usa la marihuana como estimulante. Su marido solo es el soporte económico, pero nada más. La incomunicación de la pareja se manifiesta en la incapacidad de transmitir un mensaje límpido por parte de ambos, lo que se hace explícito en varios momentos: “es un poco difícil hablar en este momento”. El personaje de Nicole Kidman se quita las gafas para fantasear y más adelante la vemos mirarle a él con deseo teniendo las gafas puestas: son un símbolo del control que tiene ella en la relación y, por eso, las lleva puestas en la escena final donde es ella quien toma la determinación en nombre de ambos.

Sin duda alguna, Eyes Wide Shut es una de las películas más herméticas y complejas de la Historia del Cine. En la escena inicial asistimos a cómo ambos protagonistas se están poniendo la máscara social: fingen ser un matrimonio idílico, exitoso, joven y atractivo cuando enseguida descubrimos que ella es un mero objeto de deseo que, en realidad, está insatisfecho porque su marido ni siquiera la mira el peinado o distingue su apariencia de la del día anterior: “siempre estás preciosa”. De vuelta de la fiesta, más adelante, cuando ambos se miran —cada uno a sí mismo— en el espejo, él trata de estimularla con besos en el cuello y un sutil masaje en la nuca con las yemas de los dedos, pero ella parece distraída. ¿No está ensimismada, atrapada en una fantasía que le permite salir de su propio vacío existencial? El suyo es el estado habitual del durmiente, incluso de aquel que es controlado mentalmente.

Los colores son un componente esencial en la película: el blanco y el negro que están en las chaquetas de Bill y Nick o en la ropa interior de Alice y Bill; el rojo —color que representa la sangre vertida en todo sacrificio— se encuentra en la fiesta, en el bar, en las luces, en la orgía, en la tienda navideña, en la escena final; el azul se encuentra en las escenas oníricas y en la cama matrimonial: lugar que simboliza la unión de ambos; las tres mujeres pelirrojas (más Nicole Kidman y una paciente que aparece de forma fugaz al principio de la película) nos hacen dudar sobre quién es la mujer de la fiesta: hay constantes duplicidades espejos, dobles y demás doppelgängers en la película. Cuando se mezclan el rojo y el azul en la misma escena, crece la confusión.

Todas las mujeres aparecidas en el filme, empezando por Alice o Mandy, representan el mismo eterno femenino cuya encarnación particular y sus detalles poco importan al personaje de Cruise que persigue una única forma del deseo; y no sólo eso, sino que todas las mujeres son intercambiables porque encarnan las mismas proporciones idénticas y un único canon estético cimentado por el mundo de la moda. La proposición final de Kidman solo es una invitación a consumar (y, con ello, a poner fin) a esa búsqueda agotadora. La esencia del matrimonio —desde el sentido etimológico de la palabra— en sus dos vertientes: la mujer que quiere “domar” al seductor y engendrar hijos; el marido que fluctúa entre ser esclavo de su deseo o verse arrastrado a la anodina vida de casado. Esa duplicidad de colores rojo-azul refuerza la dualidad de dos formas de entender el sexo: la masculina y la femenina; así como dos pulsiones que mueven la vida: el sexo/dinero y la muerte.

La erótica es constante de forma explícita; pero también de forma implícita: vemos una escena de sexo en la calle y, sobre todo, como esa escena atormenta las imágenes que Cruise proyecta de su mujer con un militar: una fantasía de ella que él ha pasado a asumir de forma masoquista. Además, se sugiere que la camarera que indica el hotel del pianista lo conoce porque ha tenido sexo allí con él… ¿De qué lo iba a conocer en caso contrario? En el velatorio la mujer dice: “Es demasiado irreal”... Y esa es una de tantas ironías colocadas por Kubrick (tan irónico como lo eran Pasolini o Lynch) en la película, así como una advertencia, compartida por la propia dupla protagonista, sobre la realidad de lo que estamos viendo en pantalla después del consumo del porro al poco de empezar la película.

El espejo representa la dualidad, lo otro. Un escritor asexual a la manera de Henry James, como lo fue Jorge Luis Borges, dejó escrito en su fascinante relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius que “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. La asociación de la cópula con los espejos es muy acertada por Borges por el juego de dos cuerpos que se vuelven uno así como por la capacidad multiplicadora de placer que tiene el espejo a ojos de unos amantes que se ven aumentados por él. Ese simbolismo constante que tiene el efecto de desconcertar al espectador medio va unido a la épica de un viaje tan dantesco como homérico, puesto que es un viaje que culmina con un nostos o vuelta al hogar, con el sexo como símbolo de reconciliación de lo que estaba separado precisamente a causa del deseo. También Odiseo flirtea y hasta cópula durante décadas con las diosas (véase: Calipso) durante su viaje antes de regresar a Ítaca donde le aguarda la paciente Penélope.

El apellido del pianista, Nightingale, incluye la palabra noche: night. También hace referencia al ruiseñor, un pájaro que canta cuando el sol se ha marchado. Es el Virgilio del descenso a los infiernos, el iniciador. El pianista toca con los ojos vendados, como en una iniciación masónica aparece el miembro profano que está a punto de ingresar en la logia, porque a pesar de que todo el mundo lleva máscaras, no está preparado para ver, es decir, para convertirse él mismo en visión; y aún en el caso de que viera sólo podría percibir información, nunca un verdadero conocimiento (en este caso contrainiciático) del ritual que está contemplando.

Romper ese tabú así como el secreto que debería guardar con celo es lo que requerirá un sacrificio en Cruise, que finalmente será pagado con la vida de Mandy, la pelirroja de identidad equívoca. En un momento de la película, Pollack dice: ”La vida sigue, siempre lo hace, hasta que deja de hacerlo”: de nuevo, Eros y Thanatos, una constante en la película que nos lleva a recordar que la novela de Arthur Schnitzler en la que se basa está muy influenciada (y a la vez influenció) por las teorías de Sigmund Freud, ese maestro de ceremonias de la última Modernidad, relativas al sexo y a la muerte como las dos principales pulsiones de la vida humana.

En el filme menciona el arcoíris, una clara referencia a El Mago de Oz, en varias ocasiones. Además, es el nombre de la tienda de disfraces. Las modelos del principio dicen que van a llevar a Bill hacia “el final del arcoíris”. Más tarde él irá a la orgía tras pasar literalmente por el arcoíris: la tienda de disfraces. Además de las distintas mujeres adultas y muy atractivas de cabello rojizo, encontramos a dos menores de edad también pelirrojas: la hija de los protagonistas y la hija del dueño de los disfraces. Se puede entender como parte del ciclo vital al que están condenadas las mujeres en el Mundo Moderno en cuanto que objetos de deseo del imaginario masculino. Ellas, las nínfulas nabokovianas, no son más que comida en el banquete del Poder-Religión. Es el sacrificio de la mujer, sobre todo de su vientre materno, en el altar de un sistema consumista que apenas si encubre el verdadero mecanismo sacrificial.

Todos los personajes de la película están atrapados por el dinero: el caso más evidente, las putas. Tom Cruise está por debajo de los muy ricos pero por encima de la estudiante que se prostituye: es un elemento del género negro que conecta el arrabal, el suburbio, con el barrio residencial, pasando por toda una gama de lugares intermedios. Nicole Kidman es ama de casa, ¿la mayor forma de prostitución? Habría que responder que sí dado que Alice conoce perfectamente donde está la cartera de Bill. En una escena, ella hace los deberes con su hija, a la que enseña cómo calcular qué niño tiene más dinero… Hablemos de la niña Helena ahora: en la tienda, la pequeña pasa al lado de unos juguetes llamados “el círculo mágico” que hacen referencia al círculo donde Bill es juzgado, le muestra una barbie —¿ironía?— y juega con un carrito de bebé idéntico al de La semilla del diablo.

A la pequeña Helena la vemos corretear por la juguetería, presa del consumismo, pidiendo constantemente regalos a sus padres casi en cada línea de diálogo que tiene. De hecho, le pide a su padre un perro, una barbie y un cochecito de bebé —por cierto que en la puerta de la casa de la puta hay uno—: el pack completo del estilo de vida burgués si sumamos la casa de muñecas. También vemos como Alice, su madre, la peina con cuidado después de haber recriminado a su marido no fijarse en su peinado: eso nos alerta de que puede seguir los pasos de su madre o bien, con la referencia final del tigre, de la prostituta que estudia sociología. Cuando Alice está envolviendo un libro de arte sobre Van Gogh para Bill, le dice a su hija: “muy buena elección” (very good choice). La madre traumatiza a su hija, como ocurrirá en El Resplandor con los dos Jacks.

La palabra clave para entrar a la orgía ritualizada es "fidelio", una referencia explícita a una ópera de Beethoven, uno de los grandes poetas universales del deseo y del destino, con fuertes conexiones tanto con la masonería (como Mozart) como con los nuevos amos de Europa tras la IIGM (Kubrick ya hizo referencia a esto en La Naranja Mecánica); una obra musical que trata sobre la infidelidad y el matrimonio: el propio título (fidēlis) hace referencia a la fidelidad y el argumento trata de una mujer que se sacrifica por salvar a su marido, como ocurrirá en la orgía.

Otra referencia artística e histórica menos directa es la del Carnaval de Venecia —por cierto que la novela que inspiró la película se ambienta en época de Carnaval—. Se trata de una festividad con cientos de años de antigüedad que alude a un breve período de liberación de lo reprimido en el contexto de las sociedades católicas. Contiene toda una simbología sexual de espacio de apertura al inconsciente y al deseo libre de toda traba consciente o racional. Algunas máscaras grotescas —pero más certeras que el verdadero rostro de esos hombres de poder— aparecidas en la escena de la orgía son venecianas, como la del arlequín extraída de la Comedia del Arte. Venecia era un importante centro económico del Renacimiento a nivel mundial como lo era Nueva York en el momento de fin de un siglo y de un milenio en el que se grabó y estrenó la película

La máscara de pico alargado que aparece en varios momentos de la película representa un símbolo fálico incluso de inspiración dionisíaca. Habría que añadir la máscara con cuernos como símbolo satánico que está también presente entre el mar de rostros embozados que miran con dureza a Cruise (en realidad, al espectador) en varios momentos del filme. El tema musical "Masked Ball" que suena durante el acto ritual que precede a la consumación de la orgía esconde una misa al revés que dice “Amaos los unos a los otros”. Clara referencia satánica de profanación de los símbolos religiosos cristianos para subvertirlos a través del amor carnal.

Una última referencia sería al género de la novela bizantina que el sacerdote Chrétien de Troyes adaptaría a un contexto cristiano retomando los cuentos del Grial y donde las parejas superan distintas adversidades para finalmente acabar casados por la Iglesia. Un ejemplo moderno del género lo tenemos en La ventana indiscreta (1954), de Alfred Hitchcock, donde la pareja protagonista terminará encaminada al altar después de la resistencia heroica de un James Stewart malherido y orgulloso de su soltería que estará tentado, ni más ni menos, que por Grace Kelly: otra rubia de película. Kubrick voltea el tópico y somete al matrimonio burgués a un calvario donde las adversidades amenazarán con destruir lo que ya está formalizado, poniendo, con ello, en duda el sentido del matrimonio en el contexto de un mundo desacralizado.


Baile de máscaras. Por Guillermo Mas Arellano

 

Baile de máscaras:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (III)

 


Por Guillermo Mas Arellano


En cuanto a Epstein, estamos hablando de alguien que pasó de ser un profesor de matemáticas a alumnos de Bachillerato a convertirse en un genio de las finanzas con el control de más de 500 millones de dólares, un donante principal del Partido Demócrata —amigo íntimo de Bill Clinton— y miembro de prestigiosos Foros Internacionales como la Comisión Trilateral o el Council of Foreign Relations. Participó en una trama de esquema Ponzi junto a Steven Hoffenberg mediante una empresa llamada Towers Financial Corporation.  Más tarde, Epstein se relacionaría con Leslie Wexner, el hombre más rico de Ohio y propietario de Victoria Secret´s, junto al que trabajó durante años a pleno rendimiento en calidad de no se sabe muy bien qué. El caso es que Wexner es un hombre de gran influencia política… De nuevo con el Partido Demócrata: ha apoyado a Clinton o a Obama. También apoyó a Mitt Romney contra Trump, su archienemigo declarado.

Acerca de la más que posible relación entre Epstein y el Servicio Secreto israelí, el Mossad, por medio de un lobby judío llamado The Mega Group (del que Robert Maxwell, padre de Ghislaine, fue miembro) en una colaboración para extorsionar a políticos de la talla de Bill y Hillary Clinton —que se sabe con certeza que viajaron hasta una treintena de veces entre los dos a bordo del “Lolita Express”, el avión privado de Epstein donde supuestamente se celebraban orgías con menores de edad— o el propio Donald Trump mediante el uso de “trampas de miel” o cebos sexuales para gente poderosa. Esta tesis explicaría la relación entre Epstein y el que fuera su abogado, el célebre —por el caso de OJ Simpson, entre otros— Alan Dershowitz, bien conectado con lobbys proderechos de los judíos. También aclararía la razón de sus contactos con el ex-primer ministro israelí Ehud Barak, que habría entrenado a Epstein en el Mossad.

Escribe el ex-agente de la CIA Philip Girardi: “El vínculo de Epstein con el servicio de inteligencia israelí podría, plausiblemente, rastrearse en sus conexiones con Ghislaine Maxwell, quien -según se informó- le proporcionaba a las jóvenes chicas. Ghislaine es hija de Robert Maxwell, quien murió -probablemente, asesinado- en misteriosas circunstancias en 1991. Maxwell era un empresario británico de origen judío, marcadamente cosmopolita (como Epstein), un controvertido multimillonario con lo que podría calificarse de vínculos recurrentes con el Mossad. Tras su extraña muerte, Maxwell fue obsequiado un funeral de Estado por parte de Israel, evento del cual tomaron parte seis titulares del servicio de espionaje de Tel Aviv, mientras el primer ministro Yitzhak Shamir lanzaba loas: ‘Él ha hecho más por Israel de lo que hoy podría revelarse’”.

En palabras de Bill Gates al The Wall Street Journal, “No tuve ninguna relación de negocios o amistad con Epstein”; lo que contrastaba con las pruebas del The New York Times, que titulaba poco después: “Bill Gates se reunió repetidamente con Jeffrey Epstein”; y mostraba como Gates había volado junto a Epstein en su avión privado “Lolita Express” en varias ocasiones. Y no sólo eso, además de varias cenas “hasta bien entrada la noche” habría que añadir, como se puede leer en el excelente “Informe Corbett”, que “un nuevo informe describe las conversaciones con Gates y Epstein y una conexión con la Fundación de Bill y Melinda Gates. Una conexión entre su fundación y JPMorgan Chase para crear un fondo de caridad en beneficio de Epstein”.

Se trataba de la “Global Health Investment Fund”, una empresa puntero en el desarrollo de información. De nuevo en el “Informe Corbett”: “Joi Ito, director del Media Lab del MIT, renunció a su cargo después de que se descubriera que había ayudado a encubrir la identidad de Jeffrey Epstein como donante “anónimo” del laboratorio, informando a su personal de que una donación de 2 millones de dólares al laboratorio en 2014 que eran un regalo de Bill Gates dirigido por Jeffrey Epstein”. The Wall Street Journal añadió que “Melinda Gates tenía preocupaciones sobre la relación de su marido con Epstein ya en 2013, cuando le planteó un ultimátum a su Bill Gates. Después de que él no cumpliera, ella se reunió con abogados de divorcio en 2019, diciendo en ese momento que su matrimonio estaba irremediablemente roto”. Esta reunión con los abogados coincidió en el tiempo con el informe de The New York Times sobre la amistad Gates-Epstein. No parece una simple cuestión de desamor, como muchos medios han querido hacer ver.

Según la portavoz oficial de Gates, Brigit Arnold, el motivo de las reuniones entre Gates y Epstein fue —no se lo pierdan—: la filantropía. Como lo oyen: un eugenista declarado y un pedófilo condenado tratando de ayudar al mundo con sus millones. Sin duda, estas informaciones hicieron mella en la relación, al punto de que en 2020 la pareja no asistió al “Foro Económico Mundial de Davos”, la Meca anual del globalismo, y poco después Gates dimitiría de sus cargos en su buque-insignia económico, la compañía “Microsoft”.

La conexión Gates-Epstein apunta a dos nombres: 1) La neurólogo Melanie Walker, una trabajadora de la “Fundación Bill y Melinda Gates” desde 2006, pero cuyo anterior trabajo fue el de asesorar de Jeffrey Epstein desde 1992, al que conoció cuando Epstein trabajaba de forma muy estrecha con Lex Wexner en Victoria Secret; 2) El físico Boris Nikolic, asesor científico de Gates, que fue el encargado de ejecutar el testamento de Epstein tras su "suicidio" en la cárcel después del descubrimiento de su red millonaria de pederastas que incluía a importantes políticos y otras gentes de relevancia social. Nikolic renunció a ejecutar su labor de albacea testamentario.

Epstein contaba en propiedad con varias mansiones ––con reminiscencias a templo antiguo– situadas en las Islas Vírgenes, donde preparaba sus orgías con invitados de alto nivel social y económico y niñas menores de edad. Según Philip Giraldi: “Epstein tenía en su poder un Libro Negro que identificaba a muchos de sus contactos sociales, y que ahora se encuentra en manos de los investigadores. Incluía catorce números de teléfono privados pertenecientes a Donald Trump, incluyendo el de su ex mujer Ivana, los de su hija Ivanka y de su actual esposa, Melania. También, revistaba allí los números de contacto del Príncipe Bandar de Arabia Saudita, de Tony Blair, Jon Huntsman, del senador Ted Kennedy, Henry Kissinger, David Koch, Ehud Barak, Alan Dershowitz, John Kerry, George Mitchell, David Rockefeller, Richard Branson, Michael Bloomfield, Dustin Hoffman, Kevin Spacey, la Reina Elizabeth y el Príncipe Andrés, el Rey saudí Salman, y Edouard de Rothschild”. El apellido que hay que retener es el último de la lista: Rothschild. La periodista Laura Backes apunta: “Alan Dershowitz es un prestigioso jurista estadounidense. Amigo de Epstein. Lo conoció en 1996, en Martha ‘s Vineyard, la isla de vacaciones más exquisita de la Costa Este. Una conocida de Epstein, Lynn Forester, futura lady Rothschild, fue quien se lo presentó.

Relata Dershowitz: «Lynn le buscaba contactos a Epstein por todo el país. Le presentó a Bill Clinton. Le abría puertas»”. ¿Y quién es Lynn Forester de Rothschild? Asesora de la ONU, fue la protagonista de un proyecto conjunto con el Vaticano llamado “Capitalismo inclusivo en el Vaticano”. A Lynn Forester de Rothschild la hemos visto posar junto al Papa Francisco en la “Santa Sede” acompañada de tantos otros grandes capitalistas, y es una de las personas mejor relacionadas —es decir, más poderosas— del mundo, amiga íntima de los Clinton, que tras la pandemia llegó a afirmar: “El Covid 19 cambiará el capitalismo para siempre”.

Epstein resumía sus costumbres de la siguiente manera: “la ciencia y los coños”. Sus planes de futuro se limitaban a que, modestamente, “esperaba sembrar la raza humana con su ADN”. Para llevar adelante sus proyectos, Epstein se interesó por el transhumanismo y la Ingeniería Genética —otra forma de Ingeniería Social—, por lo que tanteó a “Stephen Hawking, los Nobel de Física Murray Gell-Mann y Frank Wilczek, el paleontólogo y biólogo Stephen Jay Gould, el neurólogo Oliver Sacks, el psicólogo experimental Steven Pinker o con el ingeniero molecular George M. Church, que ha trabajado en identificar genes susceptibles de ser alterados para crear seres humanos superiores”.

El propio Pinker, acusado de cobrar de Epstein —aunque él lo ha negado con énfasis—, relata como “una vez Epstein criticó los esfuerzos para combatir el hambre y dar asistencia sanitaria a los pobres porque, decía, ello aumentaba el riesgo de superpoblación. Entonces Pinker rechazó y rebatió sus argumentos. Nunca más fue invitado a las citas organizadas por el millonario”. Recordemos las palabras de Bill Gates: “Si hacemos un gran trabajo con las vacunas, el cuidado de la salud y servicios de salud reproductivos, podríamos reducir esa cifra quizás en un 10 o 15%” (más de mil millones de humanos)". Parece que las ideas de estos dos “filántropos” coinciden.

Según el “Informe Corbett”, “El interés de Epstein en la genética le llevó a patrocinar a varios científicos que trabajaban en este campo, incluyendo a George Church, un genetista de Harvard cuyo laboratorio recibió fondos de la Fundación de Epstein de 2005 a 2007 para ciencia de vanguardia. Church se disculpó públicamente por su conexión con Epstein, que incluyó varias reuniones al año a partir de 2014. Esta no fue ni la primera ni la última vez que este modesto biólogo de Harvard, cuya ciencia de vanguardia, a menudo se desvía hacia áreas controvertidas, causó un escándalo público. En 2019 Church propuso una aplicación de citas genéticas  que fue inmediatamente denunciada como eugenesia aplicada”.

Además, “Church también actuó como asesor científico de Editas Medicine, una empresa que busca utilizar la herramienta de edición de genomas CRISPR-Cas9 para eliminar las enfermedades borrando las partes de un código genético responsable de la enfermedad. En 2015, la compañía anunció que había recaudado 120 millones de dólares de un grupo liderado por el albacea de respaldo designado por Epstein, el Dr. Boris Nikolic. Naturalmente, ese grupo de inversores incluía a Bill Gates”.

Según el antiguo abogado de Epstein, Alan Dershowitz, éste estaría obsesionado por la eugenesia, soñando con mejorar a la raza humana a través de la manipulación genética. Como ha informado Jaron Lanier, el plan maestro de Epstein estaba basado en un intento previo de recoger el semen de varios Premios Nobel y ponerlo a salvo en un banco llamado “The Repository for Germinal Choice”, que finalmente cerró. La idea de Epstein era idéntica solo que con una variante importante, tal y como ha puntualizado The New York Times: el único semen sería el suyo propio, con el que embarazaría a varias mujeres seleccionadas a tal fin y llevadas a su rancho privado situado en Nuevo México. Para dicho plan contaría con el apoyo de varios científicos de renombre contactados por medio del empresario John Brockman y de “La Fundación Edge”, generosa en sus donaciones.

Según un artículo de Evgeny Morozov —conocido como “el hereje de Internet” por sus críticas a las grandes empresas tecnológicas y su propuesta de refundar Internet—, para “The Guardian”, “El escándalo de Epstein en el MIT muestra la bancarrota moral de las élites tecnológicas”. En su libro La era de la perplejidad, Morozov escribe: “No viven de la publicidad, como muchos creen. Absorben datos, crean productos y los venden sin que veamos un euro. Es un modelo parasitario”. Y en el artículo de The Guardian, Morozov se lamentaba: “Que alguien como Jeffrey Epstein aprovechara estas redes para blanquear sus crímenes era casi inevitable. En un mundo en el que los libros funcionan como extensiones de marca y nunca se leen realmente, es bastante fácil que un charlatán rico y glamuroso de la talla de Epstein encaje”.

El lado más profundo del Caso Epstein toca de lleno con el corazón del Poder-Religión: la creación de un gólem transhumano a partir de una matriz artificial. Eso de lo que, en cierto sentido, nos habla Kubrick en su película 2001: Una Odisea del Espacio (1968). Para que esto se lleve a cabo, resulta necesario destruir el tejido social a través de un complejo proyecto de Control Mental como el puesto en marcha con la CIA con el Proyecto MK-Ultra y otros similares tras la IIGM. De ello también nos habló Kubrick en buena parte de su filmografía: sobre todo en La naranja mecánica (1971) con el Proyecto Ludovico de control mental, El resplandor (1980) con la simbología gnóstica del laberinto y el minotauro (además de la evidente disociación de los dos Jacks, padre e hijo, abusado y abusador, víctima y verdugo del Sistema que encarna el Hotel Overlook) y La Chaqueta Metálica (1987) en la que se describe el funcionamiento traumatizador del ejército profesional, pilar básico del Estado Moderno, construido mediante el abuso ritualizado, como el conjunto de la sociedad a la que pertenece, a imagen de esas logias fundadas en el Londres de 1717.

En el laberinto. Por Guillermo Mas Arellano

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