En el laberinto:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (V)
Por Guillermo Mas Arellano
En su intento más profundo por revelar la naturaleza real de la religión, Georges Bataille escribe que "la fiesta es la fusión de la vida humana". Porque la teología de Bataille, que se basa en el exceso y en su inversión religiosa, se encuentra Dionysos, cuya danza del espíritu está consagrada por entero, ya desde los tiempos de la tragedia ática, a la transgresión moral. ¿Y no está ambientada toda la película de Stanley Kubrick en torno a un período festivo, como es la Navidad, al tiempo que organizada a partir de una fiesta, que es esa orgía a la que acude Bill sin ser invitado? La festividad permite, por su aspecto carnavalesco, suspender la prohibición; su naturaleza, que es la de la excepcionalidad, expone las dinámicas del poder soberano de forma transparente. Por eso podemos afirmar que el tema de Eyes Wide Shut es, en el fondo, el mismo que se trata en la obra de Bataille: la irracionalidad que este mundo excesivamente racionalista desata en sus carnavales.
Prosigue Bataille: "En cuanto que embriaguez, caos, orgía sexual, lo que es en último extremo, se ahoga en la inmanencia, en un sentido; excede entonces incluso los límites del mundo híbrido de los espíritus, pero sus movimientos rituales no resbalan hacia el mundo de la inmanencia más que por mediación de los espíritus". La dualidad del mundo moderno, concluye Bataille, se resuelve en la fiesta: "La fiesta no es un retorno verdadero a la inmanencia, sino una conciliación amistosa y llena de angustia entre necesidades incompatibles". El destinatario de la fiesta es esa otra parte, la "parte maldita", descartada de antemano por el mundo de la razón instrumental: "A los espíritus arrebatados por la fiesta, a los que el sacrificio se ofrece, y a la intimidad de los cuales las víctimas son entregadas, se les atribuye como a cosas un poder operatorio".
En definitiva, Bataille nos está dando una clave de comprensión que está igualmente presente en el filme de Kubrick —sin que la mayoría lleguen a percibirlo—: nada de lo que vemos en la pantalla tendría sentido si esa orgía bastante sencilla no tuviera efectos operativos sobre la realidad. Escribe el francés que "la fiesta misma es abordada finalmente como operación y su eficacia no es puesta en duda. La posibilidad de producir, de fecundar los campos y los rebaños es dada a ritos cuyas formas operatorias menos serviles tienen como fin, por una concesión, conceder a las temibles violencias del mundo divino la parte del fuego". Bataille, como vemos, escribe a la manera que Kubrick filma: como un mago. Los dos viven las imágenes en su doble realidad, juntando ese otro lado, la "parte maldita", que a los profanos se nos escapa. Y al juntar ambas dimensiones de ese hacha de doble filo, el célebre labrys, que es el símbolo, el maestro del ritual, ese Sumo Sacerdote del filme de Kubrick, se convierte en soberano; y como tal opera sin distinguir derecho de violencia.
Kubrick estudia esta polaridad del Poder-Religión, que gestiona el dinero tanto como el excedente, la violencia lo mismo que el derecho, porque está a la vez dentro y fuera del Sistema, a través de una imagen clásica: el laberinto y el minotauro. En El Resplandor nos habla de un eterno retorno: la espiral hamletiana de quien no consigue deshacer el nudo gordiano de su destino, lo mismo da que nos refiramos a los hombres que a las sociedades. El mecanismo traumatizador alude a la circularidad de ese dramatis personae donde las máscaras nunca caen, igual que la lista definitiva del Caso Epstein nunca aparece publicada. Es la lógica de la inversión teológica, del satanismo mismo: una bajada a los infiernos que nunca se complementa con su consiguiente anábasis.
Ese Bill interpretado por Cruise está atrapado en una espiral de la que difícilmente podrá salir sin acceder a un Conocimiento de los mundos superiores; y lo mismo ocurre con Jack, interpretado por Jack Nicholson, en la cinta de terror sobre el Hotel Overlook. El Hotel Overlook de El Resplandor es un lugar irreal, digno de un sueño, lo mismo que el Nueva York de Eyes Wide Shut. Suponen una distopía, en tanto que inversión de esa utopía que pretende re-encarnar la Edad de Oro en este mundo, un laberinto físico que proyecta en el espacio la espiral de terror en la que ha caído la psique del sujeto contemporáneo. En esos espacios de terror es donde mejor encarna la enorme distorsión que ha sufrido nuestra psicoesfera a manos de las fuerzas malignas de la Logia Negra.
En el mundo arcaico, nos dice Bataille, el ritual se comportaba tal y como las exigencias del sol lo demandaban: su primera tarea es gestionar el exceso sobrante procedente de la potencia solar. El laberinto, en ese sentido clásico, es una imagen solar de descenso a la Sombra y ascenso a la Luz. En el mundo moderno, sin embargo, la inversión teológica se ha consumado imposibilitando cualquier salida de la espiral mortífera: somos alimento para el minotauro.
Al salir del laberinto solar, el sujeto devenía héroe y, con ello, rey: ese es el caso de Teseo, desposado con esa encarnación de Sophia que es Ariadna. Ella guía los pasos de él con el hilo de la verdad. Pero es que Eyes Wide Shut está hablándonos de lo contrario a ese proceder: Bill ingresa en el laberinto por culpa de Alice; y ya nunca volverá a salir de él, porque tal es la condición del sujeto moderno, incapaz de acceder al Conocimiento.
En el fondo, Eyes Wide Shut es un cuento macabro a caballo entre Alicia en el País de las Maravillas, del pederasta Lewis Carroll, y Un cuento de Navidad, de Charles Dickens (otro autor que trató la infancia como pocos), un remake oscuro del clásico ¡Qué bello es vivir! (1961), de Frank Capra. Si la Navidad es la época de la familia por excelencia, el provocador vocacional que era Kubrick decidió ambientar en esa fecha y en la geografía exacta que supone la capital mundial del consumismo, Nueva York, su mayor atentado contra la moral puritana desde la polémica película La naranja Mecánica. Pero también es una muestra de la inversión metafísica, que es puramente contrainiciática, que practica el Poder-Religión ante los ojos bien cerrados de su granja humana: si aparentemente se celebra el nacimiento de un niño llamado Jesús, en realidad se ejecutan ritos de muerte y de sexo... Por no hablar del consumismo.
Sobre el aspecto simbólico de esa dialéctica, de impronta claramente gnóstica —y, más concretamente, maniquea— referida al sueño, cabe recordar que casi el total de la película sucede de noche: lo cuál nos llevaría a referencias como el mito de Orfeo donde el poeta tiene que bajar a a recuperar a su amada al Infierno; o a la poesía mística de Juan de la Cruz, donde el encuentro entre amantes ocurre en la morada nocturna de una bóveda celeste estrellada. También al inicio de la ya citada Divina Comedia se menciona la oscuridad como realidad física y también como metáfora existencial de la confusión del protagonista. Una vez más escribe Bataille: "Me es dulce entrar en la noche sucia y enterrarme en ella orgullosamente". Una noche, la moderna, no tiene salida... A diferencia de la arcaica.
Además del sexo y de la muerte, como se ha señalado, la otra conexión está compuesta por otra dupla temática: el dinero y, de nuevo, la muerte, encarnada en la prostitución constante —incluida la hija menor de edad del hombre de los disfraces—, lo que nos lleva a la burguesía y su hipocresía moral así como a la otra cara de la moneda capitalista: los pobres. Tom Cruise, que encarna a Bill —palabra que en inglés significa “factura”— un personaje intermediario entre ambos extremos, no para de decir que es doctor y se gasta una importante cantidad de dinero —aunque al principio de la película no sabe ni dónde tiene la cartera—, incluida aquella que le regala, tras no consumar el coito, a esa puta que, por los libros de su dormitorio, podemos deducir que estudia sociología y que probablemente hace la calle para poder costearse la matrícula universitaria.
Para Bataille, la sociedad arcaica se distingue de la moderna por una cuestión de jerarquía: antes la producción estaba sometida al gasto improductivo, pero ahora el criterio racional habría terminado por someterlo todo a la fría razón instrumental. Su conclusión aparente es, en ese sentido, coincidente con la de René Girard o Roberto Calasso: el sacrificio ha desaparecido de Occidente. La realidad, sin embargo, es que esto sólo es así para quien vive atendiendo a la superficie de la Historia; y, obviamente, ninguno de estos hombres existió —o mucho menos pensó— atendiendo a tal dinámica. Escribe Bataille: "Teóricamente, el uso de la producción fue subordinado a la moral, pero la moral y el mundo divino se adentraron profundamente la una en la otra". Así es como se generó la contradicción de las sociedades secularizadas, la disociación del sujeto moderno, que pretende diferenciar conceptualmente el orden de las cosas y el mundo divino cuando su realidad tangible está inmersa en la confusión —y hasta el solapamiento— de ambos niveles, empezando por aquello que aparentemente lo domina todo: el dinero.
A Kubrick, como antes a Bataille, las palabras le interesan muy poco: conoce bien sus límites. El ámbito al que se refieren los dos es el de un Conocimiento mucho más tangible de lo que el pensamiento puede llegar a imaginar: "pathein" y "pathos" que, como se ha dicho, parten de lo físico para ir mucho más allá. Por eso lo que vemos en la orgía de Eyes Wide Shut (1999) es muy poca cosa: ancianos enmascarados follando con jovencitas desnudas... ¿Y qué? Los archivos del Caso Epstein hablan de una realidad mucho más profunda: no ya el sexo con menores, sino la fagocitación de menores por parte de altos cargos políticos. La pregunta, a pesar de la crudeza de los hechos, merece repetirse: ¿y qué? Las fiestas acontecidas hace 20 0 30 años son irrelevantes: los nombres de aquellos que participarán en una nueva fiesta esta noche, viene a señalar Kubrick desde la ultratumba, no nos dejarían dormir si los conociéramos. Y por su parte Bataille concluiría: "Comportarse como un amo significa no rendir cuentas jamás". Por eso nosotros, los escandalizados, apenas si somos esclavos.
El detalle de la sociología no es por casualidad: Kubrick trasciende las psicologías concretas de los personajes para hablarnos de todo un tiempo de cambio de siglo y de milenio. Esta idea se confirma con la incapacidad del médico para poner freno a su propia dolencia espiritual y para curar la hipersexualización que lo rodea y, por supuesto, lo envuelve a él mismo con la excitación de una chica de 14 años que le abraza de espaldas. Pero recordemos algo que se suele obviar: los iniciados follan con aparente consentimiento de todas las partes —salvo las teorías que especulan con las técnicas de dominio mental y uso de sustancias para anular la personalidad siguiendo el proyecto MK Ultra—, pero la jovencita profana que también parece dar su consentimiento es en realidad prostituida por su padre siendo ella menor de edad. El capitalismo es un enemigo a batir tan poderoso como la más antigua logia. De hecho, ambas imágenes, la de la Logia y la del Capital, vienen a representar lo mismo (y a los mismos): el consumo generalizado, también de seres humanos.
En un sentido que se quiere tan metafórico como en el fondo literal, las élites se “follan” al resto de la sociedad con su capacidad económica. La prostitución es recurrente en la película. Aparecen varios mayordomos, porteros y demás que sirven por dinero. El propio pianista Nightingale lo hace al punto de que está lejos de su familia aunque, por su relación con la camarera del local aledaño, no parece lamentarlo demasiado. Por lo demás, aparecen numerosas enfermeras, mujeres disimuladas al fondo en las fiestas y personajes secundarios femeninos; sin embargo, todas las mujeres con un papel relevante en la película venden su cuerpo de alguna forma, lo que muestra cómo deben vivir las mujeres en la capital mundial del capitalismo: como mercancía. En su relación con ellas, Bill se libra de casualidad —una llamada salvífica de su mujer mientras ve una comedia sobre un matrimonio— de contraer el VIH. Es una vinculación entre muerte y deseo que observaremos también en la escena del velatorio y, sobre todo, en la escena de la morgue.
Las dualidades continúan en la película, como muestra la conexión con la moda: en el periódico se habla de León Vitali como diseñador que mantuvo una relación con la modelo muerta. Porque las mujeres en la película, como reflejo de nuestra sociedad cuyas relaciones vienen marcadas por los ídolos sociales de la moda y el cine, son cuerpos expuestos y vendidos como un producto más de la juguetería a la que llamamos capitalismo. La moda, entonces, sería la cara visible y deseable de ese mundo; mientras que el comercio sexual sería la cara invisible de ese reducto del mundo que impone a todos los demás las tendencias a la hora de vestir: una vez más lo bello y lo siniestro entrelazados de forma inseparable.
Cabe destacar, asimismo, la notable similitud del sueño de Alice con lo ocurrido en la orgía a la que asiste Bill. Una fiesta a la que Cruise llega en taxi y los demás en limusina puesto que, aunque es rico, ese rico no pertenece a la élite... Al menos no todavía. En cuanto a la identidades que son literalmente imposibles de descubrir solo con lo que se muestra en la película, habría que señalar dos: por supuesto, la del Sumo Sacerdote; y la de la mujer de la máscara, en la que parecen confluir Mandy y Amanda. Será, de hecho, el propio personaje de Pollack quién tratará de convencer a Cruise de que todo es un montaje mucho más simple de lo que él cree y cuyo objetivo no es otro que el de engañarle: en realidad no se esconde nada oculto ni conspiranoico porque también la fantasía actúa en nuestros temores como ocurre en nuestro deseo: de nuevo lo siniestro y lo bello actuando conjuntamente. Igual que la imaginación, dichos elementos pueden constituir nuestra trampa o nuestra salvación a partes iguales.
El Castillo de Highclere, llamada mansión Somerset en la película, es donde se graba la orgía y perteneció a la familia Rothschild en Mentmore Towers. El billar rojo en torno al que dialogan Pollack y Cruise al final de la película, cuando el primero le dice al segundo "si te digo los nombres de las personas que han estado hoy en esa fiesta a buen seguro te resultaría imposible dormir", es una réplica de uno que se encuentra en la misma localización. Este detalle reforzaría la idea de que el Sumo Sacerdote, cuyo trono tiene un águila bicéfala (clara referencia al máximo grado de la francmasonería) engalanado en una larga capa roja es el jefe de Cruise, a lo que habría que añadir el extraño color rojo del billar. También el actor da pábulo a la especulación al golpear el tapete rojo con dos golpes secos seguidos sosteniendo en su mano una pequeña bola de billar como antes golpeó el Sumo Sacerdote el círculo rojo con un cetro de poder.
El Sumo Sacerdote, al que asociamos con el personaje de Pollack, ejerce su poder soberano sobre Bill, el profano, mostrando una superioridad operativa de la que él no dispone. Es decir, Bill está atrapado por las reglas del juego, que en la sociedad se componen de una ley, y que en la logia se componen de un dogma. Las normas sociales estipuladas por la ley, igual que las normas iniciáticas estipuladas por el dogma, caen una y otra vez sobre profanos, pero también sobre iniciados, cuando es preciso para alimentar al Sistema: la ficción se vuelve saturnina, y devora a sus hijos, cuando el mecanismo sacrificial de consumo tiene hambre. En cambio, el Sumo Sacerdote es impune en la práctica por cuanto su poder soberano le habilita a estar a un tiempo dentro y fuera de las dinámicas del Sistema que él maneja, cual mago, empezando por la principal cualidad mágica del hollycapitalismo: el gasto.
En ese sentido, cabe recordar la máxima de Bataille: “La soberanía es el ámbito del gasto donde la utilidad deja de imperar”. La lógica del Poder-Religión, por lo tanto, deja de ser racional. Su dinámica de gasto es sacrificial antes que meramente financiera. Porque en el fondo el Mercado y la Logia son dos circuitos cerrados que se retroalimentan para beneficiar a un pequeño contingente de oligarcas que reinan tanto en el ámbito material como en el de lo sutil; y todo eso representa el Sumo Sacerdote de la Logia Negra ante el que Bill deja descansar su mirada de durmiente. El Sumo Sacerdote, cuyo ser se asemeja al de los demonios tal y como los concibe el judeocristianismo, pretende comportarse como un dios invertido según la lógica de Bataille: "Un dios no se ocupa de la naturaleza de las cosas como un hombre, y, para un dios, la guerra o la prostitución no son más que la naturaleza de las cosas, que no puede ser ni buena ni mala, sino solamente divina".
Obviamente hay una conexión entre el personaje interpretado por Pollack y el sacerdote de rojo como lo hay entre las pelirrojas, sobre todo la de la máscara, y Kidman: es el inconsciente de Cruise trabajando con el arquetipo que le inspira autoridad paterna y el arquetipo materno que le acoge tras su deseo sin cristalizar. Los personajes de Cruise y Kidman no se quieren; solo se tienen; no se aman, solo se desean. En ese sentido, son una pareja moderna que vive instalada en la apariencia para poder sostener todo un entramado material sustentado en el deseo de aumentar la opulencia burguesa.
En casi todas las escenas hay árboles de Navidad que, como salta a la vista, son símbolos fálicos; de hecho, Cruise apaga el de su casa después de volver de su “viaje” sexual, en la tercera noche del “Infierno” en el que ha entrado. Ese será el último círculo que le es dado a conocer, por lo menos en la película; y, como ocurre con el pianista, con el propio espectador, sus ojos están cerrados, siguen vendados, por cuanto no puede llegar a ver más. En el hipotético (e improbable) caso de que Bill lograra despertar y acceder a cierto grado real de conocimiento acerca de aquello que está viviendo, seguramente tampoco entendería nada. Como nos ocurre a nosotros, los profanos, cuando a todas horas se nos bombardea con información relativa al Caso Epstein y otros similares, somos mercancía de la Thatanocracia. Y si el Poder-Religión se expone de forma más abierta, permitiendo que el flujo de información virtual fluya a pleno rendimiento, justamente porque se siente todopoderoso, impune.
Pasolini, Kubrick, Bustamante y demás exégetas de esa "parte maldita" mencionada por Bataille prefirieron morir o desaparecer antes que ser fagocitados por el ritmo saturnino que marca el espectáculo. Por eso no debemos olvidar el detalle, que no por casualidad se hace explícito en el filme, de que si Bill supiera los nombres, no podría dormir: su "mundo de los vivos", al decir de Bataille, "está puesto ante la visión desgarradora de lo ininteligible". Para regresar a su estado de durmiente, una vez se ha asomado a la oscura senda que lo divide entre el Camino de la Vida y el Camino de la Muerte, Bill debe olvidar lo que ha conocido. La lista Epstein nunca será completa porque aunque aparecieran todos los nombres publicados, la Logia Negra se las seguiría arreglando para mantenernos a todos en un estado de dormición; y lo importante, parece decir el Sumo Sacerdote a Bill, es que puedas volver a dormir, de lo contrario tu vida correría un serio peligro. Tampoco olvidemos el precio que tuvo que pagar Kubrick por hacer su película...