viernes, 13 de marzo de 2026

La vida en tiempo de paz. Por Guillermo Mas Arellano

 La vida en tiempo de paz



Por Guillermo Mas Arellano

Vivimos en tiempo de paz; algo que no habría sido posible sin el paso de cientos de años que dejaron a su espalda innumerables muertes perdidas y olvidadas a lo largo de todos los campos de batalla imaginables. Somos hijos de una época que reniega del sacrificio de sus padres, pero que se oculta cobardemente tras sus consecuencias, condenada, como lo está, a detestarlo, a pesar de vivir cómodamente instalada sobre lo que otros forjaron con sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas: un tiempo de paz.

Sobre esa brecha generacional se puede leer en La vida en tiempo de paz (2013), la excelsa novela de Francesco Pecoraro: «Es la primera vez en la Historia que se da una brecha generacional tan profunda entre generaciones. Ellos, los padres y las madres, han pasado la Guerra, han pasado hambre, han comido pan negro, han vivido como refugiados, han reconstruido el país. Nuestros padres, cuando eran jóvenes, iban a los burdeles. Era la única manera de follar que se conocía entonces, además de casarse».

Después vendría el Estado como garante de unos derechos ínsitos a las personas solo por el hecho de nacer; un avance que hizo infinitamente más cómoda la vida pero que, al tiempo, terminó de delimitar los bordes de la jaula autoimpuesta que conforma todo tipo de vida burgués. Cualquier espectador de Ciudadano Kane (1941) o todo lector de La muerte de Iván Ilich (1886) saben que, una vez muerto el hombre, es cuando se puede comenzar a trazar la biografía.

Vida: así podemos resumir el contenido de esta Gran Novela Italiana escrita por Francesco Pecoraro; novela de un personaje, Ivo Brandani, trazado con morosidad y gran cantidad de matices a lo largo de casi setecientas páginas para conformar una de las grandes creaciones de la novela europea contemporánea: la narración épica de un antihéroe o no-héroe que se abre paso, a base de ansiolíticos y adicciones venidas a menos, en un mundo marcado por la pulsión catastrofista, el detrito y la inminencia apocalíptica que reduce todo aquello en lo que una vez mereció la pena creer a la categoría de mero fragmento tan inútil como carente de sentido. Un hundimiento, en definitiva, tan cotidiano como el narrado por Don DeLillo en su novela corta Cosmópolis (2003). El pan nuestro de cada día.

La posmodernidad y el tiempo posthistórico que ha venido tras ella sólo puede ser narrada desde un lugar despojado de toda identidad y tradición; puesto que así es el propio mundo en el que se encuadra. Como ya hiciera Haruki Murakami en Tokio Blues (1987), Pecoraro escoge ese lugar de paso, aséptico y despersonalizado que es el aeropuerto —«El aeropuerto es el único espacio de descompresión mística que se le concede a quién no cree en nada», se lee en la novela—, para situar a su personaje protagonista, un ingeniero de edad avanzada, a la espera de tomar un avión que lo devuelva, después de un viaje de negocios, a su ciudad natal, Roma.

Una Odisea imposible que dura lo que un día; solo que, a diferencia de lo que ocurriera en el nóstos narrado por Homero e incluso en el de James Joyce, la vuelta a casa será imposible, porque no existe la concepción de hogar en un mundo hipertecnificado donde han perdido sentido los afectos y las identidades. A las puertas de todo aeropuerto debería quedar grabada la misma inscripción que Dante Aligieri situaba en el umbral para franquear el Infierno de su Divina Comedia: «Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis».

Una de las características principales de la novela moderna, en contraposición a la novela clásica, es la desconfianza hacia el narrador. Mientras que ya Cervantes nos hacía dudar de la credibilidad de los materiales por los que se nos narraba la vida de Don Quijote, el narrador decimonónico omnisciente parecía saber tanto sobre sus personajes como lo haría el propio Dios; así, Gustave Flaubert introdujo en Madame Bovary (1856) —tal y como apunta Maro Vargas Llosa—, una paranoia lectora que nos condena a dudar de la objetividad de lo narrado al tiempo que, por falta de otras posibilidades, nos aboca a creer ciegamente en ello.ç

Aquello que William Makepeace Thackeray narraba desde la perspectiva divina de un narrador clásico en Barry Lyndon (1844), es lo mismo que Francesco Pecoraro nos cuenta con la perspectiva de un narrador fluido que pasa con facilidad de la tercera persona a la primera para terminar, en el tramo final de la obra, hablando a su personaje principal en segunda persona; una vida de la cuna a la sepultura en sus capítulos fundamentales.

Entre el Viaje al fin de la noche (1932) de Louis-Ferdinand Céline y La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch, dos grandes novelas europeas del siglo pasado, La vida en tiempo de paz nos narra la historia reciente de Europa y, más concretamente, de Italia, a través de la historia de un hombre, Ivo Brandani, que es hijo de una época que ha visto nacer y morir, y que abarca desde la postguerra mundial en 1945 al 11 de septiembre de 2001, pasando por la revolución estudiantil y cultural que se produjo a lo ancho del mundo en el significativo año de 1968.

El libro está concebido como una imperial sinfonía autobiográfica, filosófica, moral e histórica a través de una estructura de contrapunto basada en la alternancia entre capítulos que desparraman, como un monólogo interior, el flujo de consciencia de un Brandani que espera a coger su avión, y capítulos que nos guían hacia los momentos esenciales en la vida de ese hombre que hará de Virgilio para entender la deriva del mundo en el último medio siglo.

El propio autor, nacido en 1945 como su protagonista, ha sido testigo y sujeto pasivo en ese «fin de un sueño» del que se puede decir sin miedo a equivocarse que hemos despertado, tras la bruma utópica de unas cuantas películas y canciones americanas deglutidas al tiempo que una enorme cantidad de teoría marxista que hoy resulta estéril y hasta hilarante, en un mundo dominado por el mercantilismo y la técnica, y que ha convertido a los hombres en mero valor intercambiable entre sí, y a sus relaciones en meras transacciones de producción perfectamente tasables en aquello en lo que todos nos hemos convertido, tras haber renunciado de forma colectiva a la concepción de un mundo mejor para la mayoría: expertos en la comparación de precios y en saber aprovechar las ofertas.

Somos hijos de un Tiempo de Paz dentro de la Era Cristiana: una época sintetizada con brillantez e ironía en la psique y en las peripecias biográficas del protagonista, Ivo Brandani; y es que, además de esa lectura sociológica evidente, La vida en tiempo de paz se abre a una lectura mítica representada a través de la tensión entre los arquetipos de dos personajes cruciales de la novela, Madre y Padre, que aparecen como representantes, respectivamente, del afecto versus la rigidez; del amor frente al deber; del caos frente al orden; de la deconstrucción frente a la integración en la sociedad.

Dos filosofías de vida que parecen irreconciliables pero que están encarnadas por igual en el protagonista, un ser dual y contradictorio cuyo debate personal es el de un hombre que comenzó a estudiar filosofía para acabar escogiendo, tras las revueltas estudiantiles del 68 en las que se vio atrapado, una carrera más pragmática como la del ingeniero y que, a pesar de repetir constantemente para sí, en esta nueva vida, no puede dejar de sentir admiración por la belleza de un puente bien construido, por el talante fascistoide de su jefe, un despótico empresario, frente a la frivolidad de todas las reflexiones filosóficas imaginables y a la inacción de sus compañeros intelectualoides. Francesco Pecoraro, por boca de Ivo Brandani, señala: «yo no soy como ellos», en referencia a sus padres.

Capturado entre la técnica y las humanidades, entre el burgués y el revolucionario, Ivo Brandani ocupa también la posición del universo en una cosmogonía compuesta por una lucha constante entre la entropía y la predestinación. La paz y la vida, en ese sentido, trascienden su concepción histórica para adentrarse en categorías más inasibles y se muestran como dos conceptos irreconciliables, puesto que solo en la muerte se alcanza la ansiada serenidad que pone fin a una existencia marcada por el egoísmo, la contradicción y, por encima de todo, la constante y desesperada lucha despiadada por la supervivencia; una fuerza, la vida, que no se detiene ni nos permite descansar en su implacable avance, hasta que abruptamente finaliza.

La vida en tiempo de paz es una novela encuadrada dentro de una posmodernidad literaria que ha encumbrado de forma definitiva el arte de la narración por medio de la ficción desatada como la forma más eficaz de pensamiento en un tiempo donde la filosofía oscila entre el academicismo estéril y la irrelevancia social.

Y precisamente porque la literatura permite una visión total, absoluta, ambiciosa y maximizada de la realidad y de la condición humana en un tiempo donde cada vez más los discursos se encuentran encajonados en una baldosa del mapa; por eso es que la narrativa de nuestro tiempo debe incorporar, como hace en el caso del texto de Francesco Pecoraro, el lenguaje de la economía, el de la ciencia, el de la tecnología, el de la publicidad, el de la política, el de la historia o el de la ética al tiempo que las referencias constantes a la propia historia del arte pasada y presente para, así, mejor poder ensamblar un discurso que permita comprender y, más importante aún, dirigirse con garantías, las particularidades del siglo XXI y de un arte a la altura de ese tiempo nuevo.

En un momento dado, Ivo Brandani lanza una jaculatoria, desde su asiento en la sala de espera del aeropuerto, nihilista y cansada: «Todo está condenado a deteriorarse, a marchitarse, a degradarse, a estropearse y a joderse para siempre». Es el comienzo de una larga reflexión que avanza hacia un viejo tópico latino: «Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?». Así pues, los familiares, los recuerdos de los muertos y de los vivos que desaparecieron de nuestra vida, el propio Brandani o incluso las mayores obras de arte de Roma, están condenadas a la extinción; se trata de una desintegración inexorable de todo; de una descomposición total y paulatina de la sociedad hasta alcanzar su esencia mínima de átomos disgregados y de partículas elementales inconexas. En eso consiste, en buena medida, la globalización de un mundo turistificado, que vende las ruinas del pasado como reclamo comercial del presente y que ha convertido un patrimonio nacional como la pizza en algo alejado de su receta original, abierto a todo tipo de modificaciones a la carta de cada consumidor que, como la propia receta, ha devenido en producto líquido, huero y prostituido, carente del significado, frente a aquello que una vez engendró la idea de hombre o, sí, de pizza, pero que todos, salvo los viejos —y Brandani sabe que él lo es—, han olvidado sin esfuerzo.

Las ruinas del pasado, patrimonio inmarcesible de la humanidad, han dejado paso a la obsolescencia programada, a la sustitución constante de productos y relaciones humanas con fecha de caducidad, a la mierda que producimos masivamente a diario, a los objetos sin entidad propia que nos rodean y que nos reducen a nosotros también a la mera categoría de objetos, a los vertederos cada vez más infestados de toneladas de basura diaria que crecen a las afueras de cada gran ciudad como un monstruo en constante ampliación que espera el momento de atacar. El agotamiento del planeta amenaza el futuro del hombre sobre la tierra y contrasta con la resistencia de los virus y las bacterias como formas de vida dominantes, que se hacen fuertes cuando todo lo demás está amenazado; en cierto momento, Ivo Brandani se preguntará si no serán ellas, las bacterias que habitan, gozosas, entre nuestras heces, las verdaderas reinas de la creación.

Escribe Pecoraro: «La Gran Clase Media Uniforme del Occidente Democrático, la que ha devorado y englobado en sí misma todas las demás clases, incluida la trabajadora… No, no todas: cada vez se expulsa con mayor determinación de los confines del conglomerado social a los marginados, a los inclasificables, cada vez más apartados de su uniformidad… En resumen, cada día me da más la impresión de que esta Clase Media se siente perdida en la razón activa… Parece completamente dedicada a una especie de razón pasiva… Parece deleitarse en la que finalmente es una subrealidad mundial, donde todo es imagen de un original desaparecido, ilocalizable o demasiado caro… El Mundo se ha convertido ya en un parque temático… Piensa en Marx: la cultura como superestructura, como adorno que desvía la atención de las relaciones de producción… Aunque eso era antes del advenimiento de las democracias mediáticas, antes de que el poder lograse llegar directamente a las mentes de los hombres, una por una».

Para Pecoraro vivimos insatalados en una época hiperbarroca. Con la de la desaparición del sexo llega la desaparición de la vida; el límite que marca el final de la existencia —literaria— de Ivo Brandani. El Verano, enmarcado dentro del mediterráneo, es la identificación directa de Brandani con el Paraíso —nótese la ironía que denotan estos conceptos para con el estilo de vida de esa Clase Media europea—, y también ha perdido su razón de ser cuando el pene de Brandani ha dejado de funcionar. Las mujeres ya no le miran y su polla ya no le sirve para follar: es la constatación del fin de todo un «Eros Creador».

El deseo, que fue el verdadero dios del 68 para un mundo que había matado al Dios judeocristiano; y que enseguida fue convertido en doctrina por la publicidad y el consumismo al que esos revolucionarios se entregaron con devoción, reconvertidos a convencidos liberales, al tiempo de prometer su acta de europarlamentarios y dejar atrás, con ello, su pasado como si solo hubiera sido un delirio vacuo, un mal sueño, a pesar de que en su momento también ellos se consideraban convencidos maoístas. En eso consistió la Revolución Cultural del 68: en la incorporación de la mujer en el ámbito laboral, la legalización de los métodos anticonceptivos y la aceptación social de la práctica del sexo — o «amor libre», en la jerga hippie importada de Woodstock y del Greenwich Village— antes del matrimonio. La vida sigue su curso, implacable, hasta que deja de hacerlo; nos arrastra durante décadas, confusos y ofuscados como animales conducidos al matadero, hasta una playa llena de rocas.

El mayor acierto de Pecoraro, en este aspecto sesentayochista de su novela, es que marca muy bien los tiempos históricos, empezando por la inmediata posguerra mundial —cuando incoa el Tiempo de Paz— y finalizando en el 68 con la pulverización de una dicotomía política —comunismo/capitalismo— que se demostró falsa porque, a pesar de las evidentes diferencias entre los dos modelos propuestos, ambos eran estatistas, materialistas y abocaban a la alienación kafkiana al sujeto moderno; tal y como en efecto ocurrió tras la Caída del Muro de Berlín en 1989, cuando el capitalismo ilimitado de vigilancia comenzó una expansión que entraría en otra nueva etapa, que también retrata Pecoraro desde el desencanto más absoluto, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el desarrollo tecnológico que traía aparejado.

Que nuestro mundo está dominado no ya por los estados nacionales sino por las grandes multinacionales internacionales es la constatación de que el revolucionario reconvertido a burgués que fue Ivo Brandani ha visto nacer y morir un mundo que resulta mucho más complejo de entender y más difícil de comprender.

La constatación final y desencantada de Brandani —de Pecoraro, en definitiva— es que de las guerras de los padres y de los abuelos se pasó a la revolución sexual con todo lo que eso conlleva a nivel vital: una vez se deja de luchar por una causa no se puede evitar de creer de manera irremisible en la descomposición de todo. Brandani no puede volver al pasado para ser como su Padre —esclavo del Deber, garante del Orden, enemigo acérrimo del Placer— pero tampoco puede abrazar el mundo de la Publicidad, el Consumo y la Ausencia de Significado; no puede desmontar el sistema social que sus antepasados forjaron y en el que vive cómodamente instalado pero ha sido creado para criticarlo de manera constante y para deconstruirlo con todo el arsenal intelectual de la filosofía moderna en la mano.

La Pasión de Ivo Brandani es religiosa en el sentido de que hay que entender la futilidad de su viaje personal y generacional; y es puramente sexual, mundana, al entender que su vida ha sido entregada al deseo y que, con la vejez, se ha visto despojado de él y, con ello, de toda razón para estar vivo. Una crucifixión entre el cuerpo y el espíritu de un hombre que quiso construir puentes para dejar de pensar pero que no ha optado por la ceguera total en el momento en que el derrumbamiento se ha demostrado parte de un proceso interior y no sólo histórico.

Nadie llora, con el fin de la vida. Solo cabe la risa, el comentario irónico, el ademán exagerado del cínico antes de desaparecer en busca de la próxima velada llena de entretenimientos, ruido y furia. Estamos condenados a la vida y a la libertad; al tiempo que condenados a la muerte y a cualquier forma de servidumbre autoimpuesta. Una condena que a veces aparece como terrible y otras como maravillosa y, casi siempre, como una mezcla inextricable de ambas que, sin embargo, no debe ser suficiente para hundirnos en la infelicidad porque, en palabras de Franz Kafka, «la alegría es nuestro deber diario»; incluso cuando todo conspira para sumirnos en la más profunda desesperación inherente a aquello que se consume a diario.


jueves, 12 de marzo de 2026

Del alma y la materia. Por Guillermo Mas Arellano

 Del alma y la materia 



Por Guillermo Mas Arellano

En tanto que imago mundi compuesto de una mitad terrenal y otra celestial, el ser humano es un espejo maravilloso del cosmos, en el que podemos hallar todo aquello que está presente en el Cielo, la Tierra y el Infierno; y a pesar de la incontable cantidad de máscaras que recubren la naturaleza, su esencia íntima emana de un mismo conjunto de fuentes cuya latencia se hace presente en todas y cada una de las partes del universo, sin importar su forma o su tamaño, sin diferenciar pasado o futuro, visible o invisible.

De lo anterior se extrae una conclusión recubierta de palabras por René Char mejor que por nadie: «Lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante». Esta máxima viene a denunciar la expulsión de los amantes del Paraíso, esto es, el triunfo de la materia sobre el espíritu, ese estado de dormición hacia la Verdad y el Bien que destaca en todos aquellos que han olvidado que el sentido de la vida exige estar consagrado a la Sabiduría y al Amor, descartando con ello toda posibilidad de trascendencia a la hora de respaldar sus actos.

¿Cómo escapar del Infierno de una materia que no comprende un alter mundus metafísico? Gracias al Amor y sus obras.

Aquello que más nos ama es precisamente lo que nos quiebra: ese niño que se detiene en mitad de los Jardines de Aranjuez para sacar una espina de la planta de su pie herido. Ese es el punctum de la fotografía estudiado por Roland Barthes, la anámnesis platónica que habilita el auto-conocimiento, un locus donde se dispone el Teatro de la Memoria en el que logramos despertar, a través de la representación, a la realidad esencial de la vida, un limes numinoso donde lo doloroso muestra su verdadera faz: es un misterio de amor.

Cuando André Breton se encuentra por primera vez con Léona Delcourt, más conocida como Nadja, en la calle Lafayette de París, un 4 de octubre de 1926, a la manera de esos griegos arcaicos que se veían gratamente sorprendidos por la irrupción de una ninfa en su camino (generalmente al lado de un lago), descubre un hecho insólito: «Nunca había visto unos ojos como aquellos». Y no dejará de verlos ni un solo día hasta el 13 de octubre de 1926. Después llegará la distancia; y, tan solo unos meses después, el internamiento de Nadja en el centro psiquiátrico donde sería cuidada por Pierre Janet.

Más allá de la trágica historia de amor que esconde el relato de Breton, que nunca amará a su mujer, Simone, como sí amará a su ninfa inconstante, la historia de Nadja no alude a otra cosa que al alma hasta entonces extraviada del padre del surrealismo: eso que Jung, por su parte, llamaba ánima. Al descubrir a esa Sophia encarnada que es Nadja, Breton se religa al mundo: enamoramiento es una forma de salir de la muerte para reintegrarse en el Cristo interior crucificado, la búsqueda de la Gnosis, el descubrimiento de un Grial antes oculto.

Sea el caso de Parménides en su descenso al Inframundo, donde será iluminado por la tenebrosa presencia de la Reina de la Noche, o la historia de Breton al encuentro de su Nadja, a la que no tardará en perder para siempre, el mandato que se deriva de un encuentro pleno con la diosa es este: sé verdadero.

Es lo que Venus recita a todos aquellos que, desafiando al peligro, corren a su encuentro: sé verdadero porque tu verdad, la verdad del vecino, ese dogma o esa ideología a la que se aferra el prójimo, acaban de ser sobrepasadas con creces por un ángulo superior de contemplación de lo real. Y una vez atravesado ese umbral, verdadero bautismo de fuego enmarcado por la llama eterna del amor, la Verdad divina impone su propio rumbo.

Retener a la diosa una vez ella ha concedido pasar la noche en su compañía resulta, además de absurdo, del todo inútil. Y la literatura, como la vida misma, conoce sobrados ejemplos de esto: Neil Gaiman lo cuenta en su shakesperiana epopeya gráfica protagonizada por Morfeo, rey del sueño.

En la entrega número 17 de The Sandman (1989-96) se narra la leyenda apócrifa de Calíope, hija de Mnemósine, comprada por Richard Madoc, escritor en horas bajas, al provecto y celebrado autor Erasmus Fry, después de que este llevara viviendo de la inspiración de la musa durante más de una década, tras capturarla nada menos que en un lago cercano al monte Helicón, en Grecia.

La promesa de éxito literario garantizada por la presencia subyugada de Calíope exige una contraparte: la musa debe ser liberada pasado un tiempo. Este es el equilibrio que sostiene el mundo material a tenor de las leyes que rigen el mundo espiritual… Y que los humanos, tan necios como antes lo fueron los titanes, nos empeñamos a vulnerar una y otra vez embriagados por las falsas promesas de la hybris luciferina.

Así es que, embriagado de éxito, Madoc, reconvertido en escritor de éxito, se niega a cumplir con su parte: la desmesura (o transgresión) prometeica le lleva no sólo a mantener a Calíope encerrada en un cuarto como si fuese un animal cautivo, también acaba por vulnerar su cuerpo al violarla. Una Torre de Babel más de tantas que en el mundo han sido.

Y el castigo, de la mano del dios del sueño, Morfeo, no se hará esperar… Confirmando una lección evidente: la diosa partirá tras bendecir con su mirada. Sólo de esta manera se entiende el final de una película como El señor de la guerra (1962), que inspiraría a Juan Eduardo Cirlot a componer su ciclo poético Bronwyn (1967): «Cada verso que escribo, cada canto / es tan solo conjuro, sólo tanto».

El final de la película dirigida por Franklin Schaffner sobre un texto de Leslie Stevens es tan desolador como debe serlo: tras matar a su hermano Draco, Chrysagon debe huir separándose de su ánima, Bronwyn, dejando tras de sí la tierra baldía. Y es precisamente porque el Alma del Mundo se ha desvanecido que la búsqueda del Grial no debe cesar: el caballero, arquetipo fundamental en la cosmovisión junguiana, debe proseguir con su tarea heroica de reencantamiento del mundo. Al menos hasta que el Fin de los Tiempos desencadene una nueva Aurora.

Otra inspiración fundamental de Gaiman es Francis Bacon, padre de la Nueva Atlántida, cuyo emblema era nada menos que el búho de Minerva (antes mochuelo de Atenea), del que ese gnóstico encubierto que −a la manera de Walter Benjamin− fue Georg Wilhelm Friedrich Hegel (deudor directo del jesuita español Francisco Suárez), dijo en sus Elementos de la Filosofía del Derecho (1820) que «el búho de Minerva no emprende el vuelo hasta oscurecer». Y sin duda Parménides está vivo en estas palabras.

El búho, ese animal extraño del que David Lynch y Mark Frost señalaron que «los búhos no son lo que parecen» en su teleserie de culto Twin Peaks (1990-1), es el daimon personal de todo filósofo, único fragmento perennemente al alcance de aquellos conocedores de la evanescente presencia por la que se caracteriza la diosa.

Esa senda tenebrosa enmarcada por la mítica figura del búho, el intrincado camino de pruebas que lleva hasta la presencia fascinante y terrible de la diosa, está muy lejos de la cómoda existencia que en el Occidente actual se asocia con el arquetipo del profesor universitario cómodamente instalado en su despacho; la espiritualidad encaminada a una existencia verdadera, esa que encarnan figuras como Atenea o Alétheia, resulta imposible de domesticar.

El espíritu es un animal peligroso al que debemos alimentar, asumiendo la no tan remota posibilidad de que sea él quien acabe por consumirnos a nosotros; al fin y al cabo, se nutre de los pedazos de nuestro corazón palpitante.

Ni la sabiduría ni el amor resultan compatibles con el demonio de la corrección política: hemos construido formidables iglesias y consistentes dogmas, todos ellos catedrales del vacío pendiendo sin remedio sobre un abismo, que sin embargo no han hecho sino oscurecer la negrísima fuente primordial de lo sagrado.

Nuestro afán de sabiduría es lo que nos lleva a reencantar el mundo. Pero es amando secretamente a la diosa ausente, a esa Nadja detrás de la cual se esconde la perenne presencia de Venus, cuando aprendemos a percibir la trama de vínculos que dio origen al cosmos en la noche de los tiempos. Esa urdimbre invisible, un huevo cósmico, de cuya fecundidad nació todo lo demás.

Al olvidar a Dios hemos sometido lo divino al interés humano: es la consagración de una inversión luciferina que llega gestándose desde el comienzo del mundo. Uno de los personajes fundamentales de la espiritualidad europea, Bernardo de Claraval, reveló que el amor no es un intermediario de nada, ni siquiera de la iluminación interior, porque “El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí (…). Su fruto consiste en su misma práctica”. El amor es nada menos que la emanación constante del origen.

Da igual que hablemos desde un plano meramente subjetivo o desde un análisis ambicioso que abarque la completa decadencia de la civilización occidental, en cualquier caso el dolor se demuestra preciso, una y otra vez, a la hora de reencontrar eso que resulta esencial y que hemos terminado por suplir con lo insignificante sin inmutarnos: la fuente primordial de lo sagrado. Cuando además de la muerte el acto trae consigo la resurrección se revela su amorosa condición.

El quiebre es lo que provoca la muerte del individuo para que en su lugar renazca el arquetipo. Sin una conmoción lo suficientemente fuerte jamás recordaremos lo que hoy es pasto de un terrible olvido: que el origen y el destino de la vida se halla por igual en lo sagrado.

Y no sólo la hierática seriedad de Minerva nos recuerda que lo numinoso rara vez debe ser domesticado, también lo hace la imaginativa excentricidad de Pan, ese trickster junguiano que quiebra por la risa antes que por el dolor. Lo sagrado no es un animal de compañía que debamos dejar atado en el hogar; y, en caso de que intentemos capturarlo, su actitud será tan brutal como la de un animal cautivo que aguarda pacientemente el error de su tirano para cobrarse una venganza.

No por casualidad el amor se asemeja según el testimonio de numerosas culturas a una de las variadas formas que puede adoptar la locura. Breton aprendió la razón de esto, lo aprendió amando (y perdiendo) a su Nadja. Marguerite Porrette, autora de El espejo de las almas simples (1305), situó la fuerza del amor por encima de la potestad de la Iglesia Católica y la discursividad de la razón: esa es la vía extática de la unión con la divinidad, el angosto camino de la locura mística.

Atolondrados ascetas y alucinados libertinos: ellos son los guardianes del Amor, médicos de la comunidad que redirigen el inconsciente colectivo hacia la dinámica de lo verdadero, cumpliendo el viejo aserto que la diosa dictó a Pitágoras, Parménides y Empédocles. Gracias a ellos nuestros ancestros hablan Verdad y Bien a los vivos, insuflando vida, a través de su magia, a ese Amor que todo lo mueve.

El teatro griego nació para contemplar el peregrinaje del falo extraviado de Dionisos hasta el templo construido en honor al mismo dios. Como Osiris respecto a Ra, Dionisos es el reverso oscuro de Apolo: la noche en la que tiene lugar la desmesuro.

Sí, esa misma noche en que Isis, más tarde llamada Perséfone o Venus, sale a recibir a sus peregrinos. E, igual que la deidad egipcia, la figura griega será descuartizada para que Isis, transmutada en Démeter en el mundo heleno, recomponga todos los fragmentos de Osiris; incluyendo, claro está, el sustancial desde el puto de vista gnóstico: los genitales.

Desde este punto de vista lo fálico es también lo ritual: escenificación del drama sagrado que produce la catarsis en el receptor. Partiendo de la comedia escatológica de Aristófanes a la tragedia de Sófocles que explora el drama ínsito a todo linaje, cualquier representación de este tipo obedece a la contemplación (θεσθαι) de la desmesura (βρις) desatada por el divino falo de Dionisos, para mejor provocar una purificación (κάθαρσις).

Catulo, Ovidio y Petronio son dignos siervos latinos del dios griego, de Dionisos, pero aunque las artes amatorias seguirán latiendo en páginas tan dignas como las del Satiricón (siglo I d.C.), tendrá que llegar Apuleyo con El asno de oro (siglo II d.C.) para que Eros muestre toda la hondura de su espíritu en la cultura clásica. Igual que ocurre en Ovidio, en Apuleyo son las metamorfosis quienes marcan de qué forma debe hablarse del Amor; sólo que nadie antes o, ya puestos, después de Apuleyo, sea en Oriente o en Occidente, será capaz de mostrar las posibilidades de la magia sexual con un nivel comparable de refinamiento.

Hasta Boccaccio nadie se atreverá a seguir con el legado de Apuleyo en Europa: no es casualidad que Lucio, iniciado en los misterios de Osiris, acabe sus días como sacerdote de Isis; y tampoco lo es que, varios siglos después, Pier Paolo Pasolini acabe viajando hasta el final de la noche después de haberse adentrado, a la manera filosófica de Parménides, y también a la manera vitalista de Apuleyo, en lo más profundo de los misterios eróticos, para aprender de primera mano hasta qué punto los misterios del espíritu encarnan por medio de nuestros gozos y padecimientos.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Oración a Eros. Por Guillermo Mas Arellano

 Oración a Eros



Por Guillermo Mas Arellano

¿Qué es el Amor? Un incomparable camino de iniciación.

No está Eros (ρως) hecho para servir a anthropos (νθρωπος), ya que es en todo caso el ser humano quien debe encarnar al amor a través de su drama existencial. Ese es, más que ningún otro, el sentido de la vida: amar o vivir para el olvido. Ser uno con el Padre, entendiendo que la esencia divina que mora en nosotros está también en todas las cosas, o morir en la ignorancia del fragmento desligado de todo Destino. La única forma de ser plenamente consciente de la realidad es por medio del amor.

Cualquiera que se deje vencer por el miedo a navegar en las profundidades del Sí-mismo debería abandonar estas páginas de inmediato. El hombre y la mujer se debaten por igual en una pugna cosmogónica donde pueden decantarse, por medio de su alma, como sirvientes de las potencias amorosas o de las fuerzas que sirven a la inversión. Todo lo demás responde nada más que a una tibieza poco azarosa… Que con su ambigüedad sirve precisamente a esos arcontes siniestros que quieren usurpar el mágico espacio reservado para la divinidad.

Existe un ojo invisible en todo hombre y en toda mujer que sólo el amor puede abrir; este libro ha sido escrito enteramente con ese ojo del amor. Gracias al amor la magia que somos manifiesta su verdadera forma. Una vez hayas comprendido este lema que las musas han susurrado al oído del autor, viajero, estarás listo para internarte en el comienzo de estas líneas.

Por más que la naturaleza de anthropos sea espiritual, los seres humanos somos arrojados a la existencia sin más salvoconducto que el amor a la hora de regresar a nuestro verdadero hogar: la patria celestial.

Todo lo que no es exilio, en la putrefacción de la Caída, es apenas un remedo del Paraíso Perdido; y por eso la imagen más perfecta jamás creada para representar la condición esencial de anthropos es la de Cristo crucificado en el madero: así yacen hombres y mujeres clavados en su cruz.

Madera, madre, materia… Es la caverna originaria de cuyo barro primigenio fuimos engendrados… sin que nada ni nadie nos alentara a añorar a la madre divina que en verdad gobierna lo creado: Venus, diosa de la Belleza, que al encarnar la luz interior solemos asociar a una de sus potencias más representativas: el amor. El amor, podemos sentenciar, no es otra cosa que una de las manifestaciones excelsas de esa luz interior encarnada por Venus.

El reverso oscuro, peligroso, de esta Afrodita que es Diosa Blanca y emana luz interior nos acecha cuando pretendemos enterrar el Eterno Femenino bajo toneladas de racionalismo: Hécate se impone como Diosa Negra que no perdonará nuestra blasfemia. Es la inversión negra de Isis, esa a la que los egipcios llamaban Neftis, quien reina en esta época oscuramente lunar… No en vano la luna tiene dos caras, la visible y la oculta, igual que existe un sol visible y otro oculto: Schwarze Sonne.

René Guénon apuntó como de pasada algo fundamental: sin pasar por la oscuridad, por el lado lunar de la existencia, la renovación del ciclo jamás llegaría a producirse; y es que, si no salimos del plano material de la realidad, este microcosmos desligado de su cordón dorado, primer estadio de la conciencia humana, re-dirigiendo nuestra mirada hacia los mundos superiores del macrocosmos, perderemos toda capacidad para volver al Creador. Estaremos, por lo tanto, perdidos en una inmensidad de tinieblas.

Toda religión está fundamentada sobre el espanto que nos genera el hallazgo de lo numinoso. Ese mysterium tremendum et fascinans es el epicentro de nuestro trauma fundamental, el descubrimiento de lo que Sigmund Freud llamó «lo siniestro», como bien sabía Eliade, «la hierofanía transfigura el mundo, llenando el alma de terror sagrado»; y también Rudolf Otto: «Lo numinoso resulta inaprensible e incomprensible, no sólo porque mi conocimiento tiene respecto a él límites infranqueables, sino además porque tropiezo con algo absolutamente heterogéneo, que por su género y esencia es inconmensurable con su esencia, y que por esta razón me hace retroceder espantado». Y, antes de todos ellos, William James: «Las religiones más completas parecen ser aquellas en las que el elemento pesimista está mejor desarrollado».

Mucho antes de que Occidente se extraviara lejos de la voluntad de lo Uno, algunas figuras sapienciales de primer orden, como Pitágoras, Parménides o Empédocles nos mostraron el camino a seguir: un descensus ad inferos a la busca del servator mundi, amorosa figura sin cuya intervención sería imposible escabullirnos de la destrucción total. O logramos la conjunción con ese Salvador que es Eros, con esa Divina Esposa que es Sophia, y les juramos lealtad eterna, o nada nos salvará de la hybris que hemos desatado nosotros mismos.

La primera forma del hombre y de la mujer es la concepción; y sólo mediante el amor y la sabiduría ascendemos sobre la vana condición de lo material, distanciándonos así, de una vez, de todo tipo de males que abundan en la forma de vida subpersonal del ser: el yo individualista falto de purificación. Los seres humanos, como los ángeles, somos criaturas liminales; y si los ángeles vagan entre el mundo espiritual y el terrenal con más presencia en el primero que en el segundo, en nosotros ocurre lo mismo a la inversa.

La esencia divina, tan delicuescente como de otro lado firme, se compone de ese amor y esa sabiduría: el río de Mnemósine, situado en pleno Hades, permite a todo aquel que bebe de sus aguas congraciarse con la Reina de la Noche, purificando la voluntad del extranjero que busca en su sabor un grado de entendimiento sobre los mayores principios creadores del universo.

Al nacer estamos ciertamente muy solos, condenados a una forma de amor espuria, por demasiado primitiva, dominada por el egoísmo. El individuo sólo puede amar al mundo de forma secundaria, a razón de su beneficio inmediato, ambicionando en aquello que es superior a él sólo aquello que le permita vivir satisfaciendo a sus más bajos deseos.

A ese tipo de existencia, de naturaleza pasajera, se la debe llamar una muerte en vida; algunos autores decisivos en la trayectoria de Occidente, como Emanuel Swedenborg −cuya influencia se hace notable incluso en la de grandes novelistas modernos como Cormac McCarthy−, han calificado a este tipo de amor como «material», en referencia a Agápē (γάπη) y Philia (φιλíα) antes que a Eros.

El tipo de amor «material» es calificado por Swedenborg de «natural-corporal», un afán «impuro» por cuanto nace de una condición en Caída y apunta con estancarse en la putrefacción si la sabiduría divina y el verdadero amor no lo elevan sobre su encarnación primaria; y es que, si no se combate el nigredo inicial que corrompe el amor abismándolo en los mundos inferiores, por medio de eso que Rudolf Steiner llama «iniciación», no se pasará consecutivamente hasta el albedo y el rubedo alquímico, el conocimiento pleno de los mundos superiores.

Desde esta perspectiva, que entiende la ascensión espiritual como única forma aceptable de autorrealización, en la que el individuo debe morir en su forma egoica para renacer arquetípicamente como persona «individuada» (al decir de Carl Jung), cualquier forma de libertad es apenas una entelequia si no va acompañada de esa sabiduría divina que se fundamenta en el amor hacia las cosas celestes.

Un sabio, sea este asceta o libertino, erudito o artista, conoce bien la natural superioridad de lo celestial sobre lo terrenal, y por eso vive entregado de lleno a la trascendencia antes que a la mudanza… Pues es del Cielo, y no de otra parte, que proviene la luz del Bien y de la Verdad, rayo numinoso que depura todo lo material a través del espíritu creador.


La actividad en el mundo material, eso a lo que equivocadamente llamamos vida, pues apenas si es una mala copia de un mal sueño, nuestras desdichadas existencias fruto de la Caída, también dejan su espacio impreso en el mundo espiritual… Habitualmente en forma de un rastro infernal de ignorancia.

Hamlet es el paradigma de ese viejo aserto según el cual no se puede pensar y danzar al mismo tiempo. La danza es, junto a la música que inspira el movimiento, la relación primigenia del ser humano con lo sagrado. Hamlet, encarnación tanto de la melancolía como del pensamiento dialéctico, es incapaz de danzar porque su relación con lo real viene marcada por una actitud titubeante de duda. Mientras Hamlet se debate entre el misterio fundamental, la dualidad ser y no-ser que se corresponde con las dos caras de la luna (oculta-evidente) o con las dos modalidades del sol (visible-invisible), se le escamotea el mandato fundamental de la divinidad: amar.

Lo peor, por lo tanto, no es el fin trágico de Hamlet (Horus) o su incapacidad a la hora de llevar a cabo la venganza por la muerte de su padre (Osiris), sino su impotencia a la hora de engendrar y recibir amor. El amor tangible ocasionado por el deseo, ese Templo construido en el transcurso de una noche por dos amantes, o el vínculo forjado a lo largo de 9 arduos meses entre una progenitora y su retoño, termina por convertirse en espiritual cuando no se desvía en los aspectos subpersonales del ser, trascendiendo así su forma inicial, generando una unión que no sólo obtiene una impronta en el mundo físico, sino que promete mantener con vida sus ataduras en el plano metafísico.

Aquí es donde por fin tiene lugar la transformación alquímica en la que el nigredo da paso al rubedo: perfecta ejecución del Opus magnum donde el Verbo interior, habitualmente llamado Cristo, encarna por medio de la acción operativa del espíritu, induciendo a la muerte del ego, ese primero yo individualista, cuya naturaleza es pasajera, para favorecer a cambio la resurrección de un segundo yo abierto no sólo al mundo y su inmensa variedad de alimentos materiales, sino también al vínculo secreto que religa a todo ser vivo con su Creador.

Jung encontró en la idea del Grial un símbolo que recoge a la perfección el sentido profundo de esa búsqueda de lo numinoso en el interior del propio ser. Por su parte, Steiner halló ahí el secreto fundamento de la Gnosis: «Así el cosmos de sabiduría se convertirá en cosmos del amor» (La ciencia oculta, 1910). El Verbo interior se revela Cristo interior: Logos divino, materializado gracias a la intervención de Sophia y Eros, que late como llama de amor en el corazón humano.

Como la belleza o la sabiduría, el conocimiento se marchita si no conduce hacia el amor, al mostrar su lado más tramposo, relativo a un saber terrestre que nunca llegará a trascender sus propios límites elevándose hasta lo celeste. Si en su Sapientia Angelica De Divino Amore Et De Divina Sapientia (1764) Swedenborg nos dice que «el universo ha sido creado del divino Amor por la divina Sabiduría», por su lado Steiner concluye: «La sabiduría es la condición previa del amor; el amor es el resultado de la sabiduría renacida en el yo».

Por último, es el Maestro Eckhart quien añade: «Hay una identidad en la mente de la cual fluyen el conocer y el amar. Ella misma no conoce ni ama como sí lo hacen las potencias de la mente». Así pues, cabe concluir que la obra de la Verdad y el Bien se hace a través de la Sabiduría y el Amor… Tal y como nos señalan algunos de los maestros más refinados del Mundo Moderno… Además, claro está, de la propia experiencia de todo ser humano digno de tal nombre.


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