jueves, 5 de febrero de 2026

Juego de espejos. Por Guillermo Mas Arellano

 

Juego de espejos:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (IV)

 


Por Guillermo Mas Arellano

Como es bien conocido, el término griego "Gnosis" es habitualmente traducido como "Conocimiento" y es asociado a un grupo mistérico aparecido por vez primera en los registros históricos convencionales en torno al siglo II d.C. Pensamiento presocrático, platonismo y neoplatonismo, cristianismo y herejía, todo ello sintetizado en una amalgama que dista mucho de asemejarse al moderno sincretismo de la New Age. Si hay una Gnosis operativa en el siglo XX, más allá de en la obra de autores como Carl Gustav Jung o Philip K. Dick, es sobre todo a través del cine; y más concretamente, en la obra de grandes maestros como David Lynch o, antes que él, Stanley Kubrick.

En su deslumbrante novela Parpadeo (Flicker), el teórico de la contracultura Theodore Roszak presenta el cine como un arte gnóstico cuyo contenido esotérico sólo está al alcance de unos pocos, a pesar de que su argumento exotérico está a la vista de cualquiera que se proponga disfrutar de una película. Si al principio del poema escrito por ese gnóstico que fue, en tanto que Fiel de Amor, Dante Alighieri este nos dice “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”, otro tanto puede afirmar el protagonista de la cinta de Stanley Kubrick, el doctor William Harford (Tom Cruise), que aparece representado como un yuppie casado con una barbie que, juntos, viven felices en la capital mundial del Imperio que domina el mundo.

Todos hemos sido arrojados a ese exilio perpetuo al que llamamos "existencia". Esa es nuestra senda oscura, un camino que puede mutar en Vía de la Vida, si nos encaminamos hacia la Luz, o en Vía de la Muerte, si en su lugar nos extraviamos en la Sombra. Todo en nuestro mundo conspira para que la Logia Negra imponga su voluntad: es el triunfo de la Iglesia sobre la Gnosis, la aniquilación de los albigenses a manos del dogmatismo y del Renacimiento por culpa de la Reforma. Otro tanto ocurre en nuestros días, en los que una enfermedad terrible agita la psicoesfera hasta malograr cualquier tentativa de ascensión desde el grado material de la física hasta el plano astral de la metafísica. Así, la Sabiduría mistérica de Egipto y Grecia se halla monopolizada en manos de una oligarquía de lo sutil que adora lo bajo en vez de lo alto y que, por ende, sirve a la contrainiciación en vez de al Misterio.

El camino de la Gnosis no es, contra lo que pueda parecer, un camino intelectual, teórico o conceptual; en su lugar, se trata de una senda del padecimiento: en griego "pathein" y "pathos", el contacto con lo físico, como ese niño que se arranca una espina de la planta del pie, como vía para ascender hasta el plano superior del ser a partir de un "locus" que es perfectamente material. Toda la información que el Sistema pone a nuestro alcance es justamente para extraviarnos, para que nunca lleguemos a alcanzar una Sabiduría que emana primeramente de nuestra realidad más próxima; y eso incluye todo lo relativo al caso Epstein y las supuestas revelaciones por parte de falsos disidentes.


Según Miguel Naveros, autor de La ciudad del sol, una ficción puede ser cervantina o shakesperiana atendiendo al estrato social de sus protagonistas: nobles o plebeyos; ricos o pobres. Eyes Wide Shut, qué duda cabe, es de las segundas puesto que trata sobre hombres de dinero (de poder): la burguesía y sus vicios es una constante. De hecho, el tema del filme es la fantasía. Todos los coqueteos y las riadas de deseo de Harford son puras fantasías sin consumar. Y al final de la película Alice (Nicole Kidman), su mujer, le dice: “para siempre no”, ante la propuesta de él de un amor eterno porque esa es la gran fantasía sin parangón.

Desde un punto de vista hermético, esto es, deudor de las enseñanzas de Hermes Trismegisto (trasunto griego del egipcio Thot), la fantasía sirve bien para enseñarnos los mundos superiores de la realidad que en principio no podemos conocer desde nuestra limitada percepción subjetiva de lo real, bien para perdernos en irrealidades que jamás llegarán a operar sobre el tejido de imágenes en el que vivimos atrapados. Por eso hay que distinguir una imaginatio vera, que es operativa desde el punto de vista mágico, del estado de dormición en el que se encuentran atrapados en el sueño que otros han trabado para tenerlos bajo control. Sobra decir que en este mundo de Espectáculo y de Simulacro el grado de extravío de buena parte de los durmientes no tiene parangón en la Historia: ni siquiera en tiempos de cerril dogmatismo religioso o de analfabetismo generalizado las posibilidades de dominio por parte del Imperio eran tan enormes.

En Eyes Wide Shut (1999) esto resulta evidente. Hay tres temas centrales en el cine de Stanley Kubrick: la violencia, el sexo y el dinero. Es decir, eso que Pedro Bustamante llama el Poder-Religión. Hieros gamos, por un lado, y ficción hollycapitalista, por otro, que diríamos. El trauma como gran elemento de pastoreo en esta auténtica granja humana globalizada en la que estamos instalados desde por lo menos el fin de la IIGM. La película consta de tres actos bien definidos: hasta el velatorio, hasta que Bill es expulsado de la orgía y hasta la escena final de la tienda. En el punto crucial Bill ha salido despechado a buscar la forma de saciar su angustia marital y… encuentra a Nightingale que le cuenta una historia con todos los elementos que necesita: misterio, sexo y altura social.

La película empieza con una escena doméstica donde el matrimonio se prepara para salir. Vemos típicos tics del matrimonio, pequeñas rencillas, antes de que empiece la traición. En la presentación del húngaro Szandor se nos muestra su estrategia de seducción —extraída de Ovidio, como enunciará después el propio personaje—: me bebo la copa de otra persona y me follo a la mujer de otro hombre. También se establece una relación directa entre el secreto del principio (sobredosis) y el posterior (orgía), que el personaje de Cruise debe de mantener en silencio. La venda en los ojos del pianista, el silencio de Bill, son elementos fundamentales de algo que Kubrick anuncia una y otra vez: la vulneración del secreto iniciático y el precio a pagar por ello. A la luz de su muerte, que apenas si encubre un asesinato, queda bastante claro que el iniciado Stanley sabía muy bien lo que estaba haciendo y lo que eso iba a desencadenar.

Bill, el personaje interpretado por Cruise, es un perfecto hombre exitoso de su época: un fanático materialista entregado al consumo, un tipo que lo compra todo, incluido a su mujer, que puede ser una Sophia caída en la materia lo mismo que un súcubo encargado de destruir las posibilidades de ascensión espiritual de su marido. De hecho, ella se llama Alice y la vemos claramente ante el espejo —es más: en una escena abre la puerta del espejo y descubre varias baldas que contienen ansiolíticos y marihuana—, una referencia evidente a la novela de Lewis Carroll. De hecho, la película gira en torno a una fantasía suya.

Por su parte Alice, el personaje interpretado por Nicole Kidman, acudirá a las drogas una vez se haya disipado el efecto del alcohol, lo que muestra una necesidad de paliar la ansiedad existencial de quién vive instalada en una realidad burguesa angustiante. Su caso es como una mujer vienesa —las transparencias del camisón de Alice remiten a las transparencias de su alma— de la época de Freud: incomprendida y sexualmente insatisfecha, usa la marihuana como estimulante. Su marido solo es el soporte económico, pero nada más. La incomunicación de la pareja se manifiesta en la incapacidad de transmitir un mensaje límpido por parte de ambos, lo que se hace explícito en varios momentos: “es un poco difícil hablar en este momento”. El personaje de Nicole Kidman se quita las gafas para fantasear y más adelante la vemos mirarle a él con deseo teniendo las gafas puestas: son un símbolo del control que tiene ella en la relación y, por eso, las lleva puestas en la escena final donde es ella quien toma la determinación en nombre de ambos.

Sin duda alguna, Eyes Wide Shut es una de las películas más herméticas y complejas de la Historia del Cine. En la escena inicial asistimos a cómo ambos protagonistas se están poniendo la máscara social: fingen ser un matrimonio idílico, exitoso, joven y atractivo cuando enseguida descubrimos que ella es un mero objeto de deseo que, en realidad, está insatisfecho porque su marido ni siquiera la mira el peinado o distingue su apariencia de la del día anterior: “siempre estás preciosa”. De vuelta de la fiesta, más adelante, cuando ambos se miran —cada uno a sí mismo— en el espejo, él trata de estimularla con besos en el cuello y un sutil masaje en la nuca con las yemas de los dedos, pero ella parece distraída. ¿No está ensimismada, atrapada en una fantasía que le permite salir de su propio vacío existencial? El suyo es el estado habitual del durmiente, incluso de aquel que es controlado mentalmente.

Los colores son un componente esencial en la película: el blanco y el negro que están en las chaquetas de Bill y Nick o en la ropa interior de Alice y Bill; el rojo —color que representa la sangre vertida en todo sacrificio— se encuentra en la fiesta, en el bar, en las luces, en la orgía, en la tienda navideña, en la escena final; el azul se encuentra en las escenas oníricas y en la cama matrimonial: lugar que simboliza la unión de ambos; las tres mujeres pelirrojas (más Nicole Kidman y una paciente que aparece de forma fugaz al principio de la película) nos hacen dudar sobre quién es la mujer de la fiesta: hay constantes duplicidades espejos, dobles y demás doppelgängers en la película. Cuando se mezclan el rojo y el azul en la misma escena, crece la confusión.

Todas las mujeres aparecidas en el filme, empezando por Alice o Mandy, representan el mismo eterno femenino cuya encarnación particular y sus detalles poco importan al personaje de Cruise que persigue una única forma del deseo; y no sólo eso, sino que todas las mujeres son intercambiables porque encarnan las mismas proporciones idénticas y un único canon estético cimentado por el mundo de la moda. La proposición final de Kidman solo es una invitación a consumar (y, con ello, a poner fin) a esa búsqueda agotadora. La esencia del matrimonio —desde el sentido etimológico de la palabra— en sus dos vertientes: la mujer que quiere “domar” al seductor y engendrar hijos; el marido que fluctúa entre ser esclavo de su deseo o verse arrastrado a la anodina vida de casado. Esa duplicidad de colores rojo-azul refuerza la dualidad de dos formas de entender el sexo: la masculina y la femenina; así como dos pulsiones que mueven la vida: el sexo/dinero y la muerte.

La erótica es constante de forma explícita; pero también de forma implícita: vemos una escena de sexo en la calle y, sobre todo, como esa escena atormenta las imágenes que Cruise proyecta de su mujer con un militar: una fantasía de ella que él ha pasado a asumir de forma masoquista. Además, se sugiere que la camarera que indica el hotel del pianista lo conoce porque ha tenido sexo allí con él… ¿De qué lo iba a conocer en caso contrario? En el velatorio la mujer dice: “Es demasiado irreal”... Y esa es una de tantas ironías colocadas por Kubrick (tan irónico como lo eran Pasolini o Lynch) en la película, así como una advertencia, compartida por la propia dupla protagonista, sobre la realidad de lo que estamos viendo en pantalla después del consumo del porro al poco de empezar la película.

El espejo representa la dualidad, lo otro. Un escritor asexual a la manera de Henry James, como lo fue Jorge Luis Borges, dejó escrito en su fascinante relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius que “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. La asociación de la cópula con los espejos es muy acertada por Borges por el juego de dos cuerpos que se vuelven uno así como por la capacidad multiplicadora de placer que tiene el espejo a ojos de unos amantes que se ven aumentados por él. Ese simbolismo constante que tiene el efecto de desconcertar al espectador medio va unido a la épica de un viaje tan dantesco como homérico, puesto que es un viaje que culmina con un nostos o vuelta al hogar, con el sexo como símbolo de reconciliación de lo que estaba separado precisamente a causa del deseo. También Odiseo flirtea y hasta cópula durante décadas con las diosas (véase: Calipso) durante su viaje antes de regresar a Ítaca donde le aguarda la paciente Penélope.

El apellido del pianista, Nightingale, incluye la palabra noche: night. También hace referencia al ruiseñor, un pájaro que canta cuando el sol se ha marchado. Es el Virgilio del descenso a los infiernos, el iniciador. El pianista toca con los ojos vendados, como en una iniciación masónica aparece el miembro profano que está a punto de ingresar en la logia, porque a pesar de que todo el mundo lleva máscaras, no está preparado para ver, es decir, para convertirse él mismo en visión; y aún en el caso de que viera sólo podría percibir información, nunca un verdadero conocimiento (en este caso contrainiciático) del ritual que está contemplando.

Romper ese tabú así como el secreto que debería guardar con celo es lo que requerirá un sacrificio en Cruise, que finalmente será pagado con la vida de Mandy, la pelirroja de identidad equívoca. En un momento de la película, Pollack dice: ”La vida sigue, siempre lo hace, hasta que deja de hacerlo”: de nuevo, Eros y Thanatos, una constante en la película que nos lleva a recordar que la novela de Arthur Schnitzler en la que se basa está muy influenciada (y a la vez influenció) por las teorías de Sigmund Freud, ese maestro de ceremonias de la última Modernidad, relativas al sexo y a la muerte como las dos principales pulsiones de la vida humana.

En el filme menciona el arcoíris, una clara referencia a El Mago de Oz, en varias ocasiones. Además, es el nombre de la tienda de disfraces. Las modelos del principio dicen que van a llevar a Bill hacia “el final del arcoíris”. Más tarde él irá a la orgía tras pasar literalmente por el arcoíris: la tienda de disfraces. Además de las distintas mujeres adultas y muy atractivas de cabello rojizo, encontramos a dos menores de edad también pelirrojas: la hija de los protagonistas y la hija del dueño de los disfraces. Se puede entender como parte del ciclo vital al que están condenadas las mujeres en el Mundo Moderno en cuanto que objetos de deseo del imaginario masculino. Ellas, las nínfulas nabokovianas, no son más que comida en el banquete del Poder-Religión. Es el sacrificio de la mujer, sobre todo de su vientre materno, en el altar de un sistema consumista que apenas si encubre el verdadero mecanismo sacrificial.

Todos los personajes de la película están atrapados por el dinero: el caso más evidente, las putas. Tom Cruise está por debajo de los muy ricos pero por encima de la estudiante que se prostituye: es un elemento del género negro que conecta el arrabal, el suburbio, con el barrio residencial, pasando por toda una gama de lugares intermedios. Nicole Kidman es ama de casa, ¿la mayor forma de prostitución? Habría que responder que sí dado que Alice conoce perfectamente donde está la cartera de Bill. En una escena, ella hace los deberes con su hija, a la que enseña cómo calcular qué niño tiene más dinero… Hablemos de la niña Helena ahora: en la tienda, la pequeña pasa al lado de unos juguetes llamados “el círculo mágico” que hacen referencia al círculo donde Bill es juzgado, le muestra una barbie —¿ironía?— y juega con un carrito de bebé idéntico al de La semilla del diablo.

A la pequeña Helena la vemos corretear por la juguetería, presa del consumismo, pidiendo constantemente regalos a sus padres casi en cada línea de diálogo que tiene. De hecho, le pide a su padre un perro, una barbie y un cochecito de bebé —por cierto que en la puerta de la casa de la puta hay uno—: el pack completo del estilo de vida burgués si sumamos la casa de muñecas. También vemos como Alice, su madre, la peina con cuidado después de haber recriminado a su marido no fijarse en su peinado: eso nos alerta de que puede seguir los pasos de su madre o bien, con la referencia final del tigre, de la prostituta que estudia sociología. Cuando Alice está envolviendo un libro de arte sobre Van Gogh para Bill, le dice a su hija: “muy buena elección” (very good choice). La madre traumatiza a su hija, como ocurrirá en El Resplandor con los dos Jacks.

La palabra clave para entrar a la orgía ritualizada es "fidelio", una referencia explícita a una ópera de Beethoven, uno de los grandes poetas universales del deseo y del destino, con fuertes conexiones tanto con la masonería (como Mozart) como con los nuevos amos de Europa tras la IIGM (Kubrick ya hizo referencia a esto en La Naranja Mecánica); una obra musical que trata sobre la infidelidad y el matrimonio: el propio título (fidēlis) hace referencia a la fidelidad y el argumento trata de una mujer que se sacrifica por salvar a su marido, como ocurrirá en la orgía.

Otra referencia artística e histórica menos directa es la del Carnaval de Venecia —por cierto que la novela que inspiró la película se ambienta en época de Carnaval—. Se trata de una festividad con cientos de años de antigüedad que alude a un breve período de liberación de lo reprimido en el contexto de las sociedades católicas. Contiene toda una simbología sexual de espacio de apertura al inconsciente y al deseo libre de toda traba consciente o racional. Algunas máscaras grotescas —pero más certeras que el verdadero rostro de esos hombres de poder— aparecidas en la escena de la orgía son venecianas, como la del arlequín extraída de la Comedia del Arte. Venecia era un importante centro económico del Renacimiento a nivel mundial como lo era Nueva York en el momento de fin de un siglo y de un milenio en el que se grabó y estrenó la película

La máscara de pico alargado que aparece en varios momentos de la película representa un símbolo fálico incluso de inspiración dionisíaca. Habría que añadir la máscara con cuernos como símbolo satánico que está también presente entre el mar de rostros embozados que miran con dureza a Cruise (en realidad, al espectador) en varios momentos del filme. El tema musical "Masked Ball" que suena durante el acto ritual que precede a la consumación de la orgía esconde una misa al revés que dice “Amaos los unos a los otros”. Clara referencia satánica de profanación de los símbolos religiosos cristianos para subvertirlos a través del amor carnal.

Una última referencia sería al género de la novela bizantina que el sacerdote Chrétien de Troyes adaptaría a un contexto cristiano retomando los cuentos del Grial y donde las parejas superan distintas adversidades para finalmente acabar casados por la Iglesia. Un ejemplo moderno del género lo tenemos en La ventana indiscreta (1954), de Alfred Hitchcock, donde la pareja protagonista terminará encaminada al altar después de la resistencia heroica de un James Stewart malherido y orgulloso de su soltería que estará tentado, ni más ni menos, que por Grace Kelly: otra rubia de película. Kubrick voltea el tópico y somete al matrimonio burgués a un calvario donde las adversidades amenazarán con destruir lo que ya está formalizado, poniendo, con ello, en duda el sentido del matrimonio en el contexto de un mundo desacralizado.


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