La mística salvaje de Carl Gustav Jung
Por Guillermo Mas Arellano
¿Acaso puede una simple cita extraída de una discreta entrevista
constituir el centro del estudio definitivo que se ha dedicado a uno de los
autores más trascendentales del siglo XX? Leamos: «Hice que mi vida se tornara
miserable, porque quería que Dios estuviera vivo y libre del sufrimiento que el
hombre ha puesto sobre Él al amar en mayor grado su propia razón que las
intenciones secretas de Dios. En mí hay un loco místico que ha demostrado ser
más fuerte que toda la ciencia que conozco».
El autor de esta cita, Carl Gustav Jung, se declara sin reparos «loco
místico» a pesar de que muchos descifran su figura en una clave mayormente
racionalista; y para refutar esta tesis hay que celebrar la reciente traducción
de Catafalco (2020), de Peter Kingsley, dos exhaustivos volúmenes (el
segundo dedicado por entero a las notas) publicados originalmente en 2020 y que
por fin la editorial Atalanta ha compilado en un magnífico volumen.
La exégesis de Kingsley puede resumirse en una cita que el autor
británico inserta a propósito de Jung: «Lo único que es nuevo es lo más
antiguo. Todo lo demás son mentiras, distracciones, pérdidas de tiempo». Para
él, Jung es un profeta, un gnóstico, un heredero directo de Mani y de
Empédocles que no temía asomarse al cráter de un volcán interior: el sí-mismo;
y, en ese sentido, quizás el mayor error de todos los intérpretes que han
precedido a Kingsley es que han querido universalizar los conceptos junguianos
sin antes entender la circunstancia personal a la que responden. Así se refería
Jung
a sus crisis: «cualquier
otra persona se habría desmoronado», reconoce, al vivir como padre y esposo, doctor y terapeuta, al
tiempo que atravesado de visiones, «pero en mí había un poder daimónico». Añade Kingsley: «Daimónico significa lo que en nosotros hay de
divino o es tan bueno como la divinidad».
La literatura es, más allá
del estilo −su vehículo y soporte−, una puerta abierta a esa memoria de los
ancestros que llamamos «inconsciente colectivo». En esta sociedad occidental
decadente, enfangada en el vicio de la desmesura, que se proyecta en la novedad
de lo experimental antes que en su memoria, las voces de los muertos retornan
bajo una forma fantasmagórica para recordarnos que lo sagrado sigue ahí. Hoy es
más necesario que nunca desandar la trayectoria de Occidente a través de
algunos de sus textos fundamentales... Esos que comprenden desde Parménides a
Kingsley, pasando por Jung.
Por atender a esa voz divina, encarnada sobre todo a través de la figura
de Filemón, la figura de Jung se sitúa más cerca del chamán que del médico.
Pero la obra de Kingsley no se apresura a la hora de avanzar hasta ese punto, tan
controvertido (y hasta comprometido) para ciertos sectores junguianos y para
toda la New Age que vive cómodamente instalada en la espiritualidad
autodiseñada de una falsa Era de Acuario, y en realidad comienza reconociendo
una deuda pendiente no sólo con Jung, sino también con Henry Corbin, un
estudioso de la gnosis por la vía sufí de Sohravardî.
Kingsley comienza su libro, en cierto sentido un epitafio a Occidente,
rememorando el incomparable Círculo de Éranos, al tiempo que evocando la
peculiar relación personal y sobre todo intelectual que unía a Corbin con Jung:
un denso comentario del primero a propósito de la Respuesta
de Job publicada por el
segundo en 1952. Nos dice Kingsley: «Este es el momento de señalar y honrar el
fallecimiento de nuestra cultura» por lo que «la actitud adecuada en este
preciso momento es la de reunirnos para elevar un lamento ritual». Es el
momento de retornar hacia las voces olvidadas de nuestros ancestros y rendir el
digno homenaje que merecen; es el pasado, y no el futuro, el que debe
preocuparnos en un tránsito de época que todavía dista de llegar a su hecatombe
final.
El pensamiento de Kingsley se mueve al ritmo de la cinta de moebius:
camina de delante hacia atrás, y viceversa, y por eso discurre sin inmutarse de
Parménides a Jung y de Jung a Parménides, siempre en oposición a Platón y sobre
todo a Aristóteles, autores intelectuales de una conspiración (o leyenda negra)
por la cual todo filósofo presocrático es acusado de irracional y condenado al
ostracismo, tema que ya estaba presente en obras anteriores del autor: En
los oscuros lugares del saber (1999) y en Realidad (2003).
Integrarse en ese territorio extraño de Occidente, que también apunta al
corazón de nuestro autoconocimiento, desatendiendo el peligro y las
advertencias que pretenden disuadirnos de ello, nos dice el británico
coincidiendo con el testimonio personal que Miguel Serrano nos dejó acerca de
Jung, es el signo fundamental que caracteriza al mago.
De esta forma, Kingsley nos
plantea, una vez más, «la filosofía como rito de muerte y renacimiento» —lo que
nos permite trazar un más que fecundo paralelismo con Algis Uždavinys, otro
autor contemporáneo editado por Atalanta en nuestro país. Para leer a Jung en
esta clave, la del «loco místico» antes que la del ceñudo racionalista, hay que
entender que el saber de Jung no era libresco, como pudiera serlo el de René
Guénon, sino tan visionario como el de Philip K. Dick: otro de los gnósticos
fundamentales de nuestra era. Escribe Kingsley: «Hemos entrado en un espacio en
el que ha de abandonarse toda esperanza» y en su lugar cabe «abandonarse a la
realidad divina de la fe». Escuchar a Jung es un buen primer paso, su voz
todavía tiene muchos secretos que revelarnos.
Catafalco,
como se ha dicho, se divide en dos partes, una novelesca y otra de notas. La
primera parte resulta “novelesca” si se atiende al estilo florido y en absoluto
pomposo, al remarcable uso de la primera persona —tono nada académico que no
teme abandonarse a las confesiones más incruentas, incluyendo una escena
fundamental: al poco de cumplir treinta años Kingsley se sube al coche y viaja
de Inglaterra a Europa, siguiendo una voz interna que lo conduce a ciegas por
la «noche oscura del alma» hasta llegar a Torre de Bollingen (lugar fundamental a la hora de entender el Libro
Rojo de Jung), sin saber la importancia crucial del lugar donde se
encuentra… Y entonces es cuando, agotado, Kingsley se sienta sobre una piedra
con inscripciones alquímicas (referida al cosmos, con imágenes de Saturno,
Venus y Mercurio) que Jung grabó personalmente con un cincel.
Esta verdadera metanoia,
que no será ni la primera ni la última que Kingsley confiese a su lector —al
que se dirige como hablaría a un amigo, usando una descarnada segunda persona—
tuvo lugar el 23 de diciembre de 1985: «Nada en mí volvería a ser como
antes a partir de aquella noche». Es, por lo tanto, su particular catábasis:
descenso al inframundo sobre el que Kingsley abandona cualquier atisbo de
voluntariedad, reconociendo: «fui arrastrado hasta allí, conducido a ciegas
hasta su torre, para sentarme en la oscuridad sobre su piedra alquímica». ¿Le
cuesta creer en la realidad de lo confesado por Kingsley? Entonces leer con
subrayador la dura crítica que el británico lanza contra el mundo científico,
al que considera como el mayor veneno que ha infectado a Occidente.
Si la primera parte del
libro se abre con un momento crucial en la vida del autor, en cierto sentido se
cierra con la justificación del título «Catafalco viene de una vieja palabra
italiana empleada para describir una estructura de madera decorada y labrada
con refinamiento, erigida como base sobre la que depositar el ataúd de una
persona famosa o importante… Y este es, en pocas palabras, el propósito de mi
trabajo: proveer de un catafalco a nuestro mundo occidental». El veredicto,
para Kingsley, como antes para Jung, es evidente: nuestra cultura, Occidente en
su conjunto, se muere; de hecho, en 1961, poco antes de su fallecimiento, Jung
tuvo la visión de que a la humanidad le quedaban sólo cincuenta años y luego
llegaría su final. En 2011, transcurrido el medio siglo de marras, tuvo lugar
la catástrofe de Fukushima…
Si el Mysterium
coniunctionis: investigación sobre la separación y la unión de los opuestos
anímicos en la alquimia (1955) es la obra más racional de Jung a la hora de
expresar sus visiones inefables, el Aion. Contribuciones al simbolismo del
sí-mismo (1951) es de lejos su texto más gnóstico. Uno de los principales
méritos de Kingsley reside en su capacidad para religar las dos personas que
habitaban en la figura de Jung: la pública y la oculta. O, si se prefiere, para
encajar el Jung esotérico dentro de esa imagen prefabricada que es el Jung
exotérico. La vertiente oculta, que por supuesto es la gnóstica, se corresponde
más con un chamán, un profeta o un místico que con un científico. La figura de
Filemón, claramente gnóstica, nos da la clave de comprensión de la verdad sobre
Carl Jung, sobre todo a partir del capítulo de Bollingen en la conocida
autobiografía de Jung: Recuerdos, sueños, pensamientos (1962).
La exégesis de Kingsley a
propósito de la figura de Jung se opone por completo a la de la mayor parte de
los junguianos, entre los que podemos contar a James Hillman, porque oscurecen
una declaración del propio autor: que toda su obra científica proviene de sus
sueños y visiones, de su contacto más literal que figurado con el otro lado de
la existencia, porque «Jung fue un gnóstico que se afanó en buscar lo
imposible». En su lugar, los círculos junguianos han montado un negocio
amparándose en una imagen políticamente correcta de Jung, llegando al extremo
de mantener bajo llave (o de acabar por adulterar) en un archivo entrevistas y
textos que mostrarían al Jung más esotérico.
Otra clave de comprensión
esencial que nos da Kingsley es esta: la cima del esoterismo en Jung es el
proceso de individuación, ya que, más allá de las lecturas secularizadas de la
misma consiste en algo completamente místico: despojarse del yo para abrazar el
arquetipo. La naturaleza arquetípica muestra lo que de sagrado tiene la
persona; por eso se hace necesario morir, como se hace en cierto grado del
proceso de individuación, y después renacer. La muerte del yo a través de su
ego es lo que marca el rito de paso para renacer como arquetipo desprendido de
todo psicologismo.
Aquí se hace preciso
establecer una relación hecha por el propio Jung y continuada por Marie-Louise
von Franz —que el propio Kingsley retoma en su obra— entre el simbolismo del
Grial y la búsqueda del Cristo interior: «el único camino para descubrir el
Grial es siendo el Grial». Si no te transformas en el Grial, parece decir Jung
a partir de la relectura de Kingsley, si no te conviertes en la individuación,
no puedes ser ninguna de las dos cosas. En este sentido es clave entender la
importancia de un sueño de Jung sobre el castillo del Grial —situado en la
costa sur de Inglaterra— durante su única estancia en la India —con más de
sesenta años estuvo en Calcuta, donde cayó enfermo y hasta tuvo que ser
hospitalizado—, a partir del cual mostró una fascinación radical por el
arquetipo del caballero. En el sueño, sobra decir, Jung tiene que cruzar a nado
y completamente desnudo la costa para encontrar el Grial.
Ninguna categoría se
aproxima mejor que la de Michel Hulin a este redescubrimiento de Jung como
iluminado gracias a la interpretación de Kingsley que la de «mística salvaje».
Jung como mago, como chamán, como loco, como profeta y finalmente como gnóstico…
Un proceso de individuación que vale para el autor suizo lo mismo que para el
propio fantasma numinoso reprimido por Occidente: «El corazón de la verdad de
Carl Gustav Jung», nos dice Kingsley, «se encuentra en Filemón. El gnóstico,
para Kingsley, no es un hereje del cristianismo, sino un «conocedor»: ellos
fueron «la fuente del cristianismo».
Cuando Jung dijo, en plena
entrevista a la BBC dos años antes de su muerte, que él no creía en la
existencia de Dios porque sabía a ciencia cierta de la existencia de Dios,
estaba siendo un gnóstico. En cambio, polemiza Kingsley, «los cristianos fueron
gnósticos heréticos». Al poner el acento en la transformación interior, y no en
la fe o en los dogmas, Jung estaba siendo un gnóstico. Para Jung renacer
significa ser uno con el Padre, esto es, participar de todas las cosas: una
individuación que consiste en renovar los vínculos con lo Uno.
A la manera de Mani y otros
gnósticos, Jung sentía verdadera reverencia por la figura de Cristo, y por eso
dedicó el corazón de su enseñanza a desarrollar la figura del «Cristo
interior», una denominación del Grial alejada por completo del Cristo de la fe
exotérico, y no digamos ya del uso dogmático que hace de la figura de Jesús la
Iglesia Católica y todas sus escisiones nacidas de la Reforma protestante. Para
Jung, apunta Kingsley, «Cristo es un símbolo de nuestra mismidad interior»…
Clave de bóveda de la deificación del hombre, momento crucial de renacimiento,
tras la muerte, en el proceso de individuación.
Así lo define Jung en sus
propias palabras: «Una experiencia interior, una asimilación de Cristo en la
matriz psíquica, una nueva realización del Hijo divino como presencia inmediata
y viva». No es el Jesús histórico el que interesa a Jung, sino el «Cristo
interior»; en vez de detenerse en la letra muerta, avanza hacia los rastros
vivos del misterio, el corazón mismo de la religión; y es en ese punto es donde
con mayor claridad se muestra como gnóstico.
Música y gnosis, gnosis y
música, parecen ser los principales ligamentos en esa amistad más intelectual
que personal que unía a Jung con Corbin. Los músicos saben algo que la mayor
parte de los escritores, pensadores incluidos, a menudo ignoran: que la interpretación
es un arte tan complicado como la propia composición. Por eso leer a Martin
Heidegger hablando sobre Nietzsche, a Pacôme Thiellement estudiando a Lynch, a
Roger Scruton redescubriendo a Wagner, a Emanuele Trevi revisitando a Pasolini
o a Kingsley investigando el lado oculto de Jung puede ser tan provechoso o más
que acudir a las obras maestras de los autores originales.
Y si hasta ahora la obra de
Kingsley era reconocida por habernos enseñado una relectura total no sólo de la
filosofía occidental, sino de la comprensión total del concepto de realidad en
Occidente, a la luz de la obra de Parménides, a partir de Catafalco (2020)
ha alcanzado un logro en absoluto menor, esta vez partiendo de una obra mucho
más cercana en el tiempo: Carl Gustav Jung; y ya sólo por esos dos hallazgos
dicha tarea debe ser considerada como una de las cimas espirituales de esta
época decadente a la hora de adelantar la nueva aurora a la que antes o después
llegaremos los europeos.

Muchas gracias por todo el trabajo en todos los ambitos Guillermo, ojalá algún día podamos coincidir y entablar un bella conversación. Gracias
ResponderEliminarGracias por la reseña y por la apertura de un blog que puede ensanchar lo que no cabe por cuestion de tiempo-espacio en Hijos. Gracias
ResponderEliminarMuchas gracias.saludos desde canarias 🍀
ResponderEliminarExcelente artículo, Guillermo. Y excelente exposición del mismo en tu canal de Youtube.
ResponderEliminarEse Cristo Interior y su búsqueda me ha hecho pensar en La Filosofía Perenne de Huxley, con su concepto de la Base; también en una frase de Jiddu Krishnamurti:
«Sostengo que la verdad es una tierra sin caminos, y no podéis acercaros a ella por ningún sendero, por ninguna religión, por ninguna secta».
Por cierto, que Huxley prologó el primer libro de Krishnamurti , La libertad primera y última, y creo recordar que allí también mencionaba a Jung (pero lo digo de memoria y ya no me fío de la mía)
Muchas gracias y un saludo