domingo, 22 de febrero de 2026

Banalidad y espectáculo en el IV Reich. Por Guillermo Mas Arellano

 Banalidad y espectáculo en el IV Reich


Por Guillermo Mas Arellano





No resulta casual, al menos a mi parecer, que Guy Debord comience uno de los ensayos fundamentales del siglo XX, La Sociedad del Espectáculo (1967), con una cita de Ludwig Feuerbach y su crítica al cristianismo, para a continuación señalar el epicentro de la actividad moderna como una «inmensa acumulación de espectáculos» de carácter más bien industrial. 

La cita de Feuerbach reza así: «Nuestra época, sin duda alguna, prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser... Para ella lo único sagrado lo único sagrado es la ilusión, mientras que lo profano es la verdad. Es más, lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es para ella el colmo de lo sagrado».

Los mecanismos antaño gestionados por la religión, como el ritual o el sacrificio, son ahora patrimonio de una nueva estructura religiosa: el espectáculo. Tal es para nosotros el hallazgo que, entre líneas, detecta Debord amparándose en autores como el propio Feuerbach o, por supuesto, Friedrich Nietzsche. Un poco más adelante en su texto, Debord señala que es la banalización aquello que «domina mundialmente la sociedad moderna». Sin duda esos «espectros del 68» ya latentes en las páginas de su opúsculo filosófico influyeron decisivamente a la hora de señalar rastros religiosos en el sistema de proyecciones que sustenta el proyecto moderno de banalidad y espectacularización.

Para Debord, una vez más, la quintaesencia del espectáculo es su vehículo definitivo: la estrella. Nuevo ícono que sustituye a las viejas figuras religiosas, los arquetipos cubiertos de gruesos mantos de significado dejan paso a la ligereza del showman, la estrella lleva el espectáculo inscrito en su propia dermis, su «vivencia aparente» en el más alto grado de biopoder jamás alcanzado, ya que bajo su apariencia de diversidad sólo existe una homogeneidad práctica, carnaval de luces que promete un cambio radical para que, en el ámbito fáctico, nada cambie a fin de cuentas.

El consumo, que es de lo que se trata aquí, es el ámbito del Poder soberano, su mesa de operaciones alquímicas para transformar la obsolescencia en chispa para una nueva producción incesante de mercancías consumidas a su vez por tantas otras mercancías encaminadas al consumo. Escribe Debord: «El representante del espectáculo unificado, la estrella del espectáculo, es lo contrario del individuo, el enemigo del individuo tanto para sí mismo como para los demás». El individuo ya no se identifica consigo mismo, sino con esa figura del espectáculo, la estrella —cuyas resonancias herméticas son evidentes, empezando por el tarot—, a la que imitará miméticamente, siguiendo las estructuras religiosas que, sin él siquiera sospecharlo, subyacen al mundo de banalidad y consumo en el que vive sumido.

Y añade Debord: «Las estrellas de consumo, siendo exteriormente la representación de diversos tipos de personalidad, muestran cada uno de estos tipos como si tuvieran acceso igualitario a la totalidad del consumo, encontrando en ello su felicidad de maneras similares». Si antaño la sociedad reforzaba sus vínculos en el ritual sacrificial, ahora es el espectáculo quien consigue unificar la sociedad en torno al modelo de producción capitalista y su modelo de obsolescencia programada, esto es, de cambio especulativo de todo sin que nada llegue a cambiar especulativamente, como Saturno el consumismo devora una y otra vez a sus hijos, hermanos en el ámbito horizontal, sin que ni uno sólo de ellos llegue a sospechar del papel que el Padre, ese Sistema capitalista detrás del cual se esconde el Poder soberano, llegue a ser puesto en entredicho.

Una última cita de Debord, en este punto, nos aclarará que la invocación de Saturno, ese devorador de hijos que también es el dios del tiempo cronológico, no resulta en absoluto casual: «Aquello que el proceso de producción de las cosas tiene de renovación permanente no se recobra en el consumo, que no es más que el retorno ampliado de lo mismo». Es decir, que el consumo cíclico de las sociedades arcaicas se correspondía con un trabajo real, mientras que la percepción misma del tiempo en la sociedad moderna se basa en una proyección que no es sino pura publicidad, una contradicción que no puede corresponderse con un marco real dada su naturaleza abstracta, sustituyendo así su carácter cíclico por lo que Debord llama «consumo seudocíclico».

Si la estrella es el centro del sistema capitalista de consumo, con su mecanismo basado en la banalización y el espectáculo, como antes el chivo expiatorio fue el centro del sistema ritual de sacrificio que gobernaba las sociedades arcaicas, el mecanismo mimético que late bajo ambas dinámicas ha mutado hasta extremos de una perversidad inimaginable: la falsa vida de la estrella es idealizada desde la depauperada vida del homo sacer, de forma que la ilusión fundamental en la sociedad del espectáculo, esa actualización secularizada para tiempos de Capital de la arcaica comunidad religiosa, es la de vivir por persona interpuesta. En otras palabras: el consumismo, vehiculado por la estrella, es lo que aplaca el potlach inherente a toda estructura religiosa. 

Así es como los crucifijos han dejado paso a la pop star, desde el día en que Jesús se convirtió en Jesucristo Superstar. Y si la utopía actualizaba la idea del Paraíso para los parámetros antropocéntricos de la modernidad, qué duda cabe de que es Disneylandia, epicentro de la californication del orbe, quien mejor representa el Falso Absoluto capitalista que viene a sustituir ese viejo Absoluto místico de las tradiciones religiosas en esta Aldea Global que todos padecemos. Disneylandia es la ciudad que imita una ciudad, el mapa hecho propiamente territorio, a escala 1:1, la construcción de una urbe con los mismos mimbres de falsedad que componen la imagen mimética de la estrella.

Una vez más Debord nos enseña la clave de esta sociedad de inversión teológica, de falsa iluminación en la sombra, consagrada al triste incendio de los fuegos fatuos: «En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso». Disneylandia y estrella, estrella y Disneylandia, son la victoria de lo pop sobre el referente, del kitsch y su Falso Absoluto sobre cualquier nostalgia verdadera de autenticidad.

En la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI, se ha culminado la destrucción de aquello que supuestamente caracterizaba al sujeto moderno: su individualidad. Es, por contra, el triunfo de la homogeneidad lo que ha triunfado gracias al Capital. De la misma manera, ha desaparecido la propia democracia, fagocitada por la tiranía de los mass media. En cierto sentido, ambas se han disuelto, subjetividad y sociedad, frente al proceso de borrado que el nazismo o el comunismo cometieron con los mismos dos conceptos décadas atrás. El hombre nuevo de la Modernidad prometido igualmente por Adolf Hitler que por Iósif Stalin ha terminado por ser brindado por el capitalismo y su sistema de mercado.

La masa, caracterizada por una diversidad aparente y una homogeneidad esencial, supone el triunfo antropológico del totalitarismo, a pesar de la aparente derrota política de la Alemania nazi y de la URSS, y es lo que ha terminado por de pulverizar todo rastro operativo de comunidad o de subjetividad. Sobre el uso de símbolos en la secularizada sociedad del espectáculo, escribe Umberto Eco: «En una sociedad de masas de la época de la civilización industrial, observamos un proceso de mitificación parecido al de las sociedades primitivas y que actúa, especialmente en sus inicios, según la misma mecánica mitopoética que utiliza el poeta moderno».

La similitud existente entre el III Reich y lo que he dado en llamar IV Reich encuentra su fundamento en el espectáculo. Lejos de ser nietzscheana, o mucho menos wagneriana, pienso que la actitud propia de los nacionalsocialistas de hace un siglo —y no digamos ya de los neonazis de nuestros días— acerca de recuperar un cierto Absoluto perdido, no es otra cosa que un ideal utópico de construir un parque temático. Por lo tanto, Disneylandia es el locus terribilis que certifica la victoria póstuma de Adolf Hitler. Igual que los espectáculos deportivos que el american way of life han conseguido extender a todo el mundo, en sustitución de los viejos espectáculos religiosos, suponen la victoria total y definitiva de la ilusión sobre la verdad.

La masa adora a la estrella, tanto a la estrella pop del simulacro cultural como sobre todo a la estrella deportiva del espectáculo de masas. Ese mecanismo de persona interpuesta, de origen religioso y, más concretamente, cristiano, que brinda la salvación de manera especulativa, sustituyendo así la operatividad de los sacrificios rituales por un relato imaginativo, se ha impuesto por obra y gracia de la tecnociencia: del televisor a la pantalla del teléfono móvil, las imágenes se multiplican, aunque el significado que avanza es único y unificador. El hombre-masa vive de prestado, en la proyección mimética que vehicula sobre la estrella, celebrando el milagro de la encarnación en sus espectáculos deportivos de cada domingo.

Con la sociedad de masas habitamos un mundo poblado de símbolos y signos sin llegar a caer en ellos. Solo los conspiranoicos, en tanto que nuevos gnósticos guiados por la paranoia de Thomas Pynchon antes que por la pronoia (πρόνοια) de los Padres de la Iglesia, creen ser capaces de leer las señales que les permiten acceder a los arcanos secretos de una “élite” maligna. Y, para los demás, la banalidad que se sublima en la depauperación lingüística, triunfo jerga mediática de los mass media como «sede de la ignorancia total», como apuntara Eco.

Digno sucesor de Debord en más de un punto, Eco señala que «la cháchara deportiva, nacida como elevación a la enésima potencia de ese derroche inicial que era el juego deportivo, es la magnificación del Derroche y, por tanto el punto máximo del Consumo. Sobre ella y en ella, el hombre de la sociedad de consumo se consume a sí mismo». La decadencia de la literatura constata la decadencia de toda una cultura. Incapaz de entender un texto por sí mismo, de extraer un conocimiento —no digamos ya una sabiduría— de él, el hombre-masa se vanagloria de su ignorancia. Vive desconociendo los símbolos, los signos y los textos fundamentales que le permitirían desentrañar el mundo en el que vive inmerso. Está desprotegido, por lo tanto, ante el mecanismo de ilusión que lo atrapa en una fantasmagórica red de proyecciones. Ahorra para ir a Disneylandia con sus hijos. Será el momento más importante de su vida des-subjetivada, roce total con ese Falso Absoluto con el que sueña despierto, sólo comparable a otro momento estelar en su trayectoria vital de consumo y producción, eminentemente procesada: la boda en Las Vegas con su ya odiada exmujer.

Eco nos brindará nuevas claves: los mass media como mecanismo de ingeniería social y propaganda, de la mano de Edward Bernays, Walter Lippmann, William Randolph Hearst y Joseph Goebbels, potenciados sobre todo en el american way of life tras la IIGM, imponen símbolos al hombre-masa que él interpretará miméticamente sin llegar a analizar conscientemente. Sólo el apocalíptico, ese nostálgico del absoluto reconvertido en conspiranoico, será consciente de la trampa… Y cuando acuda a proyectarse en una Solución Final el mecanismo de la ilusión se accionará sobre él con fuerza redoblada, porque el modelo humano estará siendo dirigido igualmente, mediante imágenes que estarán ejerciendo una función religiosa bajo una apariencia consumista, mediatizada, eminentemente secular.

La secularización es precisamente lo que permite el consumo de la imagen, la adoración ciega de su vehículo, la estrella, que llega a volverse fetichista en muchos casos: el cuerpo de la estrella es el centro del mecanismo mimético de identificación y fagocitación, realización efectiva del biopoder en su faceta más religiosa y, paradójicamente, también desacralizada. Y aquí es donde, analizando el mitologema de Superman, ideal nacionalsocialista que Estados Unidos llevó a todo el orbe, Umberto Eco nos da la clave de bóveda de la cuestión: «En una sociedad de masas observamos un proceso de mitificación parecido al de las sociedades primitivas, y que actúa, especialmente en sus inicios, según la misma mecánica mitopoética que utiliza el poeta moderno».

Tanto el apocalíptico como el integrado, señala Eco, se encuentran acogidos por la figura de Superman, pues él está constituido asimismo por una doble faz: es el mediocre Clark Kent lo mismo que Kal-El. La imagen sagrada se ha degradado en una figura de cómic, en un símbolo mediático antes que mítico, que acabará siendo consumido salvo si es reeditado en diferentes producciones, como ha terminado ocurriendo con Superman, pues una imagen del superhéroe, como la de Christopher Reeve, acaba siendo suplida por otra, como la de Henry Cavill. La gran imagen popular, antaño hubiésemos dicho que religiosa, del siglo XX, no es sin embargo, la del superhéroe Clark Kent, sino la del superhombre Adolf Hitler.

Y si Adolf Hitler no llega a ser un superhombre, como el propio personaje proclamaba, sino un falso superhombre, es porque su idea de Absoluto proyectada en un Reich de mil años era en realidad un Falso Absoluto, en realidad no muy distinto de ese otro Falso Absoluto que sustenta el mundo posterior a la IIGM. El cuerpo de Hitler, un cuerpo de estrella como pocos ha habido, acabó siendo consumido para fundar así un régimen biopolítico de nuevo cuño. Sólo la muerte de Luis XVI el 21 de enero de 1793 puede significar algo semejante en la Historia a la muerte de Adolf Hitler el 30 de abril de 1945.

Sin embargo, debemos detenernos en la desaparición del cuerpo del führer por la significación profunda que encarna a la hora de inaugurar una nueva época dentro de la biopolítica. Al comienzo de Vigilar y Castigar (1975), Michel Foucault hace hincapié en el duro castigo con el que se hacía pagar el regicidio en la sociedad arcaica. Pues bien, ese deseo de castigar fue sustituido por otro muy distinto: el de celebrar la decapitación de Luis XVI. Ese es el cambio fundamental que opera el período revolucionario que va de 1793 a 1922, fin de la Revolución Soviética.

Pero Hitler viene a añadir algo distinto: él quiso que su cuerpo fuera borrado de la tierra para que, exotéricamente, no cayera en manos del enemigo, lo que ha dado pie a numerosas teorías conspiranoicas, o gnósticas, que diríamos, sobre una resurrección esotérica. Entonces, ¿estamos diciendo que el führer también se reedita, como Superman? No, hoy no hablaremos de Donald Trump. Aquí lo importante es recordar que la obra maestra del Tercer Reich fue, desde el punto de vista industrial, técnico, que diríamos, hacer desaparecer millones de cuerpos de la faz de la tierra.

La nuda vida acaba transformando al homo sacer en objeto de consumo. Los muertos de los campos de concentración ejemplifican esto desde el punto de vista del hombre-masa, pero es la figura de Hitler, su cuerpo pulverizado en el búnker, lo que verdaderamente acapara la operación biopolítica. No en vano David Bowie llegó a afirmar que «Adolf Hitler fue una de las primera estrellas de rock». Y razón no le faltaba, Hitler vivió como una estrella de rock: rodeado de chicas y envuelto en una nube de drogas. Pero murió como un mito de la cultura de masas.

Hitler dominaba el egrégor del espectáculo de masas o, si se quiere, del espectáculo deportivo. No en vano llenaba estadios con su mera presencia y hacía botar a cientos de miles de personas con la energía que desprendía y de la que él, a su vez, se alimentaba, en un mecanismo claramente consumista que, de forma inevitable, sólo podía redundar en el consumo místico de su cuerpo. Esos cuerpos hundidos de los campos de concentración, vejados y desnudados, humillados, hoy se han generalizado a través de la mediatización virtual: en las redes sociales el hombre-masa es víctima y verdugo, partícipe y vehículo del Bipoder. Porque el mundo es, en la realidad virtual más incluso que en la depauperada realidad verdadera, un gigantesco escenario.

Si la cultura sublima la violencia, el consumo lava el totalitarismo. Por eso digo que Estados Unidos, con su cultura de masas, ha terminado aquello que la Alemania nacionalsocialista empezó: una tarea que es sobre todo biopolítica. Porque espectáculo y consumo son la quintaesencia de la legitimidad democrática, del sistema de producción consumista, de eso que en definitiva sustituyó a la dinastía al término del Ancien Régime. La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo es el inicio de una etapa biopolítica que culmina con la celebrada ejecución de Luis XVI. Y, de la misma forma, nuestro mundo de redes sociales se sustenta en la desaparición del cadáver de Hitler. No olvidemos que, bajo cierta mitología popular, por supuesto de cuño conspiranoico, el pintor austríaco comparte urbanización con su homólogo norteamericano: Elvis Presley. Y es que, como el Alister Crowley que preside la portada del célebre disco de The Beatles, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967), todos ellos son imágenes consumidas y consumistas, luminarias fugaces de una mitología pop, estrellas de un firmamento donde todo pasa sin excepción sin que nada retorne definitivamente. 

El mayor enemigo de ese Imperio que se esconde tras el Tercer Reich y el IV Reich en todo el siglo XX fue, en cierto sentido, el padre de todos los paranoicos: Philip K. Dick. Por eso ahora, al término de esta reflexión sobre la imagen en el mundo de los mass media, de la sublimación del cuerpo de Hitler en una cultura del Falso Absoluto, debemos terminar con una pregunta que el norteamericano planteó imaginativamente en su célebre novela El hombre en el castillo (The Man in the High Castle, 1962): ¿de verdad podemos decir que, a ciencia cierta, ese Reich de mil años se derrumbó con la muerte de Hitler? Quizás haya que recordar de forma más explícita si cabe que, en cierto sentido, el führer está hoy más vivo que nunca, justo cuando nosotros, cuerpos tan asolados por el espectáculo como en consecuencia despojados de subjetividad, ya estamos muertos.


1 comentario:

  1. Un aporte importante y de valor , es el punto de vista de vista de Alessandro Baricco, en su libro ,los bárbaros (publicado en el año 2006)....ya que logra dar un salto hasta esta época del reino de internet ,como un mar mass media superficial y por consecuencia lógica , la evolución de las app Ai nos hace evidente la no necesidad de profundizar o bucear, en el verdadero o falso conocimiento.
    La ficción supera la realidad, en cuanto es espejismo de la percepción y experiencia gnóstica...

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