miércoles, 25 de febrero de 2026

La pervivencia del agón. Por Guillermo Mas Arellano

 La pervivencia del agón





Por Guillermo Mas Arellano


¿Qué conecta a la vieja estructura religiosa del mundo arcaico con el insólito Poder soberano que gobierna nuestro Mundo Moderno? La «unidad de destino» de una patria como proyecto común, heredado de padres a hijos, que encarna a través de la guerra. En la victoria o en la derrota, según un concepto de agón que vale tanto para los griegos antiguos como para los señores de la guerra modernos, es donde se determina el «destino» de una «unidad» determinada.

Esa idea de patria va aparejada del favor o de la condena de la divinidad: Dios o los dioses, es igual, son aquellos que, desde La Ilíada en adelante, apoyan la victoria de unos o la derrota de otros. Esto revela el fundamento mimético y, sobre todo, agónico de la cultura occidental arcaica: imitación y competición como centro de la vida social, de la «unidad de destino». Que, bajo nuevos ropajes de tecnificación y Progreso, sigue funcionando sin mácula en nuestros días. La mímesis como mecanismo social primigenio; y la mirada agónica como clave de bóveda que descifra el funcionamiento de la physis (Φύσις), pero también el conjunto social.

Por encima de la contingencia, es la Providencia quien designa el «destino» de las patrias y, con ello, la mayor o menor fortuna de una «unidad» en la Historia. Un pueblo que se considera elegido, ungido directamente por la divinidad a través de la pureza del linaje, incluye a la propia divinidad en él, la incorpora en su propio relato histórico, llegando a considerar a los dioses como parte de la «unidad de destino». Aquí es donde la Historia, ya desde los tiempos de Heródoto, revela su doble faz: datos y testimonios se confunden en su grafía, en la composición de un relato que, inevitablemente, es mítico, ficcional, un palimpsesto que conforma un «yo» y un «hoy» sobre la base identitaria de un «ellos» y un «ayer».

Es decir, que el relato histórico sustenta una cierta noción de identidad comunitaria en base al imaginario artificial de ficciones que emplea la representación y la proyección en retrospectiva, empleando tanto la función mimética como la visión agonística de la naturaleza. Sobra decir que los vencedores en esa competición, en ese agón, son los escritores de la grafía histórica, aquellos que detentan la soberanía del mito, y que por lo tanto gobiernan la función mimética a la hora de configurar la sociedad y su base identitaria.

Aquello que rebasa el ámbito de lo patriótico, cuestionando con su mera existencia la validez del relato identitario, marca un «afuera» de la sociedad que, de por sí, justifica toda guerra, en tanto que pone en tela de juicio la validez de unos dioses cuya potestad parece ser falible. De esta forma es como lo concreto se vuelve universal, justamente, de forma que las patrias ven en sus pares nada más que un enemigo al que someter o destruir.

El Leviatán es el monstruo que usurpa nuestra Alma; por tanto, el Estado moderno ocupa el lugar antaño reservado al Dios Padre: ya no hay oro espiritual o material que no pase por sus manos. El cuerpo de Teseo se ve amenazado por el Minotauro igual que el cuerpo social queda aplastado por la ilimitada expansión del Estado y, por encima de él, de su corazón tenebroso: la Logia. Para el Estado y, más aún, para la Logia, el afuera es siempre un elemento cuestionador del origen, un enemigo más o menos latente del fundamento, que por lo tanto debe ser dominado, cuando no directamente borrado.

El Estado es abierto, pero la Logia es cerrada; y por eso la Logia es el Sol Negro que encubre su Poder soberano tras el sol visible. Como Neftis, la cara oculta de la luna, completa la versión luminosa encarnada por Isis. En realidad, la obra de Georges Bataille o de Pier Paolo Pasolini es más importante hoy, en el siglo XXI, que hace décadas cuando fue escrita, por cuanto no se ocupa de un político concreto o de una circunstancia limitada a un único partido político, sino de la estructura interna del Poder, cuya soberanía se basa precisamente en la transgresión de los límites que inicialmente ha marcado para el resto de la sociedad.

Ni siquiera Stanley Kubrick fue tan concreto en Eyes Wide Shut (1999) como sí lo fue Pasolini en la etapa final de su obra: Pocilga (1969) y Saló (1975) son representaciones perfectas de las dinámicas modernas de la soberanía solar. Su fuerza reside, precisamente, en la alegoría mucho más que en la mímesis; y esto es así porque la mímesis cae siempre del lado de la soberanía. Pensemos por un instante en Meursault, protagonista de El Extranjero (1942), que asesina a un árabe sin una razón aparente, tras la muerte de su madre, movido únicamente por la angustia solar provocada por un caluroso día de verano, razón por la cual será condenado y ejecutado por el Estado.

Pasolini nos ha dado ejemplos gráficos incomparables, al menos en su época, de la lógica aplicada de esa jerarquía soberana que el Poder ejerce en nuestros días. El rey sol merece ocupar el trono y blandir el cetro en base a un sencillo sistema de ofrendas, un equilibrio social que es ritualizado a través del sacrificio. Si el motivo solar simboliza la energía creadora, el puro exceso de lo vivo que acaba derivando en desborde: no tanto Eros como su inversión funda la tanatocracia en la gestión necesaria de eso mismo potlach: un principio sacrificial de muerte que acoge dentro de sí la descomunal potencia del sexo en la vida humana. Sigmund Freud, padre de la Modernidad, leyó esta «pulsión de vida» y «pulsión de muerte» mucho mejor que otros tantos antimodernos cegados por un sospechoso vaho cargado de incienso.

El mago siciliano Empédocles dejó escrito: «De esta lucha y contienda hemos nacido nosotros». Aquello que en Heráclito era pólemos (πόλεμος), guerra, se convierte aquí en una fuerza aún más universalizadora: agón (ἀγών), lucha; y es que la lucha permite entender la fractura fratricida en una sociedad que, cargada de hipocresía, declara la fraternidad como uno de sus principios elementales. En el contexto democrático actual, que ha generalizado el agón a través de la horizontalidad fratricida, se apoya la abierta competitividad entre hermanos en todos los ámbitos de la vida social, universalización totalizadora del conflicto agónico, ya derivado en pilar fundamental de la stásis (στάσις), epicentro de la vida en común y su política.

En su célebre tragedia Electra, que tanto daría para reflexionar a Freud y demás maestros de la sospecha, Sófocles dejaría escrito: «Las maldiciones se cumplen. Viven los que yacen bajo tierra. Los que han muerto hace tiempo se cobran la sangre nuevamente derramada de sus asesinos». Los mandatos y traiciones de nuestros ancestros, el fundamento, sigue siendo fundamento para que los hermanos derramen sangre. En este punto cabe recordar lo escrito por Bataille: «En el fondo no somos más que un efecto del sol». También nosotros debemos ser gestionados en tanto que desborde sobrante.

Sin un hilo de Ariadna y sin la victoria de Teseo, ni el Alma ni la potencia solar heroica pueden imponerse sobre el Minotauro interior, ni siquiera sobre ese Leviatán exterior que acecha a los hombres. La Cadena Áurea de la iniciación está rota, absorbida por la constante expansión de los dominios del rey sol. Ya no hay salida del Laberinto: el locus terribilis domina la psicoesfera; y por eso la obra de Kubrick o de Pasolini resulta tan escalofriante como la realidad social que, bien desde la óptica del rico —en el caso del neoyorquino—, bien en la del pobre —en el caso del italiano—, ambos alegorizan.

Se llame Teseo o Arturo, lo cierto es que el rey está ausente en esa Tierra Baldía que es la Modernidad. Al respecto de esto cabe recordar unos versos que T.S. Eliot incluyó en el epígrafe titulado “Little Gidding” de su conocido poemario Cuatro Cuartetos (1942): «La única esperanza, o si no desesperanza, / reside en elegir la pira o la pira: / ser redimidos del fuego por el fuego». El orden natural de las cosas, los atributos encarnados por la figura solar del rey, han degenerado en el orden artificial de un soberano que se pretende encarnación misma de los dioses en esta tierra; y, en consecuencia, sólo podemos combatir la transgresión con transgresión.

No resulta casual, desde esta perspectiva, descubrir que la liquidación del patrón oro a manos de Richard Nixon tuviera lugar hace ya la friolera de medio siglo, en 1971. Es la victoria de la materia sobre el espíritu soberano, una cruz permanente sin resurrección, catábasis carente de la posibilidad de anábasis, que estanca el ciclo de muerte en la imposibilidad de una resurrección, conclusión lógica de esta Edad Oscura.

La racionalización del pensamiento mágico en asuntos de guerra da el paso de las profecías a las previsiones, de la intuición al cálculo, del augurio al pronóstico, donde la contingencia pasa a ocupar el lugar antaño reservado para el destino. La técnica, en forma de previsiones meteorológicas y análisis de las variables bélicas, sustituye a los dioses y su fatum a la hora de conceder un peso significativo a la victoria o derrota de unos y otros. Si antes el sacrificio colectivo de un conjunto de existencias concretas abortadas en nombre de una unidad superior se producía en nombre de una unidad sagrada ahora sencillamente se invoca por un conjunto de razones estadísticas.

Escribe Bataille una vez más: «El propio sol era a sus ojos la expresión del sacrificio». Lo relevante, llegados a este punto, no es tanto el sacrificio, ni mucho menos lo sacrificado, el conjunto de voces aniquiladas para beneficio del ideal de «unidad» y de «destino», sino el sentido por el que toda esa sangre ha sido regalada.

Es la transmutación de Eros o, por mejor decir, la imposibilidad evidente de transformar su plomo interior en oro espiritual, lo que detenta el triunfo del Leviatán y del Minotauro sobre el Alma en este Kali Yuga donde la Tierra en su conjunto se ha convertido en un locus terribilis, Tierra Baldía de la que sólo el verdadero sol y el verdadero oro, encarnados ambos por el símbolo del rey, nos puede salvar.

Pero, como muestra la imagen del rey pescador herido en la mitología del Grial, un mal terrible acecha la figura real en nuestros días. Es la soberanía del Sol Negro. La filosofía y la poesía, como la teología y la historiografía, como antes el mito, no sólo dan cuenta del pasado y de los hechos, ya que en buena medida también los construyen.

El sacrificio de lo subjetivo en nombre de lo objetivo se asemeja aquí al sacrificio de lo concreto en nombre de un ideal que con toda probabilidad nunca llegará a materializarse. Sin una ficción, despojadas de la idea de totalidad, todas esas existencias particulares perderían la posibilidad de darse a sí mismas un significado, de recibir un significado salvífico de brazos de la jerarquía; y es esa tarea, la de relatar ante el espejo el «destino» de la «unidad» a partir de cada uno de sus fragmentos, desocultando así la realidad en la idea de un «sentido», algo que sólo puede realizarse desde la lógica interna de cada pueblo.

Es normal que los pueblos anhelen imponer su idea de «totalidad» a otros; de ahí surge una noción como la de «universalismo», que una vez adoptada resulta difícil de abandonar, al punto de que los Estados sustituyen a la divinidad por la técnica a la hora de orientar la «unidad» en nombre de un determinado «destino» que vehicula en la Historia. Como cualquier visión exterior, que parta de un «otro» distinto, puede relativizar la idea de «unidad» y de «sentido» expresada por un pueblo, es lógico que se produzcan guerras de sentido, igual que existen guerras motivadas por fines socioeconómicos, donde las distintas concepciones de la divinidad o las distintas manifestaciones de la técnica se baten en duelo entre sí para tratar de averiguar cuál de las enfrentadas unidades es verdaderamente dueña y señora, esto es, soberana, del «destino» en lo universal.

Todos los grandes narradores modernos de la guerra, como Lev Tolstói o Frank Herbert, han mostrado bien esto, ya que más allá del enfrentamiento teológico en el plano de la abstracción, a menudo coincide un enfrentamiento de recursos en el plano de lo concreto, lo que resta es, por lo tanto, un holocausto humano de carne consumida en la enorme pira bélica, con el fin de saciar el hambre de la divinidad o de la técnica. Frente a la ceguera voluntaria de los historiadores, a menudo demasiado fieles a su amo ideológico, los novelistas pueden detenerse en la absurda recurrencia de este patrón.

Resulta notorio, en este sentido, el desprecio evidente por lo particular que demuestra tal noción de universalidad, ya que no puede dar otro significado a los fenómenos de una vida concreta que los restos de unidad que laten en ella. Poco importa que el destino del individuo sea la muerte y que la guerra acelere ese proceso con un grado de penuria añadida, toda violencia que el marmóreo ideal ejerce sobre la carne humeante será indefectiblemente exonerada en el altar de la Historia, tal es el poder de convicción que a menudo muestran los ideales y la teleología, el criterio teológico o técnico detentado por el Poder soberano.

La servidumbre de lo concreto encontrará siempre una justificación en lo abstracto, podría decirse que no hay dominación sin relato del fundamento en la que sustentarse, y que lo que un pueblo se da a sí mismo es por sobre todas las cosas una identidad colectiva en cuyo nombre es lícito suicidarse, inmolar cualquier existencia individual, justo como nos enseñan los trágicos griegos bajo la precisa perspectiva del agón. Y para el conocedor de los rastros rituales presentes en todo sacrificio no pueden pasar desapercibidas las trazas evidentes de un mecanismo expiatorio aquí, huellas latentes que laten bajo el fárrago de historias encubiertas en el motor de la Historia.

Lo mismo que vale para el enemigo exterior vale para el enemigo interior; el Poder soberano puede señalar a aquel que pone en duda su relato sagrado tanto dentro como fuera de la sociedad que gestiona mediante un criterio de «eficiencia», antes orientado hacia la idea de «destino». La constatación, presente en el cine de Pier Paolo Pasolini más que en ninguna otra narración contemporánea, de cómo el dominio jerárquico del Poder soberano ejerce sobre los cuerpos se produce en primer y último lugar a través del cuerpo es muy superior a cualquier término político que queramos emplear a la hora de descifrar la última manifestación del Minotauro en la Historia. 

Eso que Pasolini nos permite vislumbrar en Pocilga o en Saló es el mecanismo fundamental del chivo expiatorio en el mecanismo sacrificial que legitima, todos los días, al Poder soberano: cómo la figura del culpable permite vehicular la violencia por medio de un relato. La violencia, desde el punto de vista del agón, no es un acto voluntario que responde a una serie de perversiones concretas, en su lugar es una respuesta artificial al mecanismo inherente de la Naturaleza. El estudio de la physis, así en los antiguos como en los modernos, es lo que lleva a entender la violencia como una fuerza natural que desborda al hombre, puro excedente solar que el humano es capaz de reconducir a lo social a través del mito.

Ahora bien, desde una perspectiva metapolítica debemos comprender el cambio trascendental que supone la aparición del Estado moderno, exterminio final de un ethos, de una cultura, de un conjunto de usos, costumbres, tradiciones y hábitos, para terminar de culminar un proceso, el del Progreso secularizado, con cientos de años de antigüedad. La secularización permite esto; una vez se ha arrancado el alma a un pueblo devorar el cuerpo social no es ninguna extravagancia, sino más bien una consecuencia lógica. La individualidad, hoy extinta, se convierte en un privilegio social de la oligarquía, la casta que detenta el Poder se distingue de la masa precisamente por el uso de una subjetividad. La distinción es un extraño ideal burgués que ni siquiera una ficción tan capaz como la del dinero es capaz de comprar.

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