lunes, 23 de febrero de 2026

La teología política del desierto. Guillermo Mas Arellano.

 La teología política del desierto


Por Guillermo Mas Arellano



Todo es ya desierto. Sin remisión. Es la consecuencia de ese proceso generalizado de disolución al que llamamos Modernidad. Nada escapa al inabarcable alcance de una transparencia que lo invade todo. A su profunda experiencia horizontal, que a todos nos hermana en la lucha por un mismo espacio finito, a la manera de Caín y Abel, de los dióscuros Cástor y Pólux. Y a la experiencia universal, cotidiana, de dicha realidad la hemos denominado: hiperrealidad. Justo ahí: en tiempos de Simulacro.

Nuestro mundo, decía, se ha convertido en un gigantesco desierto árido, crepuscular, recalentado; y ante ese enorme páramo de tierra yerma, estéril y reseca, sólo queda una única verdad sobre la faz de la Tierra para refutar esta nueva realidad con un pedazo obsoleto de esa otra realidad ya vieja, ya olvidada, ya perpleja, ante el avance irremisible de nuestros espejismos electrónicos: el desierto antediluviano. Inmutable. Que fue, es y será, con independencia de nuestros vanos designios.

Eso fue lo que, en definitiva, encontró el filósofo francés Jean Baudrillard en su a estas altura legendario peregrinaje por Estados Unidos en general y Las Vegas en particular, recogido después dentro de ese volumen, una obra maestra de la crónica y de la verdadera filosofía, en contacto con el signo de los tiempos y no apolillada en manos de especialistas, que se incluye en el título América (1986), un libro de culto en su momento, publicado por la editorial Anagrama por estos lares, pero hoy descatalogado, ya sólo disponible en viejas librerías de segunda mano que evocan viejas realidades desfasadas. Lo tangible. El papel. La reflexión. Eso que (se) fue. Ayer. Un cierto tipo de inteligencia que hoy podemos considerar, tranquilamente, como extinta.

California es un espejismo, el contrasentido que implica un mito sin redención, porque, como escribiera Baudrillard, América carece de esperanza, ni siquiera la concibe, y además encuentra su fundamento cultural en una ausencia evidente, espacial, metafísica si se quiere, que amenaza con devorarlo todo, sin abandonar por ello la terrible levedad del juego de azar, que cristaliza en el contrapeso capitalista del desierto: el Casino. Un templo de la Fortuna que divide a sus fieles entre dos tipos bien diferenciados: hundidos y salvados.

La realidad física, espacial y proyectada en el tiempo del desierto contrasta con la hiperrealidad desbordante y elusiva de Las Vegas. En ambos lugares nos encontramos enfrentados a la más evidente de las ausencias: no hay sentido. Su imagen es la de Jasón atrapado en el vientre de la ballena. Ni tampoco tiene sentido esperar la aparición de sentido alguno. Esa imagen, más reciente, es la de aquellos que aguardan a Godot con los pies metidos en la mierda, kilos y kilos de ponzoña cubriéndoles por las rodillas. Tras la luminiscencia del espectáculo aguarda, en penumbra, la transparencia del vacío. Que es por y para siempre.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Simulacro? Se trata de una ficción que ha acabado por acontecer en la realidad e, incluso, que ha acabado generando la realidad. Eso que Nick Land denominó como «hiperstición», esto es, una suerte de retroalimentación siniestra en el Sistema, a ese mismo Sistema aparentemente cada vez más cercano al Colapso, que termina por generar profecías autocumplidas.

Desierto y Colapso, podemos añadir, van por necesidad de la mano. Así explica Carl Schmitt la noción de «teología política», en mitad de una entrevista: «Y ahora la sencilla pregunta: ¿Quién me garantiza la victoria? El cristianismo solo tiene una respuesta, de pronto llega lo incomprensible y comienza el problema de la explicación, no sólo del final. El mundo se hunde. Mañana se hunde, está corrupto. Este esquema lo llamo yo teología política».

¿Y qué papel ha jugado específicamente Hollywood, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial, en la generación industrializada y programadora de ese mismo Simulacro en la percepción mental de los occidentales? El bosque-sagrado es un lugar fundante e irradiador, el epicentro mundial de la escenificación, de la producción inmaterial de deseos y goces, de esa maquinaria destinada a generar una realidad propia y una autopercepción de los sujetos aparentemente interna, pero en el fondo inculcada con precisión desde el exterior. La secularización de las sociedades modernas es una farsa, entonces, una mentira exotérica cuya realidad esotérica muestra una férrea faz religiosa y, más aún, profundamente ritual. Así pues, la verdad ficticia del Simulacro siempre trabaja para la consecución de un móvil profundo de carácter pseudo-sagrado.

Como la ficción es entonces una parte central de la realidad, nuestra utilización de la misma para aproximarnos a la misma realidad se encuentra de sobra justificada. Ensayos como La Doctrina del Shock. El auge del capitalismo del desastre (2008), de Naomi Klein, y novelas como Los Mandible. Una familia: 2029-2047, de Lionel Shriver (2016). La confusión de opuestos es total, y detrás de su baile de máscaras se oculta el rostro del Poder soberano, ante el que Caos y Orden conforman, en tanto que polos opuestos, una bipolaridad radical. Las crisis, como todo fenómeno de raíz política, suelen estar circunscritas a un espacio o nomos concreto: no en vano catábasis, catacumba y cataclismo tienen la misma raíz etimológica.

Según Giorgio Agamben, «La producción de un cuerpo biopolítico es la aportación original del Poder soberano» a nuestra época; y «la biopolítica es, en ese sentido, tan antigua al menos como la excepción soberana», de la que Carl Schmitt dejó escrito: «El estado de excepción no conoce ningún mandamiento». Y de ahí, precisamente, su condición experimental. Añade Schmitt en otro punto: «Soberano es el que decide sobre el estado de excepción» en tanto que «el soberano está, al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico».

Las dos «guerras civiles europeas» suponían, como antes la Reforma Protestante y sobre todo la Revolución Francesa, una importante cesura dentro de la Historia de Occidente. La más devastadora de las guerras, debido a los medios tecnocientíficos empleados, había acabado por engendrar el más invisible de los regímenes totalitarios, no por liberal y socialdemócrata menos aplastante, cabe agregar con la vista puesta en el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca.

Con la «movilización total» posterior a la IGM y a su natural continuación y culmen, todo el pueblo occidental se convirtió, desde el campesino a la ama de casa, pasando por el obrero o el empresario, en un soldado en potencia; y también el campo de batalla se trasladó de las trincheras a las grandes ciudades, con el potencial destructivo de la aviación y la artillería moderna. A partir de ese momento, cualquier elemento que quedara fuera del Estado pasó a ser un enemigo potencial del propio aparato estatal. E igual que ese potencial destructivo pasó del ámbito militar al civil en el contexto, no del fascismo y el socialismo, como cabría suponer, sino también del liberalismo, la propaganda de guerra se erigió como nuevo paradigma mediático en lo relativo al ámbito de la comunicación y la supuesta información.

Esa misma «movilización total» que convierte al capital humano, bajo la excusa de unas circunstancias especiales, en material de guerra, comenzó en la así llamada «angloesfera», compuesta por Inglaterra, Estados Unidos y Canadá, y más tarde se extendió a Europa y a otras latitudes del mundo, al punto de que para el conjunto de Occidente los problemas de este autodenominado «ombligo del mundo» se han vuelto universales, aunque quizás sería mejor decir que «universalistas», a la manera de Curtis Yarvin y Nick Land.

Tanto Estados Unidos, a un lado del océano, como la Alemania nazi, al otro, se levantan al término de la Segunda Guerra Mundial como la cara y la cruz de una misma cultura puesta al servicio de la «voluntad de poder». El avance de la tecnociencia permite, a partir de ese preciso punto de la Historia (y no de ningún instante anterior), la implementación de nuevas posibilidades hasta ese momento reservadas al ámbito especulativo y fantasioso de la ciencia-ficción: «El poder ha adquirido la capacidad, en la guerra o en vistas a la guerra, de exigir a la nación lo que un monarca lo que un monarca feudal ni siquiera habría soñado». Sólo que hoy, con el paso de la oligarquía a la oclocracia, esas posibilidades están en manos de una caterva de idiotas democráticamente electos.

Lejos de morir, el poder absoluto se fortaleció tras la época de las revoluciones iniciada en Francia y renacida con una nueva dimensión tras la sangría soviética. La pasividad del pueblo, supuesto soberano en realidad tiranizado en beneficio del interés de lo «público», que apenas si disimula el interés financiero de la oligarquía, es la gran particularidad de la política moderna. Con la muerte de la nación el pueblo entiende el Poder desde una lógica espuria, la de la abstracción, y habla de “ellos”, un ente apenas identificable, dado que es incapaz de asimilar que el Estado proveedor y salvífico es en realidad un asesino preciso puesto al servicio exclusivo de su propia pervivencia.

Escribe Agamben: «Al situar la vida biológica en el centro de sus cálculos, el Estado moderno no hace, en consecuencia, otra cosa que volver a sacar a la luz el vínculo secreto que une el Poder con la nuda vida». Podemos constatar cómo, tras la Segunda Guerra Mundial, comienza una nueva política en la que «la excepción se convierte en regla», como Walter Benjamin supo presagiar antes que nadie, y la «nuda vida», hasta ese momento marginal en Occidente, se vuelve central, generando una realidad política insólita en la Historia, donde ya no hay límites tangibles entre democracia y totalitarismo. El soberano controla el marco jurídico-constitucional, lo impone a otros jerárquicamente, con todo el peso que el Estado es capaz de hacer cargar a los súbditos sobre sus espaldas; y, al tiempo, hace gala de un rastro aún más imponente de su poder cuando rescinde ese mismo marco jurídico-constitucional a su exclusiva conveniencia.


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