Por un puñado de ficciones
Por Guillermo Mas Arellano
En apariencia, la vida occidental que
llevamos a diario millones de biempensantes es ajena a las mayores bajezas y
vejaciones que, por el contrario, resultan harto frecuentes en la Historia −o,
dicho sea de paso, en la vida de tantos otros millones de desafortunados. Es
decir, que construimos nuestras vidas sobre un experimento histórico, como
excepción respecto de nuestros ancestros y a también de buena parte de nuestros
contemporáneos, de espaldas a la violencia, la pobreza y el extremo riesgo
presente en otras épocas lo mismo que en otras latitudes.
Tal y como está aceptado, la civilización
neutraliza la violencia y, con ello, despeja lo sagrado de la ecuación social;
el retorno de eso reprimido que continúa manifestándose por vías indirectas, en
un permanente estado de latencia, es eso que Sigmund Freud tildó de «malestar de
la cultura». Otro término freudiano que merece manejar con cierta soltura, al
menos si se quiere entender mínimamente el signo de los tiempos, es el de lo
«siniestro», proyección de un vacío que se manifiesta en la máscara del
carnaval y que continúa configurando el centro desviado de la Modernidad.
Para muchos, la mejor encarnación de esa
proyección sería, en la actualidad, el mundo de la pornografía; la realidad,
sin embargo, resulta mucho más oscura que la patética imagen de un incel
masturbándose ante una pantalla y que, si nada sale mal, no tardará en follar
más allá de la pantalla a imitación de las fantasías que otro ha colocado en su
sistema de deseo de manera industrializada.
La realidad es que, en la ficción
apocalíptica, mucho más que en la pornografía, encontramos un marco para el
retorno de lo reprimido, la violencia, y de paso también el regreso de lo
sagrado: matar para comer, como primera faz de lo real, que posteriormente cede
su lugar a la reproducción. El sexo, sin embargo, no se limita únicamente a la
reproducción; y lo mismo debemos señalar a propósito de la violencia. Si algo
nos demuestra el denso procedimiento ritual que, a lo largo de los milenios,
recubre la sexualidad y la violencia es que su potencia simbólica resulta
incomparable.
La figura de Cristo, vale la pena señalar
en este punto, es relevante en nuestros días sobre todo en su relación con el
sexo y con la violencia; pero por supuesto lo que le da una relevancia
incomparable en la Historia occidental es su firme postura frente al
sacrificio, sobra decir que mucho más insólita que su aparente decisión de
morir en estado de castidad autoimpuesta.
Los burgueses ateos que, hoy por hoy,
contemplan innumerables cuadros con la figura de Cristo crucificado en los más
relevantes museos del mundo han descubierto, como bien señalaron todos los
situacionistas, empezando por Guy Debord, lo necesario que resultaba establecer
una Disneylandia para adultos: la cultura de clase media, eslabón central de la
«Sociedad del Espectáculo», representa justamente eso. Si la Disnelyandia
original es un no-lugar del espectáculo los museos simulan un arte
descontextualizado en tiempos de simulacro pop.
En nuestros días hemos pasado de la
represión cultural, primero religiosa y luego racionalista, a la incorporación
de la mano del Capital. La célebre cita fascista que rezaba «nada fuera del
Estado» se ha hecho realidad por obra y gracia del Mercado; y, de paso, eso que
antaño resultaba escandaloso o abiertamente prohibido hoy es, por el contrario,
del todo rentable. «Apocalípticos e integrados», en la terminología de Umberto
Eco, son igualmente comercializados para un público de nicho. El dinero es una
ficción transversal, conecta Estado y Mercado bajo una misma ilusión, un ideal
que lo absorbe todo, desbancando a todas las demás ficciones, al mito y al
rito, al relato y a su contraparte supuestamente subversiva.
El funcionamiento jerárquico del Capital,
que construye de arriba hacia abajo a pesar de su prédica horizontal, se cifra
en un circuito cerrado de retroalimentación entre el deseo de los amos con el
deseo de los esclavos. Ese es el secreto vínculo que hermana a todos los
teólogos modernos verdaderamente relevantes, de Georg Wilhelm Friedrich Hegel a
Karl Marx, de Immanuel Kant al Marqués de Sade. Tal deseo es y será siempre
sobrante, una pulsión insatisfecha que busca el significado de su vacío en sus
propias proyecciones. La ficción del dinero alimenta, de esta manera, todas las
demás ficciones, igual que hacía el rito hierogámico sacrificial en el pasado;
el dinero hermana a amos y esclavos en una estafa piramidal que es el verdadero
fundamento de la tan fraternal democracia.
El célebre impulso creativo de
destrucción que encubre el Capital detrás de sus crípticos movimientos
económicos es en realidad una pulsión autodestructiva de primer orden, en la
que confluyen los fantasmagóricos anhelos de amos y esclavos. De ahí el firme
nexo que une fascismo y capitalismo en el cine de Pier Paolo Pasolini; Estado y
Mercado suplen el vacío ritual dejado por el decaimiento de la Religión,
recuperando para unos pocos la potestad soberana por excelencia: vigilar y
castigar a los demás desde una impunidad total, de signo sado-masoquista.
Por encima del deseo libidinal el Sistema
gobierna a la granja humana a través del deseo de aniquilación, que enseguida
regresa sobre la figura del propio sujeto que lo proyecta. El sacrificio,
entonces, es la necesaria contrapartida de la pornografía, de forma que el
cuerpo individual y, sobre todo, el cuerpo social, no se agota en el sexo, sino
en la violencia.
Si la divinidad, desde los tiempos de La
Ilíada, se encarnaba en el pólemos a la hora de clarificar sus
designios en lo relativo al «destino» de tal o cual «unidad» a su vez embarcada
en la mar picada de la Historia, el rastro de la Modernidad desacralizada se va
disolviendo en una forma más sutil de programar, una vez más el mismo proceso
de sacrificio de la carne en nombre del ideal, un espíritu profundamente
espiritual.
La disputa, el agón que los
griegos situaban tanto en el centro de la physis como en el de la polis,
pilar fundamental en la filosofía de la naturaleza lo mismo que en las
relaciones sociales y de poder, termina por suceder a la guerra, igual que el
sacrificio interpuesto de Cristo sucede, en cierto momento de la Historia, al
holocausto ritual. Tras la destrucción y reconstrucción de Europa en forma de
guerras napoleónicas, a lo largo del siglo XIX, y más tarde de guerras
mundiales, en la primera mitad del siglo XX, sin olvidar la procelosa posguerra
iniciada en 1949, esas decadentes postrimerías que comienzan en la segunda
mitad del pasado siglo y que terminan por fundirse con nuestro presente.
El Derecho Universal, una ficción
típicamente socialdemócrata, es decir, aburguesada −y, por lo tanto, tediosa
hasta decir basta−, termina por disolver toda política profunda en un perpetuo
fárrago de burocracia donde el agón se impone sobre el pólemos de
forma rotunda, definitiva, a pesar de que la sangre nunca haya dejado de
manchar los nuevos y más tecnificados campos de batalla. El mundo del «último
hombre» anticipado por Friedrich Nietzsche parece ofrecer al individuo una
autonomía de sentido que la máquina de la Historia, y su sucesora posthistórica
en manos de la última versión del Capital, se encarga de desmentir a través del
perfecto matrimonio entre Estado y Mercado.
Así pues, la «unidad» de «destino» en la
Historia parece haber llegado de la mano de la técnica, más que de la
divinidad, aunque los augurios tecnocientíficos anuncian una y otra vez la
llegada de dioses salvíficos para este Fin de la Historia. La decadencia, en
forma de ausencia de sentido interno o externo, incluso el propio sentido de
«significado», parece haberse agotado. Estamos demasiado cansados de cargar con
nuestros significados, cuerpos exhaustos por la pesada carga del espíritu,
abandonados en esta nueva etapa posthistórica marcada tanto por el agotamiento
intelectual y estético como por la proliferación del estilo kitsch y el
pastiche.
Nuestra querencia por la farsa y la
parodia no hacen sino encubrir nuestro vacío; el nuestro es un decir insulso,
estomagante, incontenible, propio de una cultura que se reviste de palabras y
de ideas seguramente tiene muy poco que decir. Y como las ideas, los
individuos, cuya práctica totalidad viene marcada por una absoluta falsa de
brillantez en lo que a talentos se refiere; y por eso las polémicas del día,
las voces inherentes a las vicisitudes que componen el funcionamiento religioso
de la socialdemocracia, parecen proclamar que también el agón conocerá
pronto su final, fruto de un agotamiento similar al que provocó un escepticismo
total hacia la guerra.
La técnica, erigida sobre el pedestal
antaño reservado para la Fortuna de Polibio o el Espíritu de Hegel, es ahora la
ficción suprema, capaz de superar al Capital y su proyección del deseo por
medio del dinero, incluso de imponerse sobre un hipotético Fin del Mundo. En la
técnica confluyen los ríos de deseo libidinoso y de deseo de aniquilación,
utopías del progreso que encarnan en el Estado y el Mercado, proyectos inherentes
a la consciencia que subyacen a toda la Historia, tanto en el salvajismo como en
la civilización. El futuro, de marcado carácter escatológico, es claramente
transhumano.
Al transformar todos nuestros datos del
día en información la técnica demuestra haber inventado un nuevo tipo de
ficción que no está diseñada según parámetros estrictamente humanos; y esa es,
quizás, la verdadera manifestación de los dioses −y no tanto de los titantes−
que nuestros poetas, empezando por Friedrich Hölderlin, llevan siglos
augurando. En nombre del dataísmo tiene lugar aquello que hasta hace poco
hubiese sido inconcebible, de no ser por la ciencia-ficción, esto es, el
proceso por el cual lo concreto es sacrificado, hasta en sus más mínimas
manifestaciones, en nombre de una abstracción, de un ideal, de una ficción
pura.

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