Juegos de guerra
Por Guillermo Mas Arellano
«Todo va al revés en consecuencia de aquel desorden capital: la virtud es perseguida, el vicio aplaudido; la verdad muda, la mentira trilingüe; los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras; los libros están sin doctor y el doctor sin libros; la discreción del pobre es necedad y la necedad del poderoso es celebrada»
Baltasar Gracián, El Criticón
Como se describe en las primeras escenas de la película Nacido el 4 de julio (1989), un filme de Oliver Stone donde Tom Cruise interpreta al militar Ron Kovic, desde hace siglos los niños sueñan con ser soldados; y desde hace décadas los cadetes se entrenan para la guerra con el uso de videojuegos y otras modernas formas de simulación bélica. Ahora, de la mano de científicos como Joscha Bach (que aparece relacionado a la lista de Jeffrey Epstein) también se emplean marcos avanzados de IA cognitiva como MicroPsi y su variante integrativa OpenPsi para hacer que estos soldados virtuales se comporten de manera realista. La arquitectura cognitiva MicroPsi se basa en un marco para simular agentes como redes de activación difusa neuro-simbólicas, situadas en un entorno de simulación o equipadas con cuerpos robóticos.
En otras palabras, gracias a tipos como Bach se están desarrollando simulaciones bélicas para entrenar a la Inteligencia Artificial como se ha hecho durante siglos con el ser humano. Junto a MicroPsi, situado en Berlín, el otro vector relacionado con la Inteligencia Artificial y su uso militarizado financiado por Jeffrey Epstein se encuentra situado, curiosamente, en Hong Kong, donde está establecida la Fundación OpenCog. Según la revista New York Magazine, Epstein donó hasta 200 millones de dólares anuales a científicos destacados relacionados con el ámbito de la neurociencia y dinámica evolutiva. Entre sus beneficiarios, además de instituciones de la talla de la Universidad de Harvard, se encuentran figuras eminentes como Stephen Hawking, Marvin Minsky, Martin Nowak y los premios Nobel de Física Gerard 't Hooft, David Gross y Frank Wilczek.
Antes de continuar, creo que es necesario abrir un paréntesis sobre la relación entre Bach, trabajador del MIT en Harvard y del CERN en Suiza, con Epstein. Por decirlo brevemente, Bach escribió correos a Epstein avalando la manipulación genética, la reducción de población mundial mediante la agricultura y el encarecimiento de la vida para evitar la reproducción. Para conseguir estos fines Bach, alemán de origen, llega a defender el fascismo como un sistema eficiente de gobierno. El propio Bach ha escrito un post en su blog hablando de su relación personal con Epstein.
MicroPsi pretende hibridar la conciencia humana generando una serie de «redes de nodos» en cada ser humano intervenido por su experimento. A medida que cada sujeto real, simulado o híbrido recorre su camino por el marco previamente diseñado, la información se envía a sus redes de nodos, las cuales, a su vez, influyen en sus decisiones por un sistema de procesamiento algorítmico que incorpora opciones de ruta en base a decisiones previas, experiencias biográficas, necesidades fisiológicas y condiciones sociológicas. Los nodos de cada sujeto intervenido se registran en una clasificación racional que comprende hasta tres tipos de impulsos: los fisiológicos, relativos a la parte animal de la persona, los sociales, en base a su inscripción económica y cultural, y cognitivos, determinados por los exámenes de capacidad previamente realizados.
El origen histórico de este tipo de proyectos se encuentra bien definido en un mundo que hoy sabemos que acabó desembocando en la así llamada “Primera Guerra Mundial”. Ya a finales del siglo XIX el ejército prusiano desarrolló una serie de prácticas capaces de simular una guerra: Kriegsspiel (en español: Juego de guerra). Se trata de un juego, similar al ajedrez, que sirvió para anticipar los cálculos militares. Tenía tanto de proto-cibernética como de proto-Simulacro. Y nosotros vivimos, más de cien años después, en el mundo de la cibernética y del Simulacro. Simular la guerra mediante una serie de previsiones. Convertir el intercambio sangriento en juego ficticio de oficiales. Donde los soldados se convierten en números prestos a ser inmolados. El Kriegsspiel influyó tanto a Norbert Wiener como a Steve Jobs, dos pioneros de épocas distintas en el terreno de la cibernética. Y no es casualidad.
Desarrollado en 1899 por Henry Michael Temple, Kriegsspiel abrió la puerta a algo tan interesante o más que la anticipación, desde el punto de vista militar: la simulación. La guerra dejaba de ser algo de raigambre metafísica, poseedor de una dimensión óntica y metapolítica evidente, el inicio de una movilización total y fluida capaz de establecer un nuevo orden fundante, para pasar a ser un cálculo proto-algorítmico más. El juego de espejos. La entrada del enemigo social, tanto el externo como sobre todo el interno, en un mundo de Simulacro. Donde la muerte se convierte en un juego de mesa, una estrategia de rol, un frío cálculo de la razón instrumental más inhumana.
La matemática y la estadística, en consonancia con el desarrollo de la cibernética, permitieron, con la Segunda Guerra Mundial, que apareciera la investigación operativa. Es un método de resolución de situaciones problemáticas por medio de cálculos lógicos. Es, de nuevo, una proto-informática. Galardonado con el Premio Nobel en 1948 como agradecimiento por sus trabajos desarrollando la investigación operativa, el británico Patrick Blackett es una figura en muchos casos parangonable a la de Alan Turing.
Blackett combatió en la IGM y tuvo un papel relevante en el desarrollo técnico del bando de los aliados durante la IIGM. Fue asimismo profesor de Robert Oppenheimer, que al parecer le quiso envenenar con productos químicos tóxicos por medio de una manzana (curiosamente, Turing fue asesinado en 1954 por los servicios secretos británicos empleando una manzana inyectada de cianuro), y participó de forma decisiva en los primeros tramos de lo que posteriormente desembocaría en el desarrollo de la bomba atómica. El aprendizaje automático pasaría de la investigación operativa a numerosos ámbitos de la tecnología moderna, entre ellos el actual estadio de las Inteligencias Artificiales, que incorporan muchas de estas técnicas militares. Blackett fue, en ese sentido, uno de los primeros científicos capaces de amalgamar el mundo de la física con el de la incipiente cibernética. Eso en lo que hoy trabaja el CERN.
Como tantas otras cosas, la máquina de cálculo moderna, que en muchos sentidos anticipó el desarrollo de Internet y de la Inteligencia Artificial, nació de un proyecto bélico, a consecuencia de las guerras mundiales. Durante la Guerra Fría no es casualidad que el desarrollo de estos sistemas de aprendizaje automático creciera. El cálculo de daños en una posible guerra atómica con la URSS resultaba esencial. La teoría de juegos desarrollada por John Nash también tuvo una estrecha relación con la anticipación del comportamiento de distintos actores ante un mismo problema. Todo ello coincide históricamente con la entrada, en una suerte de auge racionalista en el ámbito de las humanidades, de disciplinas como la sociología en el mundo de las letras.
Con la implementación de nuevas posibilidades militares cada vez más técnicas y menos humanas, la distancia entre la investigación operativa, esto es, el cálculo anticipatorio, y la guerra real, se fue reduciendo. También se desarrolló la utilización del Simulacro para confundir al enemigo e, incluso, para confundir a la población del propio país. De hecho, la Guerra Fría justificó numerosos dislates en nombre de un conflicto atómico de destrucción mutua que, por suerte, jamás llegó a producirse, pero que en varias ocasiones se quiso vender como inminente para poder llevar a cabo acciones, en su mayoría de origen militar, que de otra forma habrían resultado inaceptables a ojos de la población.
Gracias a la hiperrealidad identificada por Jean Baudrillard y estudiada en contextos militares por Antoine Bousquet, sabemos que la realidad del potencial nuclear de la URSS será un enigma para siempre; sin embargo, ese enigma fue desplazado y a cambio se vendió a la opinión pública la certeza de que podrían destruir el planeta entero. Da igual si la URSS era un enemigo real o no, lo importante era todo aquello que se podía realizar mediante una hipotética (pero, según se anunciaba, inminente) amenaza soviética sobre Occidente. De esta forma la distancia entre el significante, es decir, la capacidad nuclear y militar de la URSS, y el significado, esto es, lo que se vendía a la opinión pública como certeza contrastada, colisionaron, abriendo la puerta a un mundo donde el referente había desaparecido en todos los órdenes.
Cuando Richard Nixon, presionado por el mismo Deep State que propició su salida con el Escándalo Watergate de 1972 (un montaje a cargo de Katharine Graham como responsable de The Washington Post), abandonó el patrón oro el día 15 de agosto de 1971, ocurrió algo similar en el ámbito de la economía. Fue la demolición de los acuerdos de Bretton Woods que tuvieron lugar tras la IIGM; y desde luego es una decisión de impago que no se puede ni se debe deslindar del altísimo coste económico en forma de deuda que la Guerra de Vietnam, el gran fracaso de los Estados Unidos durante la Guerra Fría, estaba teniendo para la nación norteamericana. En realidad, los Rothschild ya hicieron esto para el Imperio Británico… Durante las guerras napoleónicas que llegaron a término en Waterloo, tras varios intentos fallidos financiados por una impresión galopante de dinero sin un referente real en oro.
Casi todos los inventos militares modernos, incluida la primera bomba atómica en Los Álamos, basaban su equilibrio entre oportunidades de riesgos, en complejos sistemas de cálculo a los que podemos calificar de simulacros. Mucho antes de que el Simulacro se estableciera como hiperrealidad, algo que se incrementaría de manera exponencial con el consumo de drogas y fármacos por parte de la población desde la década de los 60 en adelante, el mundo militar había fiado el futuro de la humanidad a una serie de resultados en distintos juegos de anticipación de origen militar.
La física y la cibernética, lo real y lo virtual, llevan entremezclándose y confundiéndose hasta solaparse desde entonces a un ritmo creciente. Ya no hay diferencia apenas entre la simulación del ordenador y el escenario fáctico. El mundo entero se ha convertido en un campo de pruebas anticipadas por medio de la investigación operativa. Todos llevamos una pantalla en nuestros bolsillos que, según se dice, dentro de poco irán insertadas dentro del propio cerebro de cada individuo. Al menos así lo expresó Klaus Schwab, ese actor jubilado que hasta poco dirigía un prestigioso lobby económico con sede en el Davos de Thomas Mann. La idea de los magos negros de la ciencia profana consiste en suplantar la propia biología del mundo por una tecnociencia; al tiempo que construir una mente colectiva de forma artificial para que la mayoría de humanos vivan inmersos en ella.
Esto, que suena a ciencia-ficción de hace apenas unas décadas, es ya una realidad fáctica. Los soldados han sido sustituidos en la práctica por drones. Ya no hay pilotos con mala conciencia. De la misma forma, los ciudadanos se han visto suplantados por avatares. En eso consiste la Cuarta Revolución Industrial augurada desde hace años por Schwab. Así que tampoco hay individuos críticos. Sólo una gigantesca macrogranja tecnificada a la que llamamos mundo. Mientras vivimos enclaustrados en casas cada vez más pequeñas y ruinosas, el mundo del Simulacro nos ofrece la posibilidad de navegar con libertad por la realidad virtual de Internet. En la Modernidad todas las guerras parten del Simulacro y se encaminan de nuevo hacia el Simulacro.
En el año 1910, Nikolai Fedorov publicó su obra Filosofía de la Causa Común, en la que se establecieron las bases de lo que hoy conocemos como “cosmismo ruso”. Lejos de ser un delirio más sobre la resurrección de los muertos, se trata de una utopía técnica que suspende las leyes más elementales de la termodinámica en nombre de la falsa mitología del Progreso. El programa espacial desarrollado décadas después por la Unión Soviética estaría dirigido por distintos admiradores de la obra de Fedorov y de su más relevante seguidor, Konstantín Tsiolkovski, cuya influencia para con Werner von Braun es evidente.
Las ideas del cosmismo, pronto introducidas en el resto de Europa, resultarían decisivas sobre la posibilidad de generar un Cristo Cósmico como el soñado por el sacerdote jesuita Teilhard de Chardin, también responsable de la idea de Punto Omega, retomando con ello el concepto de Noósfera planteado por el también ruso Vladimir Ivanovich Vernadski, fundamental para los que creen posible una Conciencia Única Global, y que, filtrado por la visionaria concepción de la TecGnosis, acabaría derivando en la teodicea materialista de Ray Kurzweil (Google), que engarza con las posibilidades de la nanotecnología y el grafeno. Para ellos, la Segunda Venida no es más que una invocación técnica.
En ese sentido y a tenor de la interesante película de Christopher Nolan Oppenheimer (2023), biopic del físico del mismo nombre, cabe señalar las múltiples concordancias entre el hombre que trató de envenenar a Blackett empleando un símbolo bíblico evidente −la manzana− y el subtítulo del libro de Kai Bird y Martin J. Sherwin que adapta la película, donde se señala al “padre de la bomba atómica” como un “Prometeo Americano”. Si Norbert Wiener es un Prometeo europeo y Oppenheimer es un Prometeo americano, la figura de ambos, creadores primero de algo de lo que más tarde se arrepintieron, nos conduce de lleno a la figura trágica del Doctor Víctor Frankenstein en la novela homónima de Mary Shelley y a la figura semítica del Gólem, ya que no en vano tanto Wiener como Oppenheimer proceden de ambientes judíos.
En ese culto a la ciencia profana, al decir de Guénon, que se inicia con tres autores rosacruces (Bacon, Descartes y Newton), el “cosmismo ruso” de Fedorov con su delirio de traer a los muertos a la vida ocupa un lugar de honor. La arrogancia del hombre de ciencias moderno, de ese alquimista profano que podemos señalar en el cabalista Albert Einstein o en el estudioso de las neuronas John von Neumann, cuando no mago negro más o menos declarado, le lleva a arrepentirse por la creación que ha hecho tangible, vulnerando con ella las leyes naturales del mundo.
El 28 de octubre de 1943 el ejército estadounidense trató de volver invisible un barco de guerra. Fue la segunda prueba de un experimento que comenzó apenas unos meses atrás. El “USS Elridge” debía pasar desapercibido ante los radares de los submarinos alemanes. Siguiendo las técnicas de los europeos Nikola Tesla y de Albert Einstein, el ejército norteamericano en consonancia con el grupo empresarial dedicado a la tecnología Research Institute of America puso en marcha el Proyecto Arcoíris, más comúnmente conocido como el “Experimento Filadelfia” por el hecho de que la base naval elegida se encontraba precisamente en Filadelfia. El científico alemán Franklin Reno tuvo la idea de aplicar los principios de teoría general de la gravedad al ámbito militar. Para ello quiso valerse de los generadores electromagnéticos. Sobre el resultado de este y otros experimentos similares se ha escrito mucho y las especulaciones son casi incontables, pero lo único cierto es que el secretismo permanece.
Varios testigos, tal como investigó el más tarde “suicidado” Morris K. Jessup y afirmó alguien que se identificaba bajo el pseudónimo de Carl M. Allen, supuestamente presenciaron como un barco de la marina de desmaterializaba para más tarde volver a aparecer en el mar a varios kilómetros de distancia, trasladándose hasta la base naval de Norfolk, Virginia. La electromagnética haría indetectable esta presencia para los radares de los enemigos.
Sin embargo, los efectos secundarios en la salud de los propios tripulantes resultaban devastadores y por eso se decidió suspender el proyecto, según la versión más ampliamente aceptada. Muchos de los integrantes del Elridge traspasaron el umbral de la locura sin posibilidad de retorno. En términos oficiales, por supuesto, la realidad de la Operación Arcoíris es negada de forma sistemática. Sin embargo, el viejo sueño de Tesla de alterar el espacio-tiempo por medio del empleo de la electricidad es algo en lo que ha estado trabajando secretamente el Gobierno de los EEUU desde finales del siglo XIX en adelante.
Subvirtiendo la materia prima del mundo, una transgresión que mancha de “pecado” a toda la raza humana, estos inventores a los que podríamos relacionar con Nikola Tesla o con el citado Alan Turing, también subvirtieron su propio dharma personal y pagaron las consecuencias de ello, como muestra cualquier acercamiento serio a sus biografías. La principal lección de esta actitud hacia su propia obra es que el genio humano, despojado de un conocimiento profundo, de lo que en el mundo tradicional se llamaba “sabiduría”, conduce a las peores catástrofes de la Modernidad. La principal consecuencia de inventos como la bomba atómica o la cibernética no puede ser otra que la creación tangible de un infierno cotidiano.
A partir de la Guerra Fría, el ejército norteamericano puso en marcha proyectos como el Programa MK-Ultra o el Programa MONARCH para convertir la mente humana en un arma, para lo cual se incoaron experimentos insólitos acerca de la percepción humana, los estados alterados de conciencia y los límites de nuestra comprensión. La Inteligencia Artificial, que progresivamente es regalada al gran público como la serpiente entregó la manzana a Eva, ocupa ahora esta misma frontera. El Departamento de Defensa enmarca la investigación en IA en términos de confianza, fiabilidad y diseño centrado en el ser humano, pero la continuidad estructural con los esfuerzos anteriores es inconfundible. Así como los programas de la Guerra Fría buscaban mapear y explotar procesos cognitivos para obtener palanca estratégica, las iniciativas actuales de IA buscan extender el razonamiento de las máquinas a la percepción y la autonomía a dominios tradicionalmente gobernados por el juicio humano.
Englobamos los programas de control mental y de desarrollo de la Inteligencia Artificial, por parte del ejército norteamericano, bajo el nombre de DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency, es decir, La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa). Sus métodos son abiertamente antihumanistas por cuanto no se restringen un ápice a la hora de combinar lo humano y lo maquinal para mejorar las capacidades informativas de sus actuaciones. Con la excusa de la “defensa” de un enemigo, antes soviético y hoy chino, cualquier atisbo de resistencia metafísica, así como cualquier rastro de ética, son eliminados. La Inteligencia Artificial garantiza, desde los tiempos de la ENIAC desarrollada por el húngaro John von Neumann, ventajas predictivas, perceptivas y operativas a escalas que ningún sistema cognitivo humano puede igualar.
La ampliación de la cartera de autonomía de DARPA marca un cambio decisivo en la forma en que el Departamento de Defensa conceptualiza la toma de decisiones en combate. Según la versión oficial difundida por la prensa, el objetivo está en integrar la autonomía en los drones comerciales y militares existentes; sin embargo, su verdadero objetivo, aquel que no es declarado públicamente, consiste en transformar estas aeronaves de herramientas pilotadas remotamente a independientes de la voluntad humana, capaces de planificar, adaptar y ejecutar por sí mismos secuencias de misión sin supervisión de ningún tipo. El uso pionero de este tipo de productos en los ataques israelíes sobre Gaza, donde el piloto ya sólo es un supervisor de la máquina (una inversión de los papeles hasta ahora donde la máquina era un apoyo del piloto), sólo puede ser denominado como insólito, y recuerda, en más de un sentido, a los bombardeos sobre civiles de la Guerra Civil española en 1936.
Las pruebas éticas realizadas por la CIA en los años 60 dentro del marco de MK-Ultra hoy tienen lugar dentro de otro contexto muy distinto, el de DARPA (fundada, precisamente, en 1958), que somete a las Inteligencias Artificiales a simulaciones extremas desde el punto de vista moral para conocer y programar sus reacciones. De nuevo, se utiliza la idea de un “enemigo” al que hay que combatir para generar un efecto espejo de imitación de sus supuestas amenazas. La integración de la Inteligencia Artificial en los sistemas operativos, sin medir las consecuencias profundas aparejadas a este proceso, arrastra a su vez la incorporación de una segunda Inteligencia Artificial de defensa diseñada para anticipar, detectar y neutralizar ataques adversariales en todas las capas de la pila computacional. Los ingenieros humanos por sí solos no pueden responder a la velocidad requerida; y, además, los enemigos combatidos son tanto externos como, sobre todo, disidentes internos.
La importancia de este desarrollo radica en sus implicaciones para la autoridad de mando. Al diseñar sistemas autónomos capaces de producir justificaciones decisionales coherentes, DARPA está permitiendo la transferencia de la responsabilidad ética de los humanos a las máquinas, preservando al mismo tiempo las estructuras legales e institucionales humanas que regulan la acción militar. Aunque las decisiones ya no se mueven en un marco antropocéntrico.
Cuanto más se profundiza en los estratos clasificados que rodean la investigación de defensa nacional, más evidente se hace la realidad palmaria una arquitectura paralela, si bien plenamente operativa, de innovación fuera de la supervisión pública. A lo largo de las últimas décadas, los programas ocultos dentro del establecimiento de defensa han mostrado una lógica sorprendentemente consistente; los responsables de dichos proyectos, como ocurre con los programas dedicados al Control Mental, no responden ante el gobierno representativo de turno, sino directamente ante miembros del Deep State innominado.
Cada vez que surge una nueva frontera de cognición o percepción, la maquinaria del secreto se mueve para ocuparla, estudiarla y convertirla en arma sin reparar en las consecuencias. Esta lógica moldeó las exploraciones encubiertas en la atención humana y los estados alterados durante la Guerra Fría y, a su vez, influyó en los esfuerzos para entender los encuentros aeroespaciales no convencionales no como anomalías científicas, sino como posibles indicadores de ventaja adversarial. De ahí la mitología de Roswell iniciada en 1947, difundida sobre todo a través de la cultura popular, según la cual el gobierno estadounidense tiene un cuerpo de “hombres de negro” equipados con tecnología extraterrestre. La misma lógica situada más allá de la realidad y la ficción es la que moldea en nuestros días el enfoque militar hacia la Inteligencia Artificial.
En la esfera pública, la inteligencia artificial se presenta como una herramienta diseñada para mejorar la toma de decisiones humanas. En el ámbito clasificado, se convierte en un participante emergente en los procesos de decisión que definen la dirección de la planificación militar y la estrategia geopolítica. Una vez que se confía en que estos sistemas perciben, evalúan y actúan más rápido que los humanos, inevitablemente adquieren una mayor autoridad interpretativa. Los comandantes que dependen de ellos empezarán a ver el mundo a través de sus resultados. Con el tiempo, el modelo sintético puede volverse más real para la arquitectura de mandos que el propio mundo. Este es el horizonte más oscuro hacia el que inevitablemente se dirigen los programas secretos del ejército norteamericano y que, sin estar sometidos a consulta democrática, determinan el futuro al que somos arrojados.
A la hora de describir este mundo de militarización progresiva de lo humano y lo inhumano en una guerra invisible pero permanente entre el pueblo, todo pueblo concreto, y la oligarquía internacional, se hace inevitable recurrir a la obra de H.P. Lovecraft en clave especulativa, ya que en los cuentos de terror del norteamericano se anticipó el mundo posterior a la IGM hasta nuestros días con su trabajo en torno al “horror cósmico”. Gracias a la implementación de los avances técnicos del sector militar en nuestro día a día, en la actualidad resulta imposible escapar de un mundo donde el terror cunde multiforme sobre la tierra tanto en su versión virtual como en su versión real, puesto que también en eso el mapa ha sustituido al territorio.

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