Del alma y la materia
Por Guillermo Mas Arellano
En tanto que imago mundi compuesto de una mitad terrenal y otra celestial, el ser humano es un espejo maravilloso del cosmos, en el que podemos hallar todo aquello que está presente en el Cielo, la Tierra y el Infierno; y a pesar de la incontable cantidad de máscaras que recubren la naturaleza, su esencia íntima emana de un mismo conjunto de fuentes cuya latencia se hace presente en todas y cada una de las partes del universo, sin importar su forma o su tamaño, sin diferenciar pasado o futuro, visible o invisible.
De lo anterior se extrae una conclusión recubierta de palabras por René Char mejor que por nadie: «Lo esencial está amenazado sin cesar por lo insignificante». Esta máxima viene a denunciar la expulsión de los amantes del Paraíso, esto es, el triunfo de la materia sobre el espíritu, ese estado de dormición hacia la Verdad y el Bien que destaca en todos aquellos que han olvidado que el sentido de la vida exige estar consagrado a la Sabiduría y al Amor, descartando con ello toda posibilidad de trascendencia a la hora de respaldar sus actos.
¿Cómo escapar del Infierno de una materia que no comprende un alter mundus metafísico? Gracias al Amor y sus obras.
Aquello que más nos ama es precisamente lo que nos quiebra: ese niño que se detiene en mitad de los Jardines de Aranjuez para sacar una espina de la planta de su pie herido. Ese es el punctum de la fotografía estudiado por Roland Barthes, la anámnesis platónica que habilita el auto-conocimiento, un locus donde se dispone el Teatro de la Memoria en el que logramos despertar, a través de la representación, a la realidad esencial de la vida, un limes numinoso donde lo doloroso muestra su verdadera faz: es un misterio de amor.
Cuando André Breton se encuentra por primera vez con Léona Delcourt, más conocida como Nadja, en la calle Lafayette de París, un 4 de octubre de 1926, a la manera de esos griegos arcaicos que se veían gratamente sorprendidos por la irrupción de una ninfa en su camino (generalmente al lado de un lago), descubre un hecho insólito: «Nunca había visto unos ojos como aquellos». Y no dejará de verlos ni un solo día hasta el 13 de octubre de 1926. Después llegará la distancia; y, tan solo unos meses después, el internamiento de Nadja en el centro psiquiátrico donde sería cuidada por Pierre Janet.
Más allá de la trágica historia de amor que esconde el relato de Breton, que nunca amará a su mujer, Simone, como sí amará a su ninfa inconstante, la historia de Nadja no alude a otra cosa que al alma hasta entonces extraviada del padre del surrealismo: eso que Jung, por su parte, llamaba ánima. Al descubrir a esa Sophia encarnada que es Nadja, Breton se religa al mundo: enamoramiento es una forma de salir de la muerte para reintegrarse en el Cristo interior crucificado, la búsqueda de la Gnosis, el descubrimiento de un Grial antes oculto.
Sea el caso de Parménides en su descenso al Inframundo, donde será iluminado por la tenebrosa presencia de la Reina de la Noche, o la historia de Breton al encuentro de su Nadja, a la que no tardará en perder para siempre, el mandato que se deriva de un encuentro pleno con la diosa es este: sé verdadero.
Es lo que Venus recita a todos aquellos que, desafiando al peligro, corren a su encuentro: sé verdadero porque tu verdad, la verdad del vecino, ese dogma o esa ideología a la que se aferra el prójimo, acaban de ser sobrepasadas con creces por un ángulo superior de contemplación de lo real. Y una vez atravesado ese umbral, verdadero bautismo de fuego enmarcado por la llama eterna del amor, la Verdad divina impone su propio rumbo.
Retener a la diosa una vez ella ha concedido pasar la noche en su compañía resulta, además de absurdo, del todo inútil. Y la literatura, como la vida misma, conoce sobrados ejemplos de esto: Neil Gaiman lo cuenta en su shakesperiana epopeya gráfica protagonizada por Morfeo, rey del sueño.
En la entrega número 17 de The Sandman (1989-96) se narra la leyenda apócrifa de Calíope, hija de Mnemósine, comprada por Richard Madoc, escritor en horas bajas, al provecto y celebrado autor Erasmus Fry, después de que este llevara viviendo de la inspiración de la musa durante más de una década, tras capturarla nada menos que en un lago cercano al monte Helicón, en Grecia.
La promesa de éxito literario garantizada por la presencia subyugada de Calíope exige una contraparte: la musa debe ser liberada pasado un tiempo. Este es el equilibrio que sostiene el mundo material a tenor de las leyes que rigen el mundo espiritual… Y que los humanos, tan necios como antes lo fueron los titanes, nos empeñamos a vulnerar una y otra vez embriagados por las falsas promesas de la hybris luciferina.
Así es que, embriagado de éxito, Madoc, reconvertido en escritor de éxito, se niega a cumplir con su parte: la desmesura (o transgresión) prometeica le lleva no sólo a mantener a Calíope encerrada en un cuarto como si fuese un animal cautivo, también acaba por vulnerar su cuerpo al violarla. Una Torre de Babel más de tantas que en el mundo han sido.
Y el castigo, de la mano del dios del sueño, Morfeo, no se hará esperar… Confirmando una lección evidente: la diosa partirá tras bendecir con su mirada. Sólo de esta manera se entiende el final de una película como El señor de la guerra (1962), que inspiraría a Juan Eduardo Cirlot a componer su ciclo poético Bronwyn (1967): «Cada verso que escribo, cada canto / es tan solo conjuro, sólo tanto».
El final de la película dirigida por Franklin Schaffner sobre un texto de Leslie Stevens es tan desolador como debe serlo: tras matar a su hermano Draco, Chrysagon debe huir separándose de su ánima, Bronwyn, dejando tras de sí la tierra baldía. Y es precisamente porque el Alma del Mundo se ha desvanecido que la búsqueda del Grial no debe cesar: el caballero, arquetipo fundamental en la cosmovisión junguiana, debe proseguir con su tarea heroica de reencantamiento del mundo. Al menos hasta que el Fin de los Tiempos desencadene una nueva Aurora.
Otra inspiración fundamental de Gaiman es Francis Bacon, padre de la Nueva Atlántida, cuyo emblema era nada menos que el búho de Minerva (antes mochuelo de Atenea), del que ese gnóstico encubierto que −a la manera de Walter Benjamin− fue Georg Wilhelm Friedrich Hegel (deudor directo del jesuita español Francisco Suárez), dijo en sus Elementos de la Filosofía del Derecho (1820) que «el búho de Minerva no emprende el vuelo hasta oscurecer». Y sin duda Parménides está vivo en estas palabras.
El búho, ese animal extraño del que David Lynch y Mark Frost señalaron que «los búhos no son lo que parecen» en su teleserie de culto Twin Peaks (1990-1), es el daimon personal de todo filósofo, único fragmento perennemente al alcance de aquellos conocedores de la evanescente presencia por la que se caracteriza la diosa.
Esa senda tenebrosa enmarcada por la mítica figura del búho, el intrincado camino de pruebas que lleva hasta la presencia fascinante y terrible de la diosa, está muy lejos de la cómoda existencia que en el Occidente actual se asocia con el arquetipo del profesor universitario cómodamente instalado en su despacho; la espiritualidad encaminada a una existencia verdadera, esa que encarnan figuras como Atenea o Alétheia, resulta imposible de domesticar.
El espíritu es un animal peligroso al que debemos alimentar, asumiendo la no tan remota posibilidad de que sea él quien acabe por consumirnos a nosotros; al fin y al cabo, se nutre de los pedazos de nuestro corazón palpitante.
Ni la sabiduría ni el amor resultan compatibles con el demonio de la corrección política: hemos construido formidables iglesias y consistentes dogmas, todos ellos catedrales del vacío pendiendo sin remedio sobre un abismo, que sin embargo no han hecho sino oscurecer la negrísima fuente primordial de lo sagrado.
Nuestro afán de sabiduría es lo que nos lleva a reencantar el mundo. Pero es amando secretamente a la diosa ausente, a esa Nadja detrás de la cual se esconde la perenne presencia de Venus, cuando aprendemos a percibir la trama de vínculos que dio origen al cosmos en la noche de los tiempos. Esa urdimbre invisible, un huevo cósmico, de cuya fecundidad nació todo lo demás.
Al olvidar a Dios hemos sometido lo divino al interés humano: es la consagración de una inversión luciferina que llega gestándose desde el comienzo del mundo. Uno de los personajes fundamentales de la espiritualidad europea, Bernardo de Claraval, reveló que el amor no es un intermediario de nada, ni siquiera de la iluminación interior, porque “El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí (…). Su fruto consiste en su misma práctica”. El amor es nada menos que la emanación constante del origen.
Da igual que hablemos desde un plano meramente subjetivo o desde un análisis ambicioso que abarque la completa decadencia de la civilización occidental, en cualquier caso el dolor se demuestra preciso, una y otra vez, a la hora de reencontrar eso que resulta esencial y que hemos terminado por suplir con lo insignificante sin inmutarnos: la fuente primordial de lo sagrado. Cuando además de la muerte el acto trae consigo la resurrección se revela su amorosa condición.
El quiebre es lo que provoca la muerte del individuo para que en su lugar renazca el arquetipo. Sin una conmoción lo suficientemente fuerte jamás recordaremos lo que hoy es pasto de un terrible olvido: que el origen y el destino de la vida se halla por igual en lo sagrado.
Y no sólo la hierática seriedad de Minerva nos recuerda que lo numinoso rara vez debe ser domesticado, también lo hace la imaginativa excentricidad de Pan, ese trickster junguiano que quiebra por la risa antes que por el dolor. Lo sagrado no es un animal de compañía que debamos dejar atado en el hogar; y, en caso de que intentemos capturarlo, su actitud será tan brutal como la de un animal cautivo que aguarda pacientemente el error de su tirano para cobrarse una venganza.
No por casualidad el amor se asemeja según el testimonio de numerosas culturas a una de las variadas formas que puede adoptar la locura. Breton aprendió la razón de esto, lo aprendió amando (y perdiendo) a su Nadja. Marguerite Porrette, autora de El espejo de las almas simples (1305), situó la fuerza del amor por encima de la potestad de la Iglesia Católica y la discursividad de la razón: esa es la vía extática de la unión con la divinidad, el angosto camino de la locura mística.
Atolondrados ascetas y alucinados libertinos: ellos son los guardianes del Amor, médicos de la comunidad que redirigen el inconsciente colectivo hacia la dinámica de lo verdadero, cumpliendo el viejo aserto que la diosa dictó a Pitágoras, Parménides y Empédocles. Gracias a ellos nuestros ancestros hablan Verdad y Bien a los vivos, insuflando vida, a través de su magia, a ese Amor que todo lo mueve.
El teatro griego nació para contemplar el peregrinaje del falo extraviado de Dionisos hasta el templo construido en honor al mismo dios. Como Osiris respecto a Ra, Dionisos es el reverso oscuro de Apolo: la noche en la que tiene lugar la desmesuro.
Sí, esa misma noche en que Isis, más tarde llamada Perséfone o Venus, sale a recibir a sus peregrinos. E, igual que la deidad egipcia, la figura griega será descuartizada para que Isis, transmutada en Démeter en el mundo heleno, recomponga todos los fragmentos de Osiris; incluyendo, claro está, el sustancial desde el puto de vista gnóstico: los genitales.
Desde este punto de vista lo fálico es también lo ritual: escenificación del drama sagrado que produce la catarsis en el receptor. Partiendo de la comedia escatológica de Aristófanes a la tragedia de Sófocles que explora el drama ínsito a todo linaje, cualquier representación de este tipo obedece a la contemplación (θεᾶσθαι) de la desmesura (ὕβρις) desatada por el divino falo de Dionisos, para mejor provocar una purificación (κάθαρσις).
Catulo, Ovidio y Petronio son dignos siervos latinos del dios griego, de Dionisos, pero aunque las artes amatorias seguirán latiendo en páginas tan dignas como las del Satiricón (siglo I d.C.), tendrá que llegar Apuleyo con El asno de oro (siglo II d.C.) para que Eros muestre toda la hondura de su espíritu en la cultura clásica. Igual que ocurre en Ovidio, en Apuleyo son las metamorfosis quienes marcan de qué forma debe hablarse del Amor; sólo que nadie antes o, ya puestos, después de Apuleyo, sea en Oriente o en Occidente, será capaz de mostrar las posibilidades de la magia sexual con un nivel comparable de refinamiento.
Hasta Boccaccio nadie se atreverá a seguir con el legado de Apuleyo en Europa: no es casualidad que Lucio, iniciado en los misterios de Osiris, acabe sus días como sacerdote de Isis; y tampoco lo es que, varios siglos después, Pier Paolo Pasolini acabe viajando hasta el final de la noche después de haberse adentrado, a la manera filosófica de Parménides, y también a la manera vitalista de Apuleyo, en lo más profundo de los misterios eróticos, para aprender de primera mano hasta qué punto los misterios del espíritu encarnan por medio de nuestros gozos y padecimientos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario