miércoles, 11 de marzo de 2026

Oración a Eros. Por Guillermo Mas Arellano

 Oración a Eros



Por Guillermo Mas Arellano

¿Qué es el Amor? Un incomparable camino de iniciación.

No está Eros (ρως) hecho para servir a anthropos (νθρωπος), ya que es en todo caso el ser humano quien debe encarnar al amor a través de su drama existencial. Ese es, más que ningún otro, el sentido de la vida: amar o vivir para el olvido. Ser uno con el Padre, entendiendo que la esencia divina que mora en nosotros está también en todas las cosas, o morir en la ignorancia del fragmento desligado de todo Destino. La única forma de ser plenamente consciente de la realidad es por medio del amor.

Cualquiera que se deje vencer por el miedo a navegar en las profundidades del Sí-mismo debería abandonar estas páginas de inmediato. El hombre y la mujer se debaten por igual en una pugna cosmogónica donde pueden decantarse, por medio de su alma, como sirvientes de las potencias amorosas o de las fuerzas que sirven a la inversión. Todo lo demás responde nada más que a una tibieza poco azarosa… Que con su ambigüedad sirve precisamente a esos arcontes siniestros que quieren usurpar el mágico espacio reservado para la divinidad.

Existe un ojo invisible en todo hombre y en toda mujer que sólo el amor puede abrir; este libro ha sido escrito enteramente con ese ojo del amor. Gracias al amor la magia que somos manifiesta su verdadera forma. Una vez hayas comprendido este lema que las musas han susurrado al oído del autor, viajero, estarás listo para internarte en el comienzo de estas líneas.

Por más que la naturaleza de anthropos sea espiritual, los seres humanos somos arrojados a la existencia sin más salvoconducto que el amor a la hora de regresar a nuestro verdadero hogar: la patria celestial.

Todo lo que no es exilio, en la putrefacción de la Caída, es apenas un remedo del Paraíso Perdido; y por eso la imagen más perfecta jamás creada para representar la condición esencial de anthropos es la de Cristo crucificado en el madero: así yacen hombres y mujeres clavados en su cruz.

Madera, madre, materia… Es la caverna originaria de cuyo barro primigenio fuimos engendrados… sin que nada ni nadie nos alentara a añorar a la madre divina que en verdad gobierna lo creado: Venus, diosa de la Belleza, que al encarnar la luz interior solemos asociar a una de sus potencias más representativas: el amor. El amor, podemos sentenciar, no es otra cosa que una de las manifestaciones excelsas de esa luz interior encarnada por Venus.

El reverso oscuro, peligroso, de esta Afrodita que es Diosa Blanca y emana luz interior nos acecha cuando pretendemos enterrar el Eterno Femenino bajo toneladas de racionalismo: Hécate se impone como Diosa Negra que no perdonará nuestra blasfemia. Es la inversión negra de Isis, esa a la que los egipcios llamaban Neftis, quien reina en esta época oscuramente lunar… No en vano la luna tiene dos caras, la visible y la oculta, igual que existe un sol visible y otro oculto: Schwarze Sonne.

René Guénon apuntó como de pasada algo fundamental: sin pasar por la oscuridad, por el lado lunar de la existencia, la renovación del ciclo jamás llegaría a producirse; y es que, si no salimos del plano material de la realidad, este microcosmos desligado de su cordón dorado, primer estadio de la conciencia humana, re-dirigiendo nuestra mirada hacia los mundos superiores del macrocosmos, perderemos toda capacidad para volver al Creador. Estaremos, por lo tanto, perdidos en una inmensidad de tinieblas.

Toda religión está fundamentada sobre el espanto que nos genera el hallazgo de lo numinoso. Ese mysterium tremendum et fascinans es el epicentro de nuestro trauma fundamental, el descubrimiento de lo que Sigmund Freud llamó «lo siniestro», como bien sabía Eliade, «la hierofanía transfigura el mundo, llenando el alma de terror sagrado»; y también Rudolf Otto: «Lo numinoso resulta inaprensible e incomprensible, no sólo porque mi conocimiento tiene respecto a él límites infranqueables, sino además porque tropiezo con algo absolutamente heterogéneo, que por su género y esencia es inconmensurable con su esencia, y que por esta razón me hace retroceder espantado». Y, antes de todos ellos, William James: «Las religiones más completas parecen ser aquellas en las que el elemento pesimista está mejor desarrollado».

Mucho antes de que Occidente se extraviara lejos de la voluntad de lo Uno, algunas figuras sapienciales de primer orden, como Pitágoras, Parménides o Empédocles nos mostraron el camino a seguir: un descensus ad inferos a la busca del servator mundi, amorosa figura sin cuya intervención sería imposible escabullirnos de la destrucción total. O logramos la conjunción con ese Salvador que es Eros, con esa Divina Esposa que es Sophia, y les juramos lealtad eterna, o nada nos salvará de la hybris que hemos desatado nosotros mismos.

La primera forma del hombre y de la mujer es la concepción; y sólo mediante el amor y la sabiduría ascendemos sobre la vana condición de lo material, distanciándonos así, de una vez, de todo tipo de males que abundan en la forma de vida subpersonal del ser: el yo individualista falto de purificación. Los seres humanos, como los ángeles, somos criaturas liminales; y si los ángeles vagan entre el mundo espiritual y el terrenal con más presencia en el primero que en el segundo, en nosotros ocurre lo mismo a la inversa.

La esencia divina, tan delicuescente como de otro lado firme, se compone de ese amor y esa sabiduría: el río de Mnemósine, situado en pleno Hades, permite a todo aquel que bebe de sus aguas congraciarse con la Reina de la Noche, purificando la voluntad del extranjero que busca en su sabor un grado de entendimiento sobre los mayores principios creadores del universo.

Al nacer estamos ciertamente muy solos, condenados a una forma de amor espuria, por demasiado primitiva, dominada por el egoísmo. El individuo sólo puede amar al mundo de forma secundaria, a razón de su beneficio inmediato, ambicionando en aquello que es superior a él sólo aquello que le permita vivir satisfaciendo a sus más bajos deseos.

A ese tipo de existencia, de naturaleza pasajera, se la debe llamar una muerte en vida; algunos autores decisivos en la trayectoria de Occidente, como Emanuel Swedenborg −cuya influencia se hace notable incluso en la de grandes novelistas modernos como Cormac McCarthy−, han calificado a este tipo de amor como «material», en referencia a Agápē (γάπη) y Philia (φιλíα) antes que a Eros.

El tipo de amor «material» es calificado por Swedenborg de «natural-corporal», un afán «impuro» por cuanto nace de una condición en Caída y apunta con estancarse en la putrefacción si la sabiduría divina y el verdadero amor no lo elevan sobre su encarnación primaria; y es que, si no se combate el nigredo inicial que corrompe el amor abismándolo en los mundos inferiores, por medio de eso que Rudolf Steiner llama «iniciación», no se pasará consecutivamente hasta el albedo y el rubedo alquímico, el conocimiento pleno de los mundos superiores.

Desde esta perspectiva, que entiende la ascensión espiritual como única forma aceptable de autorrealización, en la que el individuo debe morir en su forma egoica para renacer arquetípicamente como persona «individuada» (al decir de Carl Jung), cualquier forma de libertad es apenas una entelequia si no va acompañada de esa sabiduría divina que se fundamenta en el amor hacia las cosas celestes.

Un sabio, sea este asceta o libertino, erudito o artista, conoce bien la natural superioridad de lo celestial sobre lo terrenal, y por eso vive entregado de lleno a la trascendencia antes que a la mudanza… Pues es del Cielo, y no de otra parte, que proviene la luz del Bien y de la Verdad, rayo numinoso que depura todo lo material a través del espíritu creador.


La actividad en el mundo material, eso a lo que equivocadamente llamamos vida, pues apenas si es una mala copia de un mal sueño, nuestras desdichadas existencias fruto de la Caída, también dejan su espacio impreso en el mundo espiritual… Habitualmente en forma de un rastro infernal de ignorancia.

Hamlet es el paradigma de ese viejo aserto según el cual no se puede pensar y danzar al mismo tiempo. La danza es, junto a la música que inspira el movimiento, la relación primigenia del ser humano con lo sagrado. Hamlet, encarnación tanto de la melancolía como del pensamiento dialéctico, es incapaz de danzar porque su relación con lo real viene marcada por una actitud titubeante de duda. Mientras Hamlet se debate entre el misterio fundamental, la dualidad ser y no-ser que se corresponde con las dos caras de la luna (oculta-evidente) o con las dos modalidades del sol (visible-invisible), se le escamotea el mandato fundamental de la divinidad: amar.

Lo peor, por lo tanto, no es el fin trágico de Hamlet (Horus) o su incapacidad a la hora de llevar a cabo la venganza por la muerte de su padre (Osiris), sino su impotencia a la hora de engendrar y recibir amor. El amor tangible ocasionado por el deseo, ese Templo construido en el transcurso de una noche por dos amantes, o el vínculo forjado a lo largo de 9 arduos meses entre una progenitora y su retoño, termina por convertirse en espiritual cuando no se desvía en los aspectos subpersonales del ser, trascendiendo así su forma inicial, generando una unión que no sólo obtiene una impronta en el mundo físico, sino que promete mantener con vida sus ataduras en el plano metafísico.

Aquí es donde por fin tiene lugar la transformación alquímica en la que el nigredo da paso al rubedo: perfecta ejecución del Opus magnum donde el Verbo interior, habitualmente llamado Cristo, encarna por medio de la acción operativa del espíritu, induciendo a la muerte del ego, ese primero yo individualista, cuya naturaleza es pasajera, para favorecer a cambio la resurrección de un segundo yo abierto no sólo al mundo y su inmensa variedad de alimentos materiales, sino también al vínculo secreto que religa a todo ser vivo con su Creador.

Jung encontró en la idea del Grial un símbolo que recoge a la perfección el sentido profundo de esa búsqueda de lo numinoso en el interior del propio ser. Por su parte, Steiner halló ahí el secreto fundamento de la Gnosis: «Así el cosmos de sabiduría se convertirá en cosmos del amor» (La ciencia oculta, 1910). El Verbo interior se revela Cristo interior: Logos divino, materializado gracias a la intervención de Sophia y Eros, que late como llama de amor en el corazón humano.

Como la belleza o la sabiduría, el conocimiento se marchita si no conduce hacia el amor, al mostrar su lado más tramposo, relativo a un saber terrestre que nunca llegará a trascender sus propios límites elevándose hasta lo celeste. Si en su Sapientia Angelica De Divino Amore Et De Divina Sapientia (1764) Swedenborg nos dice que «el universo ha sido creado del divino Amor por la divina Sabiduría», por su lado Steiner concluye: «La sabiduría es la condición previa del amor; el amor es el resultado de la sabiduría renacida en el yo».

Por último, es el Maestro Eckhart quien añade: «Hay una identidad en la mente de la cual fluyen el conocer y el amar. Ella misma no conoce ni ama como sí lo hacen las potencias de la mente». Así pues, cabe concluir que la obra de la Verdad y el Bien se hace a través de la Sabiduría y el Amor… Tal y como nos señalan algunos de los maestros más refinados del Mundo Moderno… Además, claro está, de la propia experiencia de todo ser humano digno de tal nombre.


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