El nacimiento de la tanatopolítica
Por Guillermo Mas Arellano
El Poder soberano ofrece felicidad, pero impone control; anuncia seguridad, si bien transmite disciplina; promete orden y acaba tramando vigilancia. Una vez se ha establecido la Ley todo su peso cae para castigar la desviación y correr a corregir su rumbo conforme a la normatividad. La definición del Poder soberano es, por lo tanto, negativa, dado que no se sitúa en donde está como en el lugar donde no está: la herejía.
Es posible conocer al Poder soberano, pero sobre todo a partir de sus herejes: los prohibidos y los ajusticiados. Acerca del término genealogía, Michel Foucault dejó dicho: «Llamamos genealogía al acoplamiento de los conocimientos eruditos y de las memorias locales que permite la constitución de un saber histórico de la lucha y la utilización de ese saber en las tácticas actuales».
Y lo mismo que sucede con el Poder soberano, con sus herejes, sucede también con la técnica, como antes ocurrió con la Iglesia católica y los gnósticos: el fundamento de su metodología, el centro mismo de su deseo, no es otro que la resolución de problemas.
El poder soberano detenta la impunidad de matar, si en tiempos impuso el sacrificio hoy detenta precisamente una muerte que es la exclusión del sacrificio. ¿Quién es el homo sacer? Aquel que será asesinado sin necesidad de ser instituido como sacrificio, marcando el tránsito de la biopolítica a la tanatopolítica, como apunta Alain Robbe-Grillet: «Cuando se quiere regular todo en la vida de las gentes, también hay que ocuparse de sus muertes».
La vida del homo sacer es sagrada sólo en el sentido conferido por Giorgo Agamben a este nuevo sujeto antropológico de la política moderna, esto es, en el sentido de que está constantemente expuesta a la muerte por su pertenencia al Poder soberano. Escribe el italiano: «la producción de la nuda vida es, en ese sentido, la contribución originaria de la soberanía». Esa nuda vida del homo sacer a la que todos los hijos de la bomba atómica y los campos de concentración hemos sido expuestos, resulta «inclasificable» al tiempo que tiene lugar a plena luz del día.
El homo sacer es, en sí mismo, una figura liminar; no es ni sacro ni profano, ya que ni es sacrificado ni tampoco es dueño de su existencia, que pertenece al Poder soberano. Su condición, en consecuencia, resulta una paradoja; y por eso mismo excepcional, si bien se ha generalizado en un tiempo y un lugar donde la nuda vida ha logrado extenderse, por la vía de la americanización y su ambición universal de expansión, a todos los rincones del orbe.
Ser sacrificable sin ser sacrificado: la anomalía en que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta nuestros días, se instala la existencia del homo sacer. Escribe Agamben: «La sacralidad es una línea de fuga que sigue presente en la política contemporánea, que, como tal, se desplaza hacia regiones cada vez más vastas y oscuras, hasta llegar a coincidir con la misma vida biológica de los ciudadanos». Cuando nada es sacrificial, todo aparece como sacrificable a ojos del Poder soberano; y por eso el paradigma del bíos en la última Modernidad es el campo de exterminio, el genocidio como quintaesencia del orden institucional, de la ciudadanía coetánea, transición de la biopolítica a la tanatopolítica, de gestión de la vida a gestión de la muerte.
Si con la biopolítica el cuerpo, en su vertiente social lo mismo que en la individual, se volvía el centro de la acción política, la tanatopolítica hace otro tanto con la muerte. La sociedad aparece como cuerpo enfermo que debe ser sanado extirpando el tumor cancerígeno, que es el judío del Tercer Reich, el comunista de los Estados Unidos, el negacionista de la crisis sanitaria de 2020. El razonamiento aquí es evidente: hay que salvaguardar la vida a toda costa, es el triunfo político del darwinismo por la vía del Leviatán estatal, incluso aunque para lograr tal fin halla que imponer la muerte a los daños colaterales de turno.
La última voluntad de Adolf Hitler en el búnker fue garantizar que su cuerpo muerto no cayera en manos enemigas, lo que de por sí es un ejemplo perfecto del razonamiento biopolítico posterior a la Segunda Guerra Mundial, una actualización, si se quiere, de la lógica sacrificial del chivo expiatorio que trasciende el marco sagrado al uso para entrar en otro marco distinto, el de la nuda vida, donde toda la sociedad en su conjunto es gestionada mediante la lógica biologicista del campo de concentración.
Como señala Roberto Espósito, el fin de la soberanía marca el inicio de la biopolítica; y, lejos de suponer el fin de la biopolítica, la abrupta extinción del nacionalsocialismo sólo hizo que revitalizar la lógica biopolítica, ya reconvertida en tanatopolítica. Escribe el italiano: «Biopolítica es, ante todo, todo aquello que no es soberanía». En el siglo XVIII el Fin de la Historia marca el ingreso en la biología que, en sí mismo, nos habla de una línea evolutiva capaz de incorporar lo histórico dentro de sus mecanismos evolutivos.
La conclusión lógica de este proceso no es tanto el exterminio de vida ya existente como la interrupción del nacimiento de una vida que, en caso de existir, resultaría excesiva, improductiva, digna de ser eliminada. A este respecto escribe Michel Foucault: «Entre los siglos XVII y XVIII se produjo un fenómeno importante: la aparición de una nueva mecánica de poder con procedimientos propios, instrumentos completamente nuevos, aparatos muy distintos; una mecánica de poder, según creo, absolutamente incompatible con las relaciones de soberanía». Y por eso, como apunta Espósito, «en el siglo XX la soberanía se reduce a una máscara formal de la biopolítica».
La clave de bóveda del biopoder es la técnica, capaz de transmutar la antigua dominación jerarquizada en una adherencia informe que expande su vida incorporando otras formas de bíos a su cargo. Hasta la tanatopolítica queda entonces supeditada a la biopolítica, en la medida en que gestiona la muerte con el pretexto de conservar otra vida. Es decir, que la vida se instrumentaliza para servir a la muerte, no digamos ya la economía o la política, que se convierten en cáscaras desiertas de otro contenido distinto al de su funcionalidad, explotada por el biopoder.
Roberto Calasso escribe: «Igualdad es una idea iniciática», un emblema masónico elevado a los altares políticos en 1789, ya que «sólo a través de un proceso altamente artificioso, como la iniciación, se consigue evocar esa cualidad inexistente en la naturaleza, lo igual». La fraternidad, como ideal, nos hermana en un contenido iniciático que, debido a su sobreexplotación pública, pasa perfectamente desapercibido. Su inversión, inherente a la artificiosidad que lo caracteriza, resulta indetectable para las grandes mayorías que reclaman en grandes movimientos de masas su cualidad igualitaria.
Y sobre el impacto sagrado, travestido de ideológico, que tiene este tránsito de la igualdad, Espósito, siguiendo con René Girard, concluye: «Desde Caín y Abel hasta Etéocles y Polinices, incluidos Rómulo y Remo, la enemistad absoluta, fratricida, se representó siempre a través de la pareja de hermanos, o incluso gemelos». La proclamación política de la igualdad significa el triunfo simbólico del «gemelamiento», otro tipo de asesinato ritual que pone la violencia, en forma de competición entre iguales, en el centro de la vida pública, sin que lleguemos siquiera a percibirlo. Es, en cierto sentido, la dialéctica hegeliana del «amo» y el «esclavo» o, si se prefiere, la dialéctica schmittiana del «amigo» y el «enemigo» en su extremo lógico.
En respuesta al vacío de Poder soberano y, antes, al propio vacío existencial que es inherente a la condición humana, los hermanos reaccionarán violentamente el uno contra el otro, como señala una vez más Espósito: «El nacimiento revela el vacío, la falla, la fractura de donde surge la identidad de todo sujeto, individual o colectivo: el primer munus que lo abre a aquello en lo que no se reconoce». Es algo que, además de en el constitucionalismo posterior a la Revolución Francesa, está presente en toda la mitología occidental, sea la grecolatina, sea la judeocristiana: tras unirse para vencer al Padre tiránico, los hermanos comenzarán a pelearse entre sí, una lucha de iguales que reproducirá los violentos patrones paternos que se pretendían erradicar. Y eso también es aplicable al Antiguo Régimen, al Poder soberano, al biopoder que los sustituye a ambos provocando el enfrentamiento ritual de sus hijos.
La reproducción no sexual es, como la gestión de la muerte sobre la gestión de la vida, el fin de la subjetividad a través del cadalso de la sexualidad. De ello nos habla también Stanley Kubrick en Eyes Wide Shut (1999): abismo que separa los sexos, incapacidad de Bill para follar con Alice y las sucesivas ninfas que se prestan a sustituirla. En ese sentido vale la pena citar a Slavoj Žižek, uno de los pocos filósofos que se ha atrevido a añadir algo más allá de la órbita de Deleuze en este terreno: «En la vida cotidiana fingimos que deseamos cosas que realmente no deseamos» por lo que «lo peor que nos puede ocurrir es conseguir lo que oficialmente deseamos».
La transgresión sexual que Georges Bataille conviritió en el centro mismo de su obra, antes era residual en la sociedad —como la nuda vida— y se ha hecho central en la última Modernidad, la de la liberalización, donde la «parte maldita» ha terminado por fagocitar la sexualidad, de forma que la zoé sexual ha devorado todo rastro de bíos natural. En consecuencia, la reproducción entra en una crisis profunda y, con ella, la propia continuidad de la especie, que en términos filosóficos nadie ha tratado como el pesimismo, quizás último rastro de subjetividad en el pensar occidental.
La tendencia actual es, por lo tanto, la reproducción asexual: un placer abstracto que prescinde del abrazo físico en beneficio de una virtualidad puramente técnica. Si la biopolítica ha sustituido al Poder soberano, un triunfo del nuevo biopoder sobre el viejo Leviatán, esa misma metodología ha aupado la abstracción sobre la encarnación en términos sexuales. Es una pena que Bataille no viviera unas décadas más para ver como todo su trabajo teórico se invertía en la práctica histórica a consecuencia de la evolución del Capital.
En ese sentido merece la pena volver a citar a Slavoj Žižek: «En la perversión, la sexualidad se convierte en un objeto directo de nuestro discurso, pero el precio que pagamos por ello es la desexualización de nuestra actitud hacia la sexualdiad, que se convierte en un objeto desexualizado entre otros». El exceso inherente a todo Eros produce espanto, rechazo, un repliegue hacia esa «castración simbólica» de la que hablaba Jacques Lacan. Lo prohibido, como analizó Bataille, es fruto de esa desazón que produce lo sexual-terrible; pero la otra parte que Bataille no llegó a vislumbrar es aquella que se ha impuesto en nuestros días: que el exceso de exposición por parte de lo sexual-terrible, a través de la liberalización y la pornografía, produce un espanto igual, puede que hasta mayor, que aquel que tenía lugar antaño.
El resultado de esto es que, tras la cultura aparentemente hedonista del Mayo del 68 y Woodstock, arriba una tecnificación de la sexualdiad que censura precisamente la carnalidad en beneficio de la abstracción y asesina la maternidad erótica en beneficio de la fraternidad conflictiva. Ya no se desea a un Otro natural que es sublimado por la vía cultural, una bíos majestuosamente revestida de zoé, sino que en su lugar se desea a un Otro artificial diseñado para completar esa carencia consustancial al ser humano.
De la mano de la técnica hemos aprendido el peligro de poder diseñar nuestra propia fantasía, que supone el fin mismo de la subjetividad y su sensualidad, por cuanto rescinde su relación exótica, esto es, erótica, con un Otro sublimado. Sigmund Freud ya nos alertó sobre ello: «Si lo que el sujeto anhela más ardientemente en sus fantasías se le presenta en la vida real, huye de ello». Pero, ¿y si nunca se le presenta en la vida real más que como fantasía eternamente pospuesta? El triunfo de la sociedad del espectáculo es haberse especializado en el terreno pornográfico, en la fantasía privada de cada individualidad despojada de un yo subjetivo.
Ya no hay un Dos conflictivo, conformado a partir de retazos y espejismos, de fantasmagórica sublimación de un Otro ausente, en su lugar reina un Uno autosuficiente, que es todopoderoso en su gestión del deseo siempre y cuando esté asistido por sus artilugios técnicos; e igual que se produjo el fin de la dialéctica histórica para las sociedades, se produce aquí el fin de la dialéctica amorosa para los individuos, por obra y gracia del biopoder, que se introduce de forma subrepticia y eficaz en el aprendizaje de la sexualidad, provocando ahí un olvido que es culminación de otro olvido mayor: el olvido occidental por lo que hay de sagrado en la vida, de una sacralidad positiva y no meramente negativa como la que gestiona la biopolítica.
De esta forma se oscurece el último atisbo posible de subjetividad. El Capital nos quiere eternamente insatisfechos, en estado de escasez subjetiva, al tiempo que amparados en una excedencia garantizada por la tecnificación, de forma que nuestro vacío se haga patente sin que seamos capaces de saciarlo, constantemente a la busca de algo más. Los cuerpos rotos de esta Modernidad tardía están agotados, en el plano físico, y enfermos, desde la perspectiva mental, pero siguen buscando una felicidad que no llegará a consumarse. Puesto que aquello que buscan «no es de este mundo», sino que procede del ámbito espiritual que el biopoder ha pervertido en su lógica abstracta.
En esta sociedad del porno, que forma parte de la biopolítica, estamos más expuestos que nunca a la sexualidad, pero el suyo es un Simulacro de lo sexual, precisamente porque se agota en la pura apariencia de lo visual, la engañosa artificiosidad sin rastro de esencia o de verdad carnal. La promesa erótica de una apertura infinita a la virtualidad se salda con una clausura casi total en la materialidad. Como esa máquina a la que adora, el ser humano del siglo XXI carece de sexualidad y, por ende, de subjetividad: el viaje de la biopolítica culmina en la posthumanidad.
El lugar terrible de la Modernidad es, pues, un espacio negativo que carece de otro fin que su expansión constante y, como un abismo sin fondo, su destino de agujero negro es, una vez ha consumido todo lo demás, incluidos a nosotros, devorar su propia estela y hacerla desaparecer como si fuese un problema más.

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