La americanización del mundo
Por Guillermo Mas Arellano
Para Gilles Deleuze, «La soberanía no reina más que aquello que es capaz de interiorizar». Por eso la estética, en tanto que método de interiorización de una religión secular o, si se prefiere, de una cultura, por parte de una comunidad, resulta fundamental. Lo que el Poder soberano logró con la crisis económica de 2008 fue llevar a cabo una experimentación financiera exitosa, igual que con los confinamientos de 2020 tuvo lugar una experimentación sanitaria que, en ambos casos, marcan un antes y un después en lo que Marshall McLuhan llamó «Aldea Global».
Desde que el ser humano es ser humano su existencia está regida por la lucha, esto es, eso que los griegos denominaban agón. Comer para matar, fundar la comunidad sobre un crimen sangriento, demuestra que el hombre no sólo compite con la Naturaleza por sobrevivir, sino también contra su hermano: ser humano contra ser humano. El tópico reza que nuestro bienestar material, fruto del progreso tecnocientífico, nos exime de esa cadena trófica de putrefacción y alimento debido al estrechamiento de las cargas y al ensanchamiento del horizonte, por lo menos en el ámbito material.
Pero, ¿de verdad podemos hablar de confort en un mundo de trabajos precarios e interminables listas de espera para la seguridad social? ¿En serio se puede afirmar sin a cambio ruborizarse que la cima de la civilización está contenida en la comida procesada y los retrasos en el transporte público? Aquello que nos sobra en el duro bregar diario por un subsistir digno de tal nombre, ese exceso energético que recibimos gratuitamente del cosmos, por el contrario se consagra, en la sociedad moderna, a la consecución de otro empeño no menos dificultoso: la felicidad. Esa entelequia inseparable, al menos según la concepción que tenemos de ella hoy en día (tan lejana a la aristotélica «eudemonía»), de la sociedad de consumo. Porque a pesar de todos esos bienes en los que nos regodeamos al final somos profundamente infelices.
El marco específico de la soberanía, que impone un «adentro» desde un «afuera», controla un espacio concreto fundando su operatividad en una topología distinta, de forma que es lo sagrado, a través de un mito sacrificial como la tragedia ática o la cristiana leyenda de Jesús de Nazaret, aquello que funda el perímetro dentro del que la comunidad es pastoreada. Ese umbral de paso es, para Giorgio Agamben, la excepción: «La excepción es una especie de la exclusión. Es un caso individual que es excluido de la norma general». El soberano aplica la norma a otros absteniéndose de participar en ella, ya que su propia norma es la de la Logia, esotérica, y no la del Estado, exotérica, como una vez más explica Agamben: «La excepción es la forma originaria del derecho».
El umbral entre el «adentro» y el «afuera» es lo que revela la verdadera faz del Poder soberano. La norma que rige dentro de la democracia y el Estado es la ley, que a su vez es determinada por un poder ajeno a la misma, proveniente de un agente externo, invulnerable, que es el Poder soberano. La excepcionalidad, por lo tanto, supone el límite entre el derecho y el hecho. Ese espacio, antes residual en la polis, ahora constituye el núcleo de la vida social, marcando una jerarquía absoluta en la que el Poder soberano, a salvo en el marco de su norma interna, la Logia, obliga a acatar la norma externa, el Estado, de arriba hacia abajo.
Tras los recortes de 2008 se produjo una empatía del pobre hacia el rico que, de forma casi natural, acabó llevando en la década siguiente al millonario Donald Trump, a su vez hijo y nieto de empresarios, a la Casa Blanca. Es el resultado de la etapa post-Bush que, lejos de castigar al ámbito político conservador, certificó todo un «giro a la derecha» más radical, y no moderada, como en un principio hubiese sido de esperar. Lejos de retroceder, el conservadurismo se rearmó en el contexto de una crisis financiera que terminó de fagocitar a la clase media en una escala global. Tras los recortes impuestos por esos «hombres de negro» que encarnaban al Poder soberano, y que tan solo una década después devinieron en «expertos» de bata blanca, el libre-mercado salió reforzado: «es la libertad», dicen sus defensores.
Volviendo al citado McLuhan, podemos decir que con las redes sociales el medio ha devorado por completo cualquier atisbo de mensaje. Desde el Gobierno de Ronald Reagan en adelante, pasando por George Bush padre e hijo, así como Donald Trump, detrás del Presidente existe un mismo poder profundo, soberano, que impone decisiones técnicas sin contar con el pueblo y que distrae a la plebe por medio de la pamema insulsa de las «guerras culturales» que no son, por cierto, más que otra forma de resucitar el agón clásico de la polis griega.
Con todo para ser un Imperio, los Estados Unidos de América han preferido ser una multinacional. Su respuesta ante las sucesivas crisis ha sido puramente idealista, por cuanto han sacrificado una realidad material cada vez más depauperada por un Gran Sentido que justifica su muerte ritual. Si en los años 30, tras el «crack de 1929», surgió la idea de que el Capital ha fracasado como modelo social, tras la crisis de 2008 el Capital, en cambio, salió reforzado, potenciando la noción del «self-made-man». Así es que, frente a la inacción de la izquierda, que no hizo grandes críticas y acabó cayendo en el populismo de las «guerras culturales», los defensores del libre-mercado denunciaron el intervencionismo con un creciente éxito de público neoliberal.
En un conocido fragmento que Agamben disecciona con maestría, Píndaro «describe la soberanía del nómos por medio de la justificación de la violencia». Una vez más es la violenta lógica del sacrificio aquello que refulge en el centro del Poder soberano, en tanto que se revela origen del conjunto social, su manifestación primera; y es que, a pesar de su aparente oposición, la violencia es el fundamento mismo de la justicia, en tanto que el caos violento exige de un ordenamiento sagrado, sacrificial y justo que rige su fuerza imponiendo un uso y una prohibición, un mecanismo de aprovechamiento y excedente.
Con la secularización y su nuevo orden social des-ritualizado, la excepción opera indistintamente con la violencia y el derecho, con sacrificio y justicia, amparándose justamente en un lugar liminar que le permite desplazarse entre ambos. La violencia funda y conserva un Poder soberano que domina toda una sociedad, de la que se encuentra a un tiempo dentro y fuera. Un rasgo clave en el funcionamiento del Poder soberano es la retórica apocalíptica que somete al pueblo a una amenaza constante, inconcreta, de signo eminentemente religioso, cuyos terribles efectos sólo pueden ser combatidos por una casta sacerdotal de «expertos».
El catastrofismo moviliza las más bajas pasiones del vulgo, se vuelve espectáculo sin la necesidad de abandonar el espacio de la retórica, coloniza las mentes de sus consumidores empleando una proclama ciertamente apocalíptica: es el fin de la nación tal y la conocíamos. Un discurso cuyo modelo original reza: el Fin de los Tiempos; y que, modernamente, los estadounidenses ensayaron con el Terror rojo o incluso con la amenaza de una invasión extraterrestre cuyo ámbito de influencia pronto se extiende a todas las áreas: actualidad geopolítica, debates parlamentarios, batallas ideológicas… Y demás filfas de la abstracción anunciadas con neones.
Orson Welles está hoy más presente que nunca entre blogueros y youtubers, en tanto que santo patrón de las tertulias televisivas y de los locutores consternados. Lo salvadores, según el relato surgido de la crisis de 2008, son oligarcas y tecnócratas, emprendedores y empresarios. Sólo los amigos del comercio pueden salvarnos de la catástrofe, porque vender la alternativa a un gran desastre puede ser un gran negocio. El objetivo es claro: canalizar el egregor de la indignación y proponer una solución sencilla: recuperar el esencialismo perdido, que muchas veces se ancla en un marco originario perdido, como por ejemplo la retórica de los Padres Fundadores.
La Logia, encubierta como Estado, ha sobrevivido a la Historia y sus formas políticas, como liberalismo, comunismo o monarquía. Así, entramos en el marco del Poder soberano antes de llegar a comprender sus dinámicas; de hecho, en la mayoría de casos las dinámicas del Poder soberano nunca llegan a ser comprendidas por aquellos que las sufren; y nuestra relación con el lenguaje, que es la primera herramienta de comprensión de lo real, forma parte de este esquema heredado. La capacidad de no significar, de no ser nombrado y aún así operar, es exclusiva del Poder soberano, mientras que la moneda frecuente del ganado es hablar sin decir nada, usar categorías al tiempo que se es categorizado, sin llegar a cambiar nada a partir de lo dicho, que es mera especulación.
Esta es la paradoja kafkiana explorada por Agamben y, antes que por él, por Walter Benjamin: cuando la ley pierde su legitimidad, en la excepción, su vigencia se impone más violentamente en la vida de sus ciudadanos, inaugurando una conformidad altamente efectiva entre acatamiento y transgresión de la ley, que es la propia excepcionalidad. Esta condición del Estado moderno, habitualmente tildada de «absurda», y presente en obras literarias como El Proceso (1925), es uno de los rasgos significativos de esa «nuda vida» que se ha popularizado en tiempos de americanización.

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