domingo, 8 de marzo de 2026

Política del deseo. Por Guillermo Mas Arellano

Política del deseo



Por Guillermo Mas Arellano


Para Georges Bataille lo sexual es lo violento, lo terrible, cuyo opuesto dialéctico descansa en el aburrimiento, cadalso irremediable del deseo. Tanto el aburrimiento como la depresión frecuentan al trabajador de nuestros días, respuesta inmunológica contra ese fetiche de la voluntad que es el Capital. Lo deseable y lo realizable fuerza, antes que nada, a deprimirnos por no ser lo suficientemente buenos; tal es la eterna insatisfacción del consumidor, que sólo encuentra esa alternativa a la farmacología y el psicologismo.

Vanguardistas y revolucionarios, intoxicados por igual de melancolía, son la impotencia encarnada, lo menos subversivo que quepa imaginar, en tanto que todos sus esfuerzos constituyen, en el mejor de los casos, un simulacro subvencionado de revolución. El ritual onanista, pleno en repeticiones, de todo aquel que hoy se proclama como “anti-Sistema”, supone la mayor evidencia de lo fácil que es para el Sistema asimilar a sus supuestos disidentes. Contra esa asimilación constante por parte del Capital sólo cabe la radicalidad. Escribe Bataille: «Ser radical significa tomar las cosas por la raíz; y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo».

El Capital, de la mano del Espectáculo, ha terminado por certificar la aniquilación de lo sensual en nombre de lo ideal, martirio del cuerpo que se realiza por hipnosis de la imagen, en el delirio inconsciente de la imago. El cuerpo es fragmentado y destrozado, aplastado en el trabajo o en el gimnasio, reducido a la categoría de un mero vehículo, fetichismo del significado que no teme mutilar el soporte físico del concepto, mercantilización de la corporeidad donde la carne es expuesta para su consumo en el Mercado, ese lugar terrible en el que confluyen todos los cuerpos para su exposición productiva.

Una vida falsa, simulada, va de la mano de un cuerpo también falseado, desecho en nombre de la teleología suprema, esa que supera el fracaso de las anteriores ideologías y de los distintos credos religiosos dominando una era posthistórica: el consumo. Los sujetos posthistóricos somos cuerpos consumidos que confunden amar con consumir otros cuerpos. La ceguera ante la singularidad de la otredad acaba provocando la incapacidad para el auto-reconocimiento: extinción de la subjetividad en un receptáculo hueco, una cáscara embotada que resulta indistinguible, en su apariencia y sobre todo en su esencia, de las demás fundas vacías con las que comparte condición.

Quizás el mayor acierto de Guy Debord a la hora de describir la «sociedad del espectáculo» en su  conocido texto de 1967 es la manifiesta pericia a la hora de señalar el grave crimen contra el sentir que la cultura de la visualidad acaba provocando en nosotros, disolviendo en los hacedores y receptores de imágenes que somos el sentimiento en la acción de ver. Porque no estamos capacitados para percibir las imágenes ni intelectual ni sobre todo emotivamente. También ellas son simples objetos de consumo que vemos sin llegar a conocer.

Nuestro deseo se agota en el fetichismo de la imagen, donde también los cuerpos acaban formando parte de un tráfico visual en dos dimensiones. Incluso películas como Starship Troopers (1997), de Paul Verhoeven, o El Club de la Lucha (1999), de David Fincher, que pretendían denunciar, en clave irónica, la homogeneización culturista de los cuerpos en el contexto de una cultura, la del Capital, consagrada al deporte y al trabajo, a la manera del Tercer Reich, acaban siendo tomadas literalmente por una ideología reaccionaria, como es la de los occidentales identitarios, que idolatra el culto castrense a la disciplina y el orden.

Si Platón y Aristóteles distinguían lo natural de lo artificial para, de paso, situar lo primero por encima de lo segundo en la escala de valores, nosotros vivimos en la inversión perversa de esa cosmovisión, una civilización, como es la moderna, que se encamina al sacrificio de lo natural en nombre de lo artificial; y, es más, que ya lo practica en numerosos ámbitos, como el de la estética y, gracias al desarrollo de la Inteligencia Artificial, también en la imagen, y muy pronto en los afectos.

La tecnocracia es ya efectiva porque los medios de producción del Capital, el culmen de la metodología técnica iniciada en el siglo XVIII, se han impuesto a lo largo del mundo sin necesidad de ampararse en una ideología. En consecuencia, la técnica ha logrado subyugar por igual a bíos y a zoé, absorbiendo vida política lo mismo que vida natural. Cualquier liberación de esta «vida dañada», como la llamaba Theodor W. Adorno, en la que actualmente penamos, pasa por el cuerpo natural y su necesaria reparación hasta llegar a limpiar el soporte comunitario, espiritual, que pesa sobre cada carne individual.

Si el deseo es una representación constante que se enmascara en sucesivos objetos, el Capital ha logrado acaparar todos los deseos concretos sin necesidad de articular su propio deseo de expansión: ese es, antes que ningún otro, su gran trabajo. En este contexto, la novedad de un cuerpo que no esté alienado por el trabajo o por el consumo sólo es posible a través de lo que Gilles Deleuze denominó como repetición. El francés distinguía dos tipos de repeticiones en su obra Diferencia y Repetición (1968): «Existe una gran diferencia entre las dos repeticiones, la material y la espiritual» por cuanto «una es repetición de instantes o de elementos sucesivos independientes; la otra, una repetición del Todo, en diversos niveles coexistentes».

Más adelante Deleuze puntualiza en el mismo texto: «De estas dos representaciones, ni la una ni la otra son, estrictamente hablando, representables. Pues la repetición material se deshace a medida que se hace, y sólo está representada por la síntesis activa que proyecta sus elementos en un espacio de cálculo y conservación; pero al mismo tiempo, esta repetición, convertida en objeto de representación, se halla subordinada a la identidad de los elementos o a la semejanza de los casos conservados y adicionados. Y la repetición espiritual se elabora en el ser en sí del pasado, en tanto que la representación no alcanza y no atañe más que a presentes en la síntesis activa, subordinando entonces toda repetición tanto a la identidad del actual presente en la reflexión como a la semejanza del antiguo en la reproducción».

Horror vacui: cuanto más accesible es algo, menos significado tiene, representación sin contenido espiritual en la que la esencia, lo sustancial de cada ente, se desgasta por el excesivo tráfico de la presencia. Donde la Religión imponía la prohibición del sexo, la ocultación abrumada de su naturaleza desbordante y, a la postre, terrible, el Capital, sobre todo a partir de 1968, favorece su consagración, la práctica constante de la sexualidad, que cuando no es posible en la carne tiene lugar igualmente a través de la idea, floreciendo en las pantallas, nuevas máquinas del deseo que permiten visualizar lo que antaño resultaba invisible, en tanto que tabú, como espectáculo supremo de la liberalización: la pornografía.

La transgresión filmada, cuya retransmisión potencial es infinita gracias a la variedad de dispositivos existentes para su reproducción, no disminuye la transgresión inherente al sexo, si acaso la banaliza al hacer de lo sagrado algo mundano, lo que termina siendo doblemente repugnante para cualquier espíritu mínimamente sano; y cuando la condición insana es la norma, los dispositivos terapéuticos del Poder soberano extienden la mistificación del yo, a modo de consuelo, como procedimiento de reparación de los juguetes rotos que deben ser devueltos a la rueda de producción, aunque sea en calidad de reses dopadas.

La tecnocracia favorece la despolitización, esto es, el rechazo radical de toda actividad política de parte de los ciudadanos; de esta manera, el viejo sueño de Thomas Hobbes se ve hecho realidad: el Leviatán, entendido como expresión bíblica del actual Estado soberano, acapara toda la actividad política de la sociedad en su seno. Naturalmente, la anulación del nexo natural comunitario se salda con la afirmación práctica de la estatolatría. Antes de la zoé ciudadana, en el bíos natural, no habría necesidad de política… Como tampoco de Ley, en vista de la deriva moderna, cuando la artificiosidad humana se ve sumida, sin apenas apercibirse de ello y siempre por medio del ejercicio estatal, en la artificiosidad técnica.

Así es como la forma, el método propio del Leviatán, se apropia del contenido, anegando el territorio de la ideología con sus procesos funcionales, hasta terminar de borrar las diferencias categoriales que separan a ambos. La negación de la bíos, entonces, acaba saltándose  con la negación de la zoé, todo en nombre de un mismo criterio artificial: el Progreso. Y es que, en este mundo de progresismo ilimitado, que es puro medio sin una finalidad definida, nadie es más optimista que el pornógrafo de turno.


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