Todos somos puritanos
Por Guillermo Mas Arellano
Aunque no comparto la idea del filósofo español Gustavo Bueno según la cual el de España fue un «Imperio generador», mientras que el de Gran Bretaña fue un «Imperio depredador», pues considero que los elementos constitutivos de una categoría y otra se encuentran plenamente representados en ambas manifestaciones históricas de una misma forma imperial, lo cierto es que la manera en que se acometió la tarea histórica de conquistar el Nuevo Mundo fue muy distinta en cada caso, por cuanto ambas proyectaron, a lo largo de su misión civilizadora, distintas formas de ocupar un territorio.
En el caso de los ingleses, laten ya los primeros compases del germen democrático estadounidense, bajo la forma de ese afán burgués por acumular lo concreto, gozar de lo material, al tiempo que un ánimo universal de salvación de signo claramente religioso. La mecánica propia de su escatología no podía ser, en tanto que protestante, más que mercantilista. Cada hombre se salva por sus obras; lo que se traduce en que cada hombre se salva por su particular talento para acumular riqueza material y generar prosperidad económica.
En la sociedad estadounidense el rastro de la Modernidad secular se hace patente desde el primer momento: la salvación, según su concepción, se produce sobre todo por medio del trabajo, la productividad como mediador entre trascendencia e inmanencia, una pasión por la acumulación que viene a sustituir la aristocrática tendencia al exceso. Y, por lo tanto, los Estados Unidos de América nacen esculpidos en un ideal democrático por un grupo de oligarcas que desde el comienzo juegan a las cartas del libre-mercado con la baraja amañada.
Percibida inmediatamente como una utopía por los herederos de Francis Bacon y Tomás Moro, los Padres Fundadores, lo cierto es que la sociedad norteamericana encarnó un proyecto experimental en sus medios y en sus fines desde el primer momento. Racionalismo y calvinismo, razón utilitaria y lectura de la Biblia, constituyen el corazón de la sociedad experimental norteamericana. Del mesianismo y el mercantilismo nacería, conforme se afianzaba la independencia bélica y económica, el característico expansionismo estadounidense que hoy sigue manifestándose de forma beligerante, amén de recurrente.
Sin una jerarquía eclesiástica al uso, la religión se horizontaliza en norteamérica, favoreciendo la proliferación del pensamiento democrático, según el cual cada hombre es un sacerdote de sí mismo, antes guiado por un criterio pragmático de racionalidad que por señales mágicas o por una percepción espiritual de la vida. Así es que, sin un contrapeso grecolatino como el que late en el ser europeo, la nueva cultura estadounidense se instaló fundamentalmente sobre un acervo semita aderezado con elementos cristianos.
En este contexto socioreligioso, la relación entre Yahvé y el pueblo elegido se produce a través de la Biblia y el Mercado; los peregrinos del Mayflower, que desembarcaron en norteamérica cargados de buenas promesas en 1620, hicieron real la gobernanza, hasta ese momento meramente especulativa, por medio de un «contrato social», lo que sin duda inspirará más de un siglo después a Jean-Jacques Rousseau, tal vez el filósofo más influyente de su tiempo, para su texto homónimo de 1762.
Con la instauración de un «contrato social» norteamericano estaba teniendo lugar el exterminio final de un ethos, de una cultura entendida como conjunto de usos, costumbres, tradiciones y hábitos, para terminar de culminar un proceso, el del Progreso secularizado, con cientos de años de antigüedad, que por fin culminaría en el siglo XX, cuando la Europa imperial feneció y, a cambio, el american way of life se extendió por todo el orbe, de forma que ese proceso iniciado en el siglo XVII llegó a su fin, cancelando de una vez el ethos comunitario derivado de la polis grecolatina para a cambio dejar lugar a un documento legal en representación de los miembros de una comunidad política.
El nacimiento de la sociedad norteamericana, de signo claramente contractualista, supone un cambio del «eje histórico», al decir de Karl Jaspers, donde una época muere en su conjunto para alumbrar a cambio otra nueva. Occidente, esa «tierra del ocaso del ser» (Abendland), como la llamó Martin Heidegger, asiste al nacimiento de un nuevo sujeto político: el ciudadano ideal de Thomas Jefferson, que es un propietario con capacidad para ejercer la compra-venta de bienes inmuebles.
En consecuencia, la sociedad norteamericano se certifica como un conjunto político hecho de arriba hacia abajo, a voluntad del Poder soberano, ya que su Estado no está construido sobre el tránsito de una casta aristocrática anterior, ni sobre la concesión a un poder derivado por parte de una monarquía determinada en último término por un origen divino, sino que se funda en una metodología inherente al siglo XVIII, donde el poder es un organizador que establece la ley e instiga a su cumplimiento mediante una serie de técnicas judiciales que incluyen la vigilancia y el castigo.
A pesar del ideal religioso latente tras la mentalidad puritana, la salvación por el trabajo en conjunción con el contrato social son signo y aliento para una cosmovisión laica, eminentemente materialista, que se define por un implacable pragmatismo. Ser el primer grupo humano de la Historia regido por un documento de inspiración claramente racional y, más aún, utilitaria, otorgó a los colonos una especificidad respecto a la añeja Europa y su inútil legado de tradiciones.
En su lugar, los puritanos se esforzaron por cultivar un componente de procedencia semítica, transmitido al Nuevo Mundo por la vía del calvinismo, y en todo diferenciado de la tradición clásica grecolatina. Estas comunidades racionalistas se autopercibieron desde el primer día como Paraíso en la tierra, utopía encaminada a garantizar la felicidad de sus miembros; y dicha gracia laica, la felicidad, por supuesto llegaría por la vía de la acumulación material de bienes individuales. Curiosamente, esta apología de la técnica que resulta fundamental en la cosmovisión estadounidense y, más particularmente, en su manifestación estatolátrica, va de la mano con el fin del humanismo tal y como lo concibieron figuras como la de Erasmo de Rotterdam, de forma que el fin de las utopías colectivas remite al fetichismo del individuo: una lógica hecha a medida del emprendedor.
La condición experimental de la sociedad capitalista no sólo aprovecha las crisis para agotar un ciclo de su crecimiento y favorecer, mediante el reinicio económico, el comienzo del siguiente; también provoca dichas crisis, solidifica su nueva forma aprovechando la liquidación de la anterior. Cuando el Mercado se erige como regulador intachable, la sociedad se acaba. Pero la retórica mercantilista emana directamente de la Reforma protestante, por cuanto el Estado intervencionista aparece como una suerte de Iglesia Católica, mientras que el emprendedor es como Martin Lutero, un defensor de la libertad de interpretación que alienta el genio individualista frente al dogma que pretende coartar la iniciativa del propietario. Es una retórica gnóstica retomada por el Romanticismo o Ilustración, del todo maniquea en su planteamiento: razón versus ignorancia, libertad versus control.
Este ideal de éxito y competencia supone una abierta apología del darwinismo, que defiende la salvación del fuerte sobre la perdición del débil; el Mercado descubre su verdadera naturaleza eugenista, un ideal que enfrenta a los mejores con la masa, lo que no deja de ser un gnosticismo de signo económico, en el que es el dinero, y no el conocimiento, quien marca a los salvados sobre los abatidos. Tales son las bases del optimismo progresista típicamente estadounidense. Los Padres Fundadores, encabezados por figuras como la del masón Benjamin Franklin, dieron en 1776 un armazón político a la estructura social puritana: la Declaración de Independencia. Si Mercado es el Dios y Dinero el Espíritu, el Empresario es el Hijo encarnado.

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