La vida en tiempo de paz
Por Guillermo Mas Arellano
Vivimos en tiempo de paz; algo que no
habría sido posible sin el paso de cientos de años que dejaron a su espalda
innumerables muertes perdidas y olvidadas a lo largo de todos los campos de
batalla imaginables. Somos hijos de una época que reniega del sacrificio de sus
padres, pero que se oculta cobardemente tras sus consecuencias, condenada, como
lo está, a detestarlo, a pesar de vivir cómodamente instalada sobre lo que
otros forjaron con sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas: un tiempo de paz.
Sobre esa brecha generacional se puede
leer en La vida en tiempo de paz (2013), la excelsa novela de Francesco
Pecoraro: «Es la primera vez en la Historia que se da una brecha generacional
tan profunda entre generaciones. Ellos, los padres y las madres, han pasado la
Guerra, han pasado hambre, han comido pan negro, han vivido como refugiados,
han reconstruido el país. Nuestros padres, cuando eran jóvenes, iban a los
burdeles. Era la única manera de follar que se conocía entonces, además de
casarse».
Después vendría el Estado como garante de
unos derechos ínsitos a las personas solo por el hecho de nacer; un avance que
hizo infinitamente más cómoda la vida pero que, al tiempo, terminó de delimitar
los bordes de la jaula autoimpuesta que conforma todo tipo de vida burgués.
Cualquier espectador de Ciudadano Kane (1941) o todo lector de La
muerte de Iván Ilich (1886) saben que, una vez muerto el hombre, es cuando
se puede comenzar a trazar la biografía.
Vida: así podemos resumir el contenido de
esta Gran Novela Italiana escrita por Francesco Pecoraro; novela de un
personaje, Ivo Brandani, trazado con morosidad y gran cantidad de matices a lo
largo de casi setecientas páginas para conformar una de las grandes creaciones
de la novela europea contemporánea: la narración épica de un antihéroe o
no-héroe que se abre paso, a base de ansiolíticos y adicciones venidas a menos,
en un mundo marcado por la pulsión catastrofista, el detrito y la inminencia
apocalíptica que reduce todo aquello en lo que una vez mereció la pena creer a
la categoría de mero fragmento tan inútil como carente de sentido. Un
hundimiento, en definitiva, tan cotidiano como el narrado por Don DeLillo en su
novela corta Cosmópolis (2003). El pan nuestro de cada día.
La posmodernidad y el tiempo
posthistórico que ha venido tras ella sólo puede ser narrada desde un lugar
despojado de toda identidad y tradición; puesto que así es el propio mundo en
el que se encuadra. Como ya hiciera Haruki Murakami en Tokio Blues
(1987), Pecoraro escoge ese lugar de paso, aséptico y despersonalizado que es
el aeropuerto —«El aeropuerto es el único espacio de descompresión mística que
se le concede a quién no cree en nada», se lee en la novela—, para situar a su
personaje protagonista, un ingeniero de edad avanzada, a la espera de tomar un
avión que lo devuelva, después de un viaje de negocios, a su ciudad natal,
Roma.
Una Odisea imposible que dura lo
que un día; solo que, a diferencia de lo que ocurriera en el nóstos narrado
por Homero e incluso en el de James Joyce, la vuelta a casa será imposible,
porque no existe la concepción de hogar en un mundo hipertecnificado donde han
perdido sentido los afectos y las identidades. A las puertas de todo aeropuerto
debería quedar grabada la misma inscripción que Dante Aligieri situaba en el
umbral para franquear el Infierno de su Divina Comedia: «Abandonad toda
esperanza, quienes aquí entráis».
Una de las características principales de
la novela moderna, en contraposición a la novela clásica, es la desconfianza
hacia el narrador. Mientras que ya Cervantes nos hacía dudar de la credibilidad
de los materiales por los que se nos narraba la vida de Don Quijote, el
narrador decimonónico omnisciente parecía saber tanto sobre sus personajes como
lo haría el propio Dios; así, Gustave Flaubert introdujo en Madame Bovary
(1856) —tal y como apunta Maro Vargas Llosa—, una paranoia lectora que nos
condena a dudar de la objetividad de lo narrado al tiempo que, por falta de
otras posibilidades, nos aboca a creer ciegamente en ello.ç
Aquello que William Makepeace Thackeray
narraba desde la perspectiva divina de un narrador clásico en Barry Lyndon
(1844), es lo mismo que Francesco Pecoraro nos cuenta con la perspectiva de un
narrador fluido que pasa con facilidad de la tercera persona a la primera para
terminar, en el tramo final de la obra, hablando a su personaje principal en
segunda persona; una vida de la cuna a la sepultura en sus capítulos
fundamentales.
Entre el Viaje al fin de la noche
(1932) de Louis-Ferdinand Céline y La muerte de Virgilio (1945) de
Hermann Broch, dos grandes novelas europeas del siglo pasado, La vida en
tiempo de paz nos narra la historia reciente de Europa y, más
concretamente, de Italia, a través de la historia de un hombre, Ivo Brandani,
que es hijo de una época que ha visto nacer y morir, y que abarca desde la
postguerra mundial en 1945 al 11 de septiembre de 2001, pasando por la
revolución estudiantil y cultural que se produjo a lo ancho del mundo en el
significativo año de 1968.
El libro está concebido como una imperial
sinfonía autobiográfica, filosófica, moral e histórica a través de una
estructura de contrapunto basada en la alternancia entre capítulos que
desparraman, como un monólogo interior, el flujo de consciencia de un Brandani
que espera a coger su avión, y capítulos que nos guían hacia los momentos
esenciales en la vida de ese hombre que hará de Virgilio para entender la
deriva del mundo en el último medio siglo.
El propio autor, nacido en 1945 como su
protagonista, ha sido testigo y sujeto pasivo en ese «fin de un sueño» del que
se puede decir sin miedo a equivocarse que hemos despertado, tras la bruma
utópica de unas cuantas películas y canciones americanas deglutidas al tiempo
que una enorme cantidad de teoría marxista que hoy resulta estéril y hasta
hilarante, en un mundo dominado por el mercantilismo y la técnica, y que ha
convertido a los hombres en mero valor intercambiable entre sí, y a sus
relaciones en meras transacciones de producción perfectamente tasables en
aquello en lo que todos nos hemos convertido, tras haber renunciado de forma
colectiva a la concepción de un mundo mejor para la mayoría: expertos en la
comparación de precios y en saber aprovechar las ofertas.
Somos hijos de un Tiempo de Paz dentro de
la Era Cristiana: una época sintetizada con brillantez e ironía en la psique y
en las peripecias biográficas del protagonista, Ivo Brandani; y es que, además
de esa lectura sociológica evidente, La vida en tiempo de paz se abre a
una lectura mítica representada a través de la tensión entre los arquetipos de
dos personajes cruciales de la novela, Madre y Padre, que aparecen como
representantes, respectivamente, del afecto versus la rigidez; del amor frente
al deber; del caos frente al orden; de la deconstrucción frente a la
integración en la sociedad.
Dos filosofías de vida que parecen
irreconciliables pero que están encarnadas por igual en el protagonista, un ser
dual y contradictorio cuyo debate personal es el de un hombre que comenzó a
estudiar filosofía para acabar escogiendo, tras las revueltas estudiantiles del
68 en las que se vio atrapado, una carrera más pragmática como la del ingeniero
y que, a pesar de repetir constantemente para sí, en esta nueva vida, no puede
dejar de sentir admiración por la belleza de un puente bien construido, por el
talante fascistoide de su jefe, un despótico empresario, frente a la frivolidad
de todas las reflexiones filosóficas imaginables y a la inacción de sus
compañeros intelectualoides. Francesco Pecoraro, por boca de Ivo Brandani,
señala: «yo no soy como ellos», en referencia a sus padres.
Capturado entre la técnica y las
humanidades, entre el burgués y el revolucionario, Ivo Brandani ocupa también
la posición del universo en una cosmogonía compuesta por una lucha constante
entre la entropía y la predestinación. La paz y la vida, en ese sentido,
trascienden su concepción histórica para adentrarse en categorías más inasibles
y se muestran como dos conceptos irreconciliables, puesto que solo en la muerte
se alcanza la ansiada serenidad que pone fin a una existencia marcada por el
egoísmo, la contradicción y, por encima de todo, la constante y desesperada
lucha despiadada por la supervivencia; una fuerza, la vida, que no se detiene
ni nos permite descansar en su implacable avance, hasta que abruptamente
finaliza.
La vida en tiempo
de paz es una novela encuadrada dentro de una posmodernidad literaria que ha
encumbrado de forma definitiva el arte de la narración por medio de la ficción
desatada como la forma más eficaz de pensamiento en un tiempo donde la
filosofía oscila entre el academicismo estéril y la irrelevancia social.
Y precisamente porque la literatura
permite una visión total, absoluta, ambiciosa y maximizada de la realidad y de
la condición humana en un tiempo donde cada vez más los discursos se encuentran
encajonados en una baldosa del mapa; por eso es que la narrativa de nuestro
tiempo debe incorporar, como hace en el caso del texto de Francesco Pecoraro,
el lenguaje de la economía, el de la ciencia, el de la tecnología, el de la
publicidad, el de la política, el de la historia o el de la ética al tiempo que
las referencias constantes a la propia historia del arte pasada y presente
para, así, mejor poder ensamblar un discurso que permita comprender y, más
importante aún, dirigirse con garantías, las particularidades del siglo XXI y
de un arte a la altura de ese tiempo nuevo.
En un momento dado, Ivo Brandani lanza
una jaculatoria, desde su asiento en la sala de espera del aeropuerto,
nihilista y cansada: «Todo está condenado a deteriorarse, a marchitarse, a
degradarse, a estropearse y a joderse para siempre». Es el comienzo de una
larga reflexión que avanza hacia un viejo tópico latino: «Ubi sunt qui ante nos
in hoc mundo fuere?». Así pues, los familiares, los recuerdos de los muertos y
de los vivos que desaparecieron de nuestra vida, el propio Brandani o incluso
las mayores obras de arte de Roma, están condenadas a la extinción; se trata de
una desintegración inexorable de todo; de una descomposición total y paulatina
de la sociedad hasta alcanzar su esencia mínima de átomos disgregados y de
partículas elementales inconexas. En eso consiste, en buena medida, la
globalización de un mundo turistificado, que vende las ruinas del pasado como
reclamo comercial del presente y que ha convertido un patrimonio nacional como
la pizza en algo alejado de su receta original, abierto a todo tipo de
modificaciones a la carta de cada consumidor que, como la propia receta, ha
devenido en producto líquido, huero y prostituido, carente del significado,
frente a aquello que una vez engendró la idea de hombre o, sí, de pizza, pero
que todos, salvo los viejos —y Brandani sabe que él lo es—, han olvidado sin
esfuerzo.
Las ruinas del pasado, patrimonio
inmarcesible de la humanidad, han dejado paso a la obsolescencia programada, a
la sustitución constante de productos y relaciones humanas con fecha de
caducidad, a la mierda que producimos masivamente a diario, a los objetos sin
entidad propia que nos rodean y que nos reducen a nosotros también a la mera
categoría de objetos, a los vertederos cada vez más infestados de toneladas de
basura diaria que crecen a las afueras de cada gran ciudad como un monstruo en
constante ampliación que espera el momento de atacar. El agotamiento del
planeta amenaza el futuro del hombre sobre la tierra y contrasta con la
resistencia de los virus y las bacterias como formas de vida dominantes, que se
hacen fuertes cuando todo lo demás está amenazado; en cierto momento, Ivo
Brandani se preguntará si no serán ellas, las bacterias que habitan, gozosas,
entre nuestras heces, las verdaderas reinas de la creación.
Escribe Pecoraro: «La Gran Clase Media
Uniforme del Occidente Democrático, la que ha devorado y englobado en sí misma
todas las demás clases, incluida la trabajadora… No, no todas: cada vez se
expulsa con mayor determinación de los confines del conglomerado social a los
marginados, a los inclasificables, cada vez más apartados de su uniformidad… En
resumen, cada día me da más la impresión de que esta Clase Media se siente
perdida en la razón activa… Parece completamente dedicada a una especie de
razón pasiva… Parece deleitarse en la que finalmente es una subrealidad
mundial, donde todo es imagen de un original desaparecido, ilocalizable o
demasiado caro… El Mundo se ha convertido ya en un parque temático… Piensa en
Marx: la cultura como superestructura, como adorno que desvía la atención de
las relaciones de producción… Aunque eso era antes del advenimiento de las
democracias mediáticas, antes de que el poder lograse llegar directamente a las
mentes de los hombres, una por una».
Para Pecoraro vivimos insatalados en una
época hiperbarroca. Con la de la desaparición del sexo llega la desaparición de
la vida; el límite que marca el final de la existencia —literaria— de Ivo
Brandani. El Verano, enmarcado dentro del mediterráneo, es la identificación
directa de Brandani con el Paraíso —nótese la ironía que denotan estos
conceptos para con el estilo de vida de esa Clase Media europea—, y también ha
perdido su razón de ser cuando el pene de Brandani ha dejado de funcionar. Las
mujeres ya no le miran y su polla ya no le sirve para follar: es la
constatación del fin de todo un «Eros Creador».
El deseo, que fue el verdadero dios del
68 para un mundo que había matado al Dios judeocristiano; y que enseguida fue
convertido en doctrina por la publicidad y el consumismo al que esos
revolucionarios se entregaron con devoción, reconvertidos a convencidos
liberales, al tiempo de prometer su acta de europarlamentarios y dejar atrás,
con ello, su pasado como si solo hubiera sido un delirio vacuo, un mal sueño, a
pesar de que en su momento también ellos se consideraban convencidos maoístas.
En eso consistió la Revolución Cultural del 68: en la incorporación de la mujer
en el ámbito laboral, la legalización de los métodos anticonceptivos y la
aceptación social de la práctica del sexo — o «amor libre», en la jerga hippie
importada de Woodstock y del Greenwich Village— antes del matrimonio. La vida
sigue su curso, implacable, hasta que deja de hacerlo; nos arrastra durante
décadas, confusos y ofuscados como animales conducidos al matadero, hasta una
playa llena de rocas.
El mayor acierto de Pecoraro, en este
aspecto sesentayochista de su novela, es que marca muy bien los tiempos
históricos, empezando por la inmediata posguerra mundial —cuando incoa el
Tiempo de Paz— y finalizando en el 68 con la pulverización de una dicotomía
política —comunismo/capitalismo— que se demostró falsa porque, a pesar de las
evidentes diferencias entre los dos modelos propuestos, ambos eran estatistas,
materialistas y abocaban a la alienación kafkiana al sujeto moderno; tal y como
en efecto ocurrió tras la Caída del Muro de Berlín en 1989, cuando el
capitalismo ilimitado de vigilancia comenzó una expansión que entraría en otra
nueva etapa, que también retrata Pecoraro desde el desencanto más absoluto, a
partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el desarrollo
tecnológico que traía aparejado.
Que nuestro mundo está dominado no ya por
los estados nacionales sino por las grandes multinacionales internacionales es
la constatación de que el revolucionario reconvertido a burgués que fue Ivo
Brandani ha visto nacer y morir un mundo que resulta mucho más complejo de
entender y más difícil de comprender.
La constatación final y desencantada de
Brandani —de Pecoraro, en definitiva— es que de las guerras de los padres y de
los abuelos se pasó a la revolución sexual con todo lo que eso conlleva a nivel
vital: una vez se deja de luchar por una causa no se puede evitar de creer de
manera irremisible en la descomposición de todo. Brandani no puede volver al
pasado para ser como su Padre —esclavo del Deber, garante del Orden, enemigo
acérrimo del Placer— pero tampoco puede abrazar el mundo de la Publicidad, el
Consumo y la Ausencia de Significado; no puede desmontar el sistema social que
sus antepasados forjaron y en el que vive cómodamente instalado pero ha sido
creado para criticarlo de manera constante y para deconstruirlo con todo el
arsenal intelectual de la filosofía moderna en la mano.
La Pasión de Ivo Brandani es religiosa en
el sentido de que hay que entender la futilidad de su viaje personal y
generacional; y es puramente sexual, mundana, al entender que su vida ha sido
entregada al deseo y que, con la vejez, se ha visto despojado de él y, con
ello, de toda razón para estar vivo. Una crucifixión entre el cuerpo y el
espíritu de un hombre que quiso construir puentes para dejar de pensar pero que
no ha optado por la ceguera total en el momento en que el derrumbamiento se ha
demostrado parte de un proceso interior y no sólo histórico.
Nadie llora, con el fin de la vida. Solo
cabe la risa, el comentario irónico, el ademán exagerado del cínico antes de
desaparecer en busca de la próxima velada llena de entretenimientos, ruido y
furia. Estamos condenados a la vida y a la libertad; al tiempo que condenados a
la muerte y a cualquier forma de servidumbre autoimpuesta. Una condena que a
veces aparece como terrible y otras como maravillosa y, casi siempre, como una
mezcla inextricable de ambas que, sin embargo, no debe ser suficiente para hundirnos
en la infelicidad porque, en palabras de Franz Kafka, «la alegría es nuestro
deber diario»; incluso cuando todo conspira para sumirnos en la más profunda
desesperación inherente a aquello que se consume a diario.

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