Actualidad del cubo negro de Saturno:
Sobre el mesianismo judío
Por Guillermo Mas Arellano
“Los primeros Rothschild fueron frankistas y financiaron a Eva Frank, hija de Jacob Frank, que era considerada la Matronita, la Shejiná misma o el Mesías femenino a los ojos de los seguidores del culto. Soros forma parte de la red frankista. Eso no tiene mucho que ver con el judaísmo ortodoxo”
Alexander Dugin
Saturno, sustento de la Creación, se identifica con la piedra, necesario fundamento de todo Templo: «Los espíritus de los hombres son los huesos de Saturno reducidos a polvo» (Manley P. Hall). Plutarco apuntaló lo evidente: Saturno es un equivalente romano para el Moloch cananeo, a lo que podemos añadir al Ninurta sumerio, al Baal fenicio, al Osiris egipcio, al Kronos griego o al Marduk babilonio. Es el dios del sexto día, el Sabbath («Saturn-day»), en tanto que hijo de Urano y de Vesta, padre de Júpiter y Plutón, hermano de Titán cuyo nombre proviene de una conjunción entre «Satis» (saciar) y «Facer» (hacer) que tiene una evidente connotación sacrificial.
En la mayoría de estudios sobre hermetismo, la importancia de España suele ser dejada de lado, cuando tanto El Zohar como buena parte del esoterismo islámico le deben mucho a esta tierra. Tras la expulsión de los judíos en 1492, se generó un verdadero trauma en ese pueblo errante que, a pesar de sus penurias materiales, se consideraba a sí mismo como «pueblo elegido». En ese sentido merece la pena recordar unas palabras escritas por Nietzsche en El Anticristo (1895): «Esta ha sido la variedad de megalomanía más funesta que hasta ahora ha habido en la tierra: pequeños engendros de santurrones y embusteros comenzaron a reclamar para sí los conceptos de “dios”, “verdad”, “luz”, “espíritu”, “amor”, “sabiduría”, “vida”, como sinónimos de ellos mismos, por así decirlo, para señalar un límite entre el mundo y ellos».
Algunos personajes como Isaac Luria, considerado por muchos el principal practicante de la «cábala operativa», resultaron fundamentales a la hora de generar una nueva identidad espiritual tras la persecución y el exilio. El sabbetaísmo, de claro signo saturino, surgido en el siglo XVII, sin duda bebe directamente de la arrogancia del «pueblo elegido». Su líder, Sabbetai Zeví, nacido en Esmirna en agosto de 1626, vino al mundo en el día de la conmemoración de la destrucción del primer y del segundo Templo de Jerusalén. Su comunidad nació como un grupo de judíos establecidos en Grecia, donde Sabbetai inició sus estudios religiosos hasta devenir un célebre rabino. En 1644, según apunta Scholem, Sabbetai se iniciará en el estudio de la Cábala.
Sin Isaac Luria, Sabbetai Zeví o su continuador Jacob Frank, incluso el sionismo tal y como lo cifró Theodor Herzl en el siglo XX, directo responsable (tras la Shoah) del establecimiento del Estado de Israel, no existiría. Se trata de un mesianismo nacido de los esenios que creció de la mano del judaísmo jasídico y de esas herejías milenaristas que fueron el sabbetaísmo y el frankismo, hasta llegar al moderno sionismo que hoy alienta a Israel para aniquilar a Gaza y, tras el pueblo palestino, cada vez más arrinconado, a su gran enemigo en la región: Irán.
Como Adolf Hitler y Iósif Stalin, entre tantos otros mesías del Mundo Moderno entre los que se puede citar, a pequeña escala, a Grigori Rasputín o Charles Manson, Sabbetai Zeví fue un ser humano enfermizo, frágil, paranoico, desde luego psicopático, que destacaba por controlar tanto como por ser controlado por un conjunto de daimones más o menos encarnados. Sus extravagancias y dificultades sexuales hicieron que sus dos primeros matrimonios fracasaran concluyentemente, sin que las razones finales de esta frustración lleguen a ser claras. ¿Quizás adoleciera del mismo afán masoquista del führer, o puede que más bien se tratara de una impotencia similar a la de Napoleón Bonaparte o Francisco Franco? Lo que sí está más que comprobado es su talante melancólico, hoy diríamos que depresivo, que Scholem relaciona directamente con severas patologías clínicas como la psicosis.
En 1648, a la edad de 22 años, Sabbetai Zeví decide autoproclamarse «mesías». Se siente «ungido» por los setenta patriarcas de Israel iniciados directamente por Moisés, y gracias a su poderosa elocuencia retórica consigue manejar a un amplio grupo de seguidores que interpretan sus altibajos emocionales como signos inequívocos de «iluminación». Una aproximación somera al personaje en cuestión revela que no está lejos de codearse con tipos de la talla de Jim Jones, que prometen la venida de una «religión del futuro», al decir del Padre Seraphim Rose, para un grupo de desarrapados ante los que la Historia pronto yacerá prosternada.
En 1651 Sabbetai es expulsado de Esmirna por violar la Ley judía; su salida terminará en Salónica sin que su actitud cambie un ápice. Allí, para escándalo de la casta sacerdotal local, pretende acreditar sus dotes cabalísticas contrayendo matrimonio con las Sagradas Escrituras. Por este acto no tardará en ser expulsado de Salónica; en 1658 acaba recalando en Constantinopla, donde se establecerá a lo largo de ocho meses, llegando a pasearse por las calles de la ciudad con un carrito de bebé donde un pescado muerto, alegoría tangible de la Era de Piscis, ocupaba el lugar habitualmente reservado a un retoño humano. Sabbetai comienza a anunciar la Edad de Oro, nada menos, y este exceso conlleva para él una nueva expulsión de la ciudad.
Tras pasar por El Cairo, Sabbetai Zeví llega a Jerusalén, Tierra Prometida, en el año de 1662. Allí lleva una vida muy distinta a aquella en la que se había desempeñado hasta ese momento. Es, en muchos sentidos, un hombre reconvertido a eremita, que apenas si sale de casa ni se alimenta, salvo en el sábado (sabbath), día de Saturno. En 1663 regresa a Egipto una vez considera que sus particulares «ejercicios espirituales» han finalizado. Permanecerá allí dos años más y terminará casándose con una prostituta llamada Sarah. También conocerá a una figura de crucial importancia en su vida: Nathan de Gaza.
Estudioso casi incomparable de la Cábala, Nathan de Gaza tiene una visión en la que contempla a Sabbetai Zeví como el mesías. Tras esta experiencia mística busca al profeta y se pone a su servicio sin rechistar. La elocuencia de uno y la erudición de otro servirán para reforzar el mitologema de los dos ungidos: el rey y el sacerdote de claro signo mesiánico. Nathan de Gaza, respetado en la comunidad religiosa, anunciará tras nuevas y portentosas experiencias extáticas, que Sabbetai Zeví es el hombre que debe sentarse en el trono de Israel. El profeta y el elegido ponen rumbo, entonces, a Jerusalén, en pleno año de 1665, como si de Juan el Bautista y Jesús el Nazareno se tratara. En la ciudad, Sabbetai quebrantará una y otra vez las leyes de los judíos, sin temor a las consecuencias, al tiempo que se paseará a lomos de un caballo pálido, ese símbolo apocalíptico, por las calles del lugar.
La excomunión de Sabbetai Zeví llega tarde: es demasiado poderoso sobre su grupo de fieles. Como un Akhenatón hodierno, Sabbetai dará la espalda a la casta sacerdotal y se marchará con sus seguidores a Alepo para reformar una vez más su religión. Según atestigua Nathan de Gaza, Sabbetai es nada menos que la reencarnación de Simon Bar Kojba, líder de la así llamada «Rebelión de Bar Kojba» acontecida en el año 132, cuando por primera vez se estableció un estado judío independiente del Imperio romano, comunidad política que sobrevivió hasta su aniquilación definitiva en el año 135.
Mientras tanto, Sabbetai, muy influido por su mujer, Sarah, que es una iniciada y con la que por lo visto todavía no había tenido relaciones carnales, desarrolla un discurso que hoy denominaríamos «feminista», alentando a que las mujeres desarrollen su libertad de pensamiento mediante la exégesis de la Torá. Tras acrecentar de forma notable su comunidad religiosa, situada en Esmirna, que ya es mayoritaria dentro de los fieles judíos del lugar, Zeví se dirige una vez más a Constantinopla.
Como ya ocurriera con Jesús el Nazareno, Sabbetai Zeví es denunciado a las autoridades locales por parte de la casta sacerdotal local, que no lo reconoce como mesías, sino como un hereje y un usurpador. En consecuencia, es encarcelado en Constantinopla cuando el calendario marca el mes de febrero de 1666. En el último momento, Sabbetai salva su vida hablando con humildad y buen tino ante el visir Ahmed Koprulu, máxima autoridad de la ciudad, en una reunión privada con él que viene a señalar la importancia que tenía el sabbetaísmo.
En agosto de 1666 Sabbetai Zeví decide abolir el ayuno relacionado con la destrucción del primer y el segundo Templo de Jerusalén. Es una decisión muy atrevida, puede que incluso descabellada, que viene a señalar la magnitud de su poder, casi tan grande como su ambición. Su caída no se hace esperar: Nehemias Cohen, un sabbetiano procedente de Polonia, agredirá a Sabbetai en medio de una reunión privada acontecida el día 2 de septiembre de 1666. Al parecer Cohen pretende reconstruir el Templo de Jerusalén y pone en duda el estado de «ungido» atribuido a Zeví. En cuestión de unas semanas, una vez transcurre este desafortunado incidente, las tropas turcas detendrán a los dos autodenominados mesías. Nehemias Cohen será el primero en convertirse al islam y alentar del peligro que entraña el sabbetaísmo en su conjunto. En consecuencia, Sabbetai será detenido y llevado ante Mehmed IV.
Todos los sabbetianos esperaban que su mesías, el «ungido», reclamara para sí la corona que falsamente portaba Mehmed IV; en lugar de eso, una noticia rompió en dos sus vidas: Sabbetai Zeví, forzado por la amenaza de la parca, acababa de convertirse al islam. Su mujer, la exprostituta Sarah, se convertirá en Fátima, mientras que el propio Sabbetai pasará a llamarse Aziz Mehmed Effendi, para decepción de sus miles de seguidores en esa y en tantas otras regiones. Ambos acabaron exiliados en Ulcinj, donde Sabbetai moriría una década después de su apostasía, el día 16 de septiembre.
Scholem va más allá del simple temor al martirio, apunta a un «descenso necesario a las tinieblas» de él y su culto. La apostasía sería un escalón más en el ascenso espiritual que, por medio de una escalera que sube bajando, a la manera de la de Jacob en el Antiguo Testamento, conduce directamente a la salvación. El peso del mesianismo sabbetiano renace en ese momento, el de su mayor debilidad, gracias al empuje de Nathan de Gaza, autor de El libro de la Creación (Sefer ha-beria), que predicará a lo largo de un camino itinerante hasta su muerte, acontecida en Skopie, Macedonia del Norte, en el año de 1680, cuando muchos escépticos han pasado a llamarle «Satán de Gaza».
"La palabra «Mashíaj» en hebreo significa «ungido», «ungido para el reino». La misma palabra en griego es «Cristo». Pero el cristianismo se basa en la convicción de que el Mesías ya vino al mundo. Esta es nuestra religión. Pero la diferencia fundamental con el judaísmo es que los judíos creen que el Mesías aún no ha venido y no reconocen a Jesucristo como el Mesías. Esta es la diferencia fundamental"
Alexander Dugin
Al medio siglo exacto de la muerte de Sabbetai Zeví, el mundo alumbrará a su más firme heredero espiritual: Jacob Frank, nacido como Jacob Leibowitz, cuyos seguidores, los frankistas, llevarán el influjo de los sabbetianos aún más lejos. Sobre él Scholem escribió en su libro Mesianismo y nihilismo (1973): «Jacob Frank permanecerá en la memoria de los hombres como el caso más espantoso de la historia del judaísmo». Como nexo directo entre Sabbetai Zeví y Jacob Frank destaca la figura del converso al islam Osman Baba.
Tras algunos infructuosos émulos de Sabbetai, tales como Joseph ben Tsur en Marruecos, Mordekkay Moriah en Alemania o Jacob Querido en La Meca, este último familiar directo de Zeví por parte de Sarah, aparecerá Osman Baba, nacido Baruchia Russo, quien afirma ser la reencarnación del propio Zeví. Según apunta Scholem, Osman es aún más radical que Sabbetai en su nihilismo, en su rupturismo, en su voluntad de destruir las grandes tradiciones religiosas para mejor construir una «religión del futuro» cuyo proyecto muchos remontan hasta la Torre de Babel y la figura de Noé. La secta de los karakashlar, fundada por Osman, coincidirá en el tiempo y prácticamente en el espacio, ya en Polonia, con otro grupo de sabbetianos, en este caso encabezados por el cabalista Lóbele Prossnitz.

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