miércoles, 27 de mayo de 2026

Sobre el mesianismo judío y su vinculación con el culto a Saturno. Por Guillermo Mas Arellano

 

Actualidad del cubo negro de Saturno:

Sobre el mesianismo judío




Por Guillermo Mas Arellano



“Los primeros Rothschild fueron frankistas y financiaron a Eva Frank, hija de Jacob Frank, que era considerada la Matronita, la Shejiná misma o el Mesías femenino a los ojos de los seguidores del culto. Soros forma parte de la red frankista. Eso no tiene mucho que ver con el judaísmo ortodoxo”

Alexander Dugin





Saturno, sustento de la Creación, se identifica con la piedra, necesario fundamento de todo Templo: «Los espíritus de los hombres son los huesos de Saturno reducidos a polvo» (Manley P. Hall). Plutarco apuntaló lo evidente: Saturno es un equivalente romano para el Moloch cananeo, a lo que podemos añadir al Ninurta sumerio, al Baal fenicio, al Osiris egipcio, al Kronos griego o al Marduk babilonio. Es el dios del sexto día, el Sabbath («Saturn-day»), en tanto que hijo de Urano y de Vesta, padre de Júpiter y Plutón, hermano de Titán cuyo nombre proviene de una conjunción entre «Satis» (saciar) y «Facer» (hacer) que tiene una evidente connotación sacrificial.

En la mayoría de estudios sobre hermetismo, la importancia de España suele ser dejada de lado, cuando tanto El Zohar como buena parte del esoterismo islámico le deben mucho a esta tierra. Tras la expulsión de los judíos en 1492, se generó un verdadero trauma en ese pueblo errante que, a pesar de sus penurias materiales, se consideraba a sí mismo como «pueblo elegido». En ese sentido merece la pena recordar unas palabras escritas por Nietzsche en El Anticristo (1895): «Esta ha sido la variedad de megalomanía más funesta que hasta ahora ha habido en la tierra: pequeños engendros de santurrones y embusteros comenzaron a reclamar para sí los conceptos de “dios”, “verdad”, “luz”, “espíritu”, “amor”, “sabiduría”, “vida”, como sinónimos de ellos mismos, por así decirlo, para señalar un límite entre el mundo y ellos».

Algunos personajes como Isaac Luria, considerado por muchos el principal practicante de la «cábala operativa», resultaron fundamentales a la hora de generar una nueva identidad espiritual tras la persecución y el exilio. El sabbetaísmo, de claro signo saturino, surgido en el siglo XVII, sin duda bebe directamente de la arrogancia del «pueblo elegido». Su líder, Sabbetai Zeví, nacido en Esmirna en agosto de 1626, vino al mundo en el día de la conmemoración de la destrucción del primer y del segundo Templo de Jerusalén. Su comunidad nació como un grupo de judíos establecidos en Grecia, donde Sabbetai inició sus estudios religiosos hasta devenir un célebre rabino. En 1644, según apunta Scholem, Sabbetai se iniciará en el estudio de la Cábala.

Sin Isaac Luria, Sabbetai Zeví o su continuador Jacob Frank, incluso el sionismo tal y como lo cifró Theodor Herzl en el siglo XX, directo responsable (tras la Shoah) del establecimiento del Estado de Israel, no existiría. Se trata de un mesianismo nacido de los esenios que creció de la mano del judaísmo jasídico y de esas herejías milenaristas que fueron el sabbetaísmo y el frankismo, hasta llegar al moderno sionismo que hoy alienta a Israel para aniquilar a Gaza y, tras el pueblo palestino, cada vez más arrinconado, a su gran enemigo en la región: Irán.

Como Adolf Hitler y Iósif Stalin, entre tantos otros mesías del Mundo Moderno entre los que se puede citar, a pequeña escala, a Grigori Rasputín o Charles Manson, Sabbetai Zeví fue un ser humano enfermizo, frágil, paranoico, desde luego psicopático, que destacaba por controlar tanto como por ser controlado por un conjunto de daimones más o menos encarnados. Sus extravagancias y dificultades sexuales hicieron que sus dos primeros matrimonios fracasaran concluyentemente, sin que las razones finales de esta frustración lleguen a ser claras. ¿Quizás adoleciera del mismo afán masoquista del führer, o puede que más bien se tratara de una impotencia similar a la de Napoleón Bonaparte o Francisco Franco? Lo que sí está más que comprobado es su talante melancólico, hoy diríamos que depresivo, que Scholem relaciona directamente con severas patologías clínicas como la psicosis.

En 1648, a la edad de 22 años, Sabbetai Zeví decide autoproclamarse «mesías». Se siente «ungido» por los setenta patriarcas de Israel iniciados directamente por Moisés, y gracias a su poderosa elocuencia retórica consigue manejar a un amplio grupo de seguidores que interpretan sus altibajos emocionales como signos inequívocos de «iluminación». Una aproximación somera al personaje en cuestión revela que no está lejos de codearse con tipos de la talla de Jim Jones, que prometen la venida de una «religión del futuro», al decir del Padre Seraphim Rose, para un grupo de desarrapados ante los que la Historia pronto yacerá prosternada.

En 1651 Sabbetai es expulsado de Esmirna por violar la Ley judía; su salida terminará en Salónica sin que su actitud cambie un ápice. Allí, para escándalo de la casta sacerdotal local, pretende acreditar sus dotes cabalísticas contrayendo matrimonio con las Sagradas Escrituras. Por este acto no tardará en ser expulsado de Salónica; en 1658 acaba recalando en Constantinopla, donde se establecerá a lo largo de ocho meses, llegando a pasearse por las calles de la ciudad con un carrito de bebé donde un pescado muerto, alegoría tangible de la Era de Piscis, ocupaba el lugar habitualmente reservado a un retoño humano. Sabbetai comienza a anunciar la Edad de Oro, nada menos, y este exceso conlleva para él una nueva expulsión de la ciudad.

Tras pasar por El Cairo, Sabbetai Zeví llega a Jerusalén, Tierra Prometida, en el año de 1662. Allí lleva una vida muy distinta a aquella en la que se había desempeñado hasta ese momento. Es, en muchos sentidos, un hombre reconvertido a eremita, que apenas si sale de casa ni se alimenta, salvo en el sábado (sabbath), día de Saturno. En 1663 regresa a Egipto una vez considera que sus particulares «ejercicios espirituales» han finalizado. Permanecerá allí dos años más y terminará casándose con una prostituta llamada Sarah. También conocerá a una figura de crucial importancia en su vida: Nathan de Gaza.

Estudioso casi incomparable de la Cábala, Nathan de Gaza tiene una visión en la que contempla a Sabbetai Zeví como el mesías. Tras esta experiencia mística busca al profeta y se pone a su servicio sin rechistar. La elocuencia de uno y la erudición de otro servirán para reforzar el mitologema de los dos ungidos: el rey y el sacerdote de claro signo mesiánico. Nathan de Gaza, respetado en la comunidad religiosa, anunciará tras nuevas y portentosas experiencias extáticas, que Sabbetai Zeví es el hombre que debe sentarse en el trono de Israel. El profeta y el elegido ponen rumbo, entonces, a Jerusalén, en pleno año de 1665, como si de Juan el Bautista y Jesús el Nazareno se tratara. En la ciudad, Sabbetai quebrantará una y otra vez las leyes de los judíos, sin temor a las consecuencias, al tiempo que se paseará a lomos de un caballo pálido, ese símbolo apocalíptico, por las calles del lugar.

La excomunión de Sabbetai Zeví llega tarde: es demasiado poderoso sobre su grupo de fieles. Como un Akhenatón hodierno, Sabbetai dará la espalda a la casta sacerdotal y se marchará con sus seguidores a Alepo para reformar una vez más su religión. Según atestigua Nathan de Gaza, Sabbetai es nada menos que la reencarnación de Simon Bar Kojba, líder de la así llamada «Rebelión de Bar Kojba» acontecida en el año 132, cuando por primera vez se estableció un estado judío independiente del Imperio romano, comunidad política que sobrevivió hasta su aniquilación definitiva en el año 135.

Mientras tanto, Sabbetai, muy influido por su mujer, Sarah, que es una iniciada y con la que por lo visto todavía no había tenido relaciones carnales, desarrolla un discurso que hoy denominaríamos «feminista», alentando a que las mujeres desarrollen su libertad de pensamiento mediante la exégesis de la Torá. Tras acrecentar de forma notable su comunidad religiosa, situada en Esmirna, que ya es mayoritaria dentro de los fieles judíos del lugar, Zeví se dirige una vez más a Constantinopla.

Como ya ocurriera con Jesús el Nazareno, Sabbetai Zeví es denunciado a las autoridades locales por parte de la casta sacerdotal local, que no lo reconoce como mesías, sino como un hereje y un usurpador. En consecuencia, es encarcelado en Constantinopla cuando el calendario marca el mes de febrero de 1666. En el último momento, Sabbetai salva su vida hablando con humildad y buen tino ante el visir Ahmed Koprulu, máxima autoridad de la ciudad, en una reunión privada con él que viene a señalar la importancia que tenía el sabbetaísmo.

En agosto de 1666 Sabbetai Zeví decide abolir el ayuno relacionado con la destrucción del primer y el segundo Templo de Jerusalén. Es una decisión muy atrevida, puede que incluso descabellada, que viene a señalar la magnitud de su poder, casi tan grande como su ambición. Su caída no se hace esperar: Nehemias Cohen, un sabbetiano procedente de Polonia, agredirá a Sabbetai en medio de una reunión privada acontecida el día 2 de septiembre de 1666. Al parecer Cohen pretende reconstruir el Templo de Jerusalén y pone en duda el estado de «ungido» atribuido a Zeví. En cuestión de unas semanas, una vez transcurre este desafortunado incidente, las tropas turcas detendrán a los dos autodenominados mesías. Nehemias Cohen será el primero en convertirse al islam y alentar del peligro que entraña el sabbetaísmo en su conjunto. En consecuencia, Sabbetai será detenido y llevado ante Mehmed IV.

Todos los sabbetianos esperaban que su mesías, el «ungido», reclamara para sí la corona que falsamente portaba Mehmed IV; en lugar de eso, una noticia rompió en dos sus vidas: Sabbetai Zeví, forzado por la amenaza de la parca, acababa de convertirse al islam. Su mujer, la exprostituta Sarah, se convertirá en Fátima, mientras que el propio Sabbetai pasará a llamarse Aziz Mehmed Effendi, para decepción de sus miles de seguidores en esa y en tantas otras regiones. Ambos acabaron exiliados en Ulcinj, donde Sabbetai moriría una década después de su apostasía, el día 16 de septiembre.

Scholem va más allá del simple temor al martirio, apunta a un «descenso necesario a las tinieblas» de él y su culto. La apostasía sería un escalón más en el ascenso espiritual que, por medio de una escalera que sube bajando, a la manera de la de Jacob en el Antiguo Testamento, conduce directamente a la salvación. El peso del mesianismo sabbetiano renace en ese momento, el de su mayor debilidad, gracias al empuje de Nathan de Gaza, autor de El libro de la Creación (Sefer ha-beria), que predicará a lo largo de un camino itinerante hasta su muerte, acontecida en Skopie, Macedonia del Norte, en el año de 1680, cuando muchos escépticos han pasado a llamarle «Satán de Gaza».


"La palabra «Mashíaj» en hebreo significa «ungido», «ungido para el reino». La misma palabra en griego es «Cristo». Pero el cristianismo se basa en la convicción de que el Mesías ya vino al mundo. Esta es nuestra religión. Pero la diferencia fundamental con el judaísmo es que los judíos creen que el Mesías aún no ha venido y no reconocen a Jesucristo como el Mesías. Esta es la diferencia fundamental"


Alexander Dugin


Al medio siglo exacto de la muerte de Sabbetai Zeví, el mundo alumbrará a su más firme heredero espiritual: Jacob Frank, nacido como Jacob Leibowitz, cuyos seguidores, los frankistas, llevarán el influjo de los sabbetianos aún más lejos. Sobre él Scholem escribió en su libro Mesianismo y nihilismo (1973): «Jacob Frank permanecerá en la memoria de los hombres como el caso más espantoso de la historia del judaísmo». Como nexo directo entre Sabbetai Zeví y Jacob Frank destaca la figura del converso al islam Osman Baba.

Tras algunos infructuosos émulos de Sabbetai, tales como Joseph ben Tsur en Marruecos, Mordekkay Moriah en Alemania o Jacob Querido en La Meca, este último familiar directo de Zeví por parte de Sarah, aparecerá Osman Baba, nacido Baruchia Russo, quien afirma ser la reencarnación del propio Zeví. Según apunta Scholem, Osman es aún más radical que Sabbetai en su nihilismo, en su rupturismo, en su voluntad de destruir las grandes tradiciones religiosas para mejor construir una «religión del futuro» cuyo proyecto muchos remontan hasta la Torre de Babel y la figura de Noé. La secta de los karakashlar, fundada por Osman, coincidirá en el tiempo y prácticamente en el espacio, ya en Polonia, con otro grupo de sabbetianos, en este caso encabezados por el cabalista Lóbele Prossnitz.

Las líneas generales del antisemitismo moderno, del que Hitler fue Gran Maestro, serán delineadas, curiosamente, por ese autoproclamado «tercer mesías», tras Sebbatai Zevi y Osman Baba, que fue Jacob Frank, quien, en compañía de Anna, su mujer, viajará, en calidad de comerciante prácticamente analfabeto e incluso ágrafo, pero altamente elocuente e iluminado, a lo largo de Salónica, Adrianópolis y Esmirna, tras los pasos de sus antecesores. De vuelta a Polonia, tras más de dos décadas de preparación en Turquía, fundará su propia secta en el año de 1755, confiriéndole a las orgías sexuales una notable importancia dentro de su culto. Su brujería se ampara en una sexualidad heterodoxa.
Tras pasar por la cárcel, denunciado una vez más por la ortodoxia hebrea, a consecuencia de sus escandalosas prácticas, Jacob Frank decidirá convertirse al islam en el año de 1757. Esta decisión le otorgará la simpatía de las autoridades locales, mientras que permitirá a su mensaje continuar propagándose a la velocidad de la pólvora por las dispersas, además de huérfanas, comunidades de sabbetianos presentes en Polonia, Hungría y Ucrania. Escribe Ernesto Milá: «Es la judería centroeuropea quien mejor recibe a este nuevo neosabbetiano y en sus comunidades es donde prende mejor la llama de la revuelta, la subversión y el exceso. Adoptan posiciones antitalmudistas y piden la protección de la Iglesia Católica para protegerse de la hostilidad de los rabinos ortodoxos. Esto produce un efecto inesperado: la Iglesia acepta el contacto de estos judíos renegados de la sinagoga y acepta algo más importante todavía: que escriban folletos y libros con argumentos que tienden a denunciar y desprestigiar la práctica y la predicación de los rabinos».
Estos folletos serán, junto a la obra de Maurice Joly, la principal inspiración de Los Protocolos de los Sabios de Sión (1902), actualización de los «libelos de sangre» al filo de la guerra ruso-japonesa que influyó decisivamente al Tercer Reich por la vía de Alfred Rosenberg, su editor en Alemania. Mucho antes, Jacob Frank y sus discípulos tomaron otra estrategia de defensa: decidieron apoyarse en la Iglesia Católica para huir de la persecución emprendida por la ortodoxia judía. Amparándose en ese apoyo institucional, atacarán el Talmud y criticarán duramente al judaísmo, para provecho de católicos y musulmanes. Jacob Frank regresará a Europa y se convertirá al catolicismo, seguido por numerosos fieles, con el apoyo y la presencia del rey de Polonia, nada menos.
Sin embargo, los frankistas y demás neosabbetianos mantendrán incólumes sus costumbres amorales, incluidas las orgías que apenas si ocultan a la Iglesia, lo que acabará saldándose con el descubrimiento por parte de las jerarquías eclesiásticas del fraude doctrinal cometido, con las consecuencias esperables: una dura reacción para castigar la broma. En febrero de 1760 Frank es detenido y después permanecerá encerrado en una celda de aislamiento durante algo más de dos años, transcurridos los cuales regresará a sus costumbres sin cambiar nada. A su vez, Frank intentará infiltrarse sin éxito dentro de la Iglesia Ortodoxa de Rusia, puesto que su principal objetivo es ahora corromper y destruir a las religiones desde dentro.
Tras un cambio de régimen que acaba propiciando la liberación de Jacob Frank, pasará a formar y entrenar a su propio ejército privado, algo así como un Estado dentro del Estado de claro signo religioso, y moverá su círculo íntimo con el rigor y la ritualísitca propia de una sociedad secreta, capaz de infiltrar y manipular por igual las jerarquías religiosas o el cuerpo operativo del Estado a su antojo. Jacob Frank, para entonces autodenominado «Dios en la Tierra», llegará a ser un influyente actor político en la Europa de su época, en estrecho contacto con la corona rusa que entonces ostentaba Catalina, después Pablo I y por último José II. Frank pretende nada menos que penetrar en el Poder y la Religión para tratar de desestabilizar desde dentro la sociedad rusa, generando el caos en el país, para después imponer un nuevo gobierno significado bajo su dominio mesiánico.
El objetivo de Frank es el de gobernar a través del caos, imitando a viejos tiranos europeos como la familia Rothschild. Sus seguidores, adiestrados para la causa, deben cumplir órdenes, buscar la riqueza, perseguir la influencia social, devenir actores sociales de primer orden, capaces de garantizar el éxito de la causa a toda costa. Muchos de sus discípulos entrarán a formar parte de la francmasonería, a su vez infiltrada por los Iluminados de Baviera, y según algunos estudiosos su influencia se hará notar en la Revolución Francesa. El grupo paramilitar constituido en las propiedades de Anna, la mujer de Frank, en la provincia de Brno, han superado con mucho el ámbito de influencia geográfico al que en principio aspiraban.
Cuando Frank muere en el año de 1791 su culto ostenta un poder enorme. Tras el fracaso de la Revolución Francesa, a pesar de la muerte de algunos de los más importantes frankistas que participaron en ella, como por ejemplo Moses Dobruška (guillotinado el 5 April 1794), los continuadores de Frank abrazaron la figura de Napoleón Bonaparte como la llegada definitiva de su mesías. Suponemos que, en caso de haber llegado a vislumbrar a Hitler, no habrían dudado en afirmar lo mismo… A pesar de su antisemitismo, o precisamente gracias a él. Con la llegada del siglo XX, sin embargo, los frankistas desaparecerán de la luz pública, puede que por causas naturales, o quizás mejor para diluirse dentro de un grupo mayor. Casualidad o no, en ese preciso momento comienza otro movimiento mesiánico que, además, sueña con reconstruir el Tercer Templo: es el sionismo.



"La esencia del sionismo reside en que es una especie de » satanismo judío «. Este satanismo no se relaciona con otros pueblos o culturas, sino que es satanismo dentro del judaísmo; es decir, es una inversión de proporciones. Mientras que el judaísmo ortodoxo clásico insiste en que el sentido de la existencia de los judíos en la diáspora (Galut) reside en la expectativa del Mesías, que vendrá desde fuera, y solo entonces deberán regresar a la Tierra Prometida, el sionismo se basa en el principio de que los judíos mismos son Dios. Por lo tanto, ya pueden regresar a Palestina, y pueden hacerlo por la fuerza, rechazando así la prohibición talmúdica, y, en consecuencia, comenzar la construcción del Tercer Templo ellos mismos. Y la garantía de este proceso mesiánico será la aparición del Mesías, que, en esencia, es cada israelí"

Alexander Dugin



La ciencia moderna tiene mucho de magia negra: centrada en la destrucción, orientada hacia la transformación, sin temor a la exploración de los límites más insospechados. En cambio, la religión, sobre todo en su vertiente teológica medieval y sus vaivenes ulteriores tras la secularización, han demostrado los sobrados problemas que lleva aparejados consigo la inacción en numerosos ámbitos. Si la ciencia profana ha sido desarrollada, ya desde sus inicios por alquimistas como Isaac Newton o miembros de sociedades secretas como el rosacruz Francis Bacon, la teología se ha revelado desde el Renacimiento como una realidad antropológica evidente: el neoplatonismo pone al descubierto aquello que en la doctrina de Platón nunca llegó a poder ser figurado de manera evidente. Pero fue la cábala, esa mística de la palabra perteneciente al mundo religioso judío en su vertiente más oculta, quien, al otorgarle un nombre a Dios, llamando YHWH a aquello que es por definición impronunciable, anticiparon el deicidio del que durante toda la Edad Media y en los siglos posteriores fueron acusados en la mayoría de pueblos europeos.
En cierto sentido, poder nombrar a Dios ofrece cierta potestad sobre él a quien lo hace: es normal, entonces, que los mismos que realizaron dicha transgresión no tardaran en imaginar a una criatura monstruosa invocada a su voluntad. Hasta la llegada de la Edad Media resulta imposible encontrar rasgos de un pensamiento místico o sencillamente metafísico en la tradición religiosa judía. En ella todo es de un materialismo asfixiante. Son ciertos autores como Moisés ben Nachmán o Moisés de León aquellos que le otorga una dimensión gnóstica a la lectura de los textos sagrados. Con ello nacerá la raíz de lo que, en su versión secularizada, dará lugar a la hermenéutica y a la crítica literaria: la exégesis. A través de la estrecha relación con los más profundos significados ocultos tras las sílabas y las cifras, la Cábala (kabbalah significa “lo recibido”, en el sentido más esotérico de la expresión) abrió la puerta a la magia en Occidente.
Tras la definitiva expulsión europea de los judíos en 1492, el Zohar, texto fundamental de la Cábala, se difundió ampliamente entre ciertos círculos de la comunidad judía en éxodo. Se difundió el uso de la magia práctica bajo la forma de amuletos y encantamientos en busca de suerte y de protección. El Gólem es una creación hecha a partir de barro, el mismo material según el cual Dios creó al hombre en el Génesis, generado por los judíos para imponer su voluntad: la “excusa” que invoca la necesidad de defenderse contra las invectivas del antisemitismo es la justificación perfecta para traer a este mundo aquello que en una cultura tradicional jamás habría sido alumbrado. Para crear al Gólem es necesario recitar el nombre de Dios, a través de múltiples combinaciones complejas que pretenden equiparar al cabalista con el Creador, un número muy preciso de veces cuya cifra exacta sólo es accesible para el iniciado. Después se hace necesario recitar ese mismo nombre, el de Dios, al revés el mismo número de veces.
El gólem, ese ser de tierra, dice representar la verdad pero en realidad sólo lleva inscrita en su faz la letra que representa la muerte. Su propia concepción, tan cercana a los delirios transhumanistas del cosmismo ruso o de algunos filántropos de Silicon Valley, nos lleva a pensar a la relación de importantes físicos modernos como Albert Einstein, Norbert Wiener o John von Neumann con la cábala. El gólem no es, pues, otra cosa que una parodia siniestra de la creación del primer hombre. Ello evidencia que, en muchos sentidos, ninguna doctrina esotérica de carácter sapiencial asumiría la creación de un Gólem por el carácter inherentemente fáustico de la idea. Sin embargo, la Cábala hebrea lo ha hecho, y esa es mejor que ninguna otra la prueba de que el puente que conecta a la religión con la magia a veces es más consistente de lo que se suele pensar.

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