martes, 26 de mayo de 2026

La Gnosis de Thomas Pynchon. Por Guillermo Mas Arellano

 

¿Es Thomas Pynchon un gnóstico?

La Gnosis pynchoniana en A Oscuras (Shadow Ticket)




Por Guillermo Mas Arellano





Pynchon es, antes que el narrador de la entropía, como suele decirse, el escritor de la tecnociencia y de los procesos de desarrollo que han llevado a esta fase avanzada de la Modernidad postindustrial. Pero, ¿acaso es también un gnóstico?



Con la publicación de A Oscuras (Shadow Ticket, 2025), a Thomas Pynchon le han caído palos por parte de una crítica literaria forjada a imagen y semejanza del mercado al que sirve. Yo creo que es una novela a la altura de lo mejor de Pynchon de los últimos años. De Pynchon no sabíamos nada desde esta novela Al Límite (Bleeding Edge) del año 2013 y a mí A Oscuras me ha gustado más. Una vez más, la crítica crítica española ha sido perezosa, en líneas generales, hablando de la novela de Pynchon. Han dicho que es una novela menor, y demás tópicos por otro lado habituales a la hora de enfrentarse a la última novedad de un “gran maestro” consagrado, sin meterse realmente a ver que no. Yo creo que es una novela que está muy bien hecha, demuestra que Pynchon sigue teniendo un pulso narrativo envidiable y mucho que decir. Además de un estilo sumamente reconocible.

Y además creo que con el interés de que evidentemente en Al Límite, que es una novela ambientada en 2001, en el entorno de la burbuja de Silicon Valley, en el entorno del 11-S, nos hablaba de la actualidad y de la actualidad más reciente. Desde que Pynchon publicó este libro hay que recordar que Obama era el Presidente de los Estados Unidos, que Donald Trump no estaba en las quinielas, que no hablábamos de pederastia en las élites más que en el entorno envenenado del Pizza-Gate, estábamos ante una América, ante un Occidente muy distinto. Desde entonces hemos tenido virus, hemos tenido guerras, hemos tenido más crisis económica, hemos tenido pérdida de poder adquisitivo, hemos tenido un montón de acontecimientos que incluyen una abrumadora información conspiranoica sobre nuestras ya de por sí depauperadas mentes, incluida una lista y una isla de Epstein que da perfectamente para la novela de Pynchon, autor tan esquivo como pareciera serlo la isla del matemático judío.

Sin embargo, Pynchon se va 100 años atrás, hacia el mundo fascista de hace un siglo, a la hora de hacer una obra histórica heterodoxa, rizomática, que parece realmente en continuidad con Contraluz (Against the Day, 2006), empezando por el título, hablando de sombras, de contraluces, de una lucha a en tinieblas contra una extraña forma de luz, aquí en español “a oscuras” y “contraluz” casan mucho más que en el original. Me parece también interesante ver que poco se ha entendido esa decisión por parte de Pynchon, la de ligar ambas obras, como sí con esta novela de 2025 cerrara el círculo iniciado con la segunda parte de su obra, la del Pynchon del siglo XXI, que arrancó con su publicación de 2006.

Parece inevitable hablar de postmodernidad cuando hablamos de Pynchon… Lo cierto es que su narrativa, sobre todo a partir de A Contraluz, se encuentra plenamente imbricada dentro de un marco literario innominado, que va más allá de la posmodernidad, aun manteniendo muchos de sus rasgos tipificados. ¿En qué consiste la postmodernidad? Según Jean-François Lyotard, es “el fin de los grandes relatos”. El colapso de las certezas, de todas las ideologías, incluyendo el iluminismo, de cuya mano llegará una época de incertidumbre y desasosiego… Que hoy ha finalizado en una suerte de Ilustración Oscura tecnocrática. Tal y como afirma Slavoj Žižek, supone el fin del humanismo, y el paso a un posthumanismo nietzscheano de consecuencias antropológicas imprevisibles. En cualquier caso, parece que la evolución de la tecnología sin precedentes y un crecimiento de la información impredecible han llevado a que, aquello que la modernidad entendió como distopías (Orwell, Huxley y Burgess), la postmodernidad (Dick, Ballard y Cronenberg), confirma como realismo. El paso del Espectáculo de Guy Debord al Simulacro de Jean Baudrillard como cotidianidad inasumible, vírica, invasiva, y a la par autoinmune.

En literatura, la postmodernidad es un género puramente anglosajón que nace y muere, sin embargo, con dos hispanohablantes que son, para más señas, argentinos. Su marco se mueve en la segunda mitad del siglo XX y muere en la mitad del XXI. Nace con Ficciones de Jorge Luis Borges, en 1944; y muere con la trilogía La Parte (La Parte inventada; La Parte soñada; La parte recordada), de Rodrigo Fresán, publicada entre 2014 y 2019, justo antes de la pandemia mundial del coronavirus. Entre medias podríamos citar a William Gaddis y Los reconocimientos (); a John Barth y El plantador de tabaco (); a Thomas Pynchon y El arco iris de la gravedad (1973); o, más recientemente, Submundo () de Don DeLillo; La broma infinita () de David Foster Wallace; Europa Central () de William Vollmann; y El tiempo de nuestras canciones () de Richard Powers. Sin embargo, en términos estéticos seguimos anclados en ese mundo yuppie que, como supo representar Thomas Pynchon en Vineland (1990) dejó atrás la inevitablemente ingenua, torpe y del todo fallida utopía hippie de un mundo mejor.

Más allá de un género o de una técnica representada en unos casos puntuales, se puede hablar de una auténtica hibridación en la ficción, o incluso de un proceso de “formateado” en el ensayo. Cada vez encontramos más ensayistas que incluyen elementos narrativos a la hora de contarnos ciertas partes de su tesis; y, sobre todo, cada vez es más frecuente encontrar fragmentos ensayísticos disueltos a lo largo de una novela, para tratar uno o varios temas puntuales. Algo que ha ocurrido al tiempo del desarrollo de Internet y las Nuevas Tecnologías en unos niveles insólitos, lo que ha llevado a incorporar en la literatura el lenguaje de la ciencia, de la informática y de la robótica de forma pionera. En otras palabras: muestran la impronta que la técnica está teniendo sobre lo humano. El desarrollo de la cibernética, que va de la mano de la Tecera Revolución Industrial y habilita la aparición de la Cuarta, marca como ningún otro hecho histórico el desarrollo de la etapa en la que actualmente estamos inmersos. Thomas Pynchon, a través de novelas como El arcoíris de la gravedad (1973), Mason y Dixon (1997), Contraluz (2006), Vicio Propio (2008) o Al límite (2013), se ha destacado como el gran maestro narrativo de la tecno-ciencia y la entropía.

La gran pregunta que abre este panorama ante la realidad cotidiana se puede resumir en una pregunta: ¿Es posible amar después de conocer? Propuestas como la de Pynchon redundan en indagaciones ficcionales en la antropología y la epistemología bajo el capitalismo de la vigilancia y la silicolonización del mundo. Podemos hablar de que una novela post-moderna, incluso posterior a lo post-moderno, que aspira a hablar de nuestro tiempo en toda su profundidad, no solo debe valerse de la trama y de los personajes, del argumento, para hacerlo; también ha de incorporar un auténtico discurso filosófico, que en algunos puntos no sea explícito, pero en otros sí. La narrativa del futuro será así o sencillamente no será. La amenaza del espectáculo, la banalización, el agotamiento formal o el mero entretenimiento, sólo puede ser superada con una fórmula basada en la indagación temática y la imaginación sin límites.

En el ámbito de la narrativa en lengua inglesa, podemos decir que William Gaddis es el más importante de entre los escritores posteriores a James Joyce; si el autor de Ulises (1922) acopia y resume en su figura, en cuanto que genio y epítome, todo lo que significa la novela en el siglo XX, Gaddis hace con Los reconocimientos (1955) lo propio para el siglo XXI: la obra de John Barth, Thomas Pynchon, William Gass, John Hawkes, Donald Barthelme, Robert Coover, Don DeLillo, David Foster Wallace, Richard Powers, Evan Dara, George Saunders, William Vollmann, David Markson… Y un largo etcétera que no se entendería sin que antes que todos ellos estuviera esa luminaria de Gaddis: desbrozando sendas que hasta ese momento parecían ignotas.

Hay una frase del perspicaz E.M. Forster que reza: «Es evidente que tras Tristam Shandy se esconde un dios, un dios que se llama Caos y que algunos lectores no saben aceptar». Con la muerte de Dios decretada por Friedrich Nietzsche nació un cáncer ontológico: la entropía que subliman James Joyce y William Gaddis, sendos maestros de lo vulgar, en un mundo cuya ósmosis se conforma a partir de lo caótico: donde «todo está conectado». El tema de Los Reconocimientos es el arte en una sociedad donde la falsedad es moneda de curso legal, un motivo expresado a través del mitologema del pacto fáustico de aquel que vende su alma al mal.

Si algo ha destacado en la ficción posmoderna es su capacidad de anticipación sobre la realidad, en un mundo que parece haberse vuelto del todo inaprensible para el resto de disciplinas, todas ellas escoradas hacia la especialización y el academicismo, e incapacitadas, por ello, para ofrecer una respuesta global del presente. En ese sentido hay que destacar que Don DeLillo, quien, a diferencia de Pynchon, ha incorporado tardíamente las “nuevas tecnologías” a su obra, haya escrito casi coincidiendo en el tiempo con la pandemia, una obra que previene sobre el siguiente estadio de nuestra era. Me estoy refiriendo a El silencio (2020), una novela breve que especula con la posibilidad de un apagón mundial como el anunciado por Klaus Schwab. Qué cosa ocurrirá después nadie lo sabe, pero DeLillo se ha atrevido a imaginar cómo afectará ese “Apocalipsis tecnológico” a nuestras cada vez más informatizadas vidas. También Richard Powers, en sus más recientes novelas, como El clamor de los bosques (2018), Orfeo (2014) o Devastación (2021), ha llevado a cabo un trabajo de características similares.

En más de un aspecto, podemos considerar que el proyecto artístico de Stanley Kubrick corre paralelo al de Thomas Pynchon. Ambos son autores de fuerte influencia rosacruz, que camuflan de nociones junguianas. Y además tratan de capturar, por la cinematografía lo mismo que, y por la literatura, las principales corrientes subterráneas que recorren la Modernidad, con un acercamiento final al mundo austrohúngaro a través de, respectivamente, Eyes Wide Shut (1999) y Shadow Ticket (2025). La capacidad de anticipación, la inmersión meta-ficcional en aquello que Baudrillard denominó como Simulacro, es lo que eleva el arte de la narración en nuestro tiempo a la categoría relato impecable del siglo XXI, para entendernos a nosotros mismos en cuanto que individuos, y a nuestro tiempo en su conjunto en cuanto que multitud de fragmentos aparentemente irreconciliables entre sí. Antes que en la mal llamada “batalla cultural”, deberíamos centrarnos en la “lucha por el imaginario”, donde las ficciones resultan mucho más relevantes que los debates dialécticos.

Otra comparación pertinente que se me ocurre es con la obra de David Lynch. El cine de Pynchon y la literatura de Lynch son las dos grandes contribuciones de nuestra época terminal a la Historia del Arte. En obras como Against the day (2006) o la citada Inland Empire (2006) −dos obras que aparecieron en el mismo año no por casualidad−, y después de las cuales no se ha podido decir nada nuevo en términos puramente estéticos, el mago y soñador de la obra no deja de sacar conejos de la chistera para abrir nuevos espacios oníricos a ojos del lector o espectador; y a pesar del caos rizomático que, respectivamente, presenta la trama de cada una de las obras citadas, existe sin embargo un orden entre tanta confusión: el uso de frases como mantras, de un leitmotiv para brindar una cierta recursividad, se vuelve la técnica fundamental con la que el hipnotizador controla el sueño: «los búhos no son lo que parecen». La obra de arte, para estos dos creadores tan parangonables, es un viaje que, como la propia vida, no tiene sentido, porque para ellos la propia idea de sentido es ya una ilusión más generada por el sueño.

Si tuviera que escoger entre las distintas poéticas del novelista contemporáneo, yo diría que es la narrativa del enigmático Evan Dara, como antes la de su modelo Thomas Pynchon, aquella que mejor ha sabido reflejar las consecuencias de la última Modernidad en las pequeñas comunidades y en las psiques individuales: en El cuaderno perdido (1995) se narra desde dentro la desintegración de la comunidad; y en La cadena fácil (2008) se narra desde fuera la desintegración del individuo… Si es que cabe la diferencia. En lugar de ambos, el absoluto ficticio de una comunidad o de una identidad individual, emerge el peligro de la colmena, la tentación de la red, con su contrapartida salvífica: la sincronicidad y la apofenia propias del Ánima Mundi que nos conectan a todos dentro de una misma imaginación común atemporal.

Con la sociedad de masas habitamos un mundo poblado de símbolos y signos sin llegar a caer en ellos. Solo los conspiranoicos, en tanto que nuevos gnósticos guiados por la paranoia de Thomas Pynchon antes que por la pronoia (πρόνοια) de los Padres de la Iglesia, creen ser capaces de leer las señales que les permiten acceder a los arcanos secretos de una “élite” maligna. Y, para los demás, la banalidad que se sublima en la depauperación lingüística, triunfo jerga mediática de los mass media como «sede de la ignorancia total», como apuntara en su ensayo Apocalípticos e integrados (1964) Umberto Eco.

La cantidad de canciones que saca Pynchon aquí, en A Oscuras, es impresionante, se cuentan por decenas. Yo creo que ha hecho más que nunca, es tremendo. En su novela, cuenta la historia de Hicks McTaggart, un investigador privado a la manera de los filmes de los años 20. Es curioso también porque los dos protagonistas, tanto Higgs-McTaggart como Florian Herscht, protagonista de la última novela de László Krasznahorkai (cuya publicación en español ha coincidido con la de la novela de Pynchon) son dos hombres toscos, hombres grandes, fuertes, con aspecto matonil, poco sensibles, poco dados a la metafísica, que diríamos sometidos a entuertos similares, malentendidos que suelen dar lugar a situaciones involuntariamente cómicas, al menos de parte de quien las vive desde ese aspecto brutote, grande, que tienen los dos.

McTaggart, el protagonista de la novela Pynchon creo que el último tercio es más bien una obra coral, es un detective privado que trabaja para una agencia de detectives. Es un tipo que primero trabaja pinchando huelgas, lo cual hace que se encuentre con uno de los protagonistas de Against the Day, Lew Basnight, que para mí es la obra a la que más se parece porque también se dedicó este personaje durante un tiempo de su vida a reventar huelgas, un oficio muy de los años 30, hay que reconocerlo, y que hoy en día ya no existe, porque ya no hay huelgas que reventar, el obrero ha dejado de creerse obrero en el momento en que se ha comprado un teléfono inteligente, y todo lo demás.

El caso es que McTaggart es elegido para una misión doble, podríamos decir, ya que por un lado, como en muchas novelas de Pynchon, encontrar una mujer que es Daphne Airmond, esa femme fatale, un arquetipo claramente gnóstico que tanto interesa a Pynchon desde V (1963) en adelante y que también está en la ya citada Vineland y en otras tantas obras, en tanto que Eterno Femenino. Daphne Airmond, entonces, es una heredera que obviamente es objetivo de múltiples activos porque va a heredar una fortuna de un magnate, al que llaman “el Al Capone del Queso”, pero cuyo nombre real es Bruno Airmond. Es la otra misión, la que debe haberse involucrado también tiene que ver con este magnate, que incluye espías británicos y teósofos itinerantes de toda condición y calaña.

Daphne básicamente ha desaparecido, dejando a un clarinetista tirado y MacTaggart, o Hicks para los amigos, se ve obligado a perseguir este “ticket” (en jerga de detectives) que da título a la novela en el original, este “billete” que es como llaman los detectives privados a un trabajo de estas características, por el papeleo que implica. Se ve obligado finalmente a pasar de Milwaukee a Nueva York y en Nueva York coger un transatlántico que lo va a llevar a Budapest, donde pasa por la Europa posterior al Imperio Austrohúngaro, la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial y el Crack del 29, ese tiempo frenético que hoy nos parece demasiado acomodado, y acaba llegando a Fiume, lo que entonces se llamaba Fiume, que es una ciudad que estaría en la actual Croacia, pero que entonces sirvió para una regencia italiana del fascistafetichista Gabriele D’Annunzio. En definitiva, ese es un poco el eje argumental de la novela de Pynchon, teniendo en cuenta, porque hay que decirlo cuando se habla de Pynchon y sus pynchonianos artefactos literarios, que son como cuerpos sin órganos, que los argumentos dan exactamente igual la novela de Pynchon, porque lo que importa es la experiencia lectora de cada página, donde lo que importa es el estilo, la construcción de cada escena, cada rizoma aparecido, reaparecido o desaparecido para alumbrar otro nuevo, distinto, como sólo Robert Anton Wilson puede ofrecer en medida semejante.

La estructura puramente horizontal en las novelas de Pynchon es la de un rizoma tras otro, una escena tras otra, y lo que interesa (o, creo, debería interesar) al lector es cada escena, cada diálogo, cada personaje, más que nada por toda esa cantidad de elementos mágicos, políticos, tecnológicos, juguetones, de juegos de palabras, de canciones, que el escritor ofrece sin un átomo de solemnidad. Una de las cualidades más específicas de la posmodernidad, de Pynchon, que algunos autores como David Markson convirtieron en seña, es esa idea de no repetirse nunca y de innovar con cada párrafo, pues esa idea de la abundancia, de un caudal inagotable de tramas y referencias, de cada nuevo giro generando su propia red de referencias interconectadas, esa añadidura continua de información sin perder el hilo… Ese hilo del que el recientemente oscarizado Paul Thomas Anderson diría que es un “hilo invisible” para todos menos para su autor.

¿Es Thomas Pynchon un autor real o una figura invisible? Según la versión oficial, por supuesto, Pynchon sí es una persona, es una persona que estudió en Cornell, es una persona que asistió a clase de escritura con Vladimir Nabokov, aunque como suele repetirse Nabokov dijo que no lo conocía ni lo recordaba, y todas estas cosas que sabemos todos. Este Pynchon, el wikipediesco, habría sido íntimo amigo de Richard Fariña, otro joven escritor que murió en un accidente de moto en 1966. Esta circunstancia ha dado lugar a todo tipo de conspiraciones, muy del gusto de Pynchon, probablemente, sobre si Pynchon no será en realidad Richard Fariña (a quien aparece dedicado, en principio como homenaje póstumo, El arcoiris de la Gravedad). Bueno, es una de tantas teorías que hay, pero parece difícil tirar de ese hilo leyendo el único libro de Fariña que he podido conseguir, Hundido hasta el cielo (Been Down So Long It Looks Like Up to Me, 1966), cuyo mérito literario es menor. Así que parece que existe esta persona, Thomas Pynchon, de hecho su mujer es su agente literario y solo lo lleva él, este señor existe, no hay duda, y que este señor es un genio indiscutible en cuya bibliografía se cuentan varias obras que realmente revolucionan la Historia de la Literatura moderna y, más concretamente, la segunda mitad del siglo XX.

Por lo tanto, el primer Pynchon está más allá de la duda, con obras como V, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de la gravedad y tantas obras maestras que nos ha dejado. Pero hay una segunda vida de Pynchon, después de Mason y Dixon (1997), el Pynchon del siglo XXI, lo podríamos llamar, que es la de Contraluz en adelante. Yo diría, aventurando quizás demasiado, que Mason and Dixon es la última novela que podemos estar seguros que es Pynchon 100% y que en muchos sentidos también es su obra maestra, es donde va el paroxismo, va incluso más lejos de lo que había ido en El arco iris de la gravedad. Es su cima narrativa, probablemente, si acudimos a los términos clásicos de la novelística occidental.

Pero después hay una segunda vida con Contraluz, con Al límite (2013), con Vicio Propio (2009) y ahora también con A Oscuras, que realmente cuesta entender que una persona de la edad de Pynchon, casi noventa años, pueda escribir de esta manera y describir con tal grado de precisión el mundo de las Big Tech, y sobre todo en este caso, el de Al límite, que a mí me gustó menos de lo que me gustaba A Oscuras, tengo que reconocerlo, pero que me pareció bastante meritorio a la hora de describir el mundo hipertecnificado, sobre todo si tenemos en cuenta que su autor nació en 1937, al menos en teoría.

La obra de Pynchon, que nace bajo el amparo de maestros confesos como Jorge Luis Borges o Vladimir Nabokov, reviste una búsqueda del Eterno Femenino ante el descubrimiento de que la Historia de Occidente es, por encima de todo, la Historia de múltiples conspiraciones al servicio de la muerte antes de que la vida. Esos “placeres descerebrados” que Pynchon ha propuesto siempre a partir de grupos alternativos (como el memorable W.A.S.T.E de la temprana, y aún así maestra La subasta del lote 49, muy superior a la única obra de Fariña) son la única alternativa viable al inescrutable avance de la técnica y el comercio de la mano del Capital. Porque a Pynchon le han interesado tanto las bambalinas del poder como los grupos disidentes que se oponen a él, presentes en todas sus novelas menos, curiosamente, en la última: A oscuras.

La distopía se ha hecho realidad de la mano del Capital, haciendo que lo técnico se apodere de lo humano, eso es lo que la ciencia-ficción ha contado mejor que nadie a partir de su obra fundamental: Frankenstein (1818), de Mary Shelley. En ese sentido, toda la literatura contemporánea, incluyendo el corpus pynchoniano, es abiertamente distópica. Pero A Oscuras, la última novela de Pynchon, sobre todo está llena de referencias a Drácula (1891), a Bega Lugosi, sobre todo a la versión cinematográfica de la novela de Bram Stoker estrenada en 1931. Recordemos que para Karl Max, la figura del Capital, la del capitalista incluso, es la del vampiro… Y por eso resulta significativo que en A Oscuras McTaggart viaje al Imperio Austrohúngaro, a la patria de los vampiros como Erzsébet Báthory o Vlad Tepes, que por su consumo de vida y su producción a partir de la explotación de terceros, encarnan como nadie la imagen del Capital.

Dentro de este género, Pynchon ha tratado en varias ocasiones los viajes en el tiempo… Que en A Oscuras están directamente referidos por la vía del apellido del protagonista, McTaggart, que apenas si oculta una alusión a John McTaggart Ellis, científico relacionado con Bertrand Russell y otros miembros de la intelligentsia británica, que a comienzos del siglo XX publicó una obra científica sobre viajes en el tiempo, La irrealidad del tiempo (1908), donde se pone en duda la continuidad temporal tal y como habitualmente la entendemos, sugiriendo en contra una estructura cíclica mucho más interesante a la luz de los descubrimientos filosóficos realizados por Friedrich Nietzsche unas décadas atrás.

Ya en 1990, el audaz Dwight Eddins publicó, a partir de la recepción de Vineland, una particular interpretación de la literatura pynchoniana en clave gnóstica: The Gnostic Pynchon (1990) abrió un debate que, creo, hoy debería estar más vivo que nunca. Mi tesis, brevemente expuesta, es que la segunda parte de la obra de Pynchon, a partir de Contraluz, ha necesitado de la colaboración de terceros… Por lo que debería ser emparentada con una centenaria tradición rosacruz de manuscritos anónimos publicados bajo pseudónimo, empezando por la propia obra del supuesto fundador de esta orden: Christian Rosenkreuz. ¿Es Against the day (2006) algo así como una versión actualizada de Las bodas alquímicas de Christian Rosacruz (1616)? Tal vez sea exagerado decir algo así, pero si bien Pynchon se muestra irónico, mordaz incluso, con buena parte de los delirios ocultistas contemporáneos, empezando por una Helena Blavatsky que aparece citada en A Oscuras, lo cierto es que sí parece haber un eco real de autores como Rudolf Steiner, padre de la antroposofía, en algunas páginas de Pynchon.

Dentro de la obra del segundo Pynchon, tal y como lo he denominado aquí, es significativo que el tema tratado sea, por encima incluso de la técnica o el Capital, el fracaso de la contracultura, de toda contracultura, en el siglo XX, a la hora de poner freno al avance del Sistema, de signo inhumano, sobre el potencial humano, que ante todo es artístico, espiritual, erótico, en la medida en que está consagrado a los “placeres descerebrados”. La enigmática V. de la novela homónima, igual que la Frenesi Gates de Vineland o, ya puestos, la Daphne Airmont de A Oscuras, no sería más que la encarnación de Sophia, una divinidad que representa el Eterno Femenino atemporal, y que debe ser perseguida como imago de la Sabiduría que nos sacará de este plano material, en Caída, de la realidad.

La búsqueda de Sophia en las novelas de Pynchon es puramente gnóstica. O, si se prefiere, es utópica. Por lo menos es una Gnosis que va de la mano de la utopía, del no-lugar al que debemos aspirar si queremos algo mejor al presente al que hemos sido arrojados. Porque la utopía no es el rescate de un Paraíso Perdido en la tierra, como se nos vende hoy cínicamente, sino una forma de viaje temporal por aquellos que pertenecen a una dimensión del tiempo que no es la actual. Es una gnosis contracultural, una contracultura gnóstica, como la que fue destruida en los años 90, como narra Vineland, desde esa infiltración del Poder en sus opositores que está inserta en Vicio Propio. Esto también está presente en A Oscuras, en un Estados Unidos dominado por vampiros como JP Moran o John Rockefeller, capaces de deponer a Franklin D. Roosevelt para imponer un Gobierno fascista en los EEUU, como demuestra el Business Plot que Pynchon cita en su última novela.

Thomas Pynchon es un gnóstico porque es un devoto de Sophia, del Eterno Femenino, de esa emanación femenina de lo Uno que nos religa con lo sagrado. El McTaggart de la novela A Oscuras, como el McTaggart histórico, es un gnóstico, un exiliado, que debe buscar su verdadera patria en la dimensión temporal a la que pertenece: la utopía. Por eso el final de A Oscuras trata sobre el exilio, sobre la imposibilidad de McTaggart, incluso aunque haya encontrado a los Airmont, de volver a su patria, un Estados Unidos que parece como envuelto en bruma, en la perpetua neblina de lo material despojado de Sabiduría.

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