Vigilar y castigar en el centenario de Michel Foucault
Por Guillermo Mas Arellano
Resulta imposible separar, en nuestros días, la idea de panóptico tal y como la estableció Jeremy Bentham en 1791 de la noción de Gran Hermano postulada por Eric Arthur Blair, más conocido por su pseudónimo de George Orwell, en su célebre novela 1984 (1949), escrita justamente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial para aludir al mundo inaugurado tras la derrota de la Alemania nacionalsocialista. Soberanía y disciplina, omnipresente vigilancia y corrección constante del comportamiento, van de la mano en esta concepción política, que no alude tanto a una ideología determinada, como la del socialismo o la del liberalismo, como a una forma de operar sobre la sociedad. Gracias al panóptico, la sociedad es un gigantesco parque humano no muy distinto de un zoológico de barrotes invisibles.
Para la burguesía, el respeto por la propiedad privada es sagrada; hay que volver a enseñar, y no solo castigar, a aquel que lo vulnera: la forma de enseñar es precisamente el castigo, la retirada de los bienes, la contrición del cuerpo. De ahí el sentido de las penas largas para reeducar. En Vigilar y Castigar (1975), uno de los ensayos más brillantes de la segunda mitad del siglo XX, Michel Foucault escribe: «Las luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas». Y esas sociedades disciplinarias, que abarcan desde el siglo XVIII hasta nuestros días, serán el germen de una microfísica que, en los años siguientes, Foucault, nacido ahora hace cien años, explorará en los distintos volúmenes de su Historia de la sexualidad (1976-84) como «biopoder» y «biopolítica».
El mismo año en que el filósofo Gilles Deleuze y el psicoanalista Félix Guattari publicaron su Anti-Edipo: Capitalismo y Esquizofrenia (1972), Foucault impartió un curso en el Collège de France sobre la «sociedad punitiva» donde exploró el fundamento epistemológico de la justicia occidental. En la clase correspondiente al 28 de marzo de ese mismo año, 1972, Foucault trazó una arqueología sobre la concepción del poder y los primeros esbozos sobre la investigación del saber relativo al poder. El punto determinante de este curso llega cuando Foucault supedita los aparatos del Estado y sus variadas técnicas de dominación al modelo económico, puesto que este es el punto de partida de Vigilar y Castigar (1975).
En su descripción de la vigilancia jerárquica, Foucault escribe: «La disciplina fabrica individuos; es la técnica específica de un poder que toma a los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su ejercicio». En el subsuelo de los derechos y libertades incoados con el Siglo de las Luces, la sociedad disciplinaria cuyo proceso penal es un rito político, en el que el castigo es aplicado como un espectáculo más, que «forma parte de las ceremonias por las que se manifiesta el poder».
Tras la caída del Antiguo Régimen y el avance de la burguesía sobre la aristocracia, aparecen nuevos delitos relacionados con una nueva forma de ciudadanía, el homo oeconomicus, cuyo fundamento es la acumulación de materiales. Esto deriva, para Foucault, en la construcción de una nueva economía a la que sigue «una nueva tecnología del poder de castigar». El delito ya no atenta contra un determinado propietario, sino contra una clase social, si bien Foucault se desmarca del esquema maniqueo que diferencia entre opresores y oprimidos atendiendo a un sencillo esquema socioeconómico; es decir, que el delito atenta contra la propia sociedad en su conjunto.
Para Foucault, «el cuerpo se encuentra aquí en situación de instrumento o de intermediario y, si se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al individuo de una libertad considerada a la vez como un derecho y como un bien. El cuerpo, según esta modalidad, queda prendido en un sistema de coacción y de punición, de obligaciones y prohibiciones». El castigo, por lo tanto, ya no está en el ejercicio del suplicio, como sucedía en el Antiguo Régimen, sino en la privación y su afán correctivo, que inaugura toda una «era de la sobriedad punitiva» entre 1830 y 1848.
La propia racionalidad económica que gestiona la sociedad aplica sus principios a la hora de castigar «humanamente» a aquel que se encuentra más allá de la ley. La clasificación de los crímenes se salda, entonces, con la individualización de las penas. Así, se abarca al espíritu, por medio de la corrección, al tiempo que se atenaza al cuerpo, por medio de la punición. Por lo tanto, el Poder soberano debe tener un conocimiento sobre el individuo que llegado el caso puede ser castigado en tanto que delincuente. El objetivo, explica Foucault, es «la sumisión de los cuerpos mediante el control de las ideas».
El panoptismo supera a las mismas técnicas que emplea, los centros y lugares donde aplica sus operaciones, para extenderse hacia lo universal, abarcando cualquier tipo de sociedad humana. Si la figura del policía está en el germen del Estado tal y como lo conocemos hoy, debemos comprender que el triunfo de su manifestación moderna es habernos convertido a todos en policías potenciales de nuestro prójimo, en el marco de «un campo de visibilidad total en el cual la opinión de los otros, la mirada de los otros, el discurso de los otros, les impidan obrar mal o hacer lo que es nocivo».
Llegado este punto se hace necesario tratar el asunto del panóptico, que convierte al pueblo en ganado, como indica Foucault: «El panóptico es una máquina de disociar la pareja ver-ser visto» ya que «funciona como un laboratorio del poder» en el que se puede inspeccionar sin a cambio ser visto. Técnica y panóptico van de la mano, ya que permite el registro y el ordenamiento como no era posible concebirlos en el pasado. La precisión se convierte así en el criterio supremo de esta inspección: desarrolla «una inspección de un nuevo género, que obra más sobre la imaginación que sobre los sentidos, y que pone a centenares de hombres en la dependencia de uno sólo, dando a este hombre solo una especie de presencia universal en el recinto de su dominio». El fin es sublimar esa «vigilancia permanente» que es ensayada constantemente en escuelas, cárceles y hospitales.
Para Foucault, «el derecho de castigar será un aspecto del derecho del soberano a hacer la guerra a sus enemigos». El castigo no sólo forma parte del mundo jurídico, también está imbricado en un marco político determinado. Añade Foucault: «Ser testigo es un derecho que el pueblo reivindica», su papel es el de un espectador habilitado para comprobar de primera mano los suplicios, el terror fundante del poder convertido en espectáculo. La técnica se convierte en un instrumento de precisión que habilita el objetivo final del poder: encauzar a los más díscolos en su régimen disciplinario.
En Vigilar y Castigar, Foucault habla de un «teatro de los castigos», una representación en la que «el poder que castiga se oculta». En esta representación la idea del delito debe quedar superada por la idea de la pena. Escribe Foucault: «La publicidad del castigo no debe definir un efecto físico de terror; debe abrir un libro de lectura». El principio de orden de la «sociedad punitiva» diferencia un «dentro» de un «afuera»: la disciplina. El orden de esta distribución de lo social se funda en un tiempo, una actividad, un espacio, un conjunto de rituales. El orden original, de tipo religioso, acaba derivando en diferentes manifestaciones, cada vez más relacionadas con el cuerpo, como por ejemplo las deportivas.
La noción de correccional e, incluso, la de reformatorio, en la que se vincula control y transformación del comportamiento, Foucault se pregunta: «¿Cuál es el punto sobre el que recae la pena, aquello por lo que actúa sobre el individuo?». Y a continuación responde: «Las representaciones». En consecuencia, el conjunto de técnicas a disposición del «complejo científico-judicial» constituye un «objeto de representación». Pero, añade Foucault, lo que opera con el cambio antropológico brindado por la burguesía, esa cesura histórica que inaugura el homo oeconomicus, es que «el punto de aplicación de la pena no es la representación, es el cuerpo, es el tiempo, son los gestos y las actividades de todos los días».
Escribe Foucault: «Las relaciones de poder convierten el cuerpo en una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo dominan, lo someten a suplicio, lo fuerzan a trabajos, lo obligan a ceremonias, exigen de él símbolos». La economía es el arma principal que usa el Poder soberano para someter el cuerpo en este nuevo régimen biopolítico. Gestión de vida que, inevitablemente, deriva en gestión de muerte: biopolítica que pronto deriva en tanatopolítica. De esta forma, las relaciones de producción apenas si encubren relaciones de dominación Sentencia Foucault: «El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido».
No se trata sólo de implementar una determinada ideología en la sociedad, transformando sus ideas por la acción jerárquica de la fuerza, sobre todo en sus opositores, sino que el mecanismo de dominación acaba extendiéndose más allá de los límites de la propia vida, de forma que todos aquellos que se sitúan en el afuera del marco social establecido por el poder abandonan la categoría de bíos tal y como la han trabajado autores como Giorgio Agamben o Roberto Espósito, para pasar a formar parte nada más que de la zoe: son, en la práctica, cuerpos muertos, devueltos a su estado de naturaleza, despojados a cambio de su condición de ciudadanía, al menos hasta que el tratamiento disciplinario cumpla sus objetivos y cure la enfermedad social de esos cuerpos desnudos.
Gracias a la técnica, mucho más que a la ideología, y a la economía, que abarca de forma transversal distintas manifestaciones políticas, vivimos instalados en sociedades de hipervigilancia. En ese sentido, Foucault habla de un «complejo científico-judicial» que desborda toda clase dominante concreta, por cuanto conforma un tipo de dominación que supera a la propia ideología en que se encuadra para volverse universal. Dicho régimen, asentado en la facultad de castigar, aplica una «tecnología política del cuerpo» de forma implacable. Foucault entiende que las luchas de poder concretas forman parte de algo que va más allá de la encarnación específica de cada régimen: el aparato estatal muda su signo sin variar un ápice sus operaciones. De la mano del cuerpo convertido en dócil la intervención punitiva termina afectando al alma; desnudos ante el poder, los hombres que son acarreados como bestias terminan actuando como autómatas.

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