El Retorno de los Grandes Antiguos
Por Guillermo Mas Arellano
El régimen tecnocientífico actualmente imperante trata de extender el reinado de lo caótico bajo la mentira exotérica de un orden racionalista y universal. El capitalismo que avanza allende los océanos del Renacimiento en adelante no es otra cosa que una cristalización espacial de su voraz voluntad de conquista. El Capital aumenta el mecanismo socioeconómico de control para que la apariencia de orden y seguridad sobre lo vivo sea cada vez mayor. El siguiente paso, mucho más religioso y profundo que político, resulta evidente: hay que inmolar la vieja aristocracia para que una nueva burguesía pueda traer consigo el signo incipiente de los tiempos.
Con la destrucción del orden tradicional por fin arriba un mundo social de terror. Es aquello que Lovecraft denominó como “Retorno de los Grandes Antiguos”. Entre los años 1908-1913 Lovecraft vivió un período de reclusión y postración iniciado con 18 años por el que perdió su carrera estudiantil. Dicha depresión larga e incapacitante llegó a su fin a la edad de 23 años. Aunque Lovecraft quiso luchar en la IGM por su país fue rechazado por el ejército dada su fragilidad médica. A partir de ahí, en los años que van de 1921 a 1925, sus afinidades literarias darán un paso pequeño y sutil pero aún así decisivo, que marcan el tránsito de Dunsany a Poe. Son los años en los que Einstein estudia la “Teoría del campo unificado” que pretende vincular de forma insólita la gravedad y la electricidad. Una materia entendida como energía que coincide en ciertos puntos con la teosofía y se encuadra en una forma de entender la ciencia muy cercana en algunos puntos al esoterismo: María Orsic, amante de Nikola Tesla relacionada con lo visionario-científico, estuvo presente en el desarrollo de la energía taquiónica que completaría Gerald Feinberg al postular que la velocidad de la luz es inferior a la de los taquiones.
En ese ambiente intelectual y cultural se produce, en un período cargado de sueños lúcidos y experiencias visionarias, el descubrimiento de Nyarlathotep, esa “pesadilla” más parecida a un “fantasma personal”, en una visión onírica del año 1921 que recogió en un fragmento y relató en una carta citada por el experto lovecraftiano Lin Carter: “No dejes de ver a Nyarlathotep si viene a Providence. Es horrible, más horrible que nada que te puedas imaginar, pero fascinante. A uno le embruja después, durante horas. Lo que vi todavía me da escalofríos”. La crítica de la religión convencional de Lovecraft coincidirá con la afirmación de una raza aristocrática como única forma de salvar al hombre del desastre. Lovecraft pone nombre en 1916 a aquello que se abre ahora en términos más realistas, menos fantásticos y especulativos, en nuestro horizonte: el retorno de los Grandes Antiguos.
Con la narcosis universal llega la pesadilla perpetua que se extiende de la imaginación a la realidad. La guillotina no era un instrumento de justicia, sino un objeto sagrado para impartir el sacrificio. Su altar no es en nombre de la secularización, sino de un culto esotérico que demanda un número de víctimas que sólo está al alcance del tecnocapitalismo recién desarrollado. Los responsables de esta gesta enfermiza eran los mismos adoradores de un culto que siglos atrás había arrasado los restos del Imperio romano. Y con el retorno de las antiguas deidades caóticas llegó el desarrollo de una tecnología capaz de alterar el pasado primordial de los hombres al tiempo que de asegurar la aniquilación definitiva de la raza humana en el futuro más inminente.
Más tarde, según el desorden generalizado cundió multiforme sobre el orbe, avanzó entre los humanos una sensación creciente de ordenamiento científico-técnico que los hombres, ahora reducidos en su conjunto a la categoría informe de la masa, denominaron, con su torpeza terminológica habitual, como totalitarismo. Dado que en realidad postulaba la inabarcable presencia de un monstruo que abarca mucho más allá de la idea de totalidad. Esa mendaz sensación de seguridad es en realidad el lenitivo que se le da al paciente terminal antes de conducirle al matadero. El Estado moderno, desgajado de la Iglesia a consecuencia de su ambición, le arrebata potestad a la religión para sus propios fines, y en consecuencia extiende una leyenda negra sobre el mundo tradicional para mejor legitimarse y justificar sus crímenes. Nadie que viva fuera del manto de las mentiras exotéricas puede desmentir la realidad de que con el asesinato del mundo tradicional se ha decretado el asesinato de la raza humana en favor de un nuevo sujeto histórico de carácter eminentemente artificial, maquínico y hasta extraterrestre.
Pronto nuestros cerebros serán máquinas y el cerebro ancestral de poseer la naturaleza será posible gracias a la infiltración de la técnica en el conjunto de lo vivo. El caos resurgirá en forma de entropía. La entropía extenderá sus dominios bajo la apariencia de un falso fundamento universal de la física. Y en caso de que el plan falle los magos negros de la tecnociencia usarán sus dos grandes armas de devastación, el arsenal atómico y el acelerador de partículas, para acelerar el fin de lo humano. El objetivo es la erradicación total de los hijos de Dios, de los deicidas, tras inaugurar el banquete de su padre muerto. Ellos son, sin saberlo, el segundo plato del festejo. Tras el formateo de sus cerebros a manos de hackers del conocimiento sombrío. Para los tecnócratas es la superpoblación aquello que ha provocado el desorden y la desintegración. Un caudal incontrolable de lo humano ha abierto las puertas al torrente entrópico de ósmosis cancerígena en el seno de lo vivo. Virus digital que se materializará en el bactericidio real. Nada evidencia mejor el estado avanzado de la enfermedad que la apariencia zombificada y moribunda —una no-muerte que poco a poco carcome la vida— de las grandes mega-urbes modernas. No son más que termiteros a punto de ser incendiados.
El mono sin pelo se ha convertido en un estorbo de su propia teleología progresista. No puede coexistir durante más tiempo como comensal y plato estrella en el banquete. Igual que el burgués asesinó al aristócrata, ahora es el propio ritmo de producción quien pretende inmolar al depauperado engendro humano en el altar del Progreso. El Complejo Militar-Tecnológico-Industrial ya no está en manos de una pequeña oligarquía poderosa, sino que el delimitado conjunto de vejestorios codiciosos trabaja para satisfacer las demandas de crecimiento ilimitado exigidas por el Capital con la furia y el despotismo propios de cualquier olvidada deidad. El largo proceso en curso de desterritorialización física y metafísica se salda con la huida del planeta tierra tras su progresiva destrucción. Es lo que Nick Land llama hiperstición: de esa forma lograremos que las películas de ciencia-ficción por fin se conviertan en una imagen más extraída directamente de la realidad. Aunque es probable que mucho antes de ese momento la mayoría de sus habitantes ya habrán encontrado la extinción en medio de un cúmulo inefable de angustia y padecimiento. Nadie con ojos carnales podrá contemplar el resultado de nuestras profecías malditas.
El mundo se ha convertido en un gigantesco videojuego en el que cada país debe destruir al prójimo antes de que ellos te lo hagan a ti. Las multinacionales que programan el negocio antes llamado sociedad son tapaderas apenas mal disimuladas de los dioses antiguos y sus perversas efigies. Donde habita el dolor, el mal, el sufrimiento, la depresión, la ansiedad, la pesadilla, la ausencia de sentido o el pálpito de muerte es que ese reino del Caos comienza a ejercer su potestad sobre lo vivo. El abismo que crece en el interior de los hombres y lleva hasta sus corazones la fuerza inconmensurable del vacío es el principal agente de la destrucción caótica. Nada puede escapar de su Imperio: los deicidas han abierto la puerta con su pacto sepulcral. Sólo queda una posibilidad de huida, apenas una ilusión, para aquellos que aún se atrevan a pronunciar la palabra Absoluto. Quienes quieran escapar del Reino devastado deberán imitar a los pájaros para poder acceder correctamente al secreto oculto en su cántico extraviado. Pocos serán los elegidos para acariciar siquiera las puertas de ese otro Reino divino.
Muchos hombres prefieren vivir escondidos tras viejas creencias y convenciones que, al parecer, les salvaguardan de la oscura verdad revelada por el signo de los tiempos: nada tiene sentido y estamos a merced de la crueldad de las antiguas deidades. Átomos programados para la disolución por criaturas maquínicas anteriores al propio mundo. Quienes no están preparados para descifrar la arcana lengua de los pájaros pero tampoco quieren asumir el manto de mentiras que dispone la sociedad para mejor producir y consumir sólo tienen una única actitud para ponerse a resguardo de la certeza de nada que domina lo vivo: la risa. El Agente del Caos ha encontrado en la fuerza cínica del carcajeo un pequeño lenitivo contra su propia insignificancia cósmica. Cualquier forma de epifanía no es, desde entonces, otra cosa que un mal chiste lleno de ruido y furia.
La lira es, pues, un instrumento tanto o más cómico que musical. En las antiguas creencias desmentidas pero aún rescatables para defenderse de la verdad, muchos encontraron un refugio frente a las condiciones inhóspitas que la época arrojaba contra los hombres. Frente a esa actitud dócil y despersonalizada, una vez más, se erigía la actitud de una pequeña minoría que, en muchos casos de manera no-voluntaria, decidieron condenarse a la visión de los hilos de futuro y las espirales de pasado que tejen la verdadera naturaleza del tiempo y la vida. Por supuesto, aquella era, de nuevo, una revelación de horror profundo capaz de arrasar cualquier alma con un pequeño ademán de su vasto soplo. En la aniquilación que lleva aparejada consigo dicha aparición está también la posibilidad de una mínima salvación en forma de respuesta digna por medio de la voluntad. Llamamos espíritu diferenciado a aquel hombre capaz de poner orden en el Caos a pesar de su reinado hegemónico sobre todo lo vivo.
El reloj roza el cenit del Apocalipsis con el borde de sus herrumbrosas manecillas. Ante la fuerza de lo inevitable, ante el avance ciego de las partículas que conforman el vacío de lo existente y que nos empujan contra la nada, está la capacidad de una mínima voluntad para sobreponerse y esbozar un gesto estético de mínima redención. No es un consuelo, sino una tenue música que trata de actuar contra las fuerzas sordas que arrastran toda forma de vida hacia una vorágine sinsentido de aniquilación y exterminio. En el banquete del Dios que arranca la escasa luz del firmamento aún existe la posibilidad de una mínima lumbre encarnada bajo la figura de aquel que se levanta de la mesa sin probar bocado y se marcha a lo alto de la montaña a meditar. Quizás el sol no vaya a aparecer nunca más en el horizonte, podría decir este hombre, pero entonces yo crearé mi propio sol en el interior de mi Ser. Incontestable.
Si la indiferencia cósmica de los dioses antiguos esconde el verdadero rostro del mal, es en la luminosa capacidad de acción del hombre que canta donde encontramos un pequeño atisbo de aquello que en otra época recibió el nombre de bien. Nada pueden hacer las catástrofes con forma de hambrunas, guerras y plagas frente a la tranquilidad de un trazo bien esbozado sobre la blanca superficie de un lienzo desnudo. La Creación es un falso viaje del Caos hacia el Caos, en el que la Nada se entrega el vacío a sí misma para poder recibir el falso nombre de Dios, pero la capacidad creativa del hombre es capaz de trascender y aún de subvertir su malvado dominio por medio de una acción autoafirmadora del Ser. En la danza, en la risa, en la simple, pequeña composición musical que otorga serenidad.
Donde todo camina hacia la muerte el único acto subversivo consiste, a pesar de todo, en apostar con firmeza por la vida. Es precisamente la muerte del Dios aquello que nos ha dejado a oscuras, aunque también suponga la apertura a una lumbre diminuta y reconstituyente que nosotros podemos encender, como acto reafirmador de la voluntad, para hacer un poco más débil el imperio de la noche. La única palabra humana que se puede contraponer al abismo es el absoluto. El Agente del Caos puede elevarse a la categoría de buscador del absoluto sólo cuando consigue trocar su risa en algo superior encaminándose así a una escalera que le conducirá a una perspectiva más elevada del Ser y del mundo. Porque cuando la marea desborde y el mar subsuma a la roca bajo sus profundidades, al menos quedará el eco de un tenue sonido de resistencia resonando durante eones en el absurdo vacío del infinito. Y tenemos la certeza de que ese será un ruido que perdurará mucho tiempo después de que las estrellas se apaguen.
El estado actual de cosas en Occidente es el de una necrosis de estado avanzado. Y el retorno de lo religioso, bajo la vía de una simulación, no es una vía alternativa a la decadencia, sino más bien el sutil intento del sistema por mantenernos cautivos cuando todo está al borde del colapso.
El día de la Revelación está cerca, según anuncia Steven Spielberg con su nueva película, que en España será estrenada coincidiendo con la visita del primer Papa norteamericano y con el Mundial de fútbol en Estados Unidos a la vuelta de la esquina.
En mi libro Asedios de lo terrible trato de hablar de todo esto. He querido publicar este libro poco después de mi anterior obra, Hijos de la sabiduría, debido a la aceleración de los tiempos que estamos viviendo. Me parecía necesario entender por qué la confluencia de tecnociencia y catolicismo en, por ejemplo, figuras como Peter Thiel es crucial. O por qué Donald Trump, que no ha querido jurar con la mano en la Biblia para este segundo mandato, se exhibe en redes sociales bajo la apariencia de un Papa, de un santo, de un emperador.
Parafraseando a Jacques Valleé, ufólogo, amigo de Anton LaVey (Iglesia de Satán) y colaborador del proyecto ARPANET que está en el origen de Internet, vivimos en la época de los Emisarios del engaño (1979). Y nada de esto sería posible sin una Iglesia católica desligada de la tradición sobre la que se sustenta y, asimismo, sin un modelo tecnocrático que ahora empieza a implementarse en todo el mundo desarollado. Además de glosar todo ello, que es material de Asedios de lo terrible, al final de este vídeo trataré de esbozar una propuesta de salida vertical al signo de los tiempos de la mano de la música. Citando a Emil Cioran, “Si existe un absoluto es Bach”. El retorno de lo religioso, bajo la apariencia invertida de una Iglesia profanada o de una realidad virtual, se aprovecha de nuestra necesidad de una curación. Mi tesis, de la mano de Peter Sloterdijk o Ramón Andrés, es que la música, antes que la religión, nos religa con lo sacro… Y que cuando el rito fracasa debemos volver a las formas fundacionales de la relación con lo numinoso. La casta sacerdotal nos domina con la palabra; ergo debemos regresar a un lugar íntimo donde la música nos lleva de vuelta a lo sagrado.
El sujeto de la Ilustración dependía de la creencia de que el pensamiento se origina en el individuo, que el juicio surge de un interior privado aislado de la intrusión estructural. La IA extingue esa creencia. Inserta la cognición no humana en el proceso de razonamiento, percepción y comunicación. Diseña el entorno informativo en el que operan los actores políticos. Anticipa las decisiones antes de que se tomen y modula la atención antes de que se formen convicciones. El ciudadano tiene una desigualdad de condiciones informativas frente a la IA, y lo mismo el político que supuestamente lo representa a través del voto, por eso la democracia propia del proyecto ilustrado deja paso a la tecnocracia que trae aparejada consigo la Ilustración Oscura.
Si la destrucción humana de la Modernidad ha venido de la mano del Estado, en la postmodernidad se hace necesario, tal y como han señalado autores como William Gibson y películas como la saga Alien, ya desde los años 80 del siglo XX, la colaboración de la multinacional para desarrollar una sociedad de control mayor. Los contratistas de defensa, las empresas aeroespaciales y los laboratorios de IA poseen capacidades que superan a las de muchos estados si bien, por supuesto, se encuentran respaldados por un Deep State en el que confluyen Estado y Mercado. Los tecnócratas poseen tecnologías de fabricación de las que los gobiernos dependen pero no comprenden completamente. Y que se lanzan al gran público sin que este llegue a entender las consecuencias profundas del uso de este tipo de herramientas. Las multinacionales asumen funciones soberanas, igual que antes hacían los Estados controlando el acceso al conocimiento, manteniendo sus propias culturas de clasificación y moldeando la dirección de la investigación y el desarrollo. Trabajan para el Estado Profundo que se materializa en, por ejemplo, el Pentágono estadounidense.
La alianza entre la psyop extraterrestre y el desarrollo de la IA como falsa teocracia, caras A y B del sistema que está coagulando ante nuestros ojos, están perfectamente reflejadas en las películas de la saga Alien, sobre todo en Alien: El octavo pasajero (1979) y en Prometheus (2012), ambas dirigidas por Ridley Scott, donde tiene lugar el sacrificio de la humanidad para alumbrar la llegada de entidades superiores como el alien o la IA. En estas películas, además del poder de las multinacionales, el ser humano aparece como una entidad más en inferioridad de condiciones frente al robot y al extraterrestre. La fecundidad, según se deduce, ya no es humana (natural), sino alien o robótica (artificial).
En los años 90, transcurrida una década desde el estreno de Alien, aparecieron dos series que hablaban de cómo los hombres de negro, es decir, agentes secretos del gobierno, lidian con la realidad de una inteligencia extraterrestre: Twin Peaks (1990) y Expediente X (1993). Unos años después, en 1997, tiene lugar el estreno de la primera película sobre este tipo de personajes: Men in Black, con Will Smith y Tomy Lee Jones, donde la mitología de Roswell (1947) es llevada al extremo. El Proyecto Blue Book, que aparece citado en Twin Peaks, alcanza en Los Hombres de Negro su máximo desarrollo en la década de los 90. Curiosamente o no, los cómics en los que se basa la película Hombres de Negro aparecieron el mismo año de Twin Peaks.
La razón de ser de estas ficciones es doble: primado negativo, por un lado, y blanqueamiento del extraterrestre, por otro. La franquicia cinematográfica Hombres de Negro deriva oficialmente de un cómic de 1990-1991, que a su vez se basa en la historia real sobre extraños hombres vestidos con trajes negros que aparecen de la nada para intimidar a los testigos de ovnis y hacer que guarden silencio. Historias de este tipo han circulado desde aproximadamente el mismo tiempo que existen los encuentros con ovnis, pero por alguna razón en los años 90 el arquetipo se impuso al primer plano de la conciencia colectiva. Excepto que en los años 60 y antes se les veía generalmente como demonios, villanos —aparentemente de origen no humano— pero para los 90, los Hombres de Negro se habían convertido en los buenos.
El “gris” tal y como lo conocemos es un invento que encuentra su origen en Aleister Crowley, quien invocó a una entidad llamada Lam en Manhattan durante una serie de rituales de magia sexual con Roddie Minor en 1918 con la intención de abrir un portal interdimensional. El dibujo de Crowley retratando a esta entidad encaja perfectamente con la descripción física del “gris” que encontramos en la cultura popular. Desde la época de Crowley, varios grupos e individuos ocultistas siguiendo sus pasos han afirmado haber contactado con éxito con "Lam." Especialmente Michael Bertiaux en los años 60, seguido por un grupo de O.T.O iniciados en los años 70 (Ordo Templi Orientis) Estos individuos consideran que "Lam" es una entidad extraterrestre y afirman un éxito notable en sus invocaciones. 1987, Kenneth Grant, el sucesor generalmente reconocido de Crowley, llegó incluso a formalizar los Trabajos Lam en algo llamado el Culto de Lam. Bertiaux continúa diciendo que Lam es el modo natural de la evolución humana en el Eón presente - indicando que para él y sus seguidores, este Lucifer-Gnosis es el camino apropiado del ser humano crecimiento espiritual en este momento, es decir, en el Eón de Horus.
Esto coincide con el diagnóstico del Padre Serafín Rose, que en La Ortodoxia y la Religión del Futuro señala de que todos los "alienígenas" son demonios: "Está claro que las manifestaciones de los platillos voladores de hoy están completamente dentro de la tecnología de los demonios; de hecho, nada más puede explicarlos tan bien."

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