El secreto en la política estadounidense
Por Guillermo Mas Arellano
Nuestro tiempo nació el día en que las puertas del Templo que representaba el viejo mundo fueron derruidas. Así funciona la representación pública y notoria de una magia secreta ejercida sobre el inconsciente colectivo: el poder de las imágenes sobre nuestras mentes. Puesta en escena sin precedentes de la geopolítica del espectáculo, los atentados del 11S en Nueva York vinieron a anunciar que se inauguraba un tiempo nuevo en la historia humana. A partir de entonces los grandes acontecimientos internacionales estarían perfectamente alineados para desembocar de manera “adecuada” según el punto de vista de sus élites. Al menos así ha sido en Occidente al menos desde el atentado del Maine, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y, sobre todo, después de la IIGM en adelante.
A partir de ese momento, lo que sea que ocurriera en el escenario —crisis, guerras, atentados, pandemias—, sería la excusa para implementar medidas de ingeniería social destinadas a fines muy concretos establecidos por unos pocos. Un nuevo Despotismo Ilustrado no muy diferente al practicado en el siglo XX salvo por una sencilla razón: que el desarrollo de la tecnología permitiría sobrepasar unos límites jamás sospechados. Y es por eso que hablamos aquí de tecnocracia. De esta forma se abría el campo de la experimentación más allá de los límites de la imaginación: transhumanismo, realidad virtual, parodias rituales, desarrollo de la inteligencia artificial, etcétera; y sobre todo, el avance descontrolado del mundo Tecnológico-Militar-Industrial por medio de sus grandes corporaciones. Primero, rodeados por un misterioso halo de secreto; si bien las revelaciones de esta nueva casta sacerdotal no tardarían en hacerse públicas.
El pensador francés Eric Sadin ha llamado a este proceso “la silicolonización del mundo”: Internet nació con ARPANET, que incluye la participación figuras como Jacques Vallée, conformando así una red militar de control poblacional, y no ha abandonado esa primera faceta jamás, puesto que pretende anular toda comunidad real en un dispositivo sustiturio que es puramente virtual. Nuestro mundo de orden se basa en una escatología fabricada por nuestros líderes para protegernos, mediante una tupida red de control que al tiempo depauperiza nuestro nivel de vida y vampiriza nuestra forma de entender la realidad, de los sucesivos “ejes del mal” determinados desde el propio Poder.
En sus orígenes, Estados Unidos llegó al mundo investido de una firme promesa de libertad ilustrada, pero su estructura jerárquica, angloprotestante y judeomasona, construyó de arriba hacia abajo un sistema cimentado sobre la entelequia. Y esa incongruencia no resulta en absoluto casual; de hecho, es una parte fundamental de su estructura. George Washington, que en tiempos fue amante del Marqués de Lafayette, llevó a cabo una diplomacia secreta al tiempo que proclamaba la transparencia republicana. A pesar de las evidencias y de la represión estatolátrica contra las comunidades autosuficientes de colonos en ambientes rurales, la joven república aceptó este juego de claroscuros como un precio a pagar por la supervivencia; y, conforme a la nación se expandía, el mecanismo se fue volviendo cada vez más enrevesado. El Deep State, que se ha vuelto célebre en los medios de comunicación a partir del 11S, en realidad lleva ahí desde el primer día tras la proclamación de los Padres Fundadores, en forma de operaciones fronterizas, células de inteligencia y una alianza nada casual entre oligarcas y agentes del Estado. La república aprendió a vivir con esta estructura, a pesar de investirse de una retórica totalmente opuesta, como precio a pagar por ser una potencia mundial.
Vivimos en la época de la homicida banalidad del bien y del impune racismo de los antirracistas: donde cualquier tropelía es justificada en nombre de los grandes valores iluministas, ahora al servicio de la Ilustración Oscura. Día a día estamos comprobando cómo las mayores barbaridades resultan justificables cuando se comenten en nombre de palabras biensonantes. El pueblo americano, como señala Morris Berman, tiene un problema de identidad que ha contagiado al resto de Occidente a consecuencia del “olvido de sí” sufrido por los distintos pueblos europeos. Quizás se reduce todo al asunto de la introspección: "al pueblo americano no le gusta mirar hacia dentro". Es un pueblo que vive arrojado a la exterioridad: por eso es que rinden culto al automóvil y a la mega-urbe. La globalización, que hoy sabemos fallida al menos tal y como la entiende la cultura estadounidense, no ha sido otra cosa que americanización. Y lo que Alexander Dugin llama el “mundo multipolar” es la reacción contra el intento de la democracia liberal por extender su universalismo al resto del mundo, una vía de interioridad que trate de habitar este mundo abierto al que llamamos Modernidad.
La identidad norteamericana se constituye sobre aquello que Georg Wilhelm Hegel llamó una “identidad negativa”, esto es: enemigos más o menos reales que deben ser combatidos desde una óptica religiosa de signo maniqueo: una cosmovisión pasada por el tamiz del puritanismo que distingue “buenos y malos” de manera radical. Con el 11S, esta estrategia alcanzó una magnitud hasta la fecha insólita extendiendo la “movilización total” militar a un estado sin precedentes que habilitó un control opresivo sobre la población occidental y un negocio altamente lucrativo constituido sobre la guerra infinita para un círculo de empresarios bien conectado con El Pentágono (un organismo, este, dominado por la masonería a la manera de la Unión Europea). El liberalismo sólo se define contra algo: el enemigo comunista, en los años de la Guerra Fría, y más tarde el enemigo terrorista (véase: origen de Bin Laden, Hamás o Al-Qaeda) que todavía nos asola.
El siglo XX arrancó la inocencia republicana que quedaba… Hasta alcanzar el culmen de la mano de El Proyecto Manhattan, que convirtió el secreto en un recurso fundamental de los programas militares del ámbito tecnológico que, más allá del signo político en el gobierno, determinan la verdadera política secreta del país. En ese sentido, podemos afirmar que el verdadero legado del Proyecto Manhattan es político y no científico. Tras el experimento llevado a cabo en Los Álamos y Oak Ridge, ciudades enteras construidas en apenas un puñado de semanas, que de la nada del desierto aparecieron como por arte de magia en los mapas, erigiendo espacios futuristas repletos de científicos y dominados por un secreto digno de las logias más desconocidas, viviendo en un silencio absoluto que ni siquiera podían romper para con su familia, limitando cualquier información relativa a su trabajo a un estrecho círculo de colaboradores. En este tipo de locus terribilis, puramente artificiales, nació el estado clasificado moderno… Que ha revelado la farsa política en toda su esencia. Una vez que los funcionarios del Gobierno, pronto revestidos de cerebritos de la tecnología instalados en Silicon Valley, supieron que una nación podía ser guiada a través de un catastrofismo programado cimentado sobre la ignorancia explícita del pueblo acerca del conjunto de operaciones éticas y hasta metafísicas en la Historia de la humanidad.
Ese no-lugar terrible que es el parque temático, inspiró y, al tiempo, encontró su inspiración en este tipo de recintos militares que anticipan las mega-urbes de la posmodernismo. Como el zoo, se trata de un falso Edén lleno de dádivas y bienestar que favorecen la infantilización y se basan sobre un estricto control racional acerca de todo lo existente. Esta conversión del mundo en una gigantesca multinacional habría sido imposible sin la colaboración necesaria de la prensa, intervenida desde el primer momento por los amos del secreto, que elevaron la versión oficial de los acontecimientos a un mecanismo de propaganda sin precedentes conocidos. Los programas de control mental, los experimentos de guerra psicológica y las plataformas aeroespaciales de presupuesto negro seguían esta misma lógica interna de estricto secretismo. Las agencias de inteligencia levantaron, asimismo, intrincados departamentos zigzagueantes donde la información podía circular en pequeños grupos endogámicos sin temor a una fuga fuera de sus estrechas paredes. Con el paso de los años, CIA perfeccionó el arte del borrado mental, a la manera de los "hombres de negro", provocando sin un pestañeo la desaparición de recuerdos frescos, acontecimientos constatados, motivos bien fundamentados y cuerpos convertidos en amenazas para el interés del secreto. En plena sintonía con esto, el FBI construyó estrechas redes internas de vigilancia que difuminaban la línea entre la seguridad pública y el control político, haciendo que el parque temático de la mega-urbe no fuese sólo un lugar de diversión, encaminado a la felicidad de sus habitantes, sino también al control total por parte de sus gobernadores.
Otro momento clave en la progresión del secreto como verdadera forma política de los Estados Unidos llegó cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial se hacía inminente y, en plena carrera a contrarreloj por entrar en Berlín. la lucha entre soviéticos y estadounidenses por repartirse los restos del festín era decisiva. En la a estas alturas manida Operación Paperclip, los Estados Unidos se apoderaron de los grandes recursos humanos del Tercer Reich para desarrollar proyectos militares, en muchos casos secretos, orientados sobre todo al ámbito de la tecnología y del control mental. Desde los mentideros de Washington se tomó una decisión arriesgada pero firmemente asentada, de forma que se importó a cientos de científicos, ingenieros y oficiales de inteligencia alemanes junto con los sistemas autoritarios en los que habían aprendido a prosperar. Se les dijo a los estadounidenses que estaban salvando talento de la captura soviética... Cuando en realidad estaban recuperando trabajo de la labor nacionalsocialista. Y, de nuevo, el secreto marcó lo más relevante, ya que lo que no se reveló a la opinión pública es o que en realidad estaban importando una cultura de compartimentalización, total secretismo y crueldad psicológica para mejor desarrollar el american way of life. Hombres que habían servido al Reich entraron con notable facilidad en laboratorios estadounidenses, campos de tiro de misiles y escritorios de inteligencia. Su saber influyó en la estrategia temprana de la Guerra Fría, sobre todo en ámbitos clave como la carrera aeroespacial. Sus hábitos moldearon la burocracia al punto de transformar por entero la faz del Estado.
Mientras tanto, el FBI volvió la mirada hacia dentro, hacia la gestión de lo que sucedía en el interior del parque temático. J. Edgar Hoover construyó un régimen de inteligencia interna que trataba la disidencia como subversión y la curiosidad como amenaza. La Oficina acumuló información de todo el mundo, generando una inmensa gama de expedientes sobre millones de estadounidenses de toda condición, desde líderes de grupos subversivos a defensores de los derechos civiles hasta pasando por celebridades, profesores, escritores y líderes sindicales. La vigilancia, como garante de la seguridad y el orden en el parque temático ante el incipiente avance de psicópatas y terroristas, se convirtió en un ritual cíclico de orden. Intervenciones, micrófonos, informantes, campañas de difamación, material de chantaje y operaciones psicológicas encubiertas llenaban de trabajo los despachos de la Oficina. Paralelamente a esto,la CIA desarrolló sus experimentos de control mental, entre los que destaca el archiconocido MK-Ultra, que se emplearon para combatir enemigos externos y, sobre todo, para trabajar con los enemigos internos, a los que se suministró sin su consentimiento alucinógenos. Pero el gran programa secreto de la época es Blue Book, nacido del incidente de Roswell (1947), a partir del cual se puso en marcha una doble labor: por un lado, desarrollar e investigar el fenómeno OVNI desde las Fuerzas Aéreas y, de otro, manejar la opinión pública y el imaginario colectivo en torno al tema gracias a la cultura popular, especialmente empleando una dupla muy específica que alterna el terror con la comedia. De esta forma, la narrativa sobre el asunto extraterrestre quedó bajo control del Gobierno… Igual que la supuesta tecnología incautada.
Ya sin la URSS quedó a la vista la intención de los Estados Unidos de ser amos del mundo. Son un pueblo del mar, cuya escatología y metafísica profunda, la propia de una talasocracia, han llevado a la ruina del mundo moderno, después del declive de la cultura imperial europea incoado con el fin del ideal gibelino y consumado tras la debacle del Imperio Austrohúngaro. No es casualidad que la industrialización, el trabajo en serie perfeccionado por Henry Ford, encuentre su arraigo en la construcción de naves en la Venecia del Renacimiento. Durante décadas los estadounidenses han crecido en lo económico al tiempo que han oscurecido una cultura milenaria, pero ahora las causas del crecimiento son también las causas del desmoronamiento. Es una realidad que Occidente debe aceptar antes de seguir equivocando el tiro como le ha ocurrido en Ucrania y en Gaza. O rectificamos ahora o los europeos estaremos en el bando perdedor de una Tercera Guerra Mundial que ya está en marcha.
La talasocracia busca imponer el dominio del Leviatán a lo largo del mundo entero. La superpoblación ha vuelto el problema del espacio y de los recursos algo básico de nuestro tiempo. En la cosmovisión de lucha por la supervivencia, de ese agón de los griegos que es combate de todos contra todos, incluso contra la physis de la que hemos sido extraídos, y que preside la falsa ontología atlantista, la competición entre estados ha derivado en una cruenta batalla de realpolitik, una colisión de civilizaciones despojada de ideales que sólo puede saldarse con la destrucción total o con la capitulación relativista entre culturas. La misión redentora y universalista del mundo angloprotestante ha sido desenmascarada después de numerosas felonías cometidas en Corea, Vietnam, Kuwait o Afganistán... Y ahora Venezuela, Cuba o Irán.
A Ucrania o Gaza los estadounidenses, desemascarados por los hechos, llegan demasiado lastrados por su cúmulo de mentiras y manipulación como para que el mundo les crea y confíe en sus nobles intenciones. Los nuevos actores como China, Rusia o la India no están dispuestos a que el destino del mundo siga emanando del Complejo Militar-Industrial-Tecnológico norteamericano. Los anti-valores enfermos basados en la lógica materialista del consumo o del beneficio han tocado a su fin. El intento falsamente imperialista que busca imponer esa repugnante visión de la realidad al resto del mundo no podrá sobrevivir al signo de los tiempos. Si bien la pretensión angloprotestante, encabezada por Israel, todavía es la de extender su orden moral enfermo, vacío e insustancial al resto de culturas del mundo, por medio de un tercer elemento, sumado al del mar y tierra, que Carl Schmitt supo identificar en su momento: las ondas radiofónicas del aire, que hoy llamaríamos Internet, ni siquiera es suficiente. Fuera de Occidente están acabados; y sólo la manipuladora campaña de desinformación sufrida por el pueblo occidental durante el coronavirus, la Guerra de Ucrania o ahora el conflicto en Oriente Próximo, que no sería posible sin Internet, nos mantiene sumidos en el engaño.
Detrás de toda guerra hay un conflicto espiritual profundo, una lucha metapolítica entre ideas radicalmente opuestas, una batalla teológica en marcha. Aunque la mentira busque distraernos de esa realidad esencial. En la Tercera Guerra Mundial, a todas luces la última, más que en ninguna otra. Al final de nuestro actual ciclo, no resulta descabellado hablar de una batalla final donde los medios de comunicación, capaces de crear una realidad alternativa que impide determinar, por ejemplo, la autoría de la destrucción de un hospital lleno de civiles, hace que esta batalla escatológica alcance una dimensión hasta ahora casi inimaginable. Sólo quien aprenda a hablar el lenguaje de los pájaros, el idioma bello, sutil y místico del espíritu, logrará salir victorioso de esta encrucijada.
Y ese olvido de una Europa atrapada bajo la dominación técnico-económica del mundo norteamericano hace que las esperanzas de futuro para nosotros no resulten demasiado halagüeñas. Las leyes del mercado rigen nuestra democracia anti-jerárquica; el individualismo ha logrado subsumir toda noción de comunidad bajo la bota de un egoísmo nihilista infame; la despersonalización del trabajo asalariado reduce a los hombres a la categoría de animales; y la ideología de los tecnócratas y de los derechos humanos, por terminar con algunos ejemplos, hace que la democracia practique aquello que en teoría combate: un régimen carente de libertad. La única forma de mantener a la población cautiva bajo ese lamentable orden es mediante una mentira mayúscula con infinitas ramificaciones mediáticas a la que llamamos Simulacro.
Los europeos del siglo XXI tenemos que despertar nuestro espíritu dormido, como está ocurriendo en otras partes del mundo, y arrancarnos de cuajo la americanización que nos conduce al matadero. Entre otras razones, porque si la escalada militar entre los países islámicos y el mundo occidental continúa, como apuntan las últimas noticias relativas a Israel y Hamás, pronto tendremos el frente de la Tercera Guerra Mundial en nuestras propias calles, a causa de la demografía: tribalismo urbano de signo racial y religioso.
La terrible gestión del Coronavirus no es más que la consecuencia de lo anterior. La crisis de 2008 fue un ensayo general, de entre tantos otros (Primaveras Árabes, 15M, etcétera), hasta desembocar en una pantomima cuyo fin esencial era poner a prueba la resistencia de una población mundial abocada de nuevo a la pobreza y, sobre todo, destinada a la vacunación masiva. Sin embargo, aún no hemos visto nada, dado que en apenas unos años añoraremos el decrépito estado actual de la realidad. A pesar de algunos fallos puntuales, inevitables en toda operación de esta magnitud, la maniobra ha sido un éxito que, además, carecía de precedentes similares en la historia.
En ese sentido, merece la pena recuperar las declaraciones de Klaus Schwab, principal teórico de la “Cuarta Revolución Industrial”, sobre la posibilidad de un apagón mundial al lado del cual la crisis del coronavirus quedará en “una preocupación menor”. Estas discretas palabras del gran artífice de la Agenda 2030 son muy claras: queda mucho por ver hasta alcanzar el ansiado “Gran Reseteo”. Porque, en palabras de Alan Moore, “la tecnología traerá muchos beneficios, pero también muchos desastres”. Y ese es, quizás, el mayor secreto que nos han escamoteado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario