Pongamos que hablo de ángeles caídos
Por Guillermo Mas Arellano
A cualquier interesado en la leyenda de Lemuria, los relatos populares relativos a la existencia de una Tierra Hueca o los fenómenos ovnis le resultará familiar la figura de James Forrestal. Si por suerte para usted, no es uno de esos tipos raros a los que me refiero, entonces déjenme que le ponga en situación: se trata de la primera víctima “oficial” del modelo tecnocrático que hoy padecemos y que está a punto de intensificarse hasta extremos inimaginables, justo ante nuestros ojos, en el transcurso de los siguientes meses. Y no, no estamos hablando de mera ciencia-ficción.
¿Cómo dice? ¿Qué no sabe qué es la tecnocracia? Quizás ha pasado los últimos años preocupándose de una sopa de pangolín que jamás existió. O, probablemente, ha dedicado todo ese tiempo que ya no volverá a combatir una dictadura “políticamente correcta” que ahora, por fin, considera derrotada. Déjeme, una vez más, que le aclare algo: lo WOKE ha sido una gran distracción. Igual que todo lo demás: ese entramado de dicotomías políticas y escándalos públicos no han sido otra cosa que una gigantesca distracción. Una farsa. Porque, en realidad, nada ha cambiado, y mientras usted perdía el tiempo combatiendo contra molinos de viento, ellos han construido una prisión a su alrededor. ¿Y quiénes son “ellos”, me dirá? Muy sencillo: los tecnócratas.
Volvamos al señor Forrestal. Fue un destacado militar, además del último secretario de la Marina de los Estados Unidos (1944-1947), el primer secretario de Defensa (1947-1949) y es considerado uno de los primeros soldados abducidos de la historia norteamericana. ¿Un mito? Puede que sí. Lo cierto es que el 31 de marzo de 1949, el presidente Harry S. Truman tuvo que destituirlo de urgencia como máximo responsable del departamento de Defensa. ¿Las razones? Que Forrestal, un colaborador estrecho del Partido Demócrata, pretendía llevar la cuestión alienígena al Congreso.
A partir de aquí, todo se acelera: según la versión oficial, Forrestal sufre un colapso nervioso repentino, un desequilibrio mental súbito, y se viene abajo. Entonces es ingresado a la fuerza, contra toda legalidad vigente, en la sección psiquiátrica del Hospital Naval de Bethesda. Se le negó todo contacto con el exterior, incluida cualquier visita de familiares o amigos y, como ocurría en esos mismos años en la Unión Soviética, se le acusó de loco para desacreditar todo lo que pudiera decir. El 21 de mayo de 1949 su hermano notificó la intención de retirar a James del Hospital; algunas horas después, dos agentes de la CIA se presentaron de improviso en el cuarto del señor Forrestal, en plena madrugada, y le ataron una sábana blanca alrededor del cuello, para después correr a arrojar su cuerpo por la ventana, provocando su muerte.
El caso se cerró con el veredicto esperable: suicidio por ahorcamiento. Los papeles de Forrestal fueron requisados y retirados durante años; y cuando por fin se publicaron, habían sido depurados a conciencia. De lo que allí se pudiera indicar realmente, nos da una pista Milton William Cooper: «La información del verdadero diario fue suministrada posteriormente en forma de libro por un agente encubierto de la CIA que publicó el material como ficción. El agente activo de la CIA se llama Whitley Strieber y el libro en cuestión recibió el título de Majestic (1989). Es la verdadera historia del accidente de Roswell sacada de los diarios confiscados de James Forrestall. En el libro de Strieber, se han cambiado los nombres de las personas y los nombres de los proyectos y las operaciones, pero aparte de eso la información y la documentación es cierta James Forrestal se convirtió en una de las primeras víctimas del encubrimiento». Otra importante víctima de la tecnocracia sería el célebre piloto Richard Evelyn Byrd, un hombre valiente que sabía demasiado sobre lo que no debía y no estaba dispuesto a guardar silencio.
En su libro Entre dos edades: La Era Tecnotrónica (1970), Zbigniew Brzezinski, el hombre designado por los Rockefeller para dirigir la Comisión Trilateral además de consejero de Seguridad Nacional durante el mandato del recientemente fallecido Presidente Jimmy Carter, escribió: «La era tecnetrónica implica la aparición gradual de una sociedad más controlada. Una sociedad así estaría dominada por una élite, libre de restricciones por los valores tradicionales». En otras palabras, se determinó el fin de los gobiernos locales y democráticos, para correr a proclamar el establecimiento de un Gobierno Mundial comandado por la «tecnotetrónica». Gracias al mundo de la cibernética, sería posible una nueva forma de totalitarismo capaz de ejercer una vigilancia continua sobre cada individuo, con una actualización constante de los datos completos y la información personal del ciudadano. Y gracias a Elon Musk, estamos a puto de inaugurar esa nueva época de la Historia.
El Mercado Común en Europa y Tratado de Libre Comercio de América del Norte son prefiguraciones del citado modelo tecnocrático, donde la política no puede referir en las decisiones tomadas por los tecnócratas y motivadas por factores económicos. Así lo vio también Henry Kissinger, otro hombre fuerte de los Rockefeller y de la política internacional norteamericana en el siglo XX: un futuro gobernado por instituciones locales supeditadas al dominio de la élite por medio de la regulación constante de organismos globales. El mundo que, en la práctica, ya funciona en la Unión Europea o los Estados Unidos de América. Y que en los próximos años no hará sino recrudecerse.
En realidad, la tecnocracia no es otra cosa que un Despotismo Ilustrado llevado al límite: el cumplimiento del sueño iluminista de la Ilustración, ahora posible gracias a las máquinas, a la celebrada IA que ya comienza a gobernar. El «Big Reset» es en realidad la coagulación de la tecnocracia en la práctica: a diferencia de otros shocks anteriores, en este caso la rescisión generalizada de libertades ha venido para quedarse. La Nueva Normalidad es el Reich que ya está aquí. Con sus recientes declaraciones sobre expandir el territorio norteamericano, Donald Trump ha revivido un viejo fantasma de la política trazando el mapa del «movimiento Tecnato», al amenazar con la anexión de Groenlandia, México y Canadá. Y me temo que es sólo el inicio.
2025 está a medio camino entre el Año del Coronavirus y la fecha marcada por las élites para el «Gran Reinicio»: el año 2030. Por lo tanto, se presta como un momento adecuado para pasar de la dictadura blanda de lo WOKE a una dictadura totalitaria comandada por tecnócratas como la que Joshua Haldeman, el abuelo de Elon Musk, soñó hace un siglo. Todo ello coincidiendo con la desaparición de millones de puestos de empleo en todo el mundo gracias al desarrollo de la IA, la aparición de nuevas pandemias y desastres naturales a consecuencia del así llamado “cambio climático”, y la necesaria obsolescencia del dinero físico (véase: Peter Thiel y PAYPAL) en favor del crédito social en una sociedad eminentemente virtual en todas sus manifestaciones, también en las transacciones y en la próxima identificación ciudadana.
Las democracias, en la práctica oligarquías apenas encubiertas, tendrían su papel en la Historia, ya finalizado. Forman parte de un viejo procedimiento artificial que genera procesos dialécticos para regular la sucesión saturniana de etapas históricas, y que G.W.H Hegel sintetizó en su célebre proceso de: tesis, antítesis y síntesis. El capitalismo sería la tesis, el comunismo la antítesis y el modelo tecnocrático vendría a ser la síntesis de ambos, aunque históricamente sea contemporáneo del auge del comunismo y el fascismo. El movimiento tecnócrata tiene su origen hace cien años exactos, en los años 30 del siglo XX, cuando la democracia todavía podía plantear una cierta batalla, un conflicto entre los políticos y la técnica.
Este triunfo histórico de la tecnocracia concuerda con lo revelado en una entrevista por el influyente líder masón Giuliano di Bernardo: «La sociedad global no se puede gobernar con democracia ya que el recurso a la democracia por sí sola, en un mundo globalizado, crearía muchos de esos conflictos que, al final, resultarían en el estado de guerra de todos contra todos. Creo que el futuro de la humanidad, que ve la realización de la sociedad global debe ser gobernado por una comunidad de sabios que expresen al Uno, el tirano ilustrado. Un pensamiento probablemente no muy lejos del de los propios arquitectos de la globalización». Pues bien, ya hemos llegado.
Otro mártir, a la manera de James Forrestal, de la ufología moderna es el psiquiatra Wilhelm Reich, nacido en el Imperio Austro–Húngaro en 1897, un discípulo renegado de Sigmund Freud que después sería encuadrado en la primera generación de la Escuela de Frankfurt. La gran diferencia entre Reich y otros, como Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse e incluso Walter Benjamin, a menudo incluido en esta dudosa generación de autores creada por los académicos, es su progresivo alejamiento del «materialismo dialéctico» como clave de bóveda para entender la Historia en su conjunto. A diferencia de sus colegas, Reich no se encajó en la limitada visión del mundo de los autodenominados «materialistas». Incluso en su conocida crítica del fascismo Reich marca importantes diferencias con otros trabajos análogos al vincular la estructura social puramente «patriarcal» de la que proceden los integrantes del movimiento con un importante problema de represión sexual.
Para Reich, esa conducta sadista característica del fascismo que, por su parte, Pier Paolo Pasolini retrata a la perfección en su película Saló o los 120 días de Sodoma (1975), es un fruto tangible, incluso energético, del desborde de la potencia sexual reprimida que acaba siendo reconvertida en agresividad. De la mano de su colega Théodore P. Wolfe, Reich desembarcará en los Estados Unidos para trabajar en New York School for Social Research, donde explorará una visión «psicosomática», incluso chamánica, de la medicina, por cuanto proponía estudiar los problemas del cuerpo en relación a los del alma. Siguiendo la tradición mágica que sitúa a Eros, la energía creadora de la divinidad, en el lugar más importante, el de el vínculo fundamental que une todo en el cosmos, Reich estudió las disfunciones sexuales y el poder sanador del erotismo a través de sus conocidos «acumuladores de Orgón», unas cabinas como las que llegaría a tener William S. Burroughs en propiedad.
La importancia del «orgón» en el siglo XX todavía no ha sido reivindicada como merece: es, en mi opinión, el primer intento serio por religar Eros desde una cosmovisión científica que incluya tanto la práctica media, la terapia psicoanalista y el trabajo mágico. Reich no es un crítico más del fascismo, sino alguien que alienta el amor, en lugar del odio, como actitud fundamental de la humanidad. Para Reich, como para cualquiera que estudie seriamente la magia, el sexo está en la base de todo: en Babilonia, por ejemplo, los rituales más importantes eran los del «hieros gamos», esto es, aquellos en los que el dios descendía a la Tierra o, si se prefiere, se encarnaba para embarazar a una sacerdotisa. En el fondo, los cultos sagrados de la antigüedad confluyen con Reich al señalar que es en el orgasmo donde liberamos la parte más mística de nuestro ser: el «orgón».
El «acumulador de orgón» también puede ser un Teatro de la Memoria, en el que el trabajo directo sobre Eros, esa chispa de creación divina que todos llevamos con nosotros, ayude a ampliar nuestra consciencia. Trabajando temas tan actuales como la depresión o la ansiedad, por un lado, y las dolencias musculares, por otro, Reich pretendía llegar hasta el motivo causante de estas lesiones: la relación del sujeto con su sexualidad. En las religiones antiguas el oro cumplía el mismo papel otorgado por Reich a sus cabinas: una fuente incomparable de atracción electromagnética de baja intensidad capaz de conciliar en sí las ondas pulsantes que componen nuestra realidad. La Agencia de Alimentos y Medicamentos en Estados Unidos, más conocida como FDA, puso al día al FBI de las investigaciones de Reich.
Como ocurrió con Pico della Mirandola o Giordano Bruno varios siglos atrás, Reich sólo pretendía mejorar la vida de los demás a través de sus descubrimientos mágicos. Y acabó pagando un alto precio por ello. El FBI incautó todo el trabajo de Reich, incluyendo sus cabinas, arrasó con sus libros, arrojándolos al fuego en un claro gesto inquisitorial, y encarcelaron al austríaco por supuesto desacato a las órdenes de la autoridad. Reich moriría en la cárcel, defendiendo la idea de que el mensaje cristiano era fundamentalmente una invitación erótica a amar como forma de salvar al mundo y a uno mismo. Además, Reich acabaría interesándose por la ufología, actualizando las viejas concepciones gnósticas, al señalar que los dioses llevan siglos viniendo a la Tierra a controlarnos y utilizarnos como si fuésemos una granja.
H.G. Wells, destacado miembro de la Sociedad Fabiana, no sólo fue el primero en hablar de los «extraterrestres» tal y como los concebimos modernamente, sino que planteó la posibilidad de un Gobierno Mundial para enfrentar la amenaza exterior, una posibilidad que a muchos recuerda al célebre Proyecto Blue Beam. Por su parte, las teorías de Kenneth Grant sirvieron para religar la teoría de los «antiguos astronautas» defendida por Erich von Däniken y tantos otros, con el culto a Thélema tal y como lo constituyó Aleister Crowley tras los pasos del Club del Fuego Infernal (o «Hellfire Club») creador por Francis Dashwood en la década de 1740, a su vez erigido a imitación de la Abadía de Thélema descrita por François Rabelais en su célebre novela Gargantúa y Pantagruel (1532-64). Para Grant, la explosión de las sucesivas bombas atómicas lanzadas en 1945 y los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial supuso la apertura de un portal dimensional por el que los extraterrestres se colaron a través de los fenómenos OVNIS que no han parado de sucederse en nuestros cielos desde el Caso Roswell en adelante.
La primera vez que el término “realidad virtual” es registrado tal y como hoy nos ha llegado es de la mano del poeta Antonin Artaud, durante su ingreso en el Hospital Psiquiátrico Sainte-Anne Hospital Center entre 1937 y 1938. De ahí sería extraído directamente por Norbert Wiener, padre de la cibernética, que lo retomaría en 1950, coincidiendo de la escritura de Dianética (de nous, mente por parte de L. Ron Hubbard, tras la Segunda Guerra Mundial, para desarrollar un modelo de simulación computacional. Pero sobre todo se desarrolló a través del Proyecto Stargate de la CIA que, desde el primer momento, contó con la participación de psíquicos más o menos relacionados con la Cienciología, como Uri Geller, Russell Targ, Harold Puthoff, Ingo Swann y Joseph McMoneagle.
Todas estas figuras han trabajado, de una manera o de otra, para uno de los mayores organismos dentro del desarrollo de la IA: Stanford Research Institute International, fundado en el año 1946 como parte de la Universidad de Stanford (fundada en 1885), primer hogar de Google y Facebook para el Departamento de Defensa de los EEUU.
Stanford organizó el experimento penitenciario de Philip Zimbardo, que más tarde dio lugar al libro El efecto Lucifer (2007) en 1971, donde un grupo de estudiantes universitarios representaban papeles asignados aleatoriamente de presos y guardias dentro del entorno de una prisión simulada, planificada para durar dos semanas. Tras unos días, el experimento tuvo que ser cancelado de manera abrupta porque se encontraba descontrolado: episodios de violencia y crisis nerviosas, entre otras afecciones, corrían por doquier entre los guardias y los presos.
El Stanford Research Institute fue un organismo pionero a la hora de trabajar una interfaz híbrida entre cerebro-ordenador llamada BrainGate que acabaría desembocando en el BrainNet de Facebook. Con el paso de los años, la Universidad de Stanford se centró sobre todo en la investigación en IA y en el mercado investigación de Harrison Price (que dirigió la compañái Disney). La mitología del Proyecto Stargate es conectado con la mitología de los Nueve (los Nuevos Religión de la época teosófica Sociedad para adorar a los Ángeles Caídos, que se remonta hasta la figura de John Dee y el idioma enochiano), canalizada en la Mesa Redonda de Puharich situada en Glen Cove, Maine, que trató de similar a entidades extraterrestres de manera similar a lo que hiciera décadas atrás Aleister Crowley cerca de la pirámide de Giza. Andrija Puharich conoció al israelí Uri Geller en 1971. En estado de conciencia alterada, Puharich afirmaba canalizar una entidad llamada Spectra, conectada con los Nueve, que profetizó un inminente aterrizaje extraterrestre. Puharich trabajó en los Laboratorios de Investigación del Arsenal de Edgewood, conectado a MK Ultra.
La némesis de Reich fue, sin lugar a la duda, Andrija Puharich, uno de esos «patriarcas» de la contracultura que, a la manera de Timothy Leary, en realidad trabajaba para la CIA. Puharich, Uri Geller, fue uno de los principales responsables del Proyecto Stargate, en el que se involucró para continuar el trabajo que antes había desarrollado en el Proyecto ARTICHOKE, en el que había comenzado a trabajar como parte de la Guerra Psicológica (o «Psywar») en 1952. Según recoge Peter Levenda y, antes que él, indica el propio Puharich en sus libros, el 31 de diciembre de 1952 se produjo, a través de un médium, el doctor hindú D.G. Vinod, un contacto con entidades de otra dimensión que pronto fueron denominados como «extraterrestres». Al cabo de unos meses este contacto tendría una secuela cuando las extrañas entidades volvieron a acudir a la llamada el 27 de junio de 1953. El contacto se produjo en Maine y, más concretamente, en la boscosa región de Glen Cove, donde a partir de entonces se produjeron otros contactos similares auspiciados bajo el signo de una Nueva Mesa Redonda compuesta de 9 personas, más el médium, donde cada uno de los invitados debe canalizar una entidad extraterrestre.
La aparición de estas entidades (Atum como entidad suprema, seguida de Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth, Neftis y Horus) por supuesto tiene mucho que ver con los escritos de Grant. Estos seres, denominados como «Los Nueve», en tanto que actualización de la célebre «enéada» clásica derivada de la ciudad egipcia de Heliópolis, se revelaron como los dioses de la antigüedad. El mensaje transmitido por estos nueve dioses a Puharich, autor de un libro sobre Nikola Tesla, y los suyos, entre los que se encontraban Arthur Young, Alice Astor Bouverie, Marcella Du Pont, Carl Betz, Henry y Georgina Watson, Lyall Watson o Ruth Forbes Payne, fue la llegada de un renacer místico de la humanidad, que viene a coincidir con el mensaje que Aiwass le transmitió a Crowley en El Cairo en el año de 1904. Como Puharich llevaba años tratando de desarrollar una droga capaz de estimular la capacidad psíquica tampoco debió de extrañarle que los dioses señalaran la experimentación con drogas como método para acceder a ellos. Además del sexo, claro.
En 1955 Aldous Huxley, un hombre de 61 años considerado una autoridad mundial en la experimentación con sustancias, visitó el complejo de Glen Cove, donde Puharich había erigido una ostentosa mansión de 45 habitaciones para albergar tanto a los trabajadores contratados con dinero de la CIA y de importantes familias como los Forbes. Algunos miembros de la élite mundial, como Joyce Borden Baloković, se fascinaron por la historia de Los Nueve y pronto pusieron su patrimonio al servicio de una causa ciertamente inclasificable, por cuanto aunaba lo extraterrestre, con la exploración lisérgica y hasta con la indagación espiritista. Algunos parapsicólogos célebres de la época, como la irlandesa Eileen Garrett, no se hicieron de rogar a la hora de poner sus talentos en común con los de Puharich. Si apenas unos años atrás Reich se había visto abandonado frente a sus investigaciones salvo por la presencia de algunos magos como Burroughs, por el contrario Puharich contaba con el apoyo tanto del «Deep State» como de la «jet set» más teosófica.
La relación de Puharich con Los Nueve continuó hasta la década de 1980. Durante todo ese tiempo el culto no hizo sino ampliarse, gracias a los libros del propio autor y a las tesis más o menos similares de otros agentes encubiertos como Peter Hurkos o Robert K.G. Temple, tipos patrocinados por la CIA en calidad de falsos disidentes que sirvieron para propagar el culto extraterrestre como parte del sincretismo propio de la New Age. Entre todos ellos se estaba llevando adelante el Proyecto Stargate: la creación de una religión futura donde los dioses de la antigüedad serían transfigurados en seres de otro planeta… O de otra estrella. Atendiendo al más célebre libro de Temple, The Sirius Mystery (1976), los extraterrestres que fundaron el sistema teocrático de Egipto en torno a la estrella de Sirio (o Serios), los mismos que aparecen recogidos en la Epopeya del Gilgamesh o en los mitos griegos, unas criaturas anfibias y tentaculares, muy similares a Cthulhu y demás entidades imaginadas por H.P. Lovecraft, habrían vuelto a la tierra con motivo de darse a conocer de cara a toda la humanidad progresivamente.
La pregunta es, ¿por qué Sirio? Muy sencillo: porque la constelación con forma de cabeza de perro representa en realidad el Sol Negro, el verdadero sol que se esconde detrás del sol visible. Por supuesto el dios que se corresponde a dicha estrella es Set, el dios sin cabeza al que se representa, no por casualidad, con una cabeza de perro, que se corresponde con la región sur de Egipto y sobre todo con las regiones infernales de la existencia: el Adversario, o Satán, que se corresponde a Osiris y a Horus, la deidad solar identificada con el oro. Los ritos veraniegos asociados a la salida de Sirio eran de naturaleza puramente sexual, orgiástica, incluso sodomítica, y se realizaban tanto en honor al dios-perro del frenesí dionisíaco como a su consorte, la Gran Diosa del mediterráneo oriental. Es el matrimonio entre Isis y Anubis. También se producían sacrificios de animales, sobre todo de perros rojos, simbolizando el mito en el que Rea da a luz a Poseidón y en su lugar le ofrece a Kronos, devorador de sus hijos, un mamífero no-humano para comer en lugar del niño. Todo esto aparece recogido en la obra de Crowley, Grant y por supuesto Robert Graves.
El calendario egipcio, también conocido como calendario sótico, estaba organizado en torno a los movimientos de Sirio, cuya elevación heliaca coincide con los desbordamientos del río Nilo. Y ya sabemos que los egipcios, siguiendo la célebre cita de Thoth atribuida a Hermes Trismegistus, opinaban que lo de abajo debe hacerse conforme a lo de arriba. Según indica Temple, la mayoría de templos de la antigüedad, incluyendo el de Delfos, están orientados hacia la estrella de Sirio. Temple coincide con Grant a la hora de datar hacia el año 4500 a.C., en la zona del Cercano Oriente, el comienzo de una tradición que pasará de Sumeria a Babilonia y de ahí a Egipto y finalmente Grecia para llegar hasta nuestros días, de la mano de Crowley, mediante distintas figuras y grupos que podemos repasar brevemente: Ficino, Dee, Bruno, incluso Sir Philip Sidney, además de los minnesänger germanos, los trovadores de la Provenza, incluyendo a Dante o Wolfram von Eschenbach, los cátaros albigenses masacrados en Francia o los Caballeros Templarios reconvertidos en masones tras la trágica muerte de Jacques de Moley.
Lo cierto es que las teorías de Temple no son en absoluto originales: le llegaron a través de la figura de Arthur Young, uno de los más estrechos colaboradores de Andrija Puharich. Tanto Puharich como Young formaban parte del Proyecto Stargate de la CIA, un programa de control mental a escala masiva orientado hacia la temática extraterrestre. Igual que ARPANET, el proyecto secreto del que nacería Internet, Stargate formaba parte de DARPA, una agencia de investigación independiente encuadrada dentro del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. El aristócrata ruso Serge Obolensky, marido de otra colaboradora de Puharich, Alice Astor, trabajó tanto para la OSS como para la CIA a la hora de actualizar el teosofismo de Helena Blavatsky para la Nueva Era, la Edad de Acuario, donde los extraterrestres vendrían a refrendar el ideario rosacruz y gnóstico bajo ropajes más modernos. En cierto sentido, se trata de hacer pública la existencia «idioma enoquiano» desencriptado por el alquimista John Dee y antes por el profeta Elías del Antiguo Testamento.
También la entidad denominada Spectra, con la que el israelí Uri Geller supuestamente entró en contacto, forma parte del Programa Stargate, encaminado a promover la adoración de los ángeles caídos entre las masas secularizadas de Occidente. Todo ello ya había sido anticipado por la literatura clásica de ciencia-ficción, en muchos casos abiertamente femenina, sobre todo por el citado Wells y por Arthur C. Clarke, que colaboró con Kubrick en 2001: Una Odisea del Espacio (1968), llegando a atisbar los dos un OVNI en 1964, según se reportó al Departamento de Defensa. No olvidemos que, al final de 2001, la habitación con forma de Cubo de Saturno en la que yace atrapado el protagonista, más allá del tiempo, en observación por entidades de otra dimensión, es el lugar en el que el hombre por fin se transforma en superhombre gracias a la ayuda de los extraterrestres.
Acusado de abuso sexual varios años después, Clarke también es autor de El fin de la infancia (1953), una novela en la que los humanos son ayudados por los Overlords, unos extraterrestres de apariencia claramente demoníaca. Tipos como Grant, Puharich, Temple o Clarke parten de un error teológico crucial al confundir los ángeles caídos, los demonios con dioses; incluso, siguiendo a autores como Jung, Vallée o Harpur, confunden la noción clásica de daimon, una presencia liminal, con seres materiales que aparecen y desaparecen a través de viajes en el espacio físico, confundiendo así el mundo de la imaginación con el de la materia. ¿Las razones? Para favorecer la manipulación de las masas. Para los iniciados en los misterios paganos de la antigüedad, las correspondencias entre el micro y el macrocosmos resultaban fundamentales y, de la misma forma, todos los programas encaminados a «desvelar» la existencia de seres extraterrestres no sirven sino para actualizar esos contenidos de cara a un horizonte altamente tecnificado de la vida humana.
El papel jugado por la droga en los misterios de la antigüedad resultaría igualmente relevante en los misterios de la New Age. Los chamanes de todas las culturas llevan milenios entrenando su propio cuerpo a través del consumo de sustancias para poder ampliar la conciencia. ¿Con qué fin? No sólo la purificación espiritual para alcanzar el conocimiento de los mundos superiores, sino que, como indican los autores antes citados, para establecer un contacto directo, incluso telepático, con los habitantes de dichos planos más elevados de la existencia.
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