En el corazón de la sociedad secreta más importante de España
De Guillermo Mas Arellano
Una de tantas figuras que merecen ser destacadas dentro del ámbito del esoterismo español es Miguel Mañara, autor del Discurso de la Verdad (1671), inspirado por la figura de Don Juan retomada por Tirso de Molina (El burlador de Sevilla y convidado de piedra, 163o) antes de su conversión y miembro de la Orden de Calatrava, que entregó su vida a los más necesitados siguiendo un meditado ideal ascético, y que tras la muerte de su esposa, Jerónima Carrillo de Mendoza, fundó en Sevilla, guiado por una concepción teológica puramente compasiva, en un emplazamiento cercano a la Torre del Oro (de Horus), el Hospital de la Caridad consagrado a los menesterosos y demás pobres de espíritu.
En este edificio, que muchos consideran una pieza central del tránsito de las sociedades secretas en la Historia moderna de España, destaca un mural típicamente Barroco titulado «In ictu Oculi», esto es, «en un abrir y cerrar de ojos», hermanado con otro semejante, titulado «Finis Gloriae Mundi», a saber, «El fin de la Gloria mundana», donde el excelso pintor Juan de Valdés Leal representa el triunfo de la muerte, la victoria de Kronos sobre Kairós en el mundo horizontal, en honor a la obra y el pensamiento de Mañara, entre cuyas páginas existen no pocas alusiones a un «monte de la vanidad» opuesto en todo a ese otro «monte cuyo capitán es Cristo», por cuanto el primer monte es «teatro de la soberbia y corte de la gran Babilonia». Se trata de Babalon, actualización de Inanna o de Ishtar, consorte de Lucifer a la que hoy adoran satánicos y luciferinos de muy variado pelaje.
El propio Mañara reconoció en su testamento haber servido a Babilonia antes de sufrir el arrepentimiento y enmendarse, dejando por escrito lo siguiente: «Yo, Don Miguel Mañara, ceniza y polvo, pecador desdichado, pues los más de mis malogrados días ofendí a la Majestad altísima de Dios, mi Padre, cuya criatura y esclavo vil me confieso. Serví a Babilonia y al demonio, su príncipe, con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios; cuyos pecados y maldades no tienen número y solo la gran sabiduría de Dios puede numerarlos, y su infinita paciencia sufrirlos, y su infinita misericordia perdonarlos». Sobre lo que hiciera para escribir estas palabras no hay nada escrito.
En un abrir y cerrar de ojos todo habrá pasado: esa es la «vanitas», el «memento mori» o «tempus fugit» tan típicamente español en su manifestación —que no en su origen—, que Miguel Mañana, Bartolomé Esteban Murillo (que también ilustró el Hospital de la Caridad con sus lienzos) o Juan de Valdés Leal sintetizan mejor que nadie en Sevilla; y que a su vez está presente en tantos otros, como Fray Luis de Granada, no muy lejos de allí. Un ideal puramente Barroco que, en el año 1666, se opone por completo al programa desarrollado en otras latitudes del continente europeo por Sabbatai Zevi, el falso mesías judío, y sus distintos discípulos en Europa, que buscaban la divinidad por medio de la transgresión y el exceso.
Ayer, día 6 de agosto de 2026, cumplidos 81 años desde el lanzamiento por parte de Estados Unidos de la primera bomba atómica —apodada "Little Boy"— sobre la población civil de Hiroshima, tuve la fortuna de visitar en el Centro Conde Duque de Madrid (Calle Conde Duque, 11), las pinturas de Valdés Leal y Murillo que adornan el Hospital de la Caridad de Sevilla y que estarán allí hasta el 22 de noviembre —cuando se cumplan 63 años del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. La impresión de ver estas pinturas por primera vez en persona, después que las estudié con verdadera devoción para mi libro Hijos de la sabiduría (EAS, 2026), donde hago mención de ellas como un punto esencial del esoterismo español, supone una impresión imborrable como hace tiempo que no sentía en la sala de un museo. Y como no creo que vuelva a sentir en mucho tiempo.
En la mayoría de estudios sobre hermetismo, incluyendo la novela El péndulo de Foucault (1988), de nuestro desagradecido vecino Umberto Eco, la importancia de España suele ser dejada de lado, cuando tanto la Cábala, por la vía de Isaac Luria y El Zohar, así como buena parte del esoterismo islámico, de signo sufí, le deben mucho a esta tierra. Tras la expulsión de los judíos en 1492, se generó un verdadero trauma en ese pueblo errante que, a pesar de sus penurias materiales, se consideraba a sí mismo como «pueblo elegido» y que había reinado, esotéricamente hablando, en ciudades como Toledo y León, en tiempos verdaderas capitales mágicas de Europa. Ejemplo de ello es la Guía de los Perplejos (1190), de Maimónides (Moshé ben Maimón), llamado con acierto «el segundo Moisés» por los judíos.
Por su parte, España es otro país de tradición celta en algunas de sus regiones, tal y como evidencia la obra de Mario Roso de Luna, y asimismo presentaba una importante tradición guerrera y mística, gracias a órdenes como las de Santiago, Calatrava y Alcántara, a los citados Alumbrados y jesuitas, o a la ya célebre Escuela de Salamanca, de la que emana el moderno capitalismo. No olvidemos que Ignacio de Loyola, como tantos autores clásicos del Siglo de Oro, incluyendo a Miguel de Cervantes, provenía de la casta militar. Quizás por eso el segundo quedó retratado por el primero en los primeros capítulos siete de su inmortal obra.
Nos referimos, sobra decirlo, a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, al comienzo de cuya edición de 1605 se puede leer: «Post tenebras spero lucem», esto es, «tras la oscuridad, esperamos la luz». Al menos eso es lo que propuso, no sin cierta polémica, el profesor Federico Ortés —siguiendo a Miguel de Unamuno— y tantos otros han recogido después: que la biografía canónica del fundador de los jesuitas, publicada por Pedro de Ribadeneira en 1583, inspiró a Miguel de Cervantes a la hora de escribir la novela más importante de todos los tiempos, sobre todo en lo referido a los ocho primeros capítulos, tras los cuales la obra cambia drásticamente con la entrada del contrapunto más importante de la narración principal, la del hidalgo Alonso Quijano: Sancho Panza.
El órgano exterior de la vista se ciega para que el «iluminado» o «alumbrado» que acaba de acceder a la «mirada interior» por fin pueda contemplar los «colores superiores, ocultos e invisibles» que sólo se pueden vislumbrar a través de una emanación abstracto de lo divino, de un rayo que procede de un ámbito superior de la consciencia, de un «oscuro lugar del saber» que antes estaba vedado para él. Se trata de ascender hasta «Tiferet», en el contexto del Árbol de la Vida cabalístico, la sexta emanación divina (o sefirah) en la que se manifiesta la Belleza en grado sumo, con todo su «esplendor».
En su Tabernáculo del Testimonio (1293) Mosheh ben Shem Tob de León, más conocido como Moisés de León, marcó una división crucial en lo referido a la aproximación mística: el «espejo opaco» al que tuvo acceso Moisés al descender del Sinaí se encuentra en un nivel superior de consciencia que ese otro «espejo luminoso» al que de habitual acceden místicos, profetas, visionarios y demás «iluminados». Es, de nuevo, la diferencia entre lo exterior y lo interior, entre lo invisible y lo visible, entre aquello que se puede decir en prosa y la intuición de lo inefable a la que ni el verso más sublime debe tocar.
Esa misma disciplina militar, propia de Loyola o de Cervantes, se hace patente en la Hermandad de la Caridad, cuyo juramento secreto está representado en un cuadro de Valdés Leal donde aparece Mañara leyendo la regla de la orden y frente a él un niño sentado sobre un suelo ajedrezado tapándose los labios sellados con el dedo índice. En ese mismo cuadro Mañara aparece con la cruz de Calatrava, que volverá a aparecer en otros cuadros de Valdés Leal.
El programa teológico de Mañara se puede resumir en un desprecio de las vanidades de este mundo, incluidas sus pasajeras glorias, y un constante pensamiento acerca de la muerte, que bien entendido arrastra a aquel que lo posee hacia el cuidado de los demás, la compasión, y el cuidado del desamparado. Un ideal cristiano que resulta evidente en algunas de las imágenes que aparecen en el Hospital de la Caridad: Moisés dando de beber a los sedientos del desierto, Jesús multiplicando los panes y los peces, o Santa Isabel de Hungría lavando con sus manos a los leprosos. Todos estos cuadros representan la vanitas y el agápē con una sobriedad estética y una profundidad espiritual que sólo tienen parangón, en la Historia del Arte, si lo comparamos con los íconos de Andréi Rubliov.
Sin embargo, en el citado lienzo Finis Gloria Mundi observamos el programa esotérico de los Hermanos de la Caridad perfectamente reflejado: la estúpida ilusión del poder papal, que es transitoria, tanto como los triunfos militares de la Orden de Calatrava, una relativización de los estamentos eclesial y militar que en su momento sin duda causó escozor a algunos… Exactamente igual que lo hará hoy. Pero, más allá de ese detalle, o del corazón ardiente acompañado por el monograma «IHS» de la Compañía de Jesús, llama la atención la balanza que sirve para pesar las almas de los muertos… Una tradición medieval que encuentra su pasado más evidente en el Antiguo Egipto, cuya religión estaba destinada a preparar el tránsito del alma después de la muerte.
Podemos decir que ninguna otra sociedad secreta española, como la Hermandad de la Caridad de Sevilla, fundada por Mañara, y cuyo programa está sintetizado en las dos pinturas de Valdés Leal que abren la exposición del Centro Conde Duque, retoma la idea del ser-para-la-muerte, tan Barroca, con unas analogías tan claras a la religión egipcia original, esto es, a prepararnos en vida para el tránsito del alma después de la muerte por esa región intermedia que los tibetanos denominaron como «bardo». En la obra literaria de otro autor barroco, el médico inglés Sir Thomas Browne, encontramos un reflejo contemporáneo a estas pinturas de la actualización de estas problemáticas planteadas en la antigüedad hermética.
Los últimos años de vida de Mañara estuvieron plagados de sufrimiento físico: sangre, dolor, vómitos, desazón. Las enfermedades eran una constante en su vida; y, a pesar de ello, quiso consagrar su existencia a ayudar a los más necesitados con una firme fe en los parabienes de vivir constantemente instalado en la imitatio christi. De hecho, el Hospital de la Caridad ha seguido manteniendo su operatividad como lugar de acogida para personas con problemas mentales, a pesar de su incomparable valor artístico. De esa experiencia, la individual de Mañara y la colectiva de todos aquellos que han sido acogidos por la Hermandad de la Caridad, emana un tipo de ascetismo, indisociable de la cosmovisión aparejada al Barroco español acerca de lo real, que tiene muy difícil parangón anterior o posterior en la Cristiandad toda.
En su conocida Historia de la Filosofía (1928), Mario Méndez Bejarano, aventajado discípulo de Don Marcelino Menéndez Pelayo, escribe sobre el Discurso de la Verdad, auténtico legado espiritual legado por Mañara: «En el ascetismo español se dibujan dos formas: una serena, didáctica, representada por Juan Eusebio Nieremberg; otra ardiente, casi apocalíptica, simbolizada en Miguel Mañara, cuyas palabras de fuego dejan en el alma la silueta del rayo. No comprendo cómo, sobre la vulgar falange de hueros ascéticos, secos y aburridos, no exaltan los historiadores literarios la grandiosa figura de Miguel Mañara. En ningún clásico se hallará calor y energía comparables a los párrafos del Discurso de la Verdad. Nada hay tan emocionante, tan apocalíptico, tan descarnadamente sublime en los círculos del Dante». Añadiremos, por evidente que resulte, que la contraposición entre un jesuita y un hermano de la Caridad no debe pasar desapercibida.
Cabe concluir con otro añadido innecesario: por supuesto, a día de hoy el Discurso de Mañara está descatalogado y cualquier edición suya resulta harto difícil de encontrar en librerías especializadas de segunda mano, mucho menos si se busca un ejemplar manejable. Para terminar recomiendo que, si se quiere y se puede, se acompañe la visita a la sala con las pinturas de Valdés Leal y Murillo con la excelsa música de nuestro insigne Tomás Luis de Victoria, maestro abulense del Renacimiento español, un autor que, desde el punto de vista coral, tiene muy poco que envidiar a Johann Sebastian Bach. Con esa música, esa pintura y esa particular forma de concebir lo real, al visitante más o menos ocioso no le será difícil comprender hasta qué punto el Barroco español constituye, ya desde sus antecedentes inmediatos, un cúlmen en la Historia Universal de las Artes y de la Filosofía.




Lección ejemplar, estoy seguro que por cada ciudad española, sus numerosos templos y yacimientos aún sin registro por las numerosas prohibiciones que padece España, cabe todavía una revisión bajo la mirada hermética que se plantea este blog.
ResponderEliminarEn donde se anota el paralelo entre Loyola y el Hidalgo hay un tema de redacción que cabe corregir para claridad de la idea.
saludos