viernes, 14 de agosto de 2026

La sombra del tercer secreto de Fátima sobre el Concilio Vaticano II. Por Guillermo Mas Arellano

 

La sombra del tercer secreto de Fátima sobre el Concilio Vaticano II




De Guillermo Mas Arellano







Igual que cualquier otro día, hoy es un momento propicio para recordar que ante todo estamos inmersos en una batalla metafísica; y que justo por eso es necesario revisar, desde un punto de vista metapolítico —o, si se prefiere, teológico—, el acervo histórico de los últimos siglos en busca de una lectura esotérica, ya que es desde ahí, como bien señalaba Frithjof Schuon, que se logrará una restauración para el presente.
Desde el punto de vista escatológico, decíamos, la pregunta esencial que subyace a la existencia del Concilio Vaticano II (1962-1965), después de que figuras como Juan Pablo II o Benedicto XVI lo apoyaran reiteradamente, es la siguiente: ¿por qué el Espíritu Santo, inspirador de otros concilios anteriores, permitió tal grado de infiltración y corrupción en el seno mismo de la Santa Iglesia Católica? ¿Acaso no envió señales del nada inocente error perpetrado y sus catastróficas consecuencias? En las siguientes líneas trataremos de contestar a dichas cuestiones con una cronología que recorre, de forma esencial, la fenomenología de las apariciones marianas en tres de sus manifestaciones más relevantes en el siglo XX: Fátima, Garabandal y Medjugorje. Porque si Eva, en el Paraíso, se dejó tentar por la serpiente, igual que la Iglesia Católica de nuestros días, se hace necesario recordar que, en la línea de Giovanni Battista Tiepolo, la Virgen ha sido representada en numerosas ocasiones como aquella que pisa la cabeza del dragón.

Comencemos, por lo tanto, con una cita del Libro del Apocalipsis: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir. Y fue vista otra señal en el cielo: y he aquí un grande dragón bermejo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las echó en tierra. Y el dragón se paró delante de la mujer que estaba para parir, á fin de devorar á su hijo cuando hubiese parido”.

Todo ello parece ligado a un acontecimiento ocurrido medio siglo antes que tenía una relación singular, según declaró él mismo, con la figura de Karol Józef Wojtyła: la supuesta aparición mariana en Fátima (Portugal) allá por 1917. Recordemos, en ese sentido, que tras el atentado acontecido el 13 de mayo de 1981 a manos Ali Ağca, quien disparó contra el papa con un arma semiautomática mientras este se desplazaba por la Plaza de San Pedro en un vehículo abierto, marchó al santuario de Fátima en dos años consecutivos, donando la bala que casi le cuesta la vida al santuario de la Virgen. Haciendo creer así a todo el mundo que el tercer secreto de Fátima hacía referencia al atentado contra su vida.

Pero no, la mentira no prevalecerá, nos dice una vez más el Apocalipsis: “Y ella parió un hijo varón, el cual había de regir todas las gentes con vara de hierro: y su hijo fue arrebatado para Dios y á su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar aparejado de Dios, para que allí la mantengan mil doscientos sesenta días. Y tuvo lugar una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lidiaban contra el dragón. Y no prevalecieron, ni su lugar fue más hallado en el cielo. Y fué lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña á todo el mundo; fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”.

Lucía, mayor que los primos Francisco y Jacinta, ya que entonces tenía diez años, fue la única que se comunicó con la Virgen a partir de la primera aparición, ocurrida el 13 de mayo de 1917. De hecho, tal y como supuestamente le anunciara la Virgen, Lucía fue también la única con una vida longeva, de más de noventa años, en calidad de monja del monasterio de Coímbra; ya que Francisco y Jacinta, los otros dos niños pastores, morirían apenas dos años después del fin de las apariciones. 

Los últimos meses de Francisco y Jacinta suponen una realización histórica de un fenómeno muchas veces representado en el arte medioeval: el tópico del “viejo sabio” (o puer sénex), arquetipo de lo inconsciente colectivo descrito por Carl Gustav Jung en varias de sus obras. Se corresponde al arquetipo del mago, un sabio —pues tal es el sentido etimológico de la expresión— que aparece en momentos de tránsito, hoy diríamos que “liminales”, como puede ser el paso de una edad a otra, para conducir a las almas a través de ambos estados.

Una de las manifestaciones más conocidas de este mito es el de Peter Pan, el niño que se niega a crecer, sobre la novela del escocés James Matthew Barrie publicada en 1911 a partir de una obra teatral de 1904, donde muchos intérpretes han visto, en la línea junguiana, una representación del dios griego Hermes —el Mercurio romano—, “mensajero de los dioses” (o psicopompo), un joven dios condenado a morir y renacer sin llegar a envejecer.

En plena Primera Guerra Mundial, Europa vivía un momento de auge antirreligioso, sobre todo Portugal, donde la mentalidad ilustrada causaba furor entre las masas. De hecho, Lucía, Francisco y Jacinta fueron amenazados por distintas figuras autoritarias si decidían persistir en lo que se denominó como “mentira” por mucho tiempo. Podemos decir que esos tres niños, consagrados desde muy pronto a la oración y la meditación, fueron los psicopompos de un rito de paso colectivo cuyas dimensiones ni siquiera hemos terminado de entender más de un siglo después de que tuvieran lugar.

En 1930, cuando la Iglesia, todavía en manos de un pequeño grupo de sacerdotes tradicionales, reconoció la validez de las apariciones y en consecuencia enterró los cuerpos de Francisco y Jacinta en el santuario, sólo se habían hecho públicos los mensajes de la Virgen relativos a la adoración del Inmaculado Corazón de María, pero el famoso Tercer Secreto de Fátima, que todavía hoy da lugar a controversias, aún no había sido revelado. Quizás porque, de haber llegado al gran público, un evento de la magnitud del Concilio Vaticano II, o la subsecuente aprobación de la Misa Novus Ordo, jamás se habrían llevado a término.

Hasta 1960 este mensaje sellado por la propia Lucía permaneció oculto. Mientras tanto, en 1957, el Papa Pío XII —el mismo que asumió como dogma de fe la Asunción de la Virgen en 1950, cuatro años después de la publicación de su encíclica “Deiparae Virginis Mariae”—, dio inicio al proceso de beatificación de los dos niños muertos; y para ello pidió reunirse con sor Lucía, que sin inmutarse le anunció el Fin de los Tiempos y la disolución de las naciones.

Apenas un año después de escuchar estas palabras y desoír los designios aparejados por la Virgen para evitar tal hecatombe, el Papa que incorporó, doctrinalmente hablando, la “teoría de la evolución” de Charles Darwin al catolicismo, Pío XII (Pacelli), murió, tras lo cual el masón Juan XXIII (Roncalli) no tardaría mucho en revelar el supuesto “tercer secreto” de Fátima. Por supuesto, esa supuesta revelación en realidad no se haría pública hasta mucho después… Bajo un grueso manto de dudas.

Se supone que tanto la encíclica Pacem in terris, publicada el 11 de abril de 1963, como el propio Concilio Vaticano II, que comenzó el 11 de octubre de 1962, estaban directamente influidas por el contenido de dicho secreto, que si bien tampoco fue comunicado directamente al mundo, según se dice marcó decisivamente el cambio iniciado entonces por la jerarquía de la Iglesia Católica, que curiosamente estaba mencionada por el “secreto”, que anunciaba una humanidad pecadora y un alta curia eclesiástica en manos de Satanás. Sobre las implicaciones escatológicas de esa acusación directa poco o nada se ha dicho.

Llama la atención constatar, con los registros en la mano, que la respuesta de figuras tan reputadas en el Vaticano de la época como el cardenal belga Leo Jozef Suenens como el italiano Giovanni Montini —futuro Pablo VI, que finalizó el Concilio Vaticano II tras la muerte de Juan XXIII—, no fuese volver a la Tradición, sino mundanizar el mensaje de la Iglesia Católica. Y es que Montini, igual que Achille Liénart, Annibale Bugnini o Augustin Bea, eran igualmente masones, tal y como de manera pública y notoria reveló Mino Pecorelli a principios de los años 70. Nadie, en el Concilio Vaticano II, estaba en condiciones de retener el avance del modernismo en Roma.

En esas mismas fechas —junio de 1961— la Virgen apareció de nuevo en la Península Ibérica, esta vez en una pequeña localidad Cantabria, San Sebastián de Garabandal, ante cuatro niñas de 12 años. Conchita González destacaba sobre Mari Cruz González, Jacinta González y Mari Loli Mazón, que a lo largo de cuatro años fueron receptoras de visiones y mensajes de la Virgen ante el pasmo de miles de peregrinos… Y la reticencia de la curia eclesiástica salida del Concilio Vaticano II para reconocer la autenticidad de los hechos.

El 13 de noviembre de 1965 la Virgen se presentó por última vez en Garabandal, esta vez nada más que ante Conchita; y apenas un mes más tarde, el 8 de diciembre del mismo año, el Concilio Vaticano II tocó a su fin, con la publicación de una serie de documentos eclesiales en los que la “actualización” (o aggiornamento) superaba abiertamente cualquier resquicio conservador. De forma que incluso algunos obispos más conservadores, como Joseph Ratzinger, cuando no autoproclamados tradicionales, como Marcel Lefebvre, acabaron transigiendo con los resultados del concilio.

Lo que la Virgen dijo a la niña, mientras en la Iglesia daba comienzo un largo eclipse, en aquella última ocasión de encuentro, estaba directamente relacionado con el Concilio Vaticano II: “Antes la Copa se estaba llenando, ahora está rebosando. Los sacerdotes, obispos y cardenales van muchos por el camino de la perdición y con ellos llevan a muchas más almas”, tal y como recogió el sacerdote Joseph Alfred Pelletier, estudioso de las apariciones marianas en Fátima (The Sun Danced at Fatima), Garabandal (God Speaks at Garabandal) y Medjugorje (The Queen of Peace Visits Medugorje).

La Iglesia postconciliar, autodefinida como “moderna” por Pablo VI, quien resumió el espíritu de los nuevos tiempos con la conocida máxima “queremos que todo sea nuevo”, poniendo distancia explícita con la Iglesia Católica de tradición medioeval y dando paso a un paradigma para el “hombre de hoy”, es exactamente aquello contra lo que se alertó en Fátima, Garabandal y Medjugorje por parte de la Virgen. Por lo tanto, es natural que la Iglesia postconciliar no se interesara por las apariciones de Garabandal y Medjugorje nada más que para mostrar su rechazo.

No resulta difícil concluir que la distancia que media entre 1917, fecha del inicio de las apariciones marianas en Fátima, y 1961, inicio de las apariciones en Garabandal —por no hablar de 1981, comienzo de las apariciones en Medjugorje (Bosnia-Herzegovina)—, es suficiente para explicar un cambio generacional dentro de la curia eclesiástica, donde el modernismo se había propagado con una virulencia propia nada más que de la célula cancerígena sobre un cuerpo enfermo —de “infirme”— y desprotegido —gobernado por traidores.

Así pues, no sólo varios Papas, sino también cardenales, obispos y sacerdotes modernistas traicionaron el juramento sobre el que fueron ordenados al dejar de transmitir la tradición recibida para invertir sus principios desde dentro, instaurando una corrupción anunciada en el Libro de la Revelación por Juan de Patmos: la Puta de Babilonia, vestida de púrpura, a lomos de una bestia abyecta con siete cabezas —como siete colinas tiene Roma.

El error de la religión, explicó en aquellos mismos años el exjesuita Leonardo Castellani en su impagable ¿Cristo vuelve o no vuelve? (1951), está en buscar un Reino para este mundo, a través de los medios más eficaces, que por supuesto son los satánicos. En sus preclaras palabras: “La Iglesia viadora no es el Reino de Cristo en este mundo, según nuestra opinión, sino el instrumento de congregación de la Esposa de Cristo, para que sea arrebatada con Cristo a Su Venida. Pero como los judíos cayeron en desear un Rey temporal, así la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí, como reinan los otros reinos”.

El masón Juan XXIII, muerto el 6 de agosto de 1978 —día en que se celebra la Fiesta de la Transfiguración— se descompuso a gran velocidad, mientras tenían lugar sus exequias, dando lugar a un bochorno generalizado entre los asistentes con el hedor putrefacto de su carne corrompida, que es propia de un hombre demasiado apegado a la materia, al menos teniendo en cuenta los votos que en su momento juró defender y sin duda profanó, como a la propia tradición católica. Como escribiera Martin Lings, “Dada la naturaleza de la ocasión, es imposible mantener que no se tratara de una señal del Cielo”. Y con eso ya basta por el momento.




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