domingo, 22 de febrero de 2026

Banalidad y espectáculo en el IV Reich. Por Guillermo Mas Arellano

 Banalidad y espectáculo en el IV Reich


Por Guillermo Mas Arellano





No resulta casual, al menos a mi parecer, que Guy Debord comience uno de los ensayos fundamentales del siglo XX, La Sociedad del Espectáculo (1967), con una cita de Ludwig Feuerbach y su crítica al cristianismo, para a continuación señalar el epicentro de la actividad moderna como una «inmensa acumulación de espectáculos» de carácter más bien industrial. 

La cita de Feuerbach reza así: «Nuestra época, sin duda alguna, prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser... Para ella lo único sagrado lo único sagrado es la ilusión, mientras que lo profano es la verdad. Es más, lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es para ella el colmo de lo sagrado».

Los mecanismos antaño gestionados por la religión, como el ritual o el sacrificio, son ahora patrimonio de una nueva estructura religiosa: el espectáculo. Tal es para nosotros el hallazgo que, entre líneas, detecta Debord amparándose en autores como el propio Feuerbach o, por supuesto, Friedrich Nietzsche. Un poco más adelante en su texto, Debord señala que es la banalización aquello que «domina mundialmente la sociedad moderna». Sin duda esos «espectros del 68» ya latentes en las páginas de su opúsculo filosófico influyeron decisivamente a la hora de señalar rastros religiosos en el sistema de proyecciones que sustenta el proyecto moderno de banalidad y espectacularización.

Para Debord, una vez más, la quintaesencia del espectáculo es su vehículo definitivo: la estrella. Nuevo ícono que sustituye a las viejas figuras religiosas, los arquetipos cubiertos de gruesos mantos de significado dejan paso a la ligereza del showman, la estrella lleva el espectáculo inscrito en su propia dermis, su «vivencia aparente» en el más alto grado de biopoder jamás alcanzado, ya que bajo su apariencia de diversidad sólo existe una homogeneidad práctica, carnaval de luces que promete un cambio radical para que, en el ámbito fáctico, nada cambie a fin de cuentas.

El consumo, que es de lo que se trata aquí, es el ámbito del Poder soberano, su mesa de operaciones alquímicas para transformar la obsolescencia en chispa para una nueva producción incesante de mercancías consumidas a su vez por tantas otras mercancías encaminadas al consumo. Escribe Debord: «El representante del espectáculo unificado, la estrella del espectáculo, es lo contrario del individuo, el enemigo del individuo tanto para sí mismo como para los demás». El individuo ya no se identifica consigo mismo, sino con esa figura del espectáculo, la estrella —cuyas resonancias herméticas son evidentes, empezando por el tarot—, a la que imitará miméticamente, siguiendo las estructuras religiosas que, sin él siquiera sospecharlo, subyacen al mundo de banalidad y consumo en el que vive sumido.

Y añade Debord: «Las estrellas de consumo, siendo exteriormente la representación de diversos tipos de personalidad, muestran cada uno de estos tipos como si tuvieran acceso igualitario a la totalidad del consumo, encontrando en ello su felicidad de maneras similares». Si antaño la sociedad reforzaba sus vínculos en el ritual sacrificial, ahora es el espectáculo quien consigue unificar la sociedad en torno al modelo de producción capitalista y su modelo de obsolescencia programada, esto es, de cambio especulativo de todo sin que nada llegue a cambiar especulativamente, como Saturno el consumismo devora una y otra vez a sus hijos, hermanos en el ámbito horizontal, sin que ni uno sólo de ellos llegue a sospechar del papel que el Padre, ese Sistema capitalista detrás del cual se esconde el Poder soberano, llegue a ser puesto en entredicho.

Una última cita de Debord, en este punto, nos aclarará que la invocación de Saturno, ese devorador de hijos que también es el dios del tiempo cronológico, no resulta en absoluto casual: «Aquello que el proceso de producción de las cosas tiene de renovación permanente no se recobra en el consumo, que no es más que el retorno ampliado de lo mismo». Es decir, que el consumo cíclico de las sociedades arcaicas se correspondía con un trabajo real, mientras que la percepción misma del tiempo en la sociedad moderna se basa en una proyección que no es sino pura publicidad, una contradicción que no puede corresponderse con un marco real dada su naturaleza abstracta, sustituyendo así su carácter cíclico por lo que Debord llama «consumo seudocíclico».

Si la estrella es el centro del sistema capitalista de consumo, con su mecanismo basado en la banalización y el espectáculo, como antes el chivo expiatorio fue el centro del sistema ritual de sacrificio que gobernaba las sociedades arcaicas, el mecanismo mimético que late bajo ambas dinámicas ha mutado hasta extremos de una perversidad inimaginable: la falsa vida de la estrella es idealizada desde la depauperada vida del homo sacer, de forma que la ilusión fundamental en la sociedad del espectáculo, esa actualización secularizada para tiempos de Capital de la arcaica comunidad religiosa, es la de vivir por persona interpuesta. En otras palabras: el consumismo, vehiculado por la estrella, es lo que aplaca el potlach inherente a toda estructura religiosa. 

Así es como los crucifijos han dejado paso a la pop star, desde el día en que Jesús se convirtió en Jesucristo Superstar. Y si la utopía actualizaba la idea del Paraíso para los parámetros antropocéntricos de la modernidad, qué duda cabe de que es Disneylandia, epicentro de la californication del orbe, quien mejor representa el Falso Absoluto capitalista que viene a sustituir ese viejo Absoluto místico de las tradiciones religiosas en esta Aldea Global que todos padecemos. Disneylandia es la ciudad que imita una ciudad, el mapa hecho propiamente territorio, a escala 1:1, la construcción de una urbe con los mismos mimbres de falsedad que componen la imagen mimética de la estrella.

Una vez más Debord nos enseña la clave de esta sociedad de inversión teológica, de falsa iluminación en la sombra, consagrada al triste incendio de los fuegos fatuos: «En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso». Disneylandia y estrella, estrella y Disneylandia, son la victoria de lo pop sobre el referente, del kitsch y su Falso Absoluto sobre cualquier nostalgia verdadera de autenticidad.

En la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI, se ha culminado la destrucción de aquello que supuestamente caracterizaba al sujeto moderno: su individualidad. Es, por contra, el triunfo de la homogeneidad lo que ha triunfado gracias al Capital. De la misma manera, ha desaparecido la propia democracia, fagocitada por la tiranía de los mass media. En cierto sentido, ambas se han disuelto, subjetividad y sociedad, frente al proceso de borrado que el nazismo o el comunismo cometieron con los mismos dos conceptos décadas atrás. El hombre nuevo de la Modernidad prometido igualmente por Adolf Hitler que por Iósif Stalin ha terminado por ser brindado por el capitalismo y su sistema de mercado.

La masa, caracterizada por una diversidad aparente y una homogeneidad esencial, supone el triunfo antropológico del totalitarismo, a pesar de la aparente derrota política de la Alemania nazi y de la URSS, y es lo que ha terminado por de pulverizar todo rastro operativo de comunidad o de subjetividad. Sobre el uso de símbolos en la secularizada sociedad del espectáculo, escribe Umberto Eco: «En una sociedad de masas de la época de la civilización industrial, observamos un proceso de mitificación parecido al de las sociedades primitivas y que actúa, especialmente en sus inicios, según la misma mecánica mitopoética que utiliza el poeta moderno».

La similitud existente entre el III Reich y lo que he dado en llamar IV Reich encuentra su fundamento en el espectáculo. Lejos de ser nietzscheana, o mucho menos wagneriana, pienso que la actitud propia de los nacionalsocialistas de hace un siglo —y no digamos ya de los neonazis de nuestros días— acerca de recuperar un cierto Absoluto perdido, no es otra cosa que un ideal utópico de construir un parque temático. Por lo tanto, Disneylandia es el locus terribilis que certifica la victoria póstuma de Adolf Hitler. Igual que los espectáculos deportivos que el american way of life han conseguido extender a todo el mundo, en sustitución de los viejos espectáculos religiosos, suponen la victoria total y definitiva de la ilusión sobre la verdad.

La masa adora a la estrella, tanto a la estrella pop del simulacro cultural como sobre todo a la estrella deportiva del espectáculo de masas. Ese mecanismo de persona interpuesta, de origen religioso y, más concretamente, cristiano, que brinda la salvación de manera especulativa, sustituyendo así la operatividad de los sacrificios rituales por un relato imaginativo, se ha impuesto por obra y gracia de la tecnociencia: del televisor a la pantalla del teléfono móvil, las imágenes se multiplican, aunque el significado que avanza es único y unificador. El hombre-masa vive de prestado, en la proyección mimética que vehicula sobre la estrella, celebrando el milagro de la encarnación en sus espectáculos deportivos de cada domingo.

Con la sociedad de masas habitamos un mundo poblado de símbolos y signos sin llegar a caer en ellos. Solo los conspiranoicos, en tanto que nuevos gnósticos guiados por la paranoia de Thomas Pynchon antes que por la pronoia (πρόνοια) de los Padres de la Iglesia, creen ser capaces de leer las señales que les permiten acceder a los arcanos secretos de una “élite” maligna. Y, para los demás, la banalidad que se sublima en la depauperación lingüística, triunfo jerga mediática de los mass media como «sede de la ignorancia total», como apuntara Eco.

Digno sucesor de Debord en más de un punto, Eco señala que «la cháchara deportiva, nacida como elevación a la enésima potencia de ese derroche inicial que era el juego deportivo, es la magnificación del Derroche y, por tanto el punto máximo del Consumo. Sobre ella y en ella, el hombre de la sociedad de consumo se consume a sí mismo». La decadencia de la literatura constata la decadencia de toda una cultura. Incapaz de entender un texto por sí mismo, de extraer un conocimiento —no digamos ya una sabiduría— de él, el hombre-masa se vanagloria de su ignorancia. Vive desconociendo los símbolos, los signos y los textos fundamentales que le permitirían desentrañar el mundo en el que vive inmerso. Está desprotegido, por lo tanto, ante el mecanismo de ilusión que lo atrapa en una fantasmagórica red de proyecciones. Ahorra para ir a Disneylandia con sus hijos. Será el momento más importante de su vida des-subjetivada, roce total con ese Falso Absoluto con el que sueña despierto, sólo comparable a otro momento estelar en su trayectoria vital de consumo y producción, eminentemente procesada: la boda en Las Vegas con su ya odiada exmujer.

Eco nos brindará nuevas claves: los mass media como mecanismo de ingeniería social y propaganda, de la mano de Edward Bernays, Walter Lippmann, William Randolph Hearst y Joseph Goebbels, potenciados sobre todo en el american way of life tras la IIGM, imponen símbolos al hombre-masa que él interpretará miméticamente sin llegar a analizar conscientemente. Sólo el apocalíptico, ese nostálgico del absoluto reconvertido en conspiranoico, será consciente de la trampa… Y cuando acuda a proyectarse en una Solución Final el mecanismo de la ilusión se accionará sobre él con fuerza redoblada, porque el modelo humano estará siendo dirigido igualmente, mediante imágenes que estarán ejerciendo una función religiosa bajo una apariencia consumista, mediatizada, eminentemente secular.

La secularización es precisamente lo que permite el consumo de la imagen, la adoración ciega de su vehículo, la estrella, que llega a volverse fetichista en muchos casos: el cuerpo de la estrella es el centro del mecanismo mimético de identificación y fagocitación, realización efectiva del biopoder en su faceta más religiosa y, paradójicamente, también desacralizada. Y aquí es donde, analizando el mitologema de Superman, ideal nacionalsocialista que Estados Unidos llevó a todo el orbe, Umberto Eco nos da la clave de bóveda de la cuestión: «En una sociedad de masas observamos un proceso de mitificación parecido al de las sociedades primitivas, y que actúa, especialmente en sus inicios, según la misma mecánica mitopoética que utiliza el poeta moderno».

Tanto el apocalíptico como el integrado, señala Eco, se encuentran acogidos por la figura de Superman, pues él está constituido asimismo por una doble faz: es el mediocre Clark Kent lo mismo que Kal-El. La imagen sagrada se ha degradado en una figura de cómic, en un símbolo mediático antes que mítico, que acabará siendo consumido salvo si es reeditado en diferentes producciones, como ha terminado ocurriendo con Superman, pues una imagen del superhéroe, como la de Christopher Reeve, acaba siendo suplida por otra, como la de Henry Cavill. La gran imagen popular, antaño hubiésemos dicho que religiosa, del siglo XX, no es sin embargo, la del superhéroe Clark Kent, sino la del superhombre Adolf Hitler.

Y si Adolf Hitler no llega a ser un superhombre, como el propio personaje proclamaba, sino un falso superhombre, es porque su idea de Absoluto proyectada en un Reich de mil años era en realidad un Falso Absoluto, en realidad no muy distinto de ese otro Falso Absoluto que sustenta el mundo posterior a la IIGM. El cuerpo de Hitler, un cuerpo de estrella como pocos ha habido, acabó siendo consumido para fundar así un régimen biopolítico de nuevo cuño. Sólo la muerte de Luis XVI el 21 de enero de 1793 puede significar algo semejante en la Historia a la muerte de Adolf Hitler el 30 de abril de 1945.

Sin embargo, debemos detenernos en la desaparición del cuerpo del führer por la significación profunda que encarna a la hora de inaugurar una nueva época dentro de la biopolítica. Al comienzo de Vigilar y Castigar (1975), Michel Foucault hace hincapié en el duro castigo con el que se hacía pagar el regicidio en la sociedad arcaica. Pues bien, ese deseo de castigar fue sustituido por otro muy distinto: el de celebrar la decapitación de Luis XVI. Ese es el cambio fundamental que opera el período revolucionario que va de 1793 a 1922, fin de la Revolución Soviética.

Pero Hitler viene a añadir algo distinto: él quiso que su cuerpo fuera borrado de la tierra para que, exotéricamente, no cayera en manos del enemigo, lo que ha dado pie a numerosas teorías conspiranoicas, o gnósticas, que diríamos, sobre una resurrección esotérica. Entonces, ¿estamos diciendo que el führer también se reedita, como Superman? No, hoy no hablaremos de Donald Trump. Aquí lo importante es recordar que la obra maestra del Tercer Reich fue, desde el punto de vista industrial, técnico, que diríamos, hacer desaparecer millones de cuerpos de la faz de la tierra.

La nuda vida acaba transformando al homo sacer en objeto de consumo. Los muertos de los campos de concentración ejemplifican esto desde el punto de vista del hombre-masa, pero es la figura de Hitler, su cuerpo pulverizado en el búnker, lo que verdaderamente acapara la operación biopolítica. No en vano David Bowie llegó a afirmar que «Adolf Hitler fue una de las primera estrellas de rock». Y razón no le faltaba, Hitler vivió como una estrella de rock: rodeado de chicas y envuelto en una nube de drogas. Pero murió como un mito de la cultura de masas.

Hitler dominaba el egrégor del espectáculo de masas o, si se quiere, del espectáculo deportivo. No en vano llenaba estadios con su mera presencia y hacía botar a cientos de miles de personas con la energía que desprendía y de la que él, a su vez, se alimentaba, en un mecanismo claramente consumista que, de forma inevitable, sólo podía redundar en el consumo místico de su cuerpo. Esos cuerpos hundidos de los campos de concentración, vejados y desnudados, humillados, hoy se han generalizado a través de la mediatización virtual: en las redes sociales el hombre-masa es víctima y verdugo, partícipe y vehículo del Bipoder. Porque el mundo es, en la realidad virtual más incluso que en la depauperada realidad verdadera, un gigantesco escenario.

Si la cultura sublima la violencia, el consumo lava el totalitarismo. Por eso digo que Estados Unidos, con su cultura de masas, ha terminado aquello que la Alemania nacionalsocialista empezó: una tarea que es sobre todo biopolítica. Porque espectáculo y consumo son la quintaesencia de la legitimidad democrática, del sistema de producción consumista, de eso que en definitiva sustituyó a la dinastía al término del Ancien Régime. La Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo es el inicio de una etapa biopolítica que culmina con la celebrada ejecución de Luis XVI. Y, de la misma forma, nuestro mundo de redes sociales se sustenta en la desaparición del cadáver de Hitler. No olvidemos que, bajo cierta mitología popular, por supuesto de cuño conspiranoico, el pintor austríaco comparte urbanización con su homólogo norteamericano: Elvis Presley. Y es que, como el Alister Crowley que preside la portada del célebre disco de The Beatles, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967), todos ellos son imágenes consumidas y consumistas, luminarias fugaces de una mitología pop, estrellas de un firmamento donde todo pasa sin excepción sin que nada retorne definitivamente. 

El mayor enemigo de ese Imperio que se esconde tras el Tercer Reich y el IV Reich en todo el siglo XX fue, en cierto sentido, el padre de todos los paranoicos: Philip K. Dick. Por eso ahora, al término de esta reflexión sobre la imagen en el mundo de los mass media, de la sublimación del cuerpo de Hitler en una cultura del Falso Absoluto, debemos terminar con una pregunta que el norteamericano planteó imaginativamente en su célebre novela El hombre en el castillo (The Man in the High Castle, 1962): ¿de verdad podemos decir que, a ciencia cierta, ese Reich de mil años se derrumbó con la muerte de Hitler? Quizás haya que recordar de forma más explícita si cabe que, en cierto sentido, el führer está hoy más vivo que nunca, justo cuando nosotros, cuerpos tan asolados por el espectáculo como en consecuencia despojados de subjetividad, ya estamos muertos.


martes, 10 de febrero de 2026

Confesiones de una máscara. Por Guillermo Mas Arellano

 Confesiones de una máscara

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (VIII)


Por Guillermo Mas Arellano





El siglo XX nos ha dejado un buen puñado de exploradores del abismo que, con el paso de las décadas y el progresivo arribo de una estulticia hipertecnificada, han caído en el olvido, cuando no en algo mucho peor: ese encumbramiento mediático y académico que en el fondo es estéril. No son pocas las similitudes entre la obra dos de ellos: Pier Paolo Pasolini y Georges Bataille, por cuanto ambos son destacados filósofos del límite, capaces de hacer suya la máxima de Maestro Eckhart según la cual “rogamos a Dios que nos libre de Dios”... Y es que ninguno temía atravesar las tibias fronteras de la moral con su vida y con su obra.


Entre otras muchas coincidencias que podemos destacar, la obra final del italiano radica en el lugar central que la soberanía ocupa en el Mundo Moderno y, más concretamente, de la perversidad y el sadismo que son inherentes a esta manifestación de la burguesía. Las fiestas descritas por Pasolini en su novela póstuma Petróleo no están muy lejos de esa otra fiesta con la que Stanley Kubrick abrió su película Eyes Wide Shut, también póstuma.


La Modernidad brinda al Poder unas capacidades prácticamente ilimitadas: revisión del cesarismo romano, antes despotismo faraónico, bajo una proverbial excusa: la Ilustración. En el fondo los mismos ritos, correspondientes con las mismas familias, se perpetúan. El paradigma científico de Johannes Kepler otorgó al sol una importancia que el Poder no tardó en emular para la política. Todo gira en torno a la potencia absoluta de lo solar, señalan los ilustrados de muy variadas ocupaciones, perfecta coartada para que el monarca Luis XIV irradie el absolutismo al resto de la política moderna. La soberanía estatolátrica, desacralizada, encuentra su correlato científico, secular, en la visión del universo aportada por Nicolás Copérnico.


La corte de Luis XIV acogió un escándalo de brujería que merece nuestra atención: el affaire des poisons, como fue llamado, alcanzó su cúspide con el asesinato del padre de Marie-Madeleine Dreux d'Aubray, a manos de la propia Marquesa de Brinvilliers e hija del fallecido, acontecida el 10 de septiembre de 1666. Es en retazos como este que el Sol Negro, de naturaleza invisible, asoma su rostro por detrás del sol visible con el que se pretende confundir al profano. Pero esa es solo la cúspide de una fiebre envenenadora que llegó a provocar centenares de muertes y que el monarca ordenaría silenciar, principalmente por la participación de su amante, Françoise-Athénaïs de Rochechouart, más conocida como Madame de Montespan.


En 1667, Catherine Monvoisin, que pasaría a la posteridad con el sobrenombre de La Voisin, fue contratada por Madame de Montespan para celebrar una misa negra, en presencia de otros miembros de la nobleza francesa, con el fin de lograr la atención erótica del rey. El éxito de esta iniciativa permitió que La Voisin, una bruja en el sentido clásico del término, ocupara un papel preeminente en la corte de Luis XIV, alguien extremadamente imprevisible y capaz de provocar el enamoramiento igual que la muerte a través de sus pócimas. Sin embargo, los excéntricos modos de La Voisin, rayanos en el sensacionalismo, no deben apartarnos de lo esencial: ritos funestos en los que la clase alta devora en un sentido mucho más real de lo que la metáfora permite vislumbrar a sus siervos.


Detrás del rastro de muertes y conjuros dejado por la bruja latía la acción de un poderoso hechicero, Adam Lesage, que junto al abate Étienne Guibourg realizaría sacrificios de infantes en fiestas concedidas por la aristocracia francesa de la época. El propio Guibourg acabaría por confesar en el juicio el asesinato de niños como parte de su proceder ritual, aunque las crónicas posteriores no hagan demasiado por recordarlo. Pasado un tiempo, Luis XIV abandonó a Madame de Montespan, cansado de sus encantos, para a cambio centrarse en los de otra dama de la corte: Angelique de Fontanges. A petición de Madame de Montespan, antes amada agraciada y ahora amante despechada, comenzó un plan pertrechado por una miríada de conspiradores para acabar con la vida del monarca y su nueva amante.


Fue la muerte de Enriqueta de Inglaterra, cuñada del rey, lo que detuvo un supuesto complot que pretendía trocar al ocupante del trono en beneficio de un aliado de La Voisin… Que a resultas de sus crímenes acabaría ardiendo en la hoguera el 22 de febrero de 1680. De esta forma, Teseo, figura solar que encarna la realeza, saldría victorioso del laberinto… Una vez más. Por su parte, Madame de Montespan no había perdido el tiempo, reconvertida en amante del Duque de Orleans y hermano de Luis XIV, Felipe I —ambos descendientes de poderosas familias de la nobleza negra europea como los Médici, los Orleans y los Habsburgo. De Felipe I ha trascendido una manía ciertamente peculiar: su pasión por el travestismo, rozando la androginia, que tiene mucho que ver con la industria de la moda del siglo XX.


Así pues, en la corte de Luis XIV, el Rey Sol, no sólo confluye un linaje de sangre proveniente de la nobleza negra veneciana, sino que destacan figuras espectrales como el maquiavélico Cardenal Richelieu —que haría fortuna gracias a la imaginación de Alexandre Dumas— y sobre todo la bruja Catherine Monvoisin. Cuando siglos después vemos las inquietantes imágenes de esa fiesta concedida por los Rockefeller en el Hotel Plaza de Nueva York (muy cerca el Edificio Dakota, donde Roman Polanski filmó Rosemary´s Baby), el 28 de noviembre de 1966, entendemos que la llamada “fiesta del siglo” no es un ritual nuevo de la oligarquía en el Poder, sino que lleva cientos de años en marcha.


El anfitrión de la famosa fiesta de máscaras de los Rockefeller, cuyas imágenes nos llevan de forma inevitable a pensar en las del filme Eyes Wide Shut, no fue otro que el escritor Truman Capote, un sureño acomplejado cuya mayor ambición, incluso por encima de la literaria, fue la de querer medrar en las altas esferas. Como su amigo y confidente unas décadas antes, el británico Christopher Isherwood, Capote representaba, en calidad de cronista de The New Yorker, una figura central en el progresismo de la época. Su actividad como articulista estaba estrechamente vinculada a la de otras marionetas del poder: Dorothy Parker (en realidad una Rothschild) y Katharine Graham, presidenta del Washington Post en cuyo honor se daba la fiesta, y que más tarde tendría un papel central en el Escándalo Watergate.


A la fiesta acudirían numerosas parejas, dada la inspiración alquímica de la temática, entre ellas Salvador Dalí y Gala, Frank Sinatra y Mia Farrow, William S. Paley y su mujer Babe, por citar algunos ejemplos. El tema de la fiesta fue La Tempestad (1611), obra teatral de William Shakespeare inspirada en la figura de John Dee —que aparece transmutado en Próspero. Cabe recordar, en ese sentido, la visita de Isabel I de Inglaterra a la casa de Dee en Mortlake que tuvo lugar el 16 de marzo de 1575. La excusa para dicho encuentro era consultar la biblioteca de Dee, como señala Frances Yates: “Isabel I tal vez habría visto con simpatía la filosofía de Francesco Giorgi, si hubiera sabido que este fraile veneciano colaboró en el divorcio de su padre, hecho al cual ella misma debía la vida. La obra de Giorgi formaba parte de la biblioteca de John Dee, filósofo de la edad isabelina”. En la biblioteca de Dee había, además de títulos de Giorgi, textos de Giordano Bruno, Pico Della Mirandola, Johannes Reuchlin o Cornelio Agrippa.


Pero volvamos a la mascarada veneciana de los Rockefeller en Nueva York. No por casualidad la fiesta de Capote del siglo tuvo lugar en 1966, exactamente 33 años antes de que Stanley Kubrick estrenara su película, que coincide en el aspecto central que ocupan las bodas alquímicas en ella (Bill y Alice), y año en que Capote publicó su obra maestra, A sangre fría, que gira alrededor del asesinato de la familia Clutter acontecido el 15 de noviembre de 1959 en Holcomb, Kansas. Esa auténtica masque ball, a la manera veneciana, no es más que la quintaesencia de los rituales sociales que la oligarquía llevaba siglos practicando y que, por primera vez desde que el Caso Profumo se hizo público, revelaba al gran público.

Con el tiempo, Capote terminaría devorado por la propia dinámica del Poder. Como Kubrick o Pasolini, aprendió de primera mano los peligros de Saturno, el devorador de infantes; y es que uno debe saber guardarse de sus propias plegarias, en caso de que las tenga. Quizás sea algo en lo que nunca se hace demasiado hincapié pero, como suele decirse, ten cuidado con lo que deseas porque puede acabar convertido en realidad. Es lo mismo que escribió Teresa de Ávila: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Cualquiera se atreve a refutar a toda una santa.

Aunque cabe imaginar algo aún peor que las plegarias cumplidas: la existencia de un azar que lo domina todo de forma arbitraria, pero careciendo de cualquier voluntad definida. Entonces no debemos guardarnos de una deidad capaz de cumplir lo que le pedimos, sino de una contingencia en la que chapotea la totalidad de lo existente y que se mueve, ciega, sin ningún tipo de dirección, y que por lo tanto también nos puede destruir de un plumazo sin apenas inmutarse. Al menos eso es lo que deben de sentir las víctimas de este tipo de incruentos festines.

Truman Capote sabía bien de lo que hablamos aquí; y es que la ironía trágica estuvo muy presente en la parte final de su vida, como prueba el documental The Capote Tapes, donde se narran los entresijos que planean sobre su obra póstuma, la novela de no-ficción Plegarias atendidas. Capote firmó el 5 de enero de 1966, apenas unos meses antes de finalizar el trabajo que constituirá su obra maestra, la ya celebérrima A sangre fría, un contrato con la editorial Random House, medio pago de un cuantioso adelanto, para mejor escribir su particular versión de la recherche proustiana donde, además de rememorar el tiempo perdido, también deslizaría algunas maldades sobre la “izquierda exquisita”, esa Gauche Divine de la que también habló en algún momento su colega Tom Wolfe. Sin duda su masque ball formaba parte de la documentación para dicho texto.

En 1975 la muy difundida revista Esquire publicó los tres y trágicamente últimos capítulos de lo que formaría parte del susodicho libro, donde se desgranaba en un estilo cómico acerado y mordaz las extrañas costumbres de familias tan poderosas como el clan Rockefeller o el clan Kennedy. Eran, parafraseando a Yukio Mishima, las confesiones de una máscara. Y el resultado fue devastador: el mundo del espectáculo dio la espalda al que había sido el más mundano y carismático de sus cronistas, provocando en Capote una inmersión sin vuelta atrás en el alcohol y la desesperación, que finalmente se saldó con su muerte en 1984, dejando atrás el borrador inconcluso de Plegarias atendidas, un caso que recuerda en más de un rasgo al de Pasolini y su novela póstuma Petróleo. O, ya puestos, a los últimos días de Kubrick.

Desde la muerte de Capote no han cesado de circular muy variadas teorías sobre la existencia o no de hasta dos capítulos más del libro que contendrían más escandalosas declaraciones sobre las ditirámbicas perversiones que se ocultan detrás de los nombres que llevan décadas dirigiendo los Estados Unidos. La verdad sobre esa información sólo la saben un puñado de personas, y lo importante es que seguramente Capote se la llevó, para bien o para mal, a la tumba. Supongo que en la vida normalmente nos toca conformarnos con lo que necesitamos, si acaso; y que sólo en un puñado de ocasiones excepcionales, esa cosa del Destino o la Fortuna, como sea que prefieran llamarlo, nos agasaja con lo que deseamos, y que es entonces cuando aprendemos de veras el significado de la palabra Infierno.


sábado, 7 de febrero de 2026

El Vellocino de Oro. Por Guillermo Mas Arellano

 

El Vellocino de Oro:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (VII)







Por Guillermo Mas Arellano


El principal triunfo de la oligarquía de lo sutil está en restringir a los demás la entrada al espacio de su soberanía; no sólo dominan impunemente el ámbito de lo sutil, sino que han logrado convencer al vulgo de algo que hasta hace no tanto resultaba imposible de concebir, a la luz de la cultura popular: que la magia no existe.


Si entendemos la vanidad de la vida social como theatrum mundi, pronto comprenderemos que aquello que se muestra es la representación, el topos, un lugar al que se dirige la mirada. Lugar de horror, lugar de amor, esa es la polaridad en la que se mueve el Gran Teatro del Mundo denominado por el más barroco y gnóstico de nuestros literatos: Calderón de la Barca.


Reconocer la ilusión de esa realidad a la que los orientales llaman “maya” supone reconocerse, en cambio, en un estadio de desarraigo perpetuo. El teatro social, que conforma una psicoesfera, es una suma de las psiquis individuales. Como una mariposa, el alma nace de la putrefacción, en la forma de un gusano, y avanza hacia el vuelo conforme el espíritu se despierta y domina paulatinamente al cuerpo. Y así ocurre también en el caso del theatrum mundi: el espectáculo de sombras puede servir para distraer al gusano lo mismo que a despertar a la mariposa aletargada.


En el misterioso recorrido de lo invisible en el que nos sume el alma, y donde también nosotros la enviamos a ella, no hay iniciación sin pasar por el desarraigo, ni ascenso sin el doloroso ejercicio de purificación del ser putrefacto con el que nacemos; y por eso antes de llegar al Purgatorio, de concebir siquiera el Paraíso, es necesario pasar por el Infierno.


El Paraíso, bajo todas sus formas, es un locus amoenus: un "lugar ameno", paisaje bucólico reservado al íntimo idilio de los amantes, cuya desbordante sexualidad, no menos desbordante que la naturaleza en la que se encuadra, late conectada a la esencia de la primavera, al canto de los pájaros y a la música que busca trascender el plano natural hasta abrazarse con la divinidad.


La Edad de Oro citada por Hesíodo en su célebre obra Los Trabajos y los Días (siglo VIII a.C.) sería la primera y más perfecta de las etapas en el desarrollo humano; el azoth alquímico que algunos alquimistas, como Paracelso, relacionan con una forma de mercurio originaria. Pero la Edad de Oro es mucho más que eso: la soberanía que cada ser humano se concede a sí mismo en la medida en que emprende la búsqueda del oro interior.


Hesíodo, uno de los grandes iniciados de la Cadena Áurea, fue un pastor que, inspirado por el soplo de las musas, hijas de la diosa de la memoria, Mnemósine, compondrá su Teogonía, donde por primera vez en Occidente se profetiza la futura Edad de Hierro donde a los vástagos del siglo XXI nos tocado en suerte construir un hogar. Una parte fundamental de ese espacio terrible que es el Kali Yuga es la ignorancia de aquellos que están arrojados a ella con respecto al tiempo decadente que les ha tocado en suerte vivir.


La relación entre el Jardín del Edén (o Gan Eden) con la Edad de Oro es evidente: lugar cerrado en el que el Pecado, la Caída, resulta inconcebible. Pero sin Infierno es evidente que no hay Paraíso… Es necesario vivir el desarraigo, la expulsión del Lugar Santo, para encaminarse a una búsqueda espiritual. La relación entre Adán y Eva se vuelve mucho más profunda a raíz de la pérdida; Ánima y Ánimus no saben que son complementarios hasta que experimentan de primera mano la amputación de una parte de su ser que los impele a salir en busca de la otra mitad del símbolo.


En el Cantar de los cantares, donde Inanna (más conocida como Ishtar) y Tammuz aparecen representados bajo la apariencia de la Reina de Saba y el Rey Salomón, se recoge la idea hermética de la amada como hortus conclusus que el cristianismo desarrollaría  con la Virgen y el niño. La idea de un huerto cerrado como símbolo de la belleza y la virginidad. Locus amoenus: hogar de los profetas situado en el pasado y no en el futuro, referente a la edad de oro como verdadera utopía.


Más tarde, en el mundo latino, otro gran iniciado de la literatura clásica, como lo fue Virgilio, ahondó en esto: la Naturaleza como orden natural de las cosas, ley previa a que los hombres compongan su soberanía artificial, donde se manifiestan sentimientos más profundos en un paisaje bucólico… Algo que, siglos más tarde, volvemos a encontrar en Thomas Hardy.


No es baladí la cuestión de los afectos y de la Naturaleza; el sentimentalismo, igual que el naturalismo, siempre llegan demasiado tarde, justamente como parodia, cuando no existe operatividad que pueda frenar la deshumanización y la deforestación. Esta crisis de los afectos que sufrimos en la Edad de Hierro en el fondo está derivada de la crisis del espacio. La Modernidad es un espacio invertido que se proyecta en el tiempo. Y la Logia Negra afecta la psicoesfera, al teatro social que acaba filtrándose en la psique individual, envenenando el inconsciente colectivo.


El locus terribilis que es la Modernidad tiene su propio sentido en el viaje psicogeográfico de la humanidad: buscar en la oscuridad como sólo los trovadores del Amor, a la manera de Orfeo, saben hacerlo. El trovador se corresponde con el loco del tarot: es un utópico, en el sentido de la Edad de Oro, que trata de hacer nuevo el origen, de decir la palabra original como si fuera la primera vez, guiado por la fuerza creadora por excelencia: Eros.


El loco es un trovador, un buscador del Vellocino de Oro que se atreve a soñar con esa perla que, inspirada por el amor, transmute la Tierra Baldía en terra incognita. Tanto el locus amoenus como su reverso tenebroso, la Logia Negra, son el espacio más allá de nuestro plano de la realidad por el que se introduce esa variante del loco que es el trovador: lugar de la salvación o el lugar más oscuro en el camino de perdición, la aventura decidirá de qué lado cae la moneda.


En su libro Paranoia y neurosis obsesiva (1913), Sigmund Freud equipara al artista con el loco al punto de que ambas figuras se vuelven inseparables. El Loco es un actor liminar que, frente a otros durmientes que viven postrados ante la escenografía del sueño, se mueve exageradamente en el escenario, conocedor de que la obra de teatro es una ficción, que el plano de la realidad que habitamos en este mundo es una ilusión frente a la verdadera realidad espiritual que late detrás. Para el Loco, nuestra dimensión material, constituida sobre todo por esa cruz que cargamos (el cuerpo), no es otra cosa que una ilusión.


Somos débiles porque ignoramos la realidad metafísica del mundo: vivimos con los ojos bien cerrados hacia lo esencial; otros han dirigido nuestra mirada hacia las quimeras; y es que, hasta que no nos reconocemos crucificados en la materia, clavados a esa madera de la creación que es la madre, la sustancia original, el primer barro de la Creación en cuya putrefacción crecemos ciegamente, no podemos rozar siquiera la posibilidad de una resurrección.


El artista, como el loco (en el original italiano: il matto), puede desplazarse por los terrenos intermedios que le están vedados a la luz pura o a la tiniebla inconsútil: se mueve en ese limes que, en términos esotéricos, denominamos "Umbral", esto es, punto de conexión entre Cielo e Infierno, entre una etapa en el desarrollo de la transformación espiritual y otra, puente que une el Camino de la Vida con el Reino de los Muertos; y nadie ha sabido iluminar la importancia del Umbral como Dante con su descripción del Purgatorio.


Bill, el protagonista de Eyes Wide Shut, lleva anclado un monstruo en su interior: es la imagen de su fantasía reprimida. Eso que Jung llamaría "Sombra". Su Alma, personificada en Alice, ha puesto esa fantasía ante sus ojos, y en el debate entre una imaginatio vera o un camino de ignorancia y ofuscación, Bill no ha sabido optar por la vía heroica. Toda la podredumbre moral de la sociedad no es más que un reflejo de la podredumbre moral del personaje interpretado por Tom Cruise.


La Noche Oscura del Alma no ha convertido a Bill en Teseo; el minotauro ha devorado la perla y la mente del protagonista se ha extraviado en un laberinto con forma de espiral. Tiamat se ha impuesto sobre la figura solar; Python ha vencido a Apolo; y de esta forma el locus terribilis que es Nueva York se desborda hasta ocupar toda la psicoesfera, que por supuesto incluye el Alma de Bill. La arácnida red de la Madre Negra ha triunfado, la madera de la crucifixión no ha germinado en forma de resurrección, por lo que la tarea pendiente de Bill, según nos transmite el iniciado Kubrick, debe realizarla cada espectador en su propio corazón.


Otra imagen precisa de esa tierra baldía, del distópico espacio del locus terribilis, se halla en la película The Most Dangerous Game (1932), donde se llega a pronunciar una cita impactante: "El hombre es el animal más peligroso de todos para matar". Realmente hay pocas imágenes más precisas, desde un punto de vista gnóstico, de la soberanía en el Mundo Moderno que aquella que ofrece este filme basado a su vez en un relato de Richard Connell publicado en 1924, que muestra a un grupo de náufragos, a la manera de el Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe, arribando a una isla caribeña en la que reside el Malvado Zaroff, al que tendrá que enfrentarse otro cazador, Sanger Rainsford, cuya fama se debe a su habilidad para capturar leopardos del Tíbet.


El soberano de la Modernidad, ese Sumo Sacerdote que aparece en Eyes Wide Shut, es en el fondo el Malvado Zaroff. El crea ficciones como el dinero o la ley para generar un marco de caza, las reglas del juego, que puede ignorar para sí mismo al tiempo que lo impone férreamente a sus presas. En palabras de Gilles Deleuze y Félix Guattari: «El déspota es el paranoico» dado que «ya no hay inconveniente en sostener semejante proposición, desde el momento en que uno se desembaraza del familiarismo propio de la concepción de la paranoia en el psicoanálisis y la psiquiatría y se ve en la paranoia un tipo de catexis de formación social».


El estado de dormición al que están sometidos la mayoría de seres humanos, según un punto de vista gnóstico, los reduce al estado de reses; en cambio, esos despiertos, los lobos, que han generado el marco propicio para que la ignorancia cunda en un mundo de tinieblas y sólo ellos, su círculo hermético, puedan manejar el faro de la soberanía en un contexto de sombras, se diviertan perpetrando su caza ritualizada.


¿Y para qué cazan los amos? Muy sencillo: porque necesitan alimentarse. Y, además, porque pueden cazar impunemente. No en vano la heráldica romana está alimentada por la imagen del lobo: matar o ser matado, ser Rómulo o Remo, esa es la filosofía del Imperio, el trasfondo metapolítico del cesarismo romano que subyace al Capital.


Esa frase de Epicteto tan repetida que invita al autoconocimiento, refulge en este punto de vista gnóstico acerca de la condición humana: "La mayor victoria es conquistarte a ti mismo". El fin de la alquimia, como ya hemos dicho, es transmutar la podredumbre en oro; iluminar las tinieblas interiores; y para ello se hace necesario imitar a Jasón y sus argonautas, versión arcaica de los modernos caballeros del rey Arturo en su búsqueda del Grial, tratando de hallar nada menos que el Vellocino de Oro, un objeto milagroso que no alude sino al espíritu interior que los dormidos desconocen.


Según un punto de vista gnóstico no hay diferencia entre entender y conocer, de forma que podemos equiparar el dominio de sí a la soberanía práctica. Ese debe ser el reto de la voluntad, el más valiente desafío del espíritu, que nos lleve a vivir despiertos en una realidad que es pura ilusión.


La única alternativa viable al locus terribilis, pareciera decirnos Kubrick, es volver a reencantar el mundo; o si se prefiere, hacer habitable este espacio de terror por medio de una utopía heroica: hacer la pregunta necesaria para hallar ese Grial extraviado que todos portamos en nuestro interior; y esa búsqueda que pretende hacer lo sacro en un sentido distinto de lo sacrificial, eso que Bill no puede realizar por el peso de su propia impotencia, y que Alice tampoco sabe inspirar, tan yerma como ha quedado por una materia en la que no florece espíritu ninguno, puesto que su arquetipo es más el de la Diosa Negra que el de la Sophia de los gnósticos, quedará fuera de plano para siempre... Hasta que algún héroe comience a realizar una tarea sagrada que nadie más puede hacer por él: renovar la Tierra Baldía.


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