jueves, 5 de febrero de 2026
Juego de espejos. Por Guillermo Mas Arellano
Juego de espejos:
Baile de máscaras. Por Guillermo Mas Arellano
Baile de máscaras:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (III)
Acerca de la más que posible relación entre Epstein y el Servicio Secreto israelí, el Mossad, por medio de un lobby judío llamado The Mega Group (del que Robert Maxwell, padre de Ghislaine, fue miembro) en una colaboración para extorsionar a políticos de la talla de Bill y Hillary Clinton —que se sabe con certeza que viajaron hasta una treintena de veces entre los dos a bordo del “Lolita Express”, el avión privado de Epstein donde supuestamente se celebraban orgías con menores de edad— o el propio Donald Trump mediante el uso de “trampas de miel” o cebos sexuales para gente poderosa. Esta tesis explicaría la relación entre Epstein y el que fuera su abogado, el célebre —por el caso de OJ Simpson, entre otros— Alan Dershowitz, bien conectado con lobbys proderechos de los judíos. También aclararía la razón de sus contactos con el ex-primer ministro israelí Ehud Barak, que habría entrenado a Epstein en el Mossad.
Escribe el ex-agente de la CIA Philip Girardi: “El vínculo de Epstein con el servicio de inteligencia israelí podría, plausiblemente, rastrearse en sus conexiones con Ghislaine Maxwell, quien -según se informó- le proporcionaba a las jóvenes chicas. Ghislaine es hija de Robert Maxwell, quien murió -probablemente, asesinado- en misteriosas circunstancias en 1991. Maxwell era un empresario británico de origen judío, marcadamente cosmopolita (como Epstein), un controvertido multimillonario con lo que podría calificarse de vínculos recurrentes con el Mossad. Tras su extraña muerte, Maxwell fue obsequiado un funeral de Estado por parte de Israel, evento del cual tomaron parte seis titulares del servicio de espionaje de Tel Aviv, mientras el primer ministro Yitzhak Shamir lanzaba loas: ‘Él ha hecho más por Israel de lo que hoy podría revelarse’”.
En palabras de Bill Gates al The Wall Street Journal, “No tuve ninguna relación de negocios o amistad con Epstein”; lo que contrastaba con las pruebas del The New York Times, que titulaba poco después: “Bill Gates se reunió repetidamente con Jeffrey Epstein”; y mostraba como Gates había volado junto a Epstein en su avión privado “Lolita Express” en varias ocasiones. Y no sólo eso, además de varias cenas “hasta bien entrada la noche” habría que añadir, como se puede leer en el excelente “Informe Corbett”, que “un nuevo informe describe las conversaciones con Gates y Epstein y una conexión con la Fundación de Bill y Melinda Gates. Una conexión entre su fundación y JPMorgan Chase para crear un fondo de caridad en beneficio de Epstein”.
Se trataba de la “Global Health Investment Fund”, una empresa puntero en el desarrollo de información. De nuevo en el “Informe Corbett”: “Joi Ito, director del Media Lab del MIT, renunció a su cargo después de que se descubriera que había ayudado a encubrir la identidad de Jeffrey Epstein como donante “anónimo” del laboratorio, informando a su personal de que una donación de 2 millones de dólares al laboratorio en 2014 que eran un regalo de Bill Gates dirigido por Jeffrey Epstein”. The Wall Street Journal añadió que “Melinda Gates tenía preocupaciones sobre la relación de su marido con Epstein ya en 2013, cuando le planteó un ultimátum a su Bill Gates. Después de que él no cumpliera, ella se reunió con abogados de divorcio en 2019, diciendo en ese momento que su matrimonio estaba irremediablemente roto”. Esta reunión con los abogados coincidió en el tiempo con el informe de The New York Times sobre la amistad Gates-Epstein. No parece una simple cuestión de desamor, como muchos medios han querido hacer ver.
Según la portavoz oficial de Gates, Brigit Arnold, el motivo de las reuniones entre Gates y Epstein fue —no se lo pierdan—: la filantropía. Como lo oyen: un eugenista declarado y un pedófilo condenado tratando de ayudar al mundo con sus millones. Sin duda, estas informaciones hicieron mella en la relación, al punto de que en 2020 la pareja no asistió al “Foro Económico Mundial de Davos”, la Meca anual del globalismo, y poco después Gates dimitiría de sus cargos en su buque-insignia económico, la compañía “Microsoft”.
La conexión Gates-Epstein apunta a dos nombres: 1) La neurólogo Melanie Walker, una trabajadora de la “Fundación Bill y Melinda Gates” desde 2006, pero cuyo anterior trabajo fue el de asesorar de Jeffrey Epstein desde 1992, al que conoció cuando Epstein trabajaba de forma muy estrecha con Lex Wexner en Victoria Secret; 2) El físico Boris Nikolic, asesor científico de Gates, que fue el encargado de ejecutar el testamento de Epstein tras su "suicidio" en la cárcel después del descubrimiento de su red millonaria de pederastas que incluía a importantes políticos y otras gentes de relevancia social. Nikolic renunció a ejecutar su labor de albacea testamentario.
Trampas de Miel. Por Guillermo Mas Arellano
Trampas de Miel:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (II)
Espera, espera... Sé lo que estás pensando: ¿suicidado en la celda? ¿igual que Epstein? ¿no es una coincidencia un poco extraña teniendo en cuenta que los dos ocupaban un papel similar en el mecanismo de las élites? No en vano Saturno termina devorando siempre a sus hijos. Tanto los conseguidores como los denunciadores, los Ward y Epstein o los Pasolini y Kubrick, terminan consumidos por un Sistema que vive del consumo de todo tipo de productos... Incluyendo los seres humanos.
Y por eso la lista de Epstein nunca será pública. Por eso el encuentro con Bustamante en Cadíz no llegó a producirse jamás. En su lugar, el trauma, la pérdida, la crucifixión del mesías, de una Segunda Venida... Que al posponer el sacrificio final lo convierte en un espectáculo ritualizado, generando un egregor jugoso.
Otra conexión fundamental entre el Caso Profumo y la película de Kubrick es un nombre: Mandy. En el filme, Amanda Curran, más conocida como Mandy, es la chica que salva a Bill, el personaje interpretado por Cruise, de la muerte, aceptando morir sacrificada en su lugar como víctima propiciatoria. En la vida real, se trata de Mandy Rice-Davies, amante del Príncipe Felipe y de Lord Astor, además de íntima amiga de Christine Keeler, protagonista del Caso Profumo y amante no solo del ministro, sino también de un espía soviético llamado Yevgeny Ivanov.
Todo ello vuelve a estar ante nuestros ojos, cada vez más cerrados, con un nuevo caso: el de Jeffrey Epstein. ¿Resulta casual que uno de los principales investigadores del Caso Epstein, el periodista Larry Celona, asesorara directamente a Stanley Kubrick al punto de que su nombre aparece en un periódico que lee Bill, el personaje interpretado por Tom Cruise, hacia el final de la película? Lo dudo: en las películas de Kubrick, como es sabido, hay muy poco espacio dejado al azar. Pero tampoco debe resultarnos casual esta utilización del Caso Epstein en nuestros días: nuestra mirada está siendo dirigida para que no veamos la verdadera realidad del caso.
Otro nexo curioso entre el Caso Profumo y el Caso Epstein, entre Kubrick y Trump, es el detective privado Thomas Corbally, socio del director del FBI, J. Edgar Hoover y del principal maestro iniciático de Trump, el abogado Roy Cohn (véase nuestro programa sobre el IV Reich), además de primera persona en mencionar públicamente la relación del Príncipe Felipe, esposo de Isabel II, con las dos chicas del Caso Profumo: Christine Keeler y sobre todo Mandy Rice-Davies.
Fue probablemente Ward el que puso en contacto a Keeler con el espía soviético Ivanov... Porque ese era, en resumidas cuentas, su trabajo: presentar chicas a hombres influyentes. Algo que, una vez más, nos recuerda a Epstein. Pero, ¿Dónde se produjo ese encuentro entre el espía y la corista? Si el romance entre el ministro Profumo y Keeler empezó en la mansión de Lord Astor, el punto de partida de la relación con Ivanov fue nada menos que un piso a nombre de Corbally. De hecho, es muy posible que Ward, finalmente sacrificado en la cárcel, fuera un títere manejado por Corbally (miembro de la OSS, la organización que precedió a la CIA), el verdadero hombre del Deep State, un poco como ocurrió con Epstein y su mujer, Ghislaine Maxwell.
Thomas Corbally fue, por lo tanto, amigo y colaborador de tres figuras centrales en este caso: Roy Cohn, Stephen Ward y... Por supuesto, Donald Trump. Además de esto, Corbally se relacionó de forma muy estrecha con Heidi Fleiss, más conocida como la Madame de Hollywood, la más célebre proxeneta de los tiempos modernos en la ciudad de las estrellas. Una vez más, Corbally utilizó a Fleiss, como antes hizo con Ward, para tender "trampas de miel" a actores tan famosos como Charlie Sheen, para después vender esa información al mejor postor: ya fuesen grandes multinacionales, como productoras cinematográficas interesadas en aprovecharse de las celebridades, ya fuesen servicios secretos necesitados de "información sensible" para utilizarla en su provecho. Como Cohn y Hoover, Corbally fue un chantajista profesional que fundamentó su relación con el Poder en la recopilación de información.
Corbally, que hasta la Segunda Guerra Mundial había sido poco más que un chantajista de poca monta y un detective privado empleado en la empresa fundada por su abuelo (del mismo nombre), pronto se interesó por la política: se relacionó con America First y con el Comité Clayton Knight. Igual que ocurriera con la ya citada Sociedad de los Peregrinos, de la que Cohn era miembro como seguramente lo es también Donald Trump, el Comité Clayton Knight tenía su sede en el célebre Hotel Waldorf Astoria (en Park Avenue, Nueva York) fundado por William Waldorf Astor en 1893. Recordemos que uno de los reconocidos clientes de Corbally, sea por la vía indirecta de Ward o por otra, fue John Jacob Astor.
Con apenas 23 años, Corbally pasó de ser un desconocido a, en cuestión de meses, el primer director de la OSS (pronto reconvertida en CIA) en la Alemania ocupada tras la IIGM. Esto permite ligar a Corbally con dos operaciones clave que permiten entender por qué el III Reich debió de perecer para mejor alumbrar un IV Reich: la Operación Paperclip, a través de la captación de figuras como Nikolaus "Klaus" Barbie, y la Operación GLADIO, que desarrolló en Europa redes patrióticas similares a las que ya estaban en marcha en los EEUU gracias a movimientos como el America First del que Corbally formaba parte. No es casualidad que el Caso Profumo aconteciera precisamente cuando Corbally vivía (y operaba) en Londres.
De ideología eminentemente conservadora, como Cohn, Hoover y por supuesto Trump, Corbally detestaba a los Kennedy (de hecho, Corbally trató de tender una "trampa de miel" a Jack utilizando como cebo a la actriz Nancy Czar, expareja nada menos que de Elvis Presley)... Justo al contrario que Kubrick: recordemos que, tras el asesinato de JFK en 1963 y la aparición de Dr. Strangelove (1964) y antes Lolita (1962) el cineasta neoyorkino abandonaría para siempre los EEUU, trasladándose, hasta el final de sus días, a una reservada mansión en Gran Bretaña que siempre gozó de enormes medidas de seguridad. En otras palabras: Kubrick asumió que si sus enemigos, esa Logia Negra de la que hablaría David Lynch, podían matar al Presidente de los EEUU, todos estábamos en peligro, como ya había advertido Pasolini. Y, de nuevo, ni Pasolini ni Kubrick se equivocaban.
El rostro del Poder. Por Guillermo Mas Arellano
El rostro del Poder:
Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (I)
Según la cosmovisión gnóstica, expuesta en nuestro último libro Hijos de la Sabiduría, todo aquel que no abreva del Árbol del Conocimiento se encuentra en un estado de dormición, atrapado en esa ilusión a la que los antiguos orientales llamaban "Maya". Aquellos que todavía hoy se muestran escépticos ante la evidencia de que el trasfondo siniestro que se mueve tras ese baile de máscaras que es la actualidad, un teatro de mala calidad agitado a conveniencia del Poder-Religión, se encuentra perfectamente expuesto en la película Eyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick, participan de ese bendito sueño de los durmientes que viven atrapados en una matriz artificial de sombras.
Y parte de ese estado, el de la dormición, consiste precisamente en que el sujeto que es presa de la ilusión, el iluso espectador de un teatro de sombras, se considere a sí mismo como despierto. La transformación del Caso Epstein en un espectáculo, con la espera interminable para que una lista que es pura especulación acabe por publicarse, provocando con ello un terremoto mediático de altísima magnitud, forma parte de esto: es su banalización, la comercialización del disidente "virtual" que consume vídeos de Youtube en los que supuestos informadores alternativos se recrean en la vacuidad de la información sin añadir una sola línea de conocimiento al asunto de marras. El egregor informativo de la Logia Negra, ensayado en el período 2020-23, fomenta la efervescencia de nuestras más bajas pasiones y, muy especialmente, del morbo como mecanismo deshumanizador.
El objetivo es ampliar el efecto de sus ritos, echando los restos del festín a la plebe a través de los medios de vulgarización. Y, por supuesto, acostumbrarnos a cierto tipo de retórica cuyo fin principal es normalizar los ritos del Poder-Religión ante los ojos bien cerrados del pueblo profano en esta Aldea Global de infinita (además de virtual) estupidez.
La muerte de Kubrick, como antes la de Pier Paolo Pasolini, forma parte del mismo mecanismo traumatizador que denuncia. Es, como la desaparición (¿voluntaria?) de Pedro Bustamante, el shock final de una investigación profunda sobre los distintos círculos infernales en los que se interna todo aquel que entra en contacto con el Poder-Religión. Lo que expone Pasolini en Saló o los 120 Días de Sodoma (1975) se corresponde casi perfectamente con aquello de lo que habla Kubrick en su película póstuma. Estamos hablando de los mecanismos reales con los que opera eso que los norteamericanos han dado en llamar "la élite" para pastorear a la sociedad. Eso que Georges Bataille denominaría "la parte maldita" y en cuyo estadio final están los rituales de sangre (véase: adrenocromo), el sacrificio ritual (véase: Moloch/Baal), el infanticidio y hasta la coprofagia.
Para Bataille, el discípulo más radical de Friedrich Nietzsche y el Marqués de Sade, "lo sagrado es lo contrario de la sustancia". Lo sagrado es lo que encontramos al ahondar en nuestro propio vacío; y, sobre todo, en esa salida de sí que es el éxtasis, lugar al que por naturaleza se encamina el místico: un foco de luz inaccesible e incomunicable. Todo aquello que Kubrick, por necesidad, deja fuera de su película, y que otros cineastas mucho menos talentosos, como es el caso de A Serbian Film (2010), han tratado de explorar condenándose al inevitable fracaso. Porque ese tipo de rituales, tal y como señala Bataille, acontecen en "una penumbra ardiente, sutilmente privada de sentido". Lo interesante de Eyes Wide Shut es que Bill, el personaje protagonista, apenas si accede a los primeros círculos de esa "parte maldita" que supone la iniciación en el Poder-Religión.
En más de un aspecto, podemos considerar que el proyecto artístico de Stanley Kubrick corre paralelo al de Thomas Pynchon. Ambos son autores de fuerte influencia rosacruz, que camuflan de nociones junguianas. Y además tratan de capturar, por la cinematografía lo mismo que, y por la literatura, las principales corrientes subterráneas que recorren la Modernidad; y lo mismo se puede decir de Bataille, ese teólogo de la inversión: particularmente en La noción de gasto (1933) y sobre todo en La parte maldita (1949) el francés se demuestra como aventajado discípulo de La Fenomenología del Espíritu (1807), de Georg Wilhelm Friedrich Hegel —ese gnóstico revestido de dialéctico— en lo que constituye el único intento en la tan mística, fragmentaria, visceral y finalmente nietzscheana obra de Bataille por explicar sistemáticamente el mundo.
Bataille y Kubrick anuncian una vieja verdad gnóstica: que el mundo material tiene un rostro aberrante. Pero en ellos el aspecto ritual está mucho más presente que en otros gnósticos de la Modernidad como Howard Phillips Lovecraft, Emil Cioran, Philip K. Dick, Gilles Deleuze o William Burroughs; en el pensador francés o en el pensador neoyorquino hay una profunda comprensión del potlacht derivado de la muerte de Dios... Que se dirige hacia la deificación de lo superhumano, asesinando al ser humano en un altar sacrificial. Aquello que Carl Gustav Jung, otro eminente gnóstico del siglo XX, percibió como Sombra de la civilización posterior al Plan Marshall, consagrada a la carrera espacial al tiempo que abocada al desastre nuclear, Bataille lo expone como una ritualística que funde animalidad y posthumanidad... Ante los ojos bien cerrados del profano.
Sin duda, Kubrick se inspiró en ejemplos reales: la Sociedad de la Niebla de la que formó parte François Rabelais (1494-1553), el padre de esa Abadía de Thélema recreada en pleno siglo XX por Aleister Crowley (véase Cefalú, Sicilia), el Hellfire Club fundado en Londres en 1718, justo un año después de que las cuatro grandes logias masónicas de Londres se unificaran, por los masones Philip Wharton y Francis Dashwood, así como el Caso Profumo, del año 1963, que desveló las relaciones ilícitas del entonces ministro de la guerra, John Profumo (casado con la actriz Valerie Hobson), con la joven corista Christine Keeler, que desencadenó una crisis política en el Parlamento Británico. El origen del Caso Profumo se haya en una fiesta, inspirada en las del Hellfire Club, que tuvo lugar en la mansión de Lord Astor ubicada en Cliveden (condado de Buckinghamshire). Podemos afirmar que las fiestas de familias tan influyentes como los Astor o los Rothschild jugaron el mismo papel, para Kubrick, que la República de Saló para Pasolini.
Cabe recordad que los Astor, mucho menos citados que los Rothschild pero casi tan influyentes, fundaron la Sociedad de los Peregrinos de la que probablemente Donald Trump forma parte, como ya explicamos aquí. La presencia de los Astor aquí nos puede mostrar que, por un lado, los Hellfire Club siguen más vivos que nunca, mientras que, por otro lado, la conexión entre servicios secretos como la CIA y el Mossad, a través de las célebres "trampas de miel" y este tipo de fiestas a las que acuden celebridades mediáticas o influyentes cargos políticos, no son casuales. En ese sentido, debemos recordar que Vincent Astor fue tan crucial como Nelson Rockefeller y Allen Dulles en la fundación de la CIA (antes OSS) o del Council on Foreign Relations (CFR) tras la IIGM.
Si el Caso Epstein está siendo utilizado en estos momentos para "encauzar" el segundo mandato de Donald Trump acorde a los intereses de Israel (recordemos que tanto Ghislaine Maxwell, esposa y cómplice de Epstein, como el padre de ella, Iain Robert Maxwell, que también fue miembro del lobby sionista conocido como The Mega Group, son agentes del Mossad), en su momento el Caso Profumo fue utilizado para derribar el gobierno conservador de Harold Macmillan. Mismos procedimientos, mismos responsables.
Una figura clave que se suele dejar fuera del Caso Profumo, pero que sin duda Kubrick conocía por su conocido interés por el Deep State (véase el filme Dr. Strangelove), es el espía británico Stephen Ward. Figura cercana tanto al MI6 como a la realeza británica, Ward fue el principal responsable de tender la "trampa de miel" a Profumo en la fiesta de los Astor, igual que Epstein se la tendía a Clinton o a Trump en su avión privado y en su macabra isla. En los años 60 Ward ya era un destacado organizador de fiestas sado-masoquistas donde participaban las principales figuras de la élite británica: políticos, actores (David Niven o Peter Ustinov), incluso miembros de la realeza, como el Príncipe Felipe, duque de Edimburgo, y esposo de la reina Isabel II.
De hecho, el fotógrafo oficial de la corte real, Henry Sterling Nahum, era el organizador de unas fiestas encuadradas bajo el rótulo de El Club de los Jueves, en las que casi nunca faltaba el Príncipe Felipe, consorte de la Reina Isabel II. Otra figura relevante era Michael Parker, secretario del Príncipe hasta que se vio obligado a dimitir por un escándalo de adulterio, que aparentemente funcionaba como el conseguidor de las chicas.
En ese Club de los Jueves lo principal era la comida. Esto es muy pasoliniano, ¿verdad? Los almuerzos acontecidos en el restaurante Wheeler del Soho se alargaban a hasta altas horas... Ofreciendo un menú tan variado como a la postre selecto. Tras la dimisión de Parker, Ward, cuya tapadera era la de un dibujante frustrado, pareció tomar el relevo a la hora de conseguir a las víctimas propiciatorias: al menos clientes tan relevantes como Winston Churchill o Frank Sinatra disfrutaron sin queja aparente de sus servicios en dichas lides... Al menos hasta que Ward, acusado públicamente de proxeneta tras la divulgación del Caso Profumo apareció suicidado en su celda dos días antes de declarar en 1963.
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