jueves, 5 de febrero de 2026

Juego de espejos. Por Guillermo Mas Arellano

 

Juego de espejos:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (IV)

 


Por Guillermo Mas Arellano

Como es bien conocido, el término griego "Gnosis" es habitualmente traducido como "Conocimiento" y es asociado a un grupo mistérico aparecido por vez primera en los registros históricos convencionales en torno al siglo II d.C. Pensamiento presocrático, platonismo y neoplatonismo, cristianismo y herejía, todo ello sintetizado en una amalgama que dista mucho de asemejarse al moderno sincretismo de la New Age. Si hay una Gnosis operativa en el siglo XX, más allá de en la obra de autores como Carl Gustav Jung o Philip K. Dick, es sobre todo a través del cine; y más concretamente, en la obra de grandes maestros como David Lynch o, antes que él, Stanley Kubrick.

En su deslumbrante novela Parpadeo (Flicker), el teórico de la contracultura Theodore Roszak presenta el cine como un arte gnóstico cuyo contenido esotérico sólo está al alcance de unos pocos, a pesar de que su argumento exotérico está a la vista de cualquiera que se proponga disfrutar de una película. Si al principio del poema escrito por ese gnóstico que fue, en tanto que Fiel de Amor, Dante Alighieri este nos dice “A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado”, otro tanto puede afirmar el protagonista de la cinta de Stanley Kubrick, el doctor William Harford (Tom Cruise), que aparece representado como un yuppie casado con una barbie que, juntos, viven felices en la capital mundial del Imperio que domina el mundo.

Todos hemos sido arrojados a ese exilio perpetuo al que llamamos "existencia". Esa es nuestra senda oscura, un camino que puede mutar en Vía de la Vida, si nos encaminamos hacia la Luz, o en Vía de la Muerte, si en su lugar nos extraviamos en la Sombra. Todo en nuestro mundo conspira para que la Logia Negra imponga su voluntad: es el triunfo de la Iglesia sobre la Gnosis, la aniquilación de los albigenses a manos del dogmatismo y del Renacimiento por culpa de la Reforma. Otro tanto ocurre en nuestros días, en los que una enfermedad terrible agita la psicoesfera hasta malograr cualquier tentativa de ascensión desde el grado material de la física hasta el plano astral de la metafísica. Así, la Sabiduría mistérica de Egipto y Grecia se halla monopolizada en manos de una oligarquía de lo sutil que adora lo bajo en vez de lo alto y que, por ende, sirve a la contrainiciación en vez de al Misterio.

El camino de la Gnosis no es, contra lo que pueda parecer, un camino intelectual, teórico o conceptual; en su lugar, se trata de una senda del padecimiento: en griego "pathein" y "pathos", el contacto con lo físico, como ese niño que se arranca una espina de la planta del pie, como vía para ascender hasta el plano superior del ser a partir de un "locus" que es perfectamente material. Toda la información que el Sistema pone a nuestro alcance es justamente para extraviarnos, para que nunca lleguemos a alcanzar una Sabiduría que emana primeramente de nuestra realidad más próxima; y eso incluye todo lo relativo al caso Epstein y las supuestas revelaciones por parte de falsos disidentes.


Según Miguel Naveros, autor de La ciudad del sol, una ficción puede ser cervantina o shakesperiana atendiendo al estrato social de sus protagonistas: nobles o plebeyos; ricos o pobres. Eyes Wide Shut, qué duda cabe, es de las segundas puesto que trata sobre hombres de dinero (de poder): la burguesía y sus vicios es una constante. De hecho, el tema del filme es la fantasía. Todos los coqueteos y las riadas de deseo de Harford son puras fantasías sin consumar. Y al final de la película Alice (Nicole Kidman), su mujer, le dice: “para siempre no”, ante la propuesta de él de un amor eterno porque esa es la gran fantasía sin parangón.

Desde un punto de vista hermético, esto es, deudor de las enseñanzas de Hermes Trismegisto (trasunto griego del egipcio Thot), la fantasía sirve bien para enseñarnos los mundos superiores de la realidad que en principio no podemos conocer desde nuestra limitada percepción subjetiva de lo real, bien para perdernos en irrealidades que jamás llegarán a operar sobre el tejido de imágenes en el que vivimos atrapados. Por eso hay que distinguir una imaginatio vera, que es operativa desde el punto de vista mágico, del estado de dormición en el que se encuentran atrapados en el sueño que otros han trabado para tenerlos bajo control. Sobra decir que en este mundo de Espectáculo y de Simulacro el grado de extravío de buena parte de los durmientes no tiene parangón en la Historia: ni siquiera en tiempos de cerril dogmatismo religioso o de analfabetismo generalizado las posibilidades de dominio por parte del Imperio eran tan enormes.

En Eyes Wide Shut (1999) esto resulta evidente. Hay tres temas centrales en el cine de Stanley Kubrick: la violencia, el sexo y el dinero. Es decir, eso que Pedro Bustamante llama el Poder-Religión. Hieros gamos, por un lado, y ficción hollycapitalista, por otro, que diríamos. El trauma como gran elemento de pastoreo en esta auténtica granja humana globalizada en la que estamos instalados desde por lo menos el fin de la IIGM. La película consta de tres actos bien definidos: hasta el velatorio, hasta que Bill es expulsado de la orgía y hasta la escena final de la tienda. En el punto crucial Bill ha salido despechado a buscar la forma de saciar su angustia marital y… encuentra a Nightingale que le cuenta una historia con todos los elementos que necesita: misterio, sexo y altura social.

La película empieza con una escena doméstica donde el matrimonio se prepara para salir. Vemos típicos tics del matrimonio, pequeñas rencillas, antes de que empiece la traición. En la presentación del húngaro Szandor se nos muestra su estrategia de seducción —extraída de Ovidio, como enunciará después el propio personaje—: me bebo la copa de otra persona y me follo a la mujer de otro hombre. También se establece una relación directa entre el secreto del principio (sobredosis) y el posterior (orgía), que el personaje de Cruise debe de mantener en silencio. La venda en los ojos del pianista, el silencio de Bill, son elementos fundamentales de algo que Kubrick anuncia una y otra vez: la vulneración del secreto iniciático y el precio a pagar por ello. A la luz de su muerte, que apenas si encubre un asesinato, queda bastante claro que el iniciado Stanley sabía muy bien lo que estaba haciendo y lo que eso iba a desencadenar.

Bill, el personaje interpretado por Cruise, es un perfecto hombre exitoso de su época: un fanático materialista entregado al consumo, un tipo que lo compra todo, incluido a su mujer, que puede ser una Sophia caída en la materia lo mismo que un súcubo encargado de destruir las posibilidades de ascensión espiritual de su marido. De hecho, ella se llama Alice y la vemos claramente ante el espejo —es más: en una escena abre la puerta del espejo y descubre varias baldas que contienen ansiolíticos y marihuana—, una referencia evidente a la novela de Lewis Carroll. De hecho, la película gira en torno a una fantasía suya.

Por su parte Alice, el personaje interpretado por Nicole Kidman, acudirá a las drogas una vez se haya disipado el efecto del alcohol, lo que muestra una necesidad de paliar la ansiedad existencial de quién vive instalada en una realidad burguesa angustiante. Su caso es como una mujer vienesa —las transparencias del camisón de Alice remiten a las transparencias de su alma— de la época de Freud: incomprendida y sexualmente insatisfecha, usa la marihuana como estimulante. Su marido solo es el soporte económico, pero nada más. La incomunicación de la pareja se manifiesta en la incapacidad de transmitir un mensaje límpido por parte de ambos, lo que se hace explícito en varios momentos: “es un poco difícil hablar en este momento”. El personaje de Nicole Kidman se quita las gafas para fantasear y más adelante la vemos mirarle a él con deseo teniendo las gafas puestas: son un símbolo del control que tiene ella en la relación y, por eso, las lleva puestas en la escena final donde es ella quien toma la determinación en nombre de ambos.

Sin duda alguna, Eyes Wide Shut es una de las películas más herméticas y complejas de la Historia del Cine. En la escena inicial asistimos a cómo ambos protagonistas se están poniendo la máscara social: fingen ser un matrimonio idílico, exitoso, joven y atractivo cuando enseguida descubrimos que ella es un mero objeto de deseo que, en realidad, está insatisfecho porque su marido ni siquiera la mira el peinado o distingue su apariencia de la del día anterior: “siempre estás preciosa”. De vuelta de la fiesta, más adelante, cuando ambos se miran —cada uno a sí mismo— en el espejo, él trata de estimularla con besos en el cuello y un sutil masaje en la nuca con las yemas de los dedos, pero ella parece distraída. ¿No está ensimismada, atrapada en una fantasía que le permite salir de su propio vacío existencial? El suyo es el estado habitual del durmiente, incluso de aquel que es controlado mentalmente.

Los colores son un componente esencial en la película: el blanco y el negro que están en las chaquetas de Bill y Nick o en la ropa interior de Alice y Bill; el rojo —color que representa la sangre vertida en todo sacrificio— se encuentra en la fiesta, en el bar, en las luces, en la orgía, en la tienda navideña, en la escena final; el azul se encuentra en las escenas oníricas y en la cama matrimonial: lugar que simboliza la unión de ambos; las tres mujeres pelirrojas (más Nicole Kidman y una paciente que aparece de forma fugaz al principio de la película) nos hacen dudar sobre quién es la mujer de la fiesta: hay constantes duplicidades espejos, dobles y demás doppelgängers en la película. Cuando se mezclan el rojo y el azul en la misma escena, crece la confusión.

Todas las mujeres aparecidas en el filme, empezando por Alice o Mandy, representan el mismo eterno femenino cuya encarnación particular y sus detalles poco importan al personaje de Cruise que persigue una única forma del deseo; y no sólo eso, sino que todas las mujeres son intercambiables porque encarnan las mismas proporciones idénticas y un único canon estético cimentado por el mundo de la moda. La proposición final de Kidman solo es una invitación a consumar (y, con ello, a poner fin) a esa búsqueda agotadora. La esencia del matrimonio —desde el sentido etimológico de la palabra— en sus dos vertientes: la mujer que quiere “domar” al seductor y engendrar hijos; el marido que fluctúa entre ser esclavo de su deseo o verse arrastrado a la anodina vida de casado. Esa duplicidad de colores rojo-azul refuerza la dualidad de dos formas de entender el sexo: la masculina y la femenina; así como dos pulsiones que mueven la vida: el sexo/dinero y la muerte.

La erótica es constante de forma explícita; pero también de forma implícita: vemos una escena de sexo en la calle y, sobre todo, como esa escena atormenta las imágenes que Cruise proyecta de su mujer con un militar: una fantasía de ella que él ha pasado a asumir de forma masoquista. Además, se sugiere que la camarera que indica el hotel del pianista lo conoce porque ha tenido sexo allí con él… ¿De qué lo iba a conocer en caso contrario? En el velatorio la mujer dice: “Es demasiado irreal”... Y esa es una de tantas ironías colocadas por Kubrick (tan irónico como lo eran Pasolini o Lynch) en la película, así como una advertencia, compartida por la propia dupla protagonista, sobre la realidad de lo que estamos viendo en pantalla después del consumo del porro al poco de empezar la película.

El espejo representa la dualidad, lo otro. Un escritor asexual a la manera de Henry James, como lo fue Jorge Luis Borges, dejó escrito en su fascinante relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius que “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. La asociación de la cópula con los espejos es muy acertada por Borges por el juego de dos cuerpos que se vuelven uno así como por la capacidad multiplicadora de placer que tiene el espejo a ojos de unos amantes que se ven aumentados por él. Ese simbolismo constante que tiene el efecto de desconcertar al espectador medio va unido a la épica de un viaje tan dantesco como homérico, puesto que es un viaje que culmina con un nostos o vuelta al hogar, con el sexo como símbolo de reconciliación de lo que estaba separado precisamente a causa del deseo. También Odiseo flirtea y hasta cópula durante décadas con las diosas (véase: Calipso) durante su viaje antes de regresar a Ítaca donde le aguarda la paciente Penélope.

El apellido del pianista, Nightingale, incluye la palabra noche: night. También hace referencia al ruiseñor, un pájaro que canta cuando el sol se ha marchado. Es el Virgilio del descenso a los infiernos, el iniciador. El pianista toca con los ojos vendados, como en una iniciación masónica aparece el miembro profano que está a punto de ingresar en la logia, porque a pesar de que todo el mundo lleva máscaras, no está preparado para ver, es decir, para convertirse él mismo en visión; y aún en el caso de que viera sólo podría percibir información, nunca un verdadero conocimiento (en este caso contrainiciático) del ritual que está contemplando.

Romper ese tabú así como el secreto que debería guardar con celo es lo que requerirá un sacrificio en Cruise, que finalmente será pagado con la vida de Mandy, la pelirroja de identidad equívoca. En un momento de la película, Pollack dice: ”La vida sigue, siempre lo hace, hasta que deja de hacerlo”: de nuevo, Eros y Thanatos, una constante en la película que nos lleva a recordar que la novela de Arthur Schnitzler en la que se basa está muy influenciada (y a la vez influenció) por las teorías de Sigmund Freud, ese maestro de ceremonias de la última Modernidad, relativas al sexo y a la muerte como las dos principales pulsiones de la vida humana.

En el filme menciona el arcoíris, una clara referencia a El Mago de Oz, en varias ocasiones. Además, es el nombre de la tienda de disfraces. Las modelos del principio dicen que van a llevar a Bill hacia “el final del arcoíris”. Más tarde él irá a la orgía tras pasar literalmente por el arcoíris: la tienda de disfraces. Además de las distintas mujeres adultas y muy atractivas de cabello rojizo, encontramos a dos menores de edad también pelirrojas: la hija de los protagonistas y la hija del dueño de los disfraces. Se puede entender como parte del ciclo vital al que están condenadas las mujeres en el Mundo Moderno en cuanto que objetos de deseo del imaginario masculino. Ellas, las nínfulas nabokovianas, no son más que comida en el banquete del Poder-Religión. Es el sacrificio de la mujer, sobre todo de su vientre materno, en el altar de un sistema consumista que apenas si encubre el verdadero mecanismo sacrificial.

Todos los personajes de la película están atrapados por el dinero: el caso más evidente, las putas. Tom Cruise está por debajo de los muy ricos pero por encima de la estudiante que se prostituye: es un elemento del género negro que conecta el arrabal, el suburbio, con el barrio residencial, pasando por toda una gama de lugares intermedios. Nicole Kidman es ama de casa, ¿la mayor forma de prostitución? Habría que responder que sí dado que Alice conoce perfectamente donde está la cartera de Bill. En una escena, ella hace los deberes con su hija, a la que enseña cómo calcular qué niño tiene más dinero… Hablemos de la niña Helena ahora: en la tienda, la pequeña pasa al lado de unos juguetes llamados “el círculo mágico” que hacen referencia al círculo donde Bill es juzgado, le muestra una barbie —¿ironía?— y juega con un carrito de bebé idéntico al de La semilla del diablo.

A la pequeña Helena la vemos corretear por la juguetería, presa del consumismo, pidiendo constantemente regalos a sus padres casi en cada línea de diálogo que tiene. De hecho, le pide a su padre un perro, una barbie y un cochecito de bebé —por cierto que en la puerta de la casa de la puta hay uno—: el pack completo del estilo de vida burgués si sumamos la casa de muñecas. También vemos como Alice, su madre, la peina con cuidado después de haber recriminado a su marido no fijarse en su peinado: eso nos alerta de que puede seguir los pasos de su madre o bien, con la referencia final del tigre, de la prostituta que estudia sociología. Cuando Alice está envolviendo un libro de arte sobre Van Gogh para Bill, le dice a su hija: “muy buena elección” (very good choice). La madre traumatiza a su hija, como ocurrirá en El Resplandor con los dos Jacks.

La palabra clave para entrar a la orgía ritualizada es "fidelio", una referencia explícita a una ópera de Beethoven, uno de los grandes poetas universales del deseo y del destino, con fuertes conexiones tanto con la masonería (como Mozart) como con los nuevos amos de Europa tras la IIGM (Kubrick ya hizo referencia a esto en La Naranja Mecánica); una obra musical que trata sobre la infidelidad y el matrimonio: el propio título (fidēlis) hace referencia a la fidelidad y el argumento trata de una mujer que se sacrifica por salvar a su marido, como ocurrirá en la orgía.

Otra referencia artística e histórica menos directa es la del Carnaval de Venecia —por cierto que la novela que inspiró la película se ambienta en época de Carnaval—. Se trata de una festividad con cientos de años de antigüedad que alude a un breve período de liberación de lo reprimido en el contexto de las sociedades católicas. Contiene toda una simbología sexual de espacio de apertura al inconsciente y al deseo libre de toda traba consciente o racional. Algunas máscaras grotescas —pero más certeras que el verdadero rostro de esos hombres de poder— aparecidas en la escena de la orgía son venecianas, como la del arlequín extraída de la Comedia del Arte. Venecia era un importante centro económico del Renacimiento a nivel mundial como lo era Nueva York en el momento de fin de un siglo y de un milenio en el que se grabó y estrenó la película

La máscara de pico alargado que aparece en varios momentos de la película representa un símbolo fálico incluso de inspiración dionisíaca. Habría que añadir la máscara con cuernos como símbolo satánico que está también presente entre el mar de rostros embozados que miran con dureza a Cruise (en realidad, al espectador) en varios momentos del filme. El tema musical "Masked Ball" que suena durante el acto ritual que precede a la consumación de la orgía esconde una misa al revés que dice “Amaos los unos a los otros”. Clara referencia satánica de profanación de los símbolos religiosos cristianos para subvertirlos a través del amor carnal.

Una última referencia sería al género de la novela bizantina que el sacerdote Chrétien de Troyes adaptaría a un contexto cristiano retomando los cuentos del Grial y donde las parejas superan distintas adversidades para finalmente acabar casados por la Iglesia. Un ejemplo moderno del género lo tenemos en La ventana indiscreta (1954), de Alfred Hitchcock, donde la pareja protagonista terminará encaminada al altar después de la resistencia heroica de un James Stewart malherido y orgulloso de su soltería que estará tentado, ni más ni menos, que por Grace Kelly: otra rubia de película. Kubrick voltea el tópico y somete al matrimonio burgués a un calvario donde las adversidades amenazarán con destruir lo que ya está formalizado, poniendo, con ello, en duda el sentido del matrimonio en el contexto de un mundo desacralizado.


Baile de máscaras. Por Guillermo Mas Arellano

 

Baile de máscaras:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (III)

 


Por Guillermo Mas Arellano


En cuanto a Epstein, estamos hablando de alguien que pasó de ser un profesor de matemáticas a alumnos de Bachillerato a convertirse en un genio de las finanzas con el control de más de 500 millones de dólares, un donante principal del Partido Demócrata —amigo íntimo de Bill Clinton— y miembro de prestigiosos Foros Internacionales como la Comisión Trilateral o el Council of Foreign Relations. Participó en una trama de esquema Ponzi junto a Steven Hoffenberg mediante una empresa llamada Towers Financial Corporation.  Más tarde, Epstein se relacionaría con Leslie Wexner, el hombre más rico de Ohio y propietario de Victoria Secret´s, junto al que trabajó durante años a pleno rendimiento en calidad de no se sabe muy bien qué. El caso es que Wexner es un hombre de gran influencia política… De nuevo con el Partido Demócrata: ha apoyado a Clinton o a Obama. También apoyó a Mitt Romney contra Trump, su archienemigo declarado.

Acerca de la más que posible relación entre Epstein y el Servicio Secreto israelí, el Mossad, por medio de un lobby judío llamado The Mega Group (del que Robert Maxwell, padre de Ghislaine, fue miembro) en una colaboración para extorsionar a políticos de la talla de Bill y Hillary Clinton —que se sabe con certeza que viajaron hasta una treintena de veces entre los dos a bordo del “Lolita Express”, el avión privado de Epstein donde supuestamente se celebraban orgías con menores de edad— o el propio Donald Trump mediante el uso de “trampas de miel” o cebos sexuales para gente poderosa. Esta tesis explicaría la relación entre Epstein y el que fuera su abogado, el célebre —por el caso de OJ Simpson, entre otros— Alan Dershowitz, bien conectado con lobbys proderechos de los judíos. También aclararía la razón de sus contactos con el ex-primer ministro israelí Ehud Barak, que habría entrenado a Epstein en el Mossad.

Escribe el ex-agente de la CIA Philip Girardi: “El vínculo de Epstein con el servicio de inteligencia israelí podría, plausiblemente, rastrearse en sus conexiones con Ghislaine Maxwell, quien -según se informó- le proporcionaba a las jóvenes chicas. Ghislaine es hija de Robert Maxwell, quien murió -probablemente, asesinado- en misteriosas circunstancias en 1991. Maxwell era un empresario británico de origen judío, marcadamente cosmopolita (como Epstein), un controvertido multimillonario con lo que podría calificarse de vínculos recurrentes con el Mossad. Tras su extraña muerte, Maxwell fue obsequiado un funeral de Estado por parte de Israel, evento del cual tomaron parte seis titulares del servicio de espionaje de Tel Aviv, mientras el primer ministro Yitzhak Shamir lanzaba loas: ‘Él ha hecho más por Israel de lo que hoy podría revelarse’”.

En palabras de Bill Gates al The Wall Street Journal, “No tuve ninguna relación de negocios o amistad con Epstein”; lo que contrastaba con las pruebas del The New York Times, que titulaba poco después: “Bill Gates se reunió repetidamente con Jeffrey Epstein”; y mostraba como Gates había volado junto a Epstein en su avión privado “Lolita Express” en varias ocasiones. Y no sólo eso, además de varias cenas “hasta bien entrada la noche” habría que añadir, como se puede leer en el excelente “Informe Corbett”, que “un nuevo informe describe las conversaciones con Gates y Epstein y una conexión con la Fundación de Bill y Melinda Gates. Una conexión entre su fundación y JPMorgan Chase para crear un fondo de caridad en beneficio de Epstein”.

Se trataba de la “Global Health Investment Fund”, una empresa puntero en el desarrollo de información. De nuevo en el “Informe Corbett”: “Joi Ito, director del Media Lab del MIT, renunció a su cargo después de que se descubriera que había ayudado a encubrir la identidad de Jeffrey Epstein como donante “anónimo” del laboratorio, informando a su personal de que una donación de 2 millones de dólares al laboratorio en 2014 que eran un regalo de Bill Gates dirigido por Jeffrey Epstein”. The Wall Street Journal añadió que “Melinda Gates tenía preocupaciones sobre la relación de su marido con Epstein ya en 2013, cuando le planteó un ultimátum a su Bill Gates. Después de que él no cumpliera, ella se reunió con abogados de divorcio en 2019, diciendo en ese momento que su matrimonio estaba irremediablemente roto”. Esta reunión con los abogados coincidió en el tiempo con el informe de The New York Times sobre la amistad Gates-Epstein. No parece una simple cuestión de desamor, como muchos medios han querido hacer ver.

Según la portavoz oficial de Gates, Brigit Arnold, el motivo de las reuniones entre Gates y Epstein fue —no se lo pierdan—: la filantropía. Como lo oyen: un eugenista declarado y un pedófilo condenado tratando de ayudar al mundo con sus millones. Sin duda, estas informaciones hicieron mella en la relación, al punto de que en 2020 la pareja no asistió al “Foro Económico Mundial de Davos”, la Meca anual del globalismo, y poco después Gates dimitiría de sus cargos en su buque-insignia económico, la compañía “Microsoft”.

La conexión Gates-Epstein apunta a dos nombres: 1) La neurólogo Melanie Walker, una trabajadora de la “Fundación Bill y Melinda Gates” desde 2006, pero cuyo anterior trabajo fue el de asesorar de Jeffrey Epstein desde 1992, al que conoció cuando Epstein trabajaba de forma muy estrecha con Lex Wexner en Victoria Secret; 2) El físico Boris Nikolic, asesor científico de Gates, que fue el encargado de ejecutar el testamento de Epstein tras su "suicidio" en la cárcel después del descubrimiento de su red millonaria de pederastas que incluía a importantes políticos y otras gentes de relevancia social. Nikolic renunció a ejecutar su labor de albacea testamentario.

Epstein contaba en propiedad con varias mansiones ––con reminiscencias a templo antiguo– situadas en las Islas Vírgenes, donde preparaba sus orgías con invitados de alto nivel social y económico y niñas menores de edad. Según Philip Giraldi: “Epstein tenía en su poder un Libro Negro que identificaba a muchos de sus contactos sociales, y que ahora se encuentra en manos de los investigadores. Incluía catorce números de teléfono privados pertenecientes a Donald Trump, incluyendo el de su ex mujer Ivana, los de su hija Ivanka y de su actual esposa, Melania. También, revistaba allí los números de contacto del Príncipe Bandar de Arabia Saudita, de Tony Blair, Jon Huntsman, del senador Ted Kennedy, Henry Kissinger, David Koch, Ehud Barak, Alan Dershowitz, John Kerry, George Mitchell, David Rockefeller, Richard Branson, Michael Bloomfield, Dustin Hoffman, Kevin Spacey, la Reina Elizabeth y el Príncipe Andrés, el Rey saudí Salman, y Edouard de Rothschild”. El apellido que hay que retener es el último de la lista: Rothschild. La periodista Laura Backes apunta: “Alan Dershowitz es un prestigioso jurista estadounidense. Amigo de Epstein. Lo conoció en 1996, en Martha ‘s Vineyard, la isla de vacaciones más exquisita de la Costa Este. Una conocida de Epstein, Lynn Forester, futura lady Rothschild, fue quien se lo presentó.

Relata Dershowitz: «Lynn le buscaba contactos a Epstein por todo el país. Le presentó a Bill Clinton. Le abría puertas»”. ¿Y quién es Lynn Forester de Rothschild? Asesora de la ONU, fue la protagonista de un proyecto conjunto con el Vaticano llamado “Capitalismo inclusivo en el Vaticano”. A Lynn Forester de Rothschild la hemos visto posar junto al Papa Francisco en la “Santa Sede” acompañada de tantos otros grandes capitalistas, y es una de las personas mejor relacionadas —es decir, más poderosas— del mundo, amiga íntima de los Clinton, que tras la pandemia llegó a afirmar: “El Covid 19 cambiará el capitalismo para siempre”.

Epstein resumía sus costumbres de la siguiente manera: “la ciencia y los coños”. Sus planes de futuro se limitaban a que, modestamente, “esperaba sembrar la raza humana con su ADN”. Para llevar adelante sus proyectos, Epstein se interesó por el transhumanismo y la Ingeniería Genética —otra forma de Ingeniería Social—, por lo que tanteó a “Stephen Hawking, los Nobel de Física Murray Gell-Mann y Frank Wilczek, el paleontólogo y biólogo Stephen Jay Gould, el neurólogo Oliver Sacks, el psicólogo experimental Steven Pinker o con el ingeniero molecular George M. Church, que ha trabajado en identificar genes susceptibles de ser alterados para crear seres humanos superiores”.

El propio Pinker, acusado de cobrar de Epstein —aunque él lo ha negado con énfasis—, relata como “una vez Epstein criticó los esfuerzos para combatir el hambre y dar asistencia sanitaria a los pobres porque, decía, ello aumentaba el riesgo de superpoblación. Entonces Pinker rechazó y rebatió sus argumentos. Nunca más fue invitado a las citas organizadas por el millonario”. Recordemos las palabras de Bill Gates: “Si hacemos un gran trabajo con las vacunas, el cuidado de la salud y servicios de salud reproductivos, podríamos reducir esa cifra quizás en un 10 o 15%” (más de mil millones de humanos)". Parece que las ideas de estos dos “filántropos” coinciden.

Según el “Informe Corbett”, “El interés de Epstein en la genética le llevó a patrocinar a varios científicos que trabajaban en este campo, incluyendo a George Church, un genetista de Harvard cuyo laboratorio recibió fondos de la Fundación de Epstein de 2005 a 2007 para ciencia de vanguardia. Church se disculpó públicamente por su conexión con Epstein, que incluyó varias reuniones al año a partir de 2014. Esta no fue ni la primera ni la última vez que este modesto biólogo de Harvard, cuya ciencia de vanguardia, a menudo se desvía hacia áreas controvertidas, causó un escándalo público. En 2019 Church propuso una aplicación de citas genéticas  que fue inmediatamente denunciada como eugenesia aplicada”.

Además, “Church también actuó como asesor científico de Editas Medicine, una empresa que busca utilizar la herramienta de edición de genomas CRISPR-Cas9 para eliminar las enfermedades borrando las partes de un código genético responsable de la enfermedad. En 2015, la compañía anunció que había recaudado 120 millones de dólares de un grupo liderado por el albacea de respaldo designado por Epstein, el Dr. Boris Nikolic. Naturalmente, ese grupo de inversores incluía a Bill Gates”.

Según el antiguo abogado de Epstein, Alan Dershowitz, éste estaría obsesionado por la eugenesia, soñando con mejorar a la raza humana a través de la manipulación genética. Como ha informado Jaron Lanier, el plan maestro de Epstein estaba basado en un intento previo de recoger el semen de varios Premios Nobel y ponerlo a salvo en un banco llamado “The Repository for Germinal Choice”, que finalmente cerró. La idea de Epstein era idéntica solo que con una variante importante, tal y como ha puntualizado The New York Times: el único semen sería el suyo propio, con el que embarazaría a varias mujeres seleccionadas a tal fin y llevadas a su rancho privado situado en Nuevo México. Para dicho plan contaría con el apoyo de varios científicos de renombre contactados por medio del empresario John Brockman y de “La Fundación Edge”, generosa en sus donaciones.

Según un artículo de Evgeny Morozov —conocido como “el hereje de Internet” por sus críticas a las grandes empresas tecnológicas y su propuesta de refundar Internet—, para “The Guardian”, “El escándalo de Epstein en el MIT muestra la bancarrota moral de las élites tecnológicas”. En su libro La era de la perplejidad, Morozov escribe: “No viven de la publicidad, como muchos creen. Absorben datos, crean productos y los venden sin que veamos un euro. Es un modelo parasitario”. Y en el artículo de The Guardian, Morozov se lamentaba: “Que alguien como Jeffrey Epstein aprovechara estas redes para blanquear sus crímenes era casi inevitable. En un mundo en el que los libros funcionan como extensiones de marca y nunca se leen realmente, es bastante fácil que un charlatán rico y glamuroso de la talla de Epstein encaje”.

El lado más profundo del Caso Epstein toca de lleno con el corazón del Poder-Religión: la creación de un gólem transhumano a partir de una matriz artificial. Eso de lo que, en cierto sentido, nos habla Kubrick en su película 2001: Una Odisea del Espacio (1968). Para que esto se lleve a cabo, resulta necesario destruir el tejido social a través de un complejo proyecto de Control Mental como el puesto en marcha con la CIA con el Proyecto MK-Ultra y otros similares tras la IIGM. De ello también nos habló Kubrick en buena parte de su filmografía: sobre todo en La naranja mecánica (1971) con el Proyecto Ludovico de control mental, El resplandor (1980) con la simbología gnóstica del laberinto y el minotauro (además de la evidente disociación de los dos Jacks, padre e hijo, abusado y abusador, víctima y verdugo del Sistema que encarna el Hotel Overlook) y La Chaqueta Metálica (1987) en la que se describe el funcionamiento traumatizador del ejército profesional, pilar básico del Estado Moderno, construido mediante el abuso ritualizado, como el conjunto de la sociedad a la que pertenece, a imagen de esas logias fundadas en el Londres de 1717.

Trampas de Miel. Por Guillermo Mas Arellano

 

Trampas de Miel:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (II)

 



Por Guillermo Mas Arellano



Espera, espera... Sé lo que estás pensando: ¿suicidado en la celda? ¿igual que Epstein? ¿no es una coincidencia un poco extraña teniendo en cuenta que los dos ocupaban un papel similar en el mecanismo de las élites? No en vano Saturno termina devorando siempre a sus hijos. Tanto los conseguidores como los denunciadores, los Ward y Epstein o los Pasolini y Kubrick, terminan consumidos por un Sistema que vive del consumo de todo tipo de productos... Incluyendo los seres humanos.

Y por eso la lista de Epstein nunca será pública. Por eso el encuentro con Bustamante en Cadíz no llegó a producirse jamás. En su lugar, el trauma, la pérdida, la crucifixión del mesías, de una Segunda Venida... Que al posponer el sacrificio final lo convierte en un espectáculo ritualizado, generando un egregor jugoso.

Otra conexión fundamental entre el Caso Profumo y la película de Kubrick es un nombre: Mandy. En el filme, Amanda Curran, más conocida como Mandy, es la chica que salva a Bill, el personaje interpretado por Cruise, de la muerte, aceptando morir sacrificada en su lugar como víctima propiciatoria. En la vida real, se trata de Mandy Rice-Davies, amante del Príncipe Felipe y de Lord Astor, además de íntima amiga de Christine Keeler, protagonista del Caso Profumo y amante no solo del ministro, sino también de un espía soviético llamado Yevgeny Ivanov.

Todo ello vuelve a estar ante nuestros ojos, cada vez más cerrados, con un nuevo caso: el de Jeffrey Epstein. ¿Resulta casual que uno de los principales investigadores del Caso Epstein, el periodista Larry Celona, asesorara directamente a Stanley Kubrick al punto de que su nombre aparece en un periódico que lee Bill, el personaje interpretado por Tom Cruise, hacia el final de la película? Lo dudo: en las películas de Kubrick, como es sabido, hay muy poco espacio dejado al azar. Pero tampoco debe resultarnos casual esta utilización del Caso Epstein en nuestros días: nuestra mirada está siendo dirigida para que no veamos la verdadera realidad del caso.

Otro nexo curioso entre el Caso Profumo y el Caso Epstein, entre Kubrick y Trump, es el detective privado Thomas Corbally, socio del director del FBI, J. Edgar Hoover y del principal maestro iniciático de Trump, el abogado Roy Cohn (véase nuestro programa sobre el IV Reich), además de primera persona en mencionar públicamente la relación del Príncipe Felipe, esposo de Isabel II, con las dos chicas del Caso Profumo: Christine Keeler y sobre todo Mandy Rice-Davies.

Fue probablemente Ward el que puso en contacto a Keeler con el espía soviético Ivanov... Porque ese era, en resumidas cuentas, su trabajo: presentar chicas a hombres influyentes. Algo que, una vez más, nos recuerda a Epstein. Pero, ¿Dónde se produjo ese encuentro entre el espía y la corista? Si el romance entre el ministro Profumo y Keeler empezó en la mansión de Lord Astor, el punto de partida de la relación con Ivanov fue nada menos que un piso a nombre de Corbally. De hecho, es muy posible que Ward, finalmente sacrificado en la cárcel, fuera un títere manejado por Corbally (miembro de la OSS, la organización que precedió a la CIA), el verdadero hombre del Deep State, un poco como ocurrió con Epstein y su mujer, Ghislaine Maxwell.

Thomas Corbally fue, por lo tanto, amigo y colaborador de tres figuras centrales en este caso: Roy Cohn, Stephen Ward y... Por supuesto, Donald Trump. Además de esto, Corbally se relacionó de forma muy estrecha con Heidi Fleiss, más conocida como la Madame de Hollywood, la más célebre proxeneta de los tiempos modernos en la ciudad de las estrellas. Una vez más, Corbally utilizó a Fleiss, como antes hizo con Ward, para tender "trampas de miel" a actores tan famosos como Charlie Sheen, para después vender esa información al mejor postor: ya fuesen grandes multinacionales, como productoras cinematográficas interesadas en aprovecharse de las celebridades, ya fuesen servicios secretos necesitados de "información sensible" para utilizarla en su provecho. Como Cohn y Hoover, Corbally fue un chantajista profesional que fundamentó su relación con el Poder en la recopilación de información.

Corbally, que hasta la Segunda Guerra Mundial había sido poco más que un chantajista de poca monta y un detective privado empleado en la empresa fundada por su abuelo (del mismo nombre), pronto se interesó por la política: se relacionó con America First y con el Comité Clayton Knight. Igual que ocurriera con la ya citada Sociedad de los Peregrinos, de la que Cohn era miembro como seguramente lo es también Donald Trump, el Comité Clayton Knight tenía su sede en el célebre Hotel Waldorf Astoria (en Park Avenue, Nueva York) fundado por William Waldorf Astor en 1893. Recordemos que uno de los reconocidos clientes de Corbally, sea por la vía indirecta de Ward o por otra, fue John Jacob Astor.

Con apenas 23 años, Corbally pasó de ser un desconocido a, en cuestión de meses, el primer director de la OSS (pronto reconvertida en CIA) en la Alemania ocupada tras la IIGM. Esto permite ligar a Corbally con dos operaciones clave que permiten entender por qué el III Reich debió de perecer para mejor alumbrar un IV Reich: la Operación Paperclip, a través de la captación de figuras como Nikolaus "Klaus" Barbie, y la Operación GLADIO, que desarrolló en Europa redes patrióticas similares a las que ya estaban en marcha en los EEUU gracias a movimientos como el America First del que Corbally formaba parte. No es casualidad que el Caso Profumo aconteciera precisamente cuando Corbally  vivía (y operaba) en Londres.

De ideología eminentemente conservadora, como Cohn, Hoover y por supuesto Trump, Corbally detestaba a los Kennedy (de hecho, Corbally trató de tender una "trampa de miel" a Jack utilizando como cebo a la actriz Nancy Czar, expareja nada menos que de Elvis Presley)... Justo al contrario que Kubrick: recordemos que, tras el asesinato de JFK en 1963 y la aparición de Dr. Strangelove (1964) y antes Lolita (1962) el cineasta neoyorkino abandonaría para siempre los EEUU, trasladándose, hasta el final de sus días, a una reservada mansión en Gran Bretaña que siempre gozó de enormes medidas de seguridad. En otras palabras: Kubrick asumió que si sus enemigos, esa Logia Negra de la que hablaría David Lynch, podían matar al Presidente de los EEUU, todos estábamos en peligro, como ya había advertido Pasolini. Y, de nuevo, ni Pasolini ni Kubrick se equivocaban.


El rostro del Poder. Por Guillermo Mas Arellano

El rostro del Poder:

Eyes Wide Shut y el Caso Epstein (I)

 


Por Guillermo Mas Arellano

Según la cosmovisión gnóstica, expuesta en nuestro último libro Hijos de la Sabiduría, todo aquel que no abreva del Árbol del Conocimiento se encuentra en un estado de dormición, atrapado en esa ilusión a la que los antiguos orientales llamaban "Maya". Aquellos que todavía hoy se muestran escépticos ante la evidencia de que el trasfondo siniestro que se mueve tras ese baile de máscaras que es la actualidad, un teatro de mala calidad agitado a conveniencia del Poder-Religión, se encuentra perfectamente expuesto en la película Eyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick, participan de ese bendito sueño de los durmientes que viven atrapados en una matriz artificial de sombras.

Y parte de ese estado, el de la dormición, consiste precisamente en que el sujeto que es presa de la ilusión, el iluso espectador de un teatro de sombras, se considere a sí mismo como despierto. La transformación del Caso Epstein en un espectáculo, con la espera interminable para que una lista que es pura especulación acabe por publicarse, provocando con ello un terremoto mediático de altísima magnitud, forma parte de esto: es su banalización, la comercialización del disidente "virtual" que consume vídeos de Youtube en los que supuestos informadores alternativos se recrean en la vacuidad de la información sin añadir una sola línea de conocimiento al asunto de marras. El egregor informativo de la Logia Negra, ensayado en el período 2020-23, fomenta la efervescencia de nuestras más bajas pasiones y, muy especialmente, del morbo como mecanismo deshumanizador.

El objetivo es ampliar el efecto de sus ritos, echando los restos del festín a la plebe a través de los medios de vulgarización. Y, por supuesto, acostumbrarnos a cierto tipo de retórica cuyo fin principal es normalizar los ritos del Poder-Religión ante los ojos bien cerrados del pueblo profano en esta Aldea Global de infinita (además de virtual) estupidez.

La muerte de Kubrick, como antes la de Pier Paolo Pasolini, forma parte del mismo mecanismo traumatizador que denuncia. Es, como la desaparición (¿voluntaria?) de Pedro Bustamante, el shock final de una investigación profunda sobre los distintos círculos infernales en los que se interna todo aquel que entra en contacto con el Poder-Religión. Lo que expone Pasolini en Saló o los 120 Días de Sodoma (1975) se corresponde casi perfectamente con aquello de lo que habla Kubrick en su película póstuma. Estamos hablando de los mecanismos reales con los que opera eso que los norteamericanos han dado en llamar "la élite" para pastorear a la sociedad. Eso que Georges Bataille denominaría "la parte maldita" y en cuyo estadio final están los rituales de sangre (véase: adrenocromo), el sacrificio ritual (véase: Moloch/Baal), el infanticidio y hasta la coprofagia.

Para Bataille, el discípulo más radical de Friedrich Nietzsche y el Marqués de Sade, "lo sagrado es lo contrario de la sustancia". Lo sagrado es lo que encontramos al ahondar en nuestro propio vacío; y, sobre todo, en esa salida de sí que es el éxtasis, lugar al que por naturaleza se encamina el místico: un foco de luz inaccesible e incomunicable. Todo aquello que Kubrick, por necesidad, deja fuera de su película, y que otros cineastas mucho menos talentosos, como es el caso de A Serbian Film (2010), han tratado de explorar condenándose al inevitable fracaso. Porque ese tipo de rituales, tal y como señala Bataille, acontecen en "una penumbra ardiente, sutilmente privada de sentido". Lo interesante de Eyes Wide Shut es que Bill, el personaje protagonista, apenas si accede a los primeros círculos de esa "parte maldita" que supone la iniciación en el Poder-Religión.

En más de un aspecto, podemos considerar que el proyecto artístico de Stanley Kubrick corre paralelo al de Thomas Pynchon. Ambos son autores de fuerte influencia rosacruz, que camuflan de nociones junguianas. Y además tratan de capturar, por la cinematografía lo mismo que, y por la literatura, las principales corrientes subterráneas que recorren la Modernidad; y lo mismo se puede decir de Bataille, ese teólogo de la inversión: particularmente en La noción de gasto (1933) y sobre todo en La parte maldita (1949) el francés se demuestra como aventajado discípulo de La Fenomenología del Espíritu (1807), de Georg Wilhelm Friedrich Hegel ese gnóstico revestido de dialéctico— en lo que constituye el único intento en la tan mística, fragmentaria, visceral y finalmente nietzscheana obra de Bataille por explicar sistemáticamente el mundo.

Bataille y Kubrick anuncian una vieja verdad gnóstica: que el mundo material tiene un rostro aberrante. Pero en ellos el aspecto ritual está mucho más presente que en otros gnósticos de la Modernidad como Howard Phillips Lovecraft, Emil Cioran, Philip K. Dick, Gilles Deleuze o William Burroughs; en el pensador francés o en el pensador neoyorquino hay una profunda comprensión del potlacht derivado de la muerte de Dios... Que se dirige hacia la deificación de lo superhumano, asesinando al ser humano en un altar sacrificial. Aquello que Carl Gustav Jung, otro eminente gnóstico del siglo XX, percibió como Sombra de la civilización posterior al Plan Marshall, consagrada a la carrera espacial al tiempo que abocada al desastre nuclear, Bataille lo expone como una ritualística que funde animalidad y posthumanidad... Ante los ojos bien cerrados del profano.

Sin duda, Kubrick se inspiró en ejemplos reales: la Sociedad de la Niebla de la que formó parte François Rabelais (1494-1553), el padre de esa Abadía de Thélema recreada en pleno siglo XX por Aleister Crowley (véase Cefalú, Sicilia), el Hellfire Club fundado en Londres en 1718, justo un año después de que las cuatro grandes logias masónicas de Londres se unificaran, por los masones Philip Wharton y Francis Dashwood, así como el Caso Profumo, del año 1963, que desveló las relaciones ilícitas del entonces ministro de la guerra, John Profumo (casado con la actriz Valerie Hobson), con la joven corista Christine Keeler, que desencadenó una crisis política en el Parlamento Británico. El origen del Caso Profumo se haya en una fiesta, inspirada en las del Hellfire Club, que tuvo lugar en la mansión de Lord Astor ubicada en Cliveden (condado de Buckinghamshire). Podemos afirmar que las fiestas de familias tan influyentes como los Astor o los Rothschild jugaron el mismo papel, para Kubrick, que la  República de Saló para Pasolini.

Cabe recordad que los Astor, mucho menos citados que los Rothschild pero casi tan influyentes, fundaron la Sociedad de los Peregrinos de la que probablemente Donald Trump forma parte, como ya explicamos aquí. La presencia de los Astor aquí nos puede mostrar que, por un lado, los Hellfire Club siguen más vivos que nunca, mientras que, por otro lado, la conexión entre servicios secretos como la CIA y el Mossad, a través de las célebres "trampas de miel" y este tipo de fiestas a las que acuden celebridades mediáticas o influyentes cargos políticos, no son casuales. En ese sentido, debemos recordar que Vincent Astor fue tan crucial como Nelson Rockefeller y Allen Dulles en la fundación de la CIA (antes OSS) o del Council on Foreign Relations (CFR) tras la IIGM.

Si el Caso Epstein está siendo utilizado en estos momentos para "encauzar" el segundo mandato de Donald Trump acorde a los intereses de Israel (recordemos que tanto Ghislaine Maxwell, esposa y cómplice de Epstein, como el padre de ella, Iain Robert Maxwell, que también fue miembro del lobby sionista conocido como The Mega Group, son agentes del Mossad), en su momento el Caso Profumo fue utilizado para derribar el gobierno conservador de Harold Macmillan. Mismos procedimientos, mismos responsables.

Una figura clave que se suele dejar fuera del Caso Profumo, pero que sin duda Kubrick conocía por su conocido interés por el Deep State (véase el filme Dr. Strangelove), es el espía británico Stephen Ward. Figura cercana tanto al MI6 como a la realeza británica, Ward fue el principal responsable de tender la "trampa de miel" a Profumo en la fiesta de los Astor, igual que Epstein se la tendía a Clinton o a Trump en su avión privado y en su macabra isla. En los años 60 Ward ya era un destacado organizador de fiestas sado-masoquistas donde participaban las principales figuras de la élite británica: políticos, actores (David Niven o Peter Ustinov), incluso miembros de la realeza, como el Príncipe Felipe, duque de Edimburgo, y esposo de la reina Isabel II.

De hecho, el fotógrafo oficial de la corte real, Henry Sterling Nahum, era el organizador de unas fiestas encuadradas bajo el rótulo de El Club de los Jueves, en las que casi nunca faltaba el Príncipe Felipe, consorte de la Reina Isabel II. Otra figura relevante era Michael Parker, secretario del Príncipe hasta que se vio obligado a dimitir por un escándalo de adulterio, que aparentemente funcionaba como el conseguidor de las chicas.

En ese Club de los Jueves lo principal era la comida. Esto es muy pasoliniano, ¿verdad? Los almuerzos acontecidos en el restaurante Wheeler del Soho se alargaban a hasta altas horas... Ofreciendo un menú tan variado como a la postre selecto. Tras la dimisión de Parker, Ward, cuya tapadera era la de un dibujante frustrado, pareció tomar el relevo a la hora de conseguir a las víctimas propiciatorias: al menos clientes tan relevantes como Winston Churchill o Frank Sinatra disfrutaron sin queja aparente de sus servicios en dichas lides... Al menos hasta que Ward, acusado públicamente de proxeneta tras la divulgación del Caso Profumo apareció suicidado en su celda dos días antes de declarar en 1963.


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